elus por el mundo

Vida ELU

Elus por el mundo

Por: ELU Admin

Gonzalo Romero Concejo, 4º ELU

¡Hola a todos!

Soy Gonzalo Romero Concejo, alumno de 4º de la Escuela de Liderazgo Universitario y del doble grado en Ingeniería Industrial y ADE en Comillas ICAI y el pasado 21 de agosto comenzó el que ahora puedo decir que ha sido el mejor año de mi vida. Mientras todo el mundo huía de Madrid buscando resguardo en la costa, en la montaña o en el pueblo del calor, a mí me tocaba preparar las maletas para embarcarme en un avión que me llevaría a un pueblo de Estados Unidos, en el estado de Michigan, Ann Arbor.

Probablemente, ninguno de vosotros haya oído hablar de este pueblo en su vida, yo hace año y medio tampoco. Este pequeño pueblo, a unos cuarenta minutos de Detroit, es la sede principal del campus de la Universidad de Michigan que durante este año ha sido mi casa.

Ann Arbor es un pueblo interesante, muy diferente a los pueblos de la España rural. La Universidad de Michigan se fundó en 1817 y a medida que fue creciendo, el pueblo creció con ella. Mires donde mires, todos son edificios de la universidad y me encanta. Durante este año he podido vivir la universidad y en la universidad. Pese a ser una universidad “nueva” comparada con las grandes universidades europeas, la Universidad de Michigan recoge el
pensamiento universitario tradicional y lo adapta al pensamiento moderno.

Durante este año he podido vivir la “college experience” que sin duda ha sido toda una aventura. Michigan es una de las mejores universidades públicas en Estados Unidos no solo en lo académico sino también en lo deportivo. He podido disfrutar animando como uno más en el fútbol americano, baloncesto, hockey, béisbol, natación… y todos los deportes que os podáis imaginar. Estar en uno de los estadios con mayor capacidad del mundo o ganar el campeonato nacional de baloncesto teniendo un amigo español en el equipo son momentos que no olvidaré
en mi vida.

Este año me ha ayudado muchísimo en todos los aspectos: En el académico he podido disfrutar y aprender de la ingeniería desde otro enfoque, más práctico y adaptado al mundo de hoy a través de la inteligencia artificial. He podido disfrutar de grandes laboratorios y de la investigación con grandes profesores y compañeros. En lo personal, vivir fuera de casa siempre es un reto, pero vivir con amigos es una experiencia que recomiendo muchísimo.

Durante este año he podido hacer también muchos amigos, de todas las partes del mundo que movidos por la búsqueda de la verdad y el pensamiento universitario acabamos en Michigan. También he podido seguir creciendo en mi fe a través de Michigan Catholics, donde he hecho grandes amistades que espero mantener para siempre. Además tuve la oportunidad de dar una charla y compartir con ellos el camino que me había llevado hasta ahí y hablar de España, ¡que les encanta!

En Michigan en invierno hace mucho frío, este año hemos llegado a los -25ºC pero en una ciudad universitaria con tanta vida, ¡el frío no nos para! Pese a estar más de tres meses con temperaturas bajo cero, la gente seguía saliendo a la calle, de fiesta… porque eso sí, me lo he pasado muy muy bien. Como dice mi padre: “Hay tiempo para todo”. Para hacer deporte en unas instalaciones increíbles, trabajar en el comedor de la universidad, estudiar, participar en varios clubs, viajar…

Antes de este año nunca había viajado a Estados Unidos por lo que he aprovechado a viajar todo lo que he podido. Estados Unidos es un país enorme, cada ciudad y cada estado son completamente diferentes. Con su gente, su cultura y su arquitectura.

Mirando atrás, no puedo estar más agradecido por todo lo que he vivido, por toda la gente que un día me acogieron como a uno más y ahora puedo considerar amigos, por todas las horas en la universidad y en el trabajo, por todos los sitios que he visitado y por todas las personas que lo han hecho posible.

¡Un abrazo muy fuerte!
¡Go Blue!

Vida ELU

Elus por el mundo

Por: ELU Admin

Natalia Pérez, 4º ELU

Llevaba tiempo escuchando que un Erasmus es como vivir una vida paralela. Pensé que era una exageración, hasta que me tocó vivirlo. Y no, no puedo negarlo, he sido víctima de ello, pero víctima en el mejor sentido de la palabra.

Hace ya ocho meses que aterricé en Bruselas para instalarme en Leuven, una pequeña ciudad a veinte minutos. Tres días antes de enviar la solicitud todavía dudaba del destino, pero tenía claro que quería salir de casa y, en cierto modo, huir del ritmo acelerado de Madrid: los trayectos interminables en metro, la magnitud de la ciudad, su constante movimiento y su prisa.

Y acabé llegando aquí.

Una ciudad internacional y estudiantil, donde todo el mundo se mueve en bici, con un ayuntamiento imponente, con la cerveza Stella Artois como símbolo principal, y donde la vida gira en torno a la KU Leuven. Una universidad con 600 años de historia, donde el peso de la tradición se nota en cada rincón.

Lejos del tópico, no ha sido un Erasmus fácil en lo académico. He estudiado tanto como en España, pero con una metodología distinta: más trabajos, más proyectos y exámenes orales que al principio imponían, pero que con el tiempo he aprendido a disfrutar. Una forma de aprender más libre y, paradójicamente, menos estresante.

El ayuntamiento me cautivó desde el primer día. Asoma al final de la calle principal que lleva a la estación, como recordándome constantemente que estoy llegando o me estoy yendo. Oude Markt, la plaza conocida como la barra de cerveza más larga del mundo, donde hay ambiente todos los días de la semana, como si siempre hubiera algo que celebrar. Y la biblioteca histórica, donde estudiar se siente casi como viajar en el tiempo.

Era mi primera vez viviendo fuera de casa. Y al principio, todo fue extraño. Las primeras semanas fueron un no parar: conocer gente, aprender a cocinar —o intentarlo—, instalarme y adaptarme a una vida completamente nueva.

Y en mitad de todo ese ruido, Irene Sánchez y Paula de Alfonso fueron mi primera visita, mi primer contacto con mi “otra vida”. En mi intento de enseñarles lo que me gustaba esta ciudad y lo feliz que estaba aquí, el regalo me lo llevé yo, redescubriendo esto con una nueva mirada, con ojos de piñón. Los días que pasé con ellas inevitablemente me hicieron cuestionarme todo lo que estaba viviendo, me conectaron con la persona que era antes de llegar aquí y se fueron dejándome una pregunta que no esperaba: ¿Quién soy?

Desde entonces, esa pregunta ha estado de fondo.

Porque la realidad te invita a actuar, y en esa invitación me he encontrado haciendo cosas que no había hecho antes. Me he visto en ambientes nuevos, en situaciones incómodas, en versiones de mí que no conocía. Dos ciudades muy diferentes entre sí, pero que, sin embargo, el paso de una a otra, me ha permitido confirmar mi identidad. Y, en lugar de perderme, que era lo que temía, he ido ganando perspectiva.

Perspectiva sobre mi vida en Madrid. Sobre lo que valoro. Sobre lo que soy cuando nadie me define.

He aprendido a disfrutar de todo lo que esta experiencia me está dando, incluso de lo pequeño. Porque después de semanas de lluvia, hasta un rayo de sol se siente como un regalo.

He viajado, y no me he quedado corta. Escapadas a otras ciudades belgas, Ámsterdam o Luxemburgo, mercadillos navideños por Europa, un choque cultural en Estambul, un viaje de supervivencia en camper por Dolomitas… Momentos vividos con ojos de asombro y con una gratitud difícil de poner en palabras.

Y, sin embargo, lo que más me sorprende es lo que pasaba al volver. Aquello que me aguardaba para descansar era la residencia, aquella que pisé el primer día pensando: “¿cómo va a ser esto mi casa durante un año?”.

Acostumbrada a vivir con mis padres y hermanos, una residencia tan grande, más de 200 internacionales, compartir baño y cocina con 14, se me hizo incómodo de primeras. Pero sin saber muy bien cuándo y cómo ocurrió, me encontré diciendo un día: he llegado a casa.

Las personas han sido clave en todo esto.

Diré que los belgas siguen siendo un misterio para mí, son más diferentes de lo que pensaba, pero me he visto rodeada de españoles, para no perder la costumbre, y de italianos, ingleses y holandeses, que han hecho de esta experiencia algo mucho más grande. Y gracias a todos ellos, me he ido abriendo, saliendo más de mí. Muy diferentes entre nosotros, pero precisamente, nuestras diferencias, lejos de separarnos, han sido lo que más nos han unido.

Y ahora, cuando el final empieza a asomarse, Nacho me volvió a lanzar la pregunta: ¿quién soy?

Y no lo sé. O al menos no del todo.

Pero sí sé que me he ido construyendo durante estos meses. Que me he descubierto en el camino. Que he cambiado, aunque sea difícil de explicar cómo.

Como Martín nos dijo al principio del curso, no podemos pronunciarnos sobre la totalidad de nuestra vida si aún estamos en curso. Somos peregrinos. Y quizá se trata más de abrazar ese carácter inacabado e imperfecto de nuestra existencia que de encontrar una respuesta cerrada.

Eso sí, solo soy yo la que puede pronunciarse sobre quién soy, y siempre desde el camino recorrido.

Y es precisamente ese camino – estos meses, estas decisiones, estas dudas – el que me ha permitido acercarme a la respuesta. O quizás no. Quizás solo me ha enseñado que no es una respuesta fija. Que tal vez no lo sea nunca.

Porque si algo me llevo de este Erasmus no es solo un lugar o unas experiencias, sino el proceso. Un camino que, más que darme respuestas, me ha enseñado a hacerme mejores preguntas.

Y tal vez, de eso se trataba todo esto.

Vida ELU

Elus por el mundo

Por: ELU Admin

Jaime de Francisco, 4º ELU

El pasado septiembre, comenzaba la que iba a ser una de las mejores etapas de mi vida, sonaba el pistoletazo de salida y,  mientras iba preparando las maletas, empecé a ser consciente de que posiblemente la vida en la que hasta ahora había sido mi casa, no volvería a ser la misma. Así, un sábado, día 13, emprendí mi camino hacia la Città Eterna, Roma.

Para dar comienzo a esta historia, quiero remontarme al año 2018, cuando un chico de Zaragoza, de 14 años compartió con su familia unas vacaciones en la ciudad a la que años más tarde podría llamar casa. Fue así, como un chavalín descubrió la belleza de esta ciudad, una belleza que le conmovería tanto que, para siempre, desde ese primer encuentro, acabó quedándose grabada en él.

Motivado por el asombro de ese primer encuentro que tuve con Roma, el año pasado acabé eligiéndola como mi destino para participar en el Programa Erasmus. Iba a ser el lugar donde terminar mis estudios y poner el broche de oro a esta primera trayectoria universitaria que vengo realizando como estudiante de Ingeniería de Tecnologías Industriales.

Me cautivó la idea de poder aprender un idioma tan bello como el italiano, además de tener el privilegio de formarme en la universidad histórica de la ciudad, siendo también de las más antiguas de Italia y del mundo, La Sapienza. Asimismo, me fascinó la idea de poder explorar sus rincones, descubrir las entrañas de esta ciudad, así como tener la posibilidad de recorrer Italia.

Por todo ello, tomé la determinación de comenzar esta carrera de fondo, totalmente ilusionado con lo que tenía por delante y con el presentimiento  de que iba a ser un punto de inflexión en mi vida.

Poco a poco, tras las primeras semanas, confirmé que estaba en lo cierto. Fui haciéndome consciente con el tiempo de ir recuperando la mirada de aquel niño que hacía 8 años hizo por recorrer estas calles intentándose empapar de todo aquello que se le pusiera delante y, de esta manera, me embarqué en la misión que implica descubrir Roma.

Es así como llevo viviendo en esta ciudad ya casi un año, sin saber cómo ni dónde van a terminar mis jornadas, saliendo de la cama cada mañana con la certeza de que el día va a estar lleno de encuentros que me irán construyendo como persona, con los ojos bien abiertos no solo para tratar de no ser víctima de un atropello fruto del caos que gobierna la ciudad, sino para dejarme maravillar por su belleza, por sus misterios, por su historia, por su gastronomía, por su gente…

Ahora, que dar un paseo por los alrededores del Coliseo y visitar iglesias que parecen galerías de arte se ha convertido en mi rutina diaria, echo la vista atrás, y no puedo estar más agradecido de estar aquí viviendo esta experiencia. Siento que, en cierto modo, este año está también suponiendo en mí un cambio en la manera de enfrentar la realidad que se me pone de frente en el día a día. Esta genuina curiosidad que me invade recorriendo los rincones infinitos que abundan en esta urbe me lleva a dar con explicaciones para aquellos problemas que acontecen hoy en día en el mundo. No sería posible de otra manera que, conociendo lo que sucedió en tiempos pretéritos, comprender aquello que acontece en nuestros días. Es de esta manera, como me gusta hablar de Roma, como un libro abierto en el que tanto podemos aprender de nosotros mismos. Aquí encuentras la historia dispuesta como un puzle, como piezas encajadas una sobre otra creando una armonía como ninguna otra dentro de lo que a primera vista, con unas lentes desenfocadas, se puede percibir como un desorden.

Bien es cierto que, en todos aquellos que hemos venido aquí a vivir este año he percibido un cambio notable en la manera de afrontar el devenir del día a día. Todos, en mayor o menor medida, nos hemos visto obligados a adoptar el modus operandi romano, el cual se caracteriza por la inmunidad ante el estrés causado por los continuos retrasos y el desarrollo del arte de la improvisación en el día a día. Vivir entre las ruinas de la capital de la civilización que más marcó Occidente y la escasa organización de los romanos de hoy día, trae como consecuencia abundantes imprevistos en el devenir diario, que suelen ir acompañados de sinfonías de cláxones y sirenas. No es de otro modo que dejándose transformar un poco más por el modo de ser romano, que uno puede hacer de ello algo de lo que sacar partido en su vida cotidiana, ya que uno nunca sabe si llegará a tiempo a comer a casa o si, por fortuna, se verá obligado a probar un nuevo plato de carbonara o de cacio e pepe en una trattoria cercana.

He de reconocer, que todos estos recuerdos que vienen a mi cabeza mientras escribo estas letras no tendrían sentido sin aquellos que me han acompañado en cada tarde, aventura o viaje. Son sus nombres aquellos que siempre resonarán en mi corazón cuando recuerde este año aquí, tanto de aquellos con los que vivo el día a día, como de quienes vinieron a visitarme. Es gracias a ellos por lo que encuentro el sentido de todo esto, así como de mi familia, quienes me hacen saber día a día – ya sea verbalmente, por escrito o mandándome algo de embutido – que por lejos que me vaya, siempre tendré un hogar al que poder regresar. Por tanto, creo poder afirmar estar viviendo esta experiencia con mayúsculas, haciendo de la misma un auténtico regalo, pero totalmente convencido de que, si esto es así, es por quien tengo al lado.

Me gustaría desde aquí, a todos los que leáis estas líneas, invitaros a seguir descubriendo el mundo, a venir a Roma, ya sea unos días o, si tenéis la misma suerte que yo, durante un Erasmus. Estoy convencido de que todo el que pasa por aquí no vuelve igual que ha venido, porque todo el que llega a Roma, en el fondo, está sediento de Verdad.

Con esto, quisiera despedirme, agradeciéndote el tiempo que te ha tomado llegar hasta aquí.

Ahora, llegando a la meta, ya no solo en esta pequeña ventana,  sino también en mi estancia aquí y en la Escuela, quisiera expresar la ilusión que me hace poder vivir la graduación del próximo 13 de junio, culminando estos cuatro años en la ELU y que espero todos podamos compartir.

Arrivederci! Ci vediamo!

Vida ELU

Elus por el mundo – Laura Peregrina

Por: ELU Admin

Soy Laura Peregrina, de 4º de la ELU, y este año estoy de intercambio en la Universidad de Florida, en Gainesville, a unos 200 kilómetros al norte de Orlando. Desde que empecé la carrera tenía claro que quería irme de intercambio, y el motivo por el que elegí Gainesville fue, simplemente, el clima. Creo que no me equivoqué. Lo llaman el Sunshine State por algo, y es que desde febrero siempre hay algún rato del día para ir a la piscina.


UF tiene como mascota al Gator, con el que nos hicimos una foto, y sí, también fue en esta universidad donde se creó la bebida Gatorade. Una de las cosas que más me gusta de Florida son sus paisajes. Durante estos meses hemos hecho varios viajes en coche a lugares como San Agustín, la ciudad más antigua de Estados Unidos, Miami, los Everglades o distintas playas. La península de Florida es tan grande como Italia, y eso hace que siempre haya algo nuevo que descubrir.


Algunos estudiantes me han preguntado cómo es un día allí. La verdad es que cada día es distinto, y esa es una de las cosas que más me gusta de este intercambio. Aun así, podríamos dividir la semana en tres partes: lunes, miércoles y viernes, que son los días en los que la mayoría de los estudiantes tienen clase; martes y jueves, en los que prácticamente no hay clase; y el fin de semana, que pocos hemos pasado en Gainesville, porque casi siempre aprovechamos para viajar.


Un día de clase te lo puedes imaginar: los estudiantes aquí se despiertan muy pronto, hacen deporte, desayunan temprano, van a clase, comen también muy temprano, estudian mucho en la biblioteca y, adivina, cenan muy temprano. Pero casi me parece más interesante contar cómo es mi día a día en uno de esos días sin clase. Dos de cada cinco días nos despertamos y vamos a jugar al golf. Hay un campo de golf dentro de la universidad, pero también hay otros muy cerca. Otro de esos días vamos a ver jugar al equipo de tenis. Y, hablando de deportes, me falta mencionar el fútbol americano: un deporte que, personalmente, me parece bastante aburrido, pero que aquí se vive de una manera impresionante, en un estadio universitario con más capacidad que el Bernabéu.


Si tuviese que señalar tres takeaways que me llevo de esta experiencia de intercambio, diría en primer lugar el intercambio cultural. Y no solo con estudiantes de la universidad, sino también todo el enriquecimiento que me ha dado haber tenido la gran suerte de viajar mucho. No solo por Estados Unidos —Chicago, Boston, Nueva York o Nueva Orleans—, sino también fuera: República Dominicana, México y Brasil. Viajar tanto me ha enseñado a mirar con más curiosidad otras formas de vivir y, al mismo tiempo, a valorar más profundamente lo que una tiene en casa.


En segundo lugar, diría la atención. Una de las cosas más significativas, y que me sorprende no haber mencionado antes, es que aquí las distancias a pie son de aproximadamente cuarenta minutos. Da igual que quieras ir a misa, a clase, al gimnasio de la universidad o al bar Cantina, al que vamos todos los miércoles: casi todo está a unos cuarenta minutos andando. Caminar dejando el móvil en casa, algo que también salió en el primer fin de semana de la ELU, me ha hecho ver hasta qué punto cambia la atención que ponemos en nuestro entorno. He notado que esos paseos me han ayudado a vivir de una forma más consciente, más atenta a lo que me rodea y también más presente en lo cotidiano.


Por último, me gustaría hablar de la cercanía. Antes de venir, tenía miedo de descuidar relaciones en España por estar tan lejos. Sin embargo, al vivirlo, creo que ha ocurrido en parte lo contrario: he conseguido estar incluso más cerca de algunas personas que siguen allí. La distancia, en vez de enfriar algunos vínculos, los ha hecho más conscientes y más valiosos. Además, esta experiencia me ha hecho valorar mucho más ciertos aspectos de nuestra forma de relacionarnos: la espontaneidad, la cercanía y la facilidad para entrar en la vida de los demás con naturalidad.


Para concluir, considero que cualquier experiencia debe vivirse tres veces: en su preparación, mientras transcurre y, por último, al recordarla y volver a pasarla por el corazón. Todavía me falta la vuelta, y me da mucha pena que se acabe el intercambio. Aun así, también me ilusiona pensar en todo lo que me espera en España, especialmente en el Camino de Santiago este verano. Supongo que así son las etapas importantes: da pena cerrarlas, pero también abren siempre la puerta a algo nuevo.

Vida ELU

Elus por el mundo – Miguel De Pablo

Por: ELU Admin

“En mi infancia, como en todas las infancias, los cuentos comenzaban diciendo: Hace mucho tiempo, en un país lejano y a partir de ahí ocurrían prodigios…”. Así empieza Luis Landero su discurso Bienvenidos a Ítaca, recordándonos algo que solemos olvidar: lo extraordinario no siempre está en otro tiempo ni en otro lugar. De niños imaginamos países lejanos llenos de prodigios: cuevas de tesoros, mares misteriosos, palabras mágicas capaces de abrir puertas… y pensamos que hemos llegado tarde, que esas maravillas ya no existen. Pero un día miramos atrás y descubrimos algo inesperado: también nosotros, sin saberlo, vivíamos entonces en nuestro propio país lejano, rodeados de cosas extraordinarias que solo la memoria supo devolvernos más tarde.

Algo parecido me ha ocurrido en Singapur. Recuerdo caminar el primer día por la ciudad con la sensación de que todo reclamaba mi atención: los colores de las calles, la verticalidad de los rascacielos y la mezcla de idiomas que convergen en cada esquina. Después llegaron los viajes, sobrevolar las montañas de Vang Vieng, el mar de nubes en Nong Khiaw, el trayecto en moto por Hà Giang (especial mención a la compañía), las playas paradisiacas al norte de Siargao… Todo nuevo e intenso. Y, sin embargo, con el paso de los meses descubres algo que ocurre siempre: lo extraordinario se vuelve cotidiano. No porque deje de serlo, sino porque nuestros ojos, poco a poco, se acostumbran y dejan de asombrarse.

Todos reconocemos esa experiencia. En la ELU hablamos del encuentro con el otro, de cómo en la convivencia aparecen no solo nuevas personas, sino también nuevas formas de comprendernos a nosotros mismos. La vida de Erasmus condensa esa experiencia con una intensidad brutal: de pronto el mundo se llena de lugares desconocidos, de conversaciones inesperadas, de opiniones distintas que amplían nuestra mirada. Y en ese ir y venir de rostros, ciudades y preguntas descubrimos algo que compartimos: la sorpresa de encontrarnos con el mundo como si lo viéramos por primera vez.

Por eso, si alguna vez te preguntas si merece la pena marcharte de Erasmus, la respuesta es sencilla: sí, hazlo. Hazlo por los lugares que aún no conoces, por las personas que todavía no sabes que te esperan, por las conversaciones que un día recordarás con nostalgia. Pero hazlo también por algo más importante: porque viajar, y vivir de verdad esas experiencias, te devuelve una mirada más atenta sobre la vida. Y entonces comprenderás lo que decía Landero: que el país lejano no siempre está al otro lado del mundo. Lo tienes aquí mismo, en tu propia rutina, esperando simplemente a que te detengas un instante… y aprendas a observar y a vivir.

Vida ELU

Elus por el mundo – Joaquín Martín

Por: ELU Admin

El pasado 4 de septiembre comenzó mi Erasmus en la bávara y universitaria ciudad de Würzburg. Así cobró vida una inquietud que llevaba años rondando mi cabeza: vivir en Alemania. Fue a los tres años cuando empecé a estudiar alemán en el colegio y, desde entonces, entré en contacto con la cultura y la manera de pensar germanas. Al vivir parte de mi día a día, año tras año, en alemán, surgió en mí la duda sobre la realidad de este país y sobre si podría llegar a ser mi sitio en el futuro. Por ello, no consideré ninguna otra opción a la hora de elegir el destino de mi Erasmus.


Añadiendo a este primer criterio de selección de destino, elegí una ciudad poco conocida, pequeña y rebosante de estudiantes alemanes para escapar de lo que sentía ser el modelo de experiencia Erasmus (ir a un lugar con gran presencia internacional y particularmente española, viajar constantemente). Buscaba vivir algo único, pasar un año como un estudiante más de la universidad y no sumirme en la “burbuja erasmus” dentro de un grupo numeroso de españoles.


Los últimos seis meses han sido, desde luego, los menos convencionales de mi vida académica. En Alemania, el semestre empieza a mediados de octubre, cuenta con vacaciones de Navidad y acaba a mediados de febrero. Esto me permitió pasar mes y medio adaptándome a mi nuevo hogar sin tener que lidiar con la universidad. Fueron unas semanas en las que percibí un contraste enorme respecto a los veinte años vividos con mis padres en la misma ciudad. Al principio, Würzburg parecía vacía, al igual que mi residencia; los estudiantes representan alrededor de un 23% de la población y las clases aún no habían comenzado. Quienes sí estaban allí eran los españoles y demás estudiantes Erasmus, así que, naturalmente, se convirtieron en mis amigos, tumbando de esta manera una de mis pretensiones previas a la llegada.


Este periodo pre-clases me brindó la oportunidad de viajar dos semanas a Australia a visitar a mi novia, Carmen, cuya estancia internacional transcurría en Sídney. Fue algo especialmente trascendente para mí puesto que mis abuelos emigraron a esa misma ciudad, fue donde nació mi madre y mis padres vivieron unos años (en Melbourne, que también pude visitar). Ver aquello de lo que tantas veces había oído recordar en familia, me acercó de alguna manera a lo que soy y me permitió conocer más a mis familiares. Más allá del impacto personal, fueron unos grandes días descubriendo lugares preciosos en la mejor de las compañías. Además, adquirí grandes dosis de sol que, posteriormente, echaría gravemente de menos en Würzburg.


La vuelta de Australia marcó el inicio de una nueva etapa dentro de la del Erasmus, volví el mismo día de inicio de las clases a Alemania y parecía otro lugar la ciudad. Había cobrado vida, no daba abasto de la gente nueva que conocía, todos los días acontecían infinidad de eventos y el funcionamiento de universidad exigía ser explorado.


Gestionado el bonito caos de este nuevo arranque, he encontrado en la rutina alemana una agradable combinación entre rendimiento, obligaciones, libertad y descanso. Me explico: al contrario que la universidad en Zaragoza, que exige seis horas diarias de tu tiempo en concepto de clases, en Alemania no se tienen más de dos horas semanales por asignatura y los viernes no hay clase. Esto permite una gestión mucho más libre del tiempo, a la vez que se aporta al alumno lo fundamental de cada materia. En definitiva, se tiene más confianza en el trabajo personal y, por tanto, no se te encadena a pasar horas poco productivas en la facultad. Disfrutando de este modelo educativo, he podido vivir mucho más durante el semestre; desde deporte, ver amigos, leer, viajar, salir.


Esta importante diferencia no implica que no sea exigente la universidad, el mes de enero y parte de febrero ha sido parecido (pero no igual de terrible) a los que todos vivimos en España de exámenes.


Una de las grandes alegrías de la experiencia ha sido la posibilidad de ver con más frecuencia a mi gran amigo Mario Castanera. Vive a una hora en tren de Würzburg, ya que estudia la carrera en Aschaffenburg y desde que acabamos bachillerato lo he podido ver en contadas ocasiones. Estos meses hemos tenido la oportunidad de compartir buenos ratos, que espero repetir en los venideros.


Irónicamente, mi experiencia Erasmus está siendo un poco todo aquello que decía querer evitar: me he juntado sobre todo con españoles e italianos, he viajado mucho y he hablado poquísimo alemán (todo se ventila en inglés). Curiosamente, no estoy decepcionado en absoluto; simplemente he aprendido que lo que yo esperaba de esto no era para nada acertado. Mi ciudad es tremendamente internacional, los alemanes en invierno socializan bien poco y viajar sí me apetecía realmente.


En definitiva, lo más potente de vivir esto hasta la fecha es la inexorable obligación de conocerte a ti mismo que supone el irte a vivir solo al extranjero. Llegar a un lugar donde nadie te conoce, donde cada día te ves obligado a decidir y obrar tan lejos de todo lo conocido; hace irrenunciable el hecho de preguntarte por qué estás viviendo de esta manera. Y por ello, lo recomiendo a todo universitario.

Vida ELU

Elus por el Mundo – Rosa Miranda

Por: ELU Admin

Queridos elus,
Si algo he aprendido este año es que hay decisiones que, aunque cuesten, merecen ser tomadas precisamente por eso: porque cuestan. Soy Rosa Miranda Anguita, estudio 4º de Derecho en la Universidad de Córdoba y curso 4º de la ELU. Y cuando llegó el momento de elegir destino, no fue sencillo. No tenía una ciudad soñada ni un país que llevara años queriendo visitar. Solo tenía una intuición clara: quería salir de mi zona de confort. Y así fue como terminé eligiendo Polonia. Más concretamente, Cracovia.

Estudiar Derecho me ha enseñado mucho más que normas, artículos o procedimientos. Me ha enseñado cómo, a lo largo de la historia, el poder puede utilizar las leyes no solo para proteger, sino también para manipular, controlar y someter a las personas. He comprendido cómo determinados regímenes han instrumentalizado el Derecho para legitimar injusticias, restringir libertades y despojar de dignidad a pueblos enteros. Esa experiencia despertó en mí una forma distinta de mirar. Una mirada más consciente, más humana. Y entendí que, frente a las miradas que en la historia han servido para señalar, excluir o deshumanizar, existen otras miradas que construyen vínculos, que reconocen la dignidad del otro y que crean comunidad.

Por eso vivir en Cracovia tenía para mí un significado especial. Es una ciudad pequeña, pero inmensa en historia. Una ciudad preciosa que ha sido escenario de algunas de las mayores atrocidades del siglo XX. Vivir allí no es solo estudiar en otro país; es convivir con la memoria. Y eso, inevitablemente, te cambia. La historia deja de ser algo que estudias en un libro y se convierte en algo que pisas. Caminar por sus calles, visitar lugares marcados por el sufrimiento o escuchar testimonios del pasado te obliga a tomar conciencia de lo frágil que puede ser la dignidad humana.

Entiendes que el tiempo no borra lo ocurrido, solo lo transforma en responsabilidad. Y que el Derecho, según quién lo sostenga, puede ser escudo o puede ser arma. Y, en medio de esa ciudad cargada de memoria comenzó también mi propia historia allí. La primera semana fue una mezcla de vértigo e ilusión. No entendía el idioma, el frío parecía permanente y todo era nuevo. Recuerdo entrar en mi habitación y pensar: “¿Qué hago aquí?”. Y, sin embargo, en el fondo sabía que justo ahí era donde tenía que estar. Elegir Polonia fue elegir la incomodidad. Y la incomodidad, aunque no lo parezca, educa.

Pero si algo ha definido verdaderamente mi Erasmus no ha sido el destino, sino las personas con las que he compartido estos cinco meses. Porque cuando uno llega, llega solo. Aunque haya cientos de estudiantes en tu misma situación y de tu mismo país, la sensación inicial es profundamente individual. Cada uno con sus miedos, sus expectativas y su necesidad silenciosa de pertenecer. Nadie lo verbaliza, pero todos buscamos lo mismo: sentirnos parte de algo. Y entonces empiezan a cruzarse miradas, preguntas incómodas, conversaciones, risas nerviosas en la cocina compartida. Empiezas preguntando de dónde eres y terminas compartiendo historias de infancia, inseguridades, sueños que te da miedo decir en voz alta. La distancia acelera los procesos: lo que en otro contexto tardaría meses en surgir, allí ocurre en semanas.

Cracovia me enseñó que el hogar no es un lugar físico, sino una red invisible de personas. Hubo un momento en el que mi residencia dejó de ser solo un edificio y se convirtió en refugio. Volver significaba encontrar a alguien que te preguntara cómo te había ido el día, que se sentara contigo a cenar —aunque solo hubiera pasta— o que celebrara pequeñas victorias que, lejos de casa, se sienten enormes. Son esos gestos sencillos los que te hacen sentir vista, tenida en cuenta, parte de algo.

Al principio tenía miedo de que nada de eso ocurriera. Llegas pensando que muchas relaciones serán superficiales: planes constantes, fotos, risas… pero poca profundidad. Y es verdad que esa es una forma de vivir el Erasmus. Hay quien prioriza acumular ciudades y experiencias. Con el tiempo entendí que cada persona elige cómo quiere vivir esta etapa. Yo supe que quería algo más. No solo compartir planes, sino también conversaciones largas, historias personales y silencios. Y comprendí que, si buscas profundidad, tienes que empezar por ofrecerla. Cuando dejé de intentar encajar en una idea preconcebida de lo que debía ser el Erasmus y me mostré tal y como soy, los vínculos se hicieron más fuertes. No fueron los más numerosos, pero sí los más auténticos. Y eso transformó por completo mi
experiencia.

Precisamente en esa autenticidad comenzó también el verdadero aprendizaje de la convivencia. Porque cuando decides implicarte de verdad, convivir deja de ser simplemente compartir espacio y se convierte en un ejercicio constante de adaptación, escucha y respeto. Aceptar ritmos distintos, gestionar diferencias y aprender a ceder forma parte del proceso. No todo es perfecto, pero en ese ajuste continuo uno crece casi sin darse cuenta.


También hubo viajes, claro. Cada ciudad nueva era una aventura y, sobre todo, una oportunidad de ampliar la mirada. Cada lugar tenía su propia historia y su manera de entender el presente. Descubrí que la cultura —el arte, la música, la memoria— es un lenguaje universal capaz de tender puentes entre personas muy distintas. Viajar no era solo desplazarse, era aprender a observar con más profundidad y menos prejuicio.

Y precisamente esa ampliación de la mirada me ayudó a entender mejor otra experiencia inevitable: la de sentirme extranjera. Porque mientras yo intentaba comprender otras realidades, también vivía en primera persona lo que significa estar fuera de la propia. Entrar en clase y saber que compartías un idioma distinto, referencias distintas, un contexto distinto. Sentirte observada, descolocada, pequeña.

Sin embargo, lejos de paralizarme, esa sensación me fortaleció. Me obligó a participar, a atreverme a hablar, aunque no estuviera completamente segura, a ocupar mi espacio incluso cuando dudaba. Ser extranjera no solo me hizo más consciente de las diferencias, sino también más segura de mi lugar en medio de ellas. Hoy entiendo que el Erasmus no es solo cambiar de país, sino cambiar la manera de mirar. Es darte cuenta de que crecer no siempre significa ir hacia lo que conoces, sino atreverte a lo desconocido. Es descubrir capacidades y fortalezas en ti que antes no veías.

Quizá esa sea la mayor enseñanza: que salir de tu zona de confort no te aleja de quién eres, sino que te ayuda a conocerte mejor. Y que cuando decides ser tú misma, sin intentar encajar a la fuerza, encuentras vínculos y experiencias que te transforman de verdad. Por eso, cuando ahora pienso en mi Erasmus, puedo llamarlo casa. No solo por el lugar ni únicamente por quienes lo compartieron conmigo, sino por todo lo que allí viví y por la persona en la que me convertí. Porque un sitio se convierte en hogar cuando deja huella en ti.

Y como escribió Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.” Y eso es exactamente lo que Cracovia ha significado para mí.

Vida ELU

Elus por el Mundo – Carmen Moreno

Por: ELU Admin

Llegué a Australia a finales de agosto, cuando el verano empezaba a asomar tímidamente, y me fui justo antes de Navidad, cuando todo parecía estar en su mejor momento. Tal vez por eso cuesta todavía más explicar lo que fue: porque no tuvo un principio claro ni un final rotundo, sino más bien la sensación constante de estar viviendo una de esas vidas posibles de las que hablaba Sabina en El pirata cojo. Esa idea de que no vivimos una sola vida, sino muchas versiones de nosotros mismos, algunas elegidas y otras que simplemente llegan a ti.

Australia es un país que sabe vivir. No en el sentido superficial de la palabra, sino en ese equilibrio extraño y admirable entre hacer muchas cosas y no vivir estresado por ninguna. Allí la gente estudia, trabaja, surfea, viaja, queda con amigos y, aun así, parece llegar a todo con una calma envidiable. La calidad de vida no es un eslogan: se respira. Es un país que te recibe, que te lo pone fácil, que no te exige demostrar quién eres para darte un sitio. Simplemente llegas, y con eso ya es suficiente.

Esa forma de entender la vida se notaba también en la universidad. La University of New South Wales era enorme y muy moderna, ¡a ratos casi demasiado! El campus parecía una pequeña ciudad: edificios nuevos, zonas verdes, cafeterías siempre llenas y gente yendo de un lado a otro con calma, como si no tuvieran prisa por llegar. Las clases eran muy prácticas y los profesores, cercanos y accesibles, siempre dispuestos a escucharte y a plantearte las cosas desde otro punto de vista. No sentías que fueras solo a estudiar, sino a aprender a mirar mejor.

Sídney, en concreto, es una ciudad profundamente multicultural, llena de personas que no quieren estar en ningún otro lugar. Gente de todas partes del mundo que, por razones muy distintas, ha decidido quedarse. Tal vez por eso se siente tan viva: porque está hecha de elecciones conscientes.


Yo vivía en una casa con 33 personas jóvenes, de todos los rincones del planeta. Llegué más tarde que el resto, cuando los grupos ya parecían formados, pero aun así me sentí bienvenida desde el primer momento. Como en casa. Martes de trivial, karaokes improvisados, muchísima playa, fiestas, beerpong y esa sensación de que siempre había alguien dispuesto a compartir tiempo, historias o silencios.

Cuando Joaquín, mi novio y estudiante de cuarto en la ELU, vino a verme a finales de septiembre, entendí hasta qué punto esta red humana lo atravesaba todo. No sabía muy bien por dónde empezar a enseñarle la ciudad ni cómo explicarle la rutina que a mí tanto me llenaba, así que hicimos lo único que tenía sentido: vivirla. Y juntos recorrimos Sídney de arriba abajo, como si la ciudad también se dejara conocer mejor cuando se comparte: miradores, paseos interminables y planes sencillos que acababan siendo memorables.

Viajar con amigos fue una prolongación natural de esa forma de vivir. Los destinos importaban menos que la compañía, aunque algunos se quedaran grabados para siempre: Fiyi, uno de los lugares que más me han impresionado nunca; Nueva Zelanda; varios road trips improvisados. Salté en paracaídas (mejor pedir perdón que permiso, sobre todo cuando se trata de padres…) y entendí que hay experiencias que solo tienen sentido cuando se viven sin pensarlas demasiado. Descubrí, casi sin querer, que vivir dentro de un coche puede ser el planazo del siglo: dormir donde te pilla la noche, despertarte frente al mar e improvisar constantemente. Una libertad tan básica que casi se olvida que existe.

Australia ha sido, sin duda, junto con el viaje de Becas Europa, una de las experiencias que más me ha ayudado a encontrarme. A entender quién soy cuando no tengo referencias, cuando nadie me conoce de antes, cuando todo está por construir. Y, sin embargo, me costaría verme viviendo allí indefinidamente. Muchos de mis amigos planean volver y establecerse, y lo entiendo perfectamente. Es difícil no verse a uno mismo feliz construyendo una vida allí. Pero hay algo en mí que no sabría dejar de mirar hacia casa, hacia mi familia, hacia mis amigos de siempre.

Y no es una contradicción. No le resta nada a lo vivido ni a lo increíble que para mi ha sido vivir allí. Al contrario: quizá lo hace aún más valioso. Porque hay lugares maravillosos para quedarse, pero también hay algo profundamente bonito en tener un sitio al que volver. En saber que puedes vivir muchas vidas, sin necesidad de renunciar del todo a la que te espera al otro lado del mundo, cuando te toca volver a tu realidad.

Vida ELU

Elus por el Mundo – Maite Tormo

Por: ELU Admin

¡Hola a todos!

Soy Maite Tormo, y este primer cuatrimestre he estado de intercambio en la Universidad de Edimburgo en mi cuarto año estudiando Derecho y Filosofía, Política y Economía.

¿Pero de qué sirve el Erasmus? -preguntaba repetidamente mi abuelo antes de irme, muy escéptico de una experiencia que a sus ojos, era sinónimo de una temporada de vacaciones. Hoy, cuatro meses después, puedo dar mi propia respuesta a esa pregunta.

Lo primero es que el erasmus supone una experiencia muy intensa de libertad. Llegas a un lugar desconocido, cargada de maletas, entras en una habitación que al principio te resulta hostil y al sentarte en la cama te das cuenta de que estos cuatro meses tienes que decidirlo tú todo: desde lo más nimio, el qué comer, hasta cosas más relevantes como la organización de tu tiempo, los amigos, el deporte, la misa, etc.

Hay dos posibles actitudes ante esta experiencia de libertad, ambas válidas. La primera es el terror o el bloqueo al ver que estás absolutamente solo en una nueva ciudad, sin amistades ni sitios de confianza. La segunda es la tranquilidad o serenidad al no ser la primera vez que estás solo en una ciudad. En mi caso, acogí esa sensación de nueva libertad como un regalo que disfrutar con cabeza y sentido, sabiendo que la libertad exterior no sirve de nada si no hay un ejercicio de libertad interior que la acompaña.

Y así empecé mi erasmus. Hice mil planes nuevos en la primera semana, desde apuntarme a baile escocés, beber la cerveza típica en el pub típico, ver las famosas vacas peludas, subir Arthur’s seat, salir de fiesta con un grupo masivo de españoles, hacer un tour de fantasmas en el cementerio de Greyfriars…

Con el tiempo, creamos un grupo de amigos que, como dice Sofía, no está unido por el paso del tiempo, pues apenas fueron tres meses y medio, sino por la intensidad de la experiencia. Comidas con sobremesas interminables en nuestro piso, viajes por las Highlands escocesas, tortilla de patata para cuarenta, un francés cantante, algún que otro ratón de invitado especial, apuestas para llegar puntuales a la biblioteca, un pamplonica con nivel de inglés proficiency, un escocés fan de las patatas bravas y del jiu-jitsu, anécdotas que jamás olvidaremos… Incluso nos dábamos cuenta de que empezábamos a tener una jerga propia, con palabros que pocos entendían.

La parte académica también fue importante, pues la Universidad de Edimburgo es una de las universidades más prestigiosas en Europa. Me dieron clase profesores que trabajaban en la House of Lords (la cámara alta del Parlamento de Reino Unido), y aprendí de ellos sobre temas de lo más diversos, como el Brexit o la teoría del juego. Una parte importante de las universidades británicas son las “societies”, asociaciones de alumnos con temas muy variopintos, desde la hotchoc society, para los amantes del chocolate caliente (pero sin churros), hasta la edinburgh justice initiative, en la que colaboré para un proyecto pro bono de Derecho.

En definitiva, el erasmus es una experiencia única. No debe idealizarse, porque siempre hay un componente de suerte en el destino y la gente con la que te encuentres, pero sí valorarse como una oportunidad para ser independiente, abrirse a otras culturas y forjar amistades para toda la vida.

Vida ELU

Elus por el Mundo – Sofía García-Escribano

Por: ELU Admin

¡Hola a todos!

He tenido la suerte de pasar este cuatrimestre en París, una ciudad que todo el mundo conoce, aunque sea solo de oídas. Posiblemente, cuando oyes “París”, la imagen que aparece en tu cabeza sea la Torre Eiffel, unas orejas de Mickey Mouse, una catedral centenaria como es Notre Dame o, quizá, incluso un parisino con boina y baguette. Todo eso es válido, menos lo último, que no suele pasar. Así que la pregunta es: más allá del mito, ¿en qué se traduce vivir en la Ciudad de la Luz?

Esta era la pregunta que yo me hacía al seleccionar destino. Para situarnos, os cuento que me llamo Sofía García-Escribano Camino, estudio Ingeniería Industrial en la Universidad Carlos III de Madrid y estoy en tercero de la ELU. Como os pasará o habrá pasado a muchos de vosotros, se me presentó la ocasión de hacer un Erasmus y en ningún momento se me pasó por la cabeza no aprovechar la oportunidad.

Mi criterio de selección era claro: quería una ciudad grande y dinámica donde pudiera mantener un nivel de actividad similar al de Madrid, pero con un toque francés. Sin embargo, aquí estoy en diciembre, escribiendo esto desde mi cuarto en París y dándome cuenta de que mi vida aquí no ha tenido nada que ver con mi vida en España. Y me alegro mucho, porque si hubiera pretendido replicar lo que allí tengo, habría perdido la oportunidad de abrirme a una nueva realidad.

El 31 de agosto abrí la puerta de la que se convertiría en mi habitación durante los próximos meses. Estaba despejada, llena de espacios para rellenar con el equipaje que traía de mi casa “de verdad”. Lo que al principio parecía un cuarto impersonal se transformó, poco a poco, en el rincón al que venía a descansar y donde me sentía a gusto. Como nunca había vivido fuera de casa, el proceso fue revelador: me di cuenta de que no necesitaba llenarlo con objetos de Madrid para que replicara mi hogar; el propio acto de vivir y desenvolverme en ese espacio ya lo hacía mío.

Lo que pasó con mi habitación es lo mismo que ocurrió con mi rutina y mis prioridades. Al llegar a París, me encontré con un lienzo en blanco. Habían desaparecido las inercias de Madrid, no por una decisión consciente, sino porque simplemente no habían cogido el vuelo conmigo. Al principio, ese vacío me asustaba, pero pronto se convirtió en un espacio para ser llenado con lo que verdaderamente quería. Aunque aún no tengo la perspectiva completa de esta experiencia (¡me queda enero, afortunadamente!), creo que el mayor cambio ha sido aprender a discernir y priorizar aquello que resuena conmigo. Al liberarme del afán de hacer cosas sin saber muy bien por qué, descubrí que sí tenía la capacidad de elegir, simplemente no la estaba ejerciendo.

Este cambio de mirada lo viví de la mano de otros. En París, además de turistas en cada esquina y franceses apresurados, encontré a gente con mucho corazón. El proceso fue gradual. Un primer fin de semana en el que se organiza una visita a Versalles con lo que en un principio son quince extraños a los que conociste hace dos días, pero resulta que os lleváis bien, así que quedáis a tomar algo al día siguiente. Como la conversación fluye, la próxima semana te das cuenta de que has acabado en Montmartre con ellos. Al poco tiempo, una de las que empezaban a ser más que “conocidas” propone ir a un castillo a las afueras de la ciudad, Fontainebleau. Se tarda un rato en llegar, pero dicen que merece la pena e, incluso si no te gusta, compensa, porque lo importante en la segunda semana es pasar ratos divertidos con la gente. Entre paseos, quedar para tomar algo después de la uni, jugar al billar, hacer picnics y conseguir que todos llegáramos al récord personal de crêpes ingeridos, llega el final de septiembre y te das cuenta de que sois un grupo de amigos. Un grupo unido no por el paso del tiempo, sino por la intensidad de la experiencia.

Buscando la integración cultural, hemos aprendido a hacer fondue, hemos sido víctimas de varios macarons y hemos hecho más planes de tarde en el Louvre que un parisino promedio. También hemos explorado Francia: Normandía, Orleans, el Mont-Saint-Michel o Lille, terminando con un programa intensivo de mercados navideños en Estrasburgo y Reims.

En paralelo, también he disfrutado de los planes más tranquilos: dar un paseo por los Jardines de Luxemburgo que acaba en una de esas sillas verdes, en las zonas menos concurridas, perfectas para leer un libro un sábado por la mañana; caminar por la ciudad para explorar y aprovechar unos reconfortantes rayos de sol de domingo o ir sola a un museo y darme cuenta de que estaba viendo por primera vez un cuadro que llevaba tiempo en esa pared, al lado de otro que siempre me había gustado, pero al que nunca le había dedicado atención. Incluso he aprendido a agradecer algo a los turistas: me recuerdan que lo que veo todos los días merece la sorpresa. Pasar por Notre Dame y levantar la vista no debería ser un mero trámite, que algo sea cotidiano no significa que tenga menos valor, sino que tienes la suerte de disfrutarlo a diario.

Lo que también he visto casi todos los días ha sido la universidad, pues la razón principal de mi estancia fue estudiar en la Sorbonne Université, en el campus de ingeniería Jussieu. Su entrada, entre dos altos edificios, da paso a un jardín con una torre de cristal situada en medio de una cuadrícula de torres unidas por amplios pasillos. En este espacio se desenvuelve una vida estudiantil mucho más intensa que la que percibía en Madrid. Es un lugar vivo, con decenas de asociaciones y bibliotecas llenas, dominado por estudiantes que no están simplemente de paso y se sienten orgullosos de su institución. Las clases en francés han sido un reto, pero también la vía para conocer a estudiantes internacionales y para transformar por completo la rutina académica a la que venía acostumbrada.

Si en algún momento tenéis la oportunidad de ser tentados por un croissant, aceptadlo. Por lo que habéis leído, no hace falta aclarar que París me parece una ciudad fantástica para hacer una movilidad, pero si en vez de un croissant es un gofre belga, una pizza italiana o un pretzel alemán, estará igual de bien, porque más allá de la admiración por ciertos monumentos, lo verdaderamente relevante de la ciudad es el cambio que provoca en uno mismo. Al fin y al cabo, eso puede pasar en cualquier rincón del mapa.

Un abrazo,

Sofía

Vida ELU

Elus por el Mundo – Lázaro Cruz

Por: ELU Admin

¡Hola a todos!

Sí. Vuelvo a pasarme por aquí tan sólo unos meses después. No obstante, esta vez he dejado el Mediterráneo en mayor lejanía. Tras la aventura italiana, este cuatrimestre me encuentro más próximo al mar del Norte, entre calles empedradas que huelen a gofre recién hecho, nubes caprichosas e intentando entender qué significa, de verdad, vivir en el corazón de Europa.

Para quienes no me conozcáis, me llamo Lázaro Cruz Danta. Soy estudiante del doble grado en Estudios Internacionales y Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid y alumno de cuarto curso (*gritos de pánico*) de la ELU. El cuatrimestre pasado estuve de Erasmus en Turín y este cuatrimestre he metido algún que otro abrigo más en la maleta y me hallo en Bruselas.

La elección de vivir durante unos meses en Bruselas siempre la he tenido presente por mi carrera, pero, sobre todo, como europeísta convencido. Y el encontrarme con la posibilidad de poder estudiar en una ubicación tan estratégica —cerca de las instituciones europeas y de la sociedad civil transnacional—, que me ofreciera una perspectiva privilegiada para comprender la Unión Europea en acción, no podía dejarla pasar.

La Université Libre de Bruxelles es un sueño. Es una universidad viva, dinámica, enfocada en crear comunidad, llena de asociaciones y que ofrece infinitas facilidades y oportunidades para los estudiantes. Me encanta pasar horas en sus aulas, en sus miles de actividades, en los cursos de idiomas, en las instalaciones deportivas… Además, poder estar estudiando en el Institut d’Études européennes, uno de los centros más antiguos dedicados a la docencia, la investigación y el debate público en el ámbito de los estudios europeos, suma valor personal a esta experiencia.

Como también suma un infinito valor la diversidad de Bruselas, que es, sencillamente, fascinante. Para mí, es lo mejor de la ciudad y lo que más me está enriqueciendo como ser humano. En una misma mesa me siento con personas de todos los continentes. Las historias biográficas se explican mejor con mapamundi en mano. Aprendo sobre la vida en Egipto, charlo sobre la diversidad lingüística de Sudáfrica, me intereso sobre la situación socioeconómica en Pakistán, me recomiendan qué hacer en São Paulo o me invitan a visitar Ciudad de México. Y momentos así, todos y cada uno de los días. A veces pienso que mi Erasmus aquí es un mapa que se va coloreando a golpe de amistad. ¡Y qué maravilla toda la gastronomía que estoy pudiendo probar cuando organizamos alguna cena!

Por supuesto, tanta diversidad se refleja también en las lenguas. Nunca he presenciado con tanta claridad que la finalidad última de los idiomas es permitir la comunicación y, con ello, fomentar la unión y la apertura. En casa la lengua vehicular es el inglés, pero, ni por asomo, es la lengua oficial. A mis dos compañeros alemanes les gusta compartir palabras en alemán a cambio de expresiones en español. En la universidad, el francés impone su cadencia, pues la ULB es una universidad francófona a la que le gusta hacer gala de ello. Donde no se impone tanto es en la calle; siempre se saluda con un “bonjour” para, dos frases después, darse uno cuenta de que está interactuando con un paisano de Jerez de la Frontera o de una finlandesa que llegó hace unas semanas y aún no chapurrea la lengua de Molière.

Con amigos españoles e hispanoamericanos, me siento como en casa con el castellano; con los catalanes, el catalán me permite colaborar en hacerles sentir a ellos como en casa; y con los italianos, el italiano me sigue haciendo tener muy presente mis meses en Turín. Cuando estamos con unos y otros, a veces mezclamos sin querer: empezamos una conversación en un idioma y la cerramos en otro. Me hace gracia descubrir que no es confusión: es hospitalidad. Las lenguas van acogiéndose las unas a las otras para que la comunicación llegue a buen puerto y el intercambio sea fructífero.

Los fines de semana, cuando la agenda lo permite, con todas estas personas tan maravillosas que estoy conociendo, realizo escapadas a ciudades de alrededor, aprovechando la posición estratégica de Bruselas. Ámsterdam, Róterdam, Gante, Amberes y Luxemburgo son las que, por el momento, he podido visitar.

No obstante, aquellos en los que no se puede, me encanta disfrutar de la ciudad sin prisas, como cada día. Recorrer sus parques: empezando en el Bois de la Cambre, para seguir hacia el Parc de Bruxelles y terminar rendidos en el Cinquantenaire, contemplando el arco con tanta atención como quien contempla un Magritte. Perderme por Marolles y curiosear en el mercadillo de la plaza del Jeu de Balle. Levantar la vista en el Sablon para cazar fachadas art nouveau. Quedarme con el claroscuro perfecto del Mont des Arts al atardecer. Aceptar que el Atomium, por muchas fotos que hayas visto, siempre sorprende. O disfrutar de unos moules-frites aunque antes de venir renegara de ellos por su simpleza.

¿Que Bruselas tiene fama de gris? Es verdad que los botes de suplementos de vitamina D están siempre agotados en el supermercado y mi regalo de bienvenida por parte de la universidad fue un paraguas. Pero quizá es precisamente en ese telón neutro donde mejor resalta lo importante. Porque si el clima no le da color a la ciudad, ya se lo ponemos quienes la habitamos.

En mi caso, esta ciudad me está regalando una escuela de convivencia. Convivencia entre culturas, lenguas, ritmos y maneras de pensar; entre lo práctico y lo simbólico; entre lo que venía a aprender y lo que no sospechaba que me asombraría. Y, sobre todo, convivencia entre personas que se eligen cada día para compartir lo que son, con su experiencia y sus ganas.

Aunque aún me queda un poco de tiempo, mi año de Erasmus está llegando a su fin y, como es común en Elus por el mundo, os animo a que si estáis pensando en realizar un Erasmus porque contéis con esa oportunidad, tiréis para adelante sin miedo y con convicción. No hace falta convertir el Erasmus en una épica forzada ni en una crisis existencial. Simplemente la experiencia cambia algo, por dentro, de forma discreta pero irreversible. Se amplía la forma de mirar, se aprende a hacer hogar lejos de casa y se entiende Europa no solo como una construcción institucional, sino como una forma de vivir en plural.

Con todo esto, me despido deseando reencontrarnos de nuevo muy pronto.

Un abrazo, familia.

LCD

Vida ELU

ELUS POR EL MUNDO – CARLOTA CARDONA

Por:

¡Hola a todos! Os escribo desde mi casa en Valencia, tras casi cinco meses sin venir después de haber pasado este último cuatrimestre de la carrera un poco lejos de España, en Nueva York. Entre la graduación de la ELU y los reencuentros, es ahora cuando empiezo a asimilar lo que allí he vivido y aprendido, y lo comparto aquí con vosotros.

Empezaré contándoos qué me llevó hasta allí, y es que el objetivo de esta estancia era hacer las prácticas curriculares de mi carrera (Biomedicina) en Icahn School of Medicine at Mount Sinai, un hospital y centro de investigación en pleno Manhattan. Allí me incorporé a un grupo especializado en cáncer de hígado, colaborando en sus proyectos para, a partir de lo aprendido, hacer mi TFG. En este sentido, ha sido una gran oportunidad para entender cómo se trabaja en un centro de alto nivel, comparando la metodología española con la estadounidense y conociendo personas de todo el mundo. Y es que, si algo define Nueva York, es la mezcla de culturas. He podido compartir trabajo con profesionales de todos los continentes, aprendiendo sus costumbres, celebrando los cumpleaños de mil formas y probando platos muy diferentes. Esto enriquecía enormemente mi aprendizaje, que fue más allá de lo académico para demostrarme la maravilla de la diversidad, que diferencia pero no distancia, porque siempre se mantiene algo común que nos une, visible en la colaboración y el apoyo entre todos orientado hacia un bien mayor, hacia la mejora de la vida de las personas.

Como veis, tenía una rutina marcada por las prácticas, pero eso no me ha impedido aprovechar las tardes y los fines de semana para conocer la ciudad y ahora, poder afirmar que -aunque siempre queda algo por ver- he conocido Nueva York a fondo. Y es que, si algo tiene Nueva York es muchísimas cosas que hacer. Junto a compañeros de la universidad, que vinieron conmigo desde España a otros centros de investigación, aprovechamos las primeras semanas para recorrer la gran manzana visitando Times Square, Grand Central, Brooklyn Bridge… y todos esos lugares emblemáticos. Eso sí, todo esto fue en febrero, donde se agradecía la ausencia de turistas en muchos lugares, pero se sustituían por varios centímetros de nieve y un viento gélido. Además, no os voy a mentir, Nueva York es una ciudad de contrastes, y cuando sales de las zonas turísticas a otros barrios, recorres varias líneas del NYC Subway y conoces la ciudad como quien la habita, te das cuenta de que, si no estás despierto, la ciudad te come.

Esto hizo que mi primer mes fuese complicado, sentía que era una ciudad excesivamente grande y caótica para mí: demasiadas personas, demasiada prisa, demasiado ruido… Veía imposible llegar a sentirme cómoda y parte de ella. ¡Y cuánto me equivocaba! Con el tiempo y de la mano del grupo de españoles -entre los que algunos ya son amigos- entendí que Nueva York no te acoge, pero siempre te invita. Te invita a la acción, a la actividad, a buscar tu sitio y, sobre todo, a cambiar. Que no puedes esperar a encontrar tu lugar, sino que debes buscarlo activamente. Porque en medio del individualismo, los empujones en el metro y el trabajo incansable buscando el ansiado sueño americano, te invade una sensación de pertenencia. Parece que nadie es de Nueva York, que todos están de paso, pero por algo es la ciudad que todos eligen y donde uno va a cumplir sus sueños, a cambiar su vida o a empezar de cero. Y esto no es un mito, os prometo que así lo cuenta la señora del metro, mi compañero de laboratorio y la española que conoces en un pub.

A donde quiero llegar, es a que Nueva York ha sido contra todo pronóstico, la ciudad donde he desarrollado parte de mi identidad. Que no está definida por la ciudad, pero el hecho de que la ciudad sea tan diversa, donde todo a tu alrededor inspira, donde todos tienen un hueco y una comunidad -uno de mis sitios favoritos era Washington Square Park, un lugar que era vivo ejemplo de esto- hace que uno no tenga miedo a conocerse a sí mismo. Yo que siempre he sido de pensarme mucho ciertas cosas, he podido definir qué hacer el año que viene, en qué quiero trabajar en el futuro y qué sentido tiene en mi vida y en la de otros. He aprendido a disfrutar de mi propia compañía -cosa que en Madrid nunca se me ha dado muy bien- y a entender qué me gusta y qué es importante para mí, los pilares de mi vida y de la persona que estoy construyendo. Todo esto, gracias a una ciudad en la que te sorprende alguien con una historia de vida en la que te reconoces, o un muelle al lado del Hudson donde no se escucha ni una sola bocina de coche, o un paseo interminable por una de las avenidas donde encuentras arte, música, pobreza y riqueza, iglesias y templos… lo que es el mundo, que es mucho y muy diverso, pero en el que todos encuentran su sitio y conviven.

Además, he compartido mucho tiempo con familiares que viven en Estados Unidos, pudiendo visitar otras ciudades y pasar tiempo con tíos y primos que veo con poca frecuencia. Esto también me ha ayudado a sentirme en casa, a sentir ese amor familiar e innato que no desaparece a pesar de los años y la distancia, y que me ha permitido tener un hogar lejos de mis padres, donde sentirme siempre bienvenida y acogida para descansar de la locura de la ciudad cuando lo necesitaba.

No puedo dejar de comentar otra cosa que me ha fascinado: el arte. Y es que siempre he sido una persona que disfruta mucho visitando un museo y aprendiendo el estilo de distintos artistas, y Nueva York me ha permitido explotar al máximo este hobby. Además, el Trabajo Final de la ELU que he estado desarrollando con mis amigas llamada tras llamada, me ha hecho aumentar esa sensibilidad ante las obras y hacer turismo muy atenta del arte que me rodeaba. El MoMA, el MET, el Guggenheim, pero también el barrio del Soho, un músico en Central Park o las paredes del metro me han permitido aprender muchísimo y vivir enamorada de la belleza que somos capaces de crear las personas, y que, si te fijas, está en todas partes para hablarte e inspirarte.

Y por supuesto, todo lo vivido y aprendido ha sido de la mano de personas que me han acompañado. Familia, compañeros de trabajo y universitarios que me han brindado compañía, apoyo, conversaciones y momentazos que me llevo en el corazón y que, gracias a ellos, han calado y han cobrado mucho más sentido. Algunos ya son amigos, que espero poder mantener en mi vida y recordar con ellos la huella que ha dejado esta ciudad en nosotros y que nos ha hecho tanto bien. En definitiva, creo que mi frase más repetida en este cuatri ha sido “se me rompe la cabeza”, que se podría traducir en un agradecimiento profundo ante tantos regalos que considero que Dios ha puesto en mi vida y ante los que sólo me queda la responsabilidad de aprovecharlos al máximo, siempre consciente y feliz por cada viaje, paseo y momento vivido.

Sabiendo que Nueva York es un destino que a muchos nos llama la atención, termino ofreciendo una lista que he trabajado con sudor y lágrimas en estos meses, llena de lugares, planes y comida (la mayoría “sitios sin mantel” como me gusta llamar a los restaurantes asequibles y que me podía permitir) que merecen mucho la pena. Considero que, entre otras, en esa lista están las mejores chocolate chip cookies y rooftops de la ciudad 😉

Y nada ELUs, solo me queda invitaros a visitar esta ciudad y a decir un SÍ en mayúsculas a cualquier experiencia que se os presente en el extranjero. Porque a veces, aunque no lo creamos, hace falta salir para reconectar con nuestro origen y con uno mismo, para crecer en aspectos que en la cotidianeidad habíamos descuidado y con ello, volver a casa con un bagaje que nos hará vivir mejor, más felices, y de forma mucho más universitaria.

¡Gracias por leerme!

Y ánimo con la resaca emocional de la graduación, yo aún no lo he superado.

Un abrazo enorme,

Carlota Cardona

Vida ELU

ELUS POR EL MUNDO – LÁZARO CRUZ DANTA

Por:

Hay momentos en la vida en los que uno siente que está llamado a hacer algo, aunque no sepa muy bien por qué, y aunque haya quienes tampoco entiendan las razones de ello. Puestos en esta situación, aparece la disyuntiva sobre cómo proceder: ¿te dejas llevar por la corriente o decides tirar hacia adelante con esperanza y convicción? Yo, afortunadamente, elegí lo segundo, y, hoy, este alma sureña se complace de haberse dejado guiar hasta el norte de Italia, hasta la discreta Turín. 

Cuando hace ya más de un año me dispuse a realizar mi solicitud de Erasmus para tercero de carrera, no tardé mucho. Leí “Turín” y la marqué como primera opción. Quizá por intuición; aunque creo, sinceramente, que por algo más profundo. 

Ya desde bien pequeño, por los trece años que estudié en un colegio de los Salesianos, Turín nunca me ha sido una ciudad ajena. Todas aquellas historias de un sacerdote, Juan Bosco, que dedicó su vida, en los tiempos de la industrialización, a ayudar a niños y jóvenes empobrecidos que llegaban a la metrópolis y terminaban maltratados, explotados y negados en sus derechos y libertades, me marcaron para siempre. Por ello, de algún modo, sentía que ese lugar, cargado de significado para mí, tenía algo especial esperándome. 

Y no me equivoqué. 

Estudiar Derecho —o como tanto me gusta que lo llamen aquí, Giurisprudenza—, en la Universidad de Turín —mi querida UniTo— ha sido una experiencia profundamente enriquecedora. Turín, con su carácter sobrio y elegante, reflejo de una ciudad industrial que ha sabido reinventarse sin perder su esencia, es un entorno ideal para formarse, sobre todo en el campo del derecho laboral, del que he tenido la suerte de cursar dos asignaturas durante mi estancia. 

Italia nació en Turín, y ese espíritu fundacional sigue vivo en el ADN del país. No creo que sea casualidad que la Constitución italiana defina a la nación como una “Repubblica democratica, fondata sul lavoro”. Ese valor del trabajo como motor de dignidad y progreso se percibe claramente en esta ciudad. La presencia de empresas importantes como FIAT, Lavazza, MAT, Martini o Ferrero, junto con el Centro Internacional de Formación de la Organización Internacional del Trabajo, hacen que la UniTo se beneficie de un ambiente de innovación y dinamismo, y que cuente en sus aulas con profesores de inmensa calidad, de esos de los que uno se alegra de haber tenido en su formación universitaria. 

En la UniTo recordé que el primer libro de literatura italiana que leí fue El nombre de la rosa, de Umberto Eco, quien también fue alumno de los Salesianos y, posteriormente, de esta universidad. Haber podido estudiar aquí le ha dado a mi experiencia un valor simbólico añadido, siendo esta novela una de las primeras que me hizo ver la importancia del conocimiento y la búsqueda de la verdad. 

Por supuesto, mi Erasmus va mucho más allá de las aulas. Mi Erasmus es, en la mayor proporción, las personas con las que lo estoy compartiendo. Personas maravillosas que, en un abrir y cerrar de ojos —como todo en el Erasmus—, se han convertido en mi familia improvisada. La cotidianidad de esta nueva vida la comparto con ellos; los paseos sin rumbo fijo por la orilla del Po y por los soportales de Via Roma o las visitas a los innumerables y excepcionales museos de la ciudad: desde el egipcio —que es el más antiguo del mundo— hasta el del cine —en la imponente Mole Antonelliana—, pasando por el del automóvil, el de Lavazza y el de arte oriental, ¡y todavía nos faltan un montón! 

Además, nos hemos vuelto adictos a observar la ciudad desde lo alto: las vistas desde el Monte dei Cappuccini al atardecer son algo que me llevaré en la retina para siempre. Tras esto, el ritual del aperitivo nos reúne: spritz en mano, risas, confidencias y alguna que otra declaración improvisada en las plazas más bellas de la ciudad, desde San Carlo hasta Vittorio Veneto. Siempre, de fondo, una canción que parece perseguirnos por donde vamos: “Maledetta primavera”, que se ha convertido en la banda sonora de nuestro Erasmus. 

Con ellos no solo recorro la ciudad de arriba a abajo, sino que tampoco hemos parado de recorrernos otras muchas ciudades de Europa: Venecia, Milán, Génova, Budapest, Viena, Ginebra, Praga y Estocolmo. De cada ciudad me llevo nuevos aprendizajes e historias que nunca olvidaré, todo ello envuelto en la sensación compartida de estar viviendo algo irrepetible, y con cada uno de nosotros poniendo de su parte para que así fuera

Sin embargo, de todos esos recuerdos compartidos, hay uno que guardaré con especial cariño: nuestra aventura en las Dolomitas. Durante semanas, el horizonte de Turín nos había mostrado los Alpes como una postal que enmarcaba la ciudad. Hasta que un día decidimos no conformarnos con mirarlos desde la distancia. Cogimos varias campers, llenamos mochilas y nos pusimos encima varias capas de abrigo, y nos fuimos en busca de esas montañas mágicas. Aquellas caminatas entre montañas nevadas, con el silencio roto solo por nuestros pasos y la belleza imponente de sus valles y sus lagos, fue uno de esos momentos que se graban para siempre. 

En definitiva, Turín, por todo lo que me ha dado y la forma en la que me ha acogido con los brazos abiertos, se siente como casa. Tengo claro que es una joya escondida de Italia. No es ruidosa como Roma, ni ostentosa como Milán. Aquí, la belleza se revela sin alardes. Sus habitantes son discretos, modestos, incluso celosos de su ciudad, y quizá por eso no desean que se convierta en un destino turístico de masas. Y sinceramente, qué suerte que así sea. Porque eso la hace aún más auténtica. Turín no se exhibe: se ofrece a quien sabe mirar

Vida ELU

ELUS POR EL MUNDO – MARÍA ÁLVAREZ

Por:

María Álvarez Oliver, 4º ELU

Escribo estas palabras apenas 24 horas antes de que mi vuelo despegue rumbo a la madre patria, después de la que ha sido la experiencia del año: mi cuatrimestre de intercambio en la Erasmus Universiteit Rotterdam.

¿Puede haber algo más genuino que hacer un Erasmus en Róterdam en la Universidad de Erasmo? De hecho, una curiosidad es que a los alumnos que estamos aquí de Erasmus se nos conoce como los exchange students, no como los Erasmus students, porque claro está, los Erasmus students son los alumnos de la universidad. Al final, resulta que de una manera o de otra, todos somos Erasmus students. Y la segunda curiosidad es la cantidad de bicicletas que hay. Me quedé perpleja cuando llegué al campus de la universidad por primera vez y vi miles de ellas aparcadas. En pocos días ya me había unido yo también a la tendencia alquilando mi bici. Al principio no me gustaba especialmente, pero después me hice a ello y sé que el moverse en bici va a ser una de las cosas que más eche de menos de esta ciudad.

Volviendo al Erasmus, debo decir que las expectativas que traía no eran muy altas. Lo último que me dijo mi tía, cuando me iba a subir en el avión, fue: “Te lo vas a pasar genial”. La verdad es que en aquel momento no la creía, pero sí que tenía 4 cosas claras: quería aprovechar la universidad, mejorar mi inglés, hacer amigos internacionales y conocer Países Bajos.

Los comienzos son difíciles. Reconozco que me daba mucho vértigo venir a Róterdam. Llevaba cuatro años viviendo en Madrid, muy cómoda con la vida que había ido construyendo poco a poco en la capital. Venir aquí sin conocer absolutamente a nadie, a tantos kilómetros de casa, se me hacía como empezar de cero otra vez. Afortunadamente, la soledad absoluta de aquel primer día, martes 7 de enero, duró tan solo unas horas, hasta que conocí la tarde del miércoles a los que serían mis nuevos amigos: los smashitos (nuestro grupo de amigos internacionales).

Un colombiano, una turca, un surcoreano, un ucraniano-francés y una servidora fundamos aquella tarde un grupo que luego crecería y al que se unirían otro español, italiano, brasileño, danesa, chileno, griega, australiano y un par de belgas. Vencimos la soledad. Primer obstáculo superado; primer objetivo conseguido: hacer amigos internacionales. Evité deliberadamente el típico círculo cerrado de españoles que se forma en los Erasmus: yo quería la experiencia internacional más inmersiva posible.

En su compañía conseguí mi segundo objetivo: conocer Los Países Bajos. Primero fue La Haya, donde en un gélido pero soleado mes de enero vi por primera vez cómo la espuma de las olas se posaba sólida sobre la orilla del mar. Después vino Ámsterdam, donde vi por primera vez los emblemáticos canales; regresé más tarde un par de veces para disfrutar de dos magníficos conciertos en el Het Concertgebouw (Real Salón de Conciertos).

A estas las siguieron la bellísima Delft, Utrecht y su Torre Dom, Gouda y su Museo del Queso, Kinderdijk y sus molinos, Leiden y su jardín botánico, Zandvoort y su circuito de Fórmula 1, Bolduque, Haarlem, Zaanse Schans y sus casas verdes; y, por último, Maastricht.

Por supuesto, el ocio es necesario y está muy bien, pero el motivo principal que me llevó a escoger Róterdam como destino no fue su maravilloso clima o su exquisita gastronomía. El motivo para elegir venir aquí fue el poder estudiar en la Erasmus School of Economics, una de las escuelas de economía más prestigiosas de Europa y del mundo entero. En este sentido, la experiencia ha sido inmejorable.

Las instalaciones de la universidad son increíbles: modernas y estéticas. Pese a no ser esto lo esencial, contribuye a que uno se sienta llamado a permanecer en el campus, a pasar tiempo allí. Al darme cuenta de esto me vinieron a la cabeza unas palabras, que algunos ELUs recordarán, del rector de la UFV Daniel Sada, cuando en una ocasión nos manifestó cuán importante era para él hacer de la universidad un lugar agradable que facilitara el encuentro.

En lo estrictamente académico, he podido estudiar un Seminario en Economía urbana, de transporte y de puertos. Me interesaba especialmente dado que el Puerto de Róterdam es el más importante de Europa y uno de los más importantes del mundo. De hecho, tuvimos la oportunidad de visitar el puerto en dos excursiones organizadas por la asignatura. Otro objetivo más conseguido.

Lo más significativo de esta experiencia ha sido el regreso. Fue muy emocionante volver a España para el finde ELU de marzo y darme cuenta de que había muchas personas esperándome. Algunas de ellas han venido a visitarme durante estos meses: mi novio, con quien fui al Rotterdam Open de tenis donde vimos a Alcaraz en directo por primera vez; mi amigo David, con quien crucé la frontera belga y visité Bruselas, Brujas y Gante; y con mi querida ELU Mery de Burgos, con quien he pasado estos últimos días entre canales y tulipanes. Me voy con la pena propia de una despedida, pero al mismo tiempo alegre por saber que siempre hay alguien que me espera en casa.

Vida ELU

Elus por el Mundo – Javier Micó

Por: ELU Admin

Ey lad, what’s the craic

Lluvia, castillos, cerveza y whiskey. Así imaginaba Irlanda desde la distancia. Pero ocho meses en Dublín me enseñaron que hay mucho más bajo el cielo gris. Porque Irlanda no solo se ve, se vive en los saludos espontáneos de los extraños y en la música que brota de cada rincón; también en la forma en la que el cielo cambia diez veces en un día, o en cómo un simple pub puede ser tu hogar tras unas pocas horas y un par de pintas de Guinness.

Este artículo no es una guía turística, ni una lista de los mejores sitios para visitar. Es más bien una carta abierta, un pequeño homenaje a todo lo que he aprendido y vivido durante mi experiencia internacional en Dublín. Otro ELU por el mundo…

Recuerdo el día que aterricé en septiembre junto a mis compañeras de universidad. Llegamos de madrugada a la residencia de Griffith College, y ahí estaba yo, frente a la habitación en la cual me iba a hospedar el resto del año. Y aquí viene el primer detalle: en ese momento, más que un hogar, me pareció una oficina fría, sin alma. Hoy, en cambio, está llena de vida; con fotos, recuerdos y pequeños objetos que han ido ocupando cada rincón, como si el tiempo y la experiencia la hubieran redecorado desde dentro.

El inicio no fue fácil. Nunca había vivido fuera de casa, y encontraba difícil no poder compartir cada vivencia con la gente que más quiero: mi familia, mi pareja y mis amigos de toda la vida. Todo era nuevo, todo estaba por construir. Las rutinas, los lugares, las conversaciones, incluso los silencios. Tenía que empezar de cero. Pero hubo algo o, mejor dicho, alguien, que marcó la diferencia: vivir esta experiencia con mi amiga Lucía. No voy a decir que aquí he hecho veinticinco amigos, ni que cada semana he conocido a alguien nuevo que ha cambiado mi vida. Pero sí puedo decir que he tenido la suerte de compartir el día a día con alguien con quien he reído, me he encontrado y he aprendido a mirar Irlanda con otros ojos. A través de ella he descubierto el país y, sin darme cuenta, también me he descubierto un poco más a mí mismo.

He recorrido Dublín de norte a sur y de este a oeste andando. He entrado en más de medio centenar de pubs (sí, los he contado), he escuchado más de veinte conciertos en directo, algunos planeados, otros encontrados por sorpresa en alguna esquina, he caminado por infinidad de campos verdes, de esos que parecen sacados de una postal, y he aprendido a convivir con la lluvia como si fuera un vecino más. Pero si algo ha hecho especial todo esto, ha sido hacerlo acompañado. Un país se descubre también a través de la gente con la que lo compartes. Y yo he sido afortunado porque las visitas de mis seres queridos desde España, que traen consigo un pedacito de casa a mi nueva vida, están siendo más que recurrentes. Además, cuento con un grupo internacional de personas abiertas, curiosas y dispuestas a compartir historias.

También he vivido una serie de milagros cotidianos. Por ejemplo, he aprendido a cocinar. Sí, yo, que después de vivir tres años con mi abuela, me consideraba completamente incapaz de freír un huevo sin supervisión. Pero oye, la necesidad aprieta: ahora hago pasta con “cosas” que es el primer paso a la alta cocina, y me atrevo incluso con tortillas, y comida al horno.

Como he dicho, empecé de cero y resulta que ahora me he convertido en un hombre atareado. Teletrabajo en remoto para una startup española, de esas con reuniones a deshora y Slack echando humo, mientras intento atender a las clases, bueno, al menos a las que me interesan. Y, por si fuera poco, también estamos a tope sacando adelante el proyecto “Con V de Voluntario”, que nos está dando muchas alegrías… y algún dolor de cabeza.

So lad… what’s the craic? Si me lo preguntaras hoy, creo que ya sabría qué responder. Berta, creo que debes estar orgullosa de que reflexione hoy por mí mismo lo siguiente: las preguntas que me hacía sobre qué se espera de mí en este Erasmus no se responden, se caminan. Y eso es justo lo que estoy haciendo: caminarlas.

No he vivido un Erasmus instagrameable, de esos llenos de fiestas y stories con filtros perfectos. He vivido algo más real, más mío.  He aprendido de los demás, en conversaciones sencillas y momentos inolvidables:  he estado una mañana entera con Sofi mirando al mar y diciendo solo aquello que mejorase ese silencio; he descubierto cada rincón de la ciudad de la mano con Carol como dos enamorados; he compartido una habitación de 4m² durante tres días con mis hermanas Claudia y Aitana haciendo que fuera el mejor hotel del mundo; con Gali  hemos estado encerrados por tormenta haciendo real lo de “al mal tiempo buena cara”; he recorrido el oeste de la isla con mis amigos internacionales llenándome los ojos de paisajes espectaculares. Y ahora estoy esperando con ganas esas visitas que aún están por llegar, y que, seguro, darán mucho de sí.

Al final, Dublín, me está enseñando que no se trata de encontrar todas las respuestas, sino de vivir las preguntas y esto es algo que espero seguir haciendo; pues niego haberos contado todo acerca de mi experiencia. Es algo que sigue sucediendo.

Vida ELU

ELUS POR EL MUNDO – SERGIO KÜPPERS

Por:

Sergio Küppers, 4º ELU:

Desde pequeño, cuando pasaba quince horas en el coche para visitar a mi familia en la ciudad de Maastricht, en el sur de Países Bajos, he crecido con una cierta desconfianza hacia los franceses. Mi padre, con razón, se quejaba de sus malos hábitos al volante, y era imposible comunicarse con ellos porque, al no hablar francés, pasaban de ti en las gasolineras. Esta relación un tanto hostil con nuestro país vecino hizo que, de vuelta a Barcelona cada verano desde Holanda, decidiésemos descubrir cualquier parte de Europa salvo Francia.


A la hora de decidir un destino para este tercer año de carrera (después de haber pasado por Barcelona y Madrid), Francia llamó a mi puerta por primera vez para que le diese una nueva oportunidad. Llevado principalmente por mi interés por las relaciones internacionales, poder estudiar en la gran universidad de SciencesPo fue una de las principales razones por las que me lancé a París. Luego se le juntaron la curiosidad por una ciudad vibrante y elegante, llena de historia, aunque, desgraciadamente, rematadamente cara. Ahora, seis meses después de llegar cargado con maletas, una air fryer y mi almohada de toda la vida, la ciudad no me ha defraudado.


El primer semestre de mi Erasmus nada ha tenido que ver con el segundo. De septiembre a diciembre, viví en una residencia de estudiantes del 15ème. La cadena que había escogido no facilitaba espacios para el encuentro entre los que ahí vivíamos (cerraron la sala común durante 2 meses porque hicimos una cena la primera semana), y, aunque la había escogido porque vivir solo me parecía en ese momento lo más conveniente, tardé poco en echar de menos vivir con gente.

Tocó trabajar amistades fuera de lo que pensaba que iba a ser el ambiente más sencillo, y me junté con un buen grupo de internacionales de mi clase de Políticas de Urbanismo, y con otro de españoles sabe Dios cómo. Con los primeros viajé a la zona de los castillos del Valle del Loira, y con los segundos a Alsacia, por ejemplo. Recuerdo con mucho cariño esos días juntos: de mis amigos de fuera saqué aprender sobre culturas que desconocía y sobre los segundos lo que es sentirte en casa estando en una París en la que no
deja de llover.


Veo ahora esos meses como un constante sembrar para recoger frutos. Allá por diciembre ya puse rostros concretos a la pregunta de con quién quería acabar mi Erasmus: Ignacio, Bea, Laia, Antonio, Teresa, Jackson, Ricardo… Personas a las que, a pesar de conocer desde hace poco, podía recurrir, tanto para viajes y diversión, como para buenas conversaciones que unan en poco tiempo la distancia de una vida sin conocernos. Además, tengo mucha suerte de haber encontrado a un par de ellos que viven en Barcelona, por lo que no veo fecha de caducidad a nuestra amistad 😉 Con otros me decidí a tomar un camino distinto dados nuestros caracteres incompatibles, y de cómo decir adiós con cariño uno se lleva un gran aprendizaje, os lo garantizo.

Al volver de Navidad, me mudé a un piso con Ignacio y Cosi. Habíamos hecho muchas migas desde el primer momento, y no podía sentirme más a gusto con ellos. Compartir qué tal ha ido el día a la hora de cenar, cocinar juntos o hacer deporte en la sala de estar ha transformado por completo mi experiencia más solitaria en la residencia. ¡Qué suerte haberme ido todo el año para ahora disfrutar mucho más!


Desde enero he seguido viajando con grupos de amigos distintos a países como Polonia o Croacia, también con las catas de quesos y chocolate, visitas a museos, y he empezado a potenciar el voluntariado. Las Misioneras de la Caridad tienen una sede cerca de République, y ayudando en su comedor social he descubierto a jóvenes franceses inquietos y con los que ponerme al servicio de los demás. Otras actividades que llenan mi semana son las clases de salsa de Puerto Rico o las de ping-pong. Realmente la oferta de cosas que hacer es inmensa y me he lanzado a lo más curioso y divertido que he encontrado jeje…

Justo hoy, dos días después de que mis amigos de la ELU se hayan ido después de pasar un fin de semana conmigo, me pilláis en uno de los momentos logísticamente más complicados de mi Erasmus. Ayer por la mañana decidieron cortarnos la electricidad sin razón alguna, y hasta el 4 de abril nadie va a dignarse a aparecer para arreglar lo que parece un fallo en el contador. Voy a aprender a vivir a oscuras, a utilizar sal para conservar alimentos y a ducharme con agua fría; rezad por mis dos compañeros de piso y por mí.


Si algo puedo agradecer en medio esta situación es que me ha enseñado a transmitir mi enfado en francés, ¡y por teléfono!. Je suis très énervé! Llevaba apostando por aprender francés desde el año pasado, y saber comunicarme en las boulangeries me dio ánimos a seguir en el arduo camino de las lenguas. Siempre lo había visto como un idioma un tanto cursi y muy refinado, pero desde ayer lo veo como una potente herramienta para hacerte valer contundentemente en Francia.

Aunque hoy me vaya a dormir con 300 euros menos en la cuenta por llamar a la compañía eléctrica, París me está tratando bien, os lo prometo. Empieza a hacer buen tiempo, estoy aprendiendo mucho de mí mismo con cada nuevo reto que me encuentro, y tengo muchas ganas de aplicar todo lo que estoy viviendo a mi día a día en Barcelona. Un abrazo muy grande, ¡nos vemos el 14 de junio!

Vida ELU

ELUS POR EL MUNDO – MARISA RICO

Por:

LA ALEMANIA QUE NADIE TE CUENTA QUE EXISTE


“Siempre acabamos llegando a los lugares donde nos esperan“.

Cierro los ojos y respiro profundo. Estoy aquí, en Münster, en lo que alguna vez fue un destino incierto y que ahora es mi hogar. Un hogar que no está hecho de calles ni edificios, sino de rostros, de voces y de pequeños gestos que han cambiado mi vida. Porque, al final, no es el destino que has elegido, tranquilo… es la gente la que hace el destino. “Nos ilusiona lo que va a llegar, lo que va a venir, lo que va a acontecer; bien porque algo se acerque hasta mí, o porque yo salga a su encuentro.” Y así es el Erasmus: un encuentro continuo, con todo lo inesperado y todo lo imprevisible que conlleva.

Como bien me dijo una vez una gran amiga: “Lo que importa no se busca, sino que irrumpe”. Y no os engaño si os digo que cada día me siento un poco como cuando La Bien Querida canta: “Y es que siento como si toda mi vida me hubiera estado conduciendo a este preciso momento”, en cada conversación, en cada clase y en cada persona.

Me llamo Marisa Rico, soy estudiante de 4º en la ELU y curso el doble grado en Farmacia y Nutrición en la Universidad de Valencia. Ahora, habito en la pequeña ciudad de Münster, en el norte de Alemania, y si algo me ha enseñado este Erasmus es que la vida no se construye con planes, sino con vínculos.

Por mucho que no os lo creáis, en Alemania existe el cariño, el amor, la buena cocina y la cercanía. Donde no creíais que podríais ver el sol, soportar el frío o encontrar amistad verdadera… la vida siempre te sorprende superando todas las expectativas. Quizás la necesidad inmanente de comunicar y compartir lo que me hace feliz es lo que me impulsa a escribir esto. Espero hacer justicia a todo lo que estoy viviendo, pero perdonadme si me dejo algo… Creo que aún no soy consciente de todo lo que estoy viviendo.

Si leéis esto pensando en iros, dejadme deciros que el Erasmus empieza mucho antes de marcharse. Porque “en la medida en que soy yo mismo, estoy lleno de todo aquello que me ha precedido.” Irse te hace consciente de la importancia de todo lo construido anteriormente, de la base, de las personas hogar, aquellas que son la estancia más segura donde habitan las pequeñas cosas más grandes de tu vida. Son orza y no ancla, son motor de tus inicios y te esperan a la vuelta con los brazos abiertos, recordándote que siempre hay un lugar donde volver.

Si pensáis que el Erasmus es un paréntesis en vuestra carrera, una pausa para aplazar el tomarse en serio la vida, estáis
equivocados. Al contrario, es una oportunidad para ir aún más al fondo de lo que realmente deseáis. No es solo un cambio de idioma, casa, rutina o círculo, sino una ocasión para descubrir quién eres, donde cada decisión, encuentro y paso reflejan lo que más valoras. Ojalá que, allá donde lleguéis, aprendáis a mirar la ciudad con profundidad, a sumergiros en la cultura, a construir relaciones auténticas, a asumir sacrificios con alegría y renuncias con certeza. Ojalá que, desde la libertad, elijáis vincularos. Ojalá podáis responder a preguntas de la mano de Guardini ¿Hacia dónde quiero perder mi vida? ¿Quién soy sin la rutina, sin el peso de la costumbre? ¿Cómo me presento a los otros? ¿Qué características potencio y de cuáles intento desprenderme? ¿Qué dones he recibido?¿Qué espero de mí que quiero que recuerden?.

Porque si algo me ha enseñado el Erasmus es que la vida se comprende en virtud de lo que puede ser, que el presente siempre incluye una zona de pretérito y otra de futuro, y que los encuentros cambian la vida. Déjate sorprender por lo nuevo, sin tratar de replicar lo que ya conocías, porque el Erasmus en sí es “cambiar el tesoro a cambio del mapa” una y otra vez.

Una vez leí que “hacer que dos vidas se encuentren es prometerles a ambas una vida nueva.” Y es por ello que no puedo dejar de mencionar todas las vidas nuevas que se han cruzado en la mía: Ukasha, que siempre me espera con un té caliente, como si con cada taza me recordara que no estoy sola. Becca, que ha hecho del yogurt con mango un ritual sagrado y que me enseñó que las pequeñas cosas pueden ser las más valiosas. Amelie, con quien hasta lavarme los dientes a las 8 de la mañana se convierte en una fiesta. Kinan, que me entiende cuando nadie más lo hace y que ha sido mi espejo en los días de dudas. Lorenz, que me cuida en los detalles, en los pequeños gestos que me recuerdan que hay alguien que piensa en mí. Aylin, que llena cada espacio de la casa para que nunca nadie se sienta solo. Julius, Veronica, Lara y todos aquellos que siempre tienen un “sí” esperándome.. Alisa, Wael, Laura y Amelie, que guardan un sitio para mí en el sofá y un abrazo en los días en que más lo necesito. Angela, Sandra, María y Marina, con quienes viajar no es solo moverse, sino abrirse al mundo. Hannah, Luis, Carla y todas las personas que Dios ha puesto en mi vida, gracias a las cuales canto un poco mejor. Linnus, Christin, Florian, Kimi y todos los que han hecho que aprobar Farma sea un poco más fácil y que las tardes de laboratorio se conviertan en una auténtica aventura. Nataly, Paula, Amelie y Kim que hacen gimnasio un refugio en las tardes frías y lluviosas de invierno. Cada persona que me sonríe mientras corro, que me ofrece un saludo cuando estoy perdida o que simplemente me regala un “Hallo” al llegar a cualquier lugar.

“Más allá de lo que es, la vida del hombre se comprende en virtud de lo que puede ser. Si el ser del hombre es posibilidad, la trayectoria que siga su vida estará muy influida por la amplitud del horizonte que sea capaz de vislumbrar”.

Y hoy, mi horizonte es más amplio que nunca.

Ojalá leer esto os suscite más preguntas que respuestas, las cuales solo fuera de casa podréis responder. Nos vemos en alguna esquina del mundo.

Vida ELU

ELUS POR EL MUNDO – ÁNGEL HONRUBIA

Por:

¡Hola a todos! Soy Ángel Honrubia Rodríguez, estudiante de Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Carlos III de Madrid y, desde septiembre, estoy viviendo una experiencia que está marcando un antes y un después en mi vida como estudiante de intercambio en la Universidad de California Irvine. Al tomar la decisión de venir aquí, no solo lo hice por un motivo académico, sino también para sumergirme en un entorno que me permitiera crecer de manera integral, profesional y personalmente. Lo que he descubierto aquí es un lugar donde la innovación y el aprendizaje se dan la mano con la práctica, donde cada día es una nueva oportunidad para desafiarme a mí mismo y explorar nuevas formas de pensar y hacer.  

Como todos sabéis en Estados Unidos la manera en que se aborda la educación es radicalmente distinta. No se trata solo de teoría la cual sin duda es muy importante, sino de transformar lo aprendido en soluciones prácticas. Al fin y al cabo, ese es el trabajo de un ingeniero, proyectos que estoy realizando como el diseño de aviones o vehículos submarinos conecta la creatividad con la resolución de problemas reales. Este enfoque me ha permitido conectar con mi vocación y poder ver el resultado del trabajo de estos años para construir una base de conceptos sólida. Cada vez que trabajo en un proyecto o participo en un debate con mis compañeros, me doy cuenta de que la verdadera esencia de lo que aprendo no está en los libros, sino en cómo soy capaz de usar ese conocimiento para afrontar los desafíos del presente y futuro desde una nueva perspectiva y la importancia de la colaboración.  

Es esto lo que realmente hace que esta experiencia sea única, las personas que conoces en el proceso. Tanto los españoles que también están de intercambio como los internacionales y los que viven aquí, son una parte esencial de cada día. Cada conversación, cada proyecto, cada viaje, me ha mostrado lo valioso que es compartir ideas, tiempo, opiniones y las cosas que te gustan. Por supuesto sin olvidar a la familia y todos los amigos que siguen en España a los que aprovecho para mandar enormes GRACIAS por acompañarme en este gran año y hacer que todo funcione a la perfección. Sin duda esta experiencia también es de todos vosotros que habéis respondido con un sí a esta gran oportunidad en la que me aventuré el año pasado, toda esa energía, consejos y aprendizaje sin duda es esencial para sacar lo mejor de cada situación. Y es que en parte la experiencia de la ELU es esto, una gran comunidad en la que todos contribuimos a crear un ambiente en el que todos crezcamos.  

Pese a esa seguridad que tenía yo de que esta oportunidad iba a ser fuente inmensa de bien, la incertidumbre es algo inherente a esta experiencia debido al gran cambio que supone. Algo que en principio parece malo, se ha convertido en una parte fundamental de este proceso ya que salir de la cotidianeidad te pone en juego. Como Kierkegaard dijo: “El que no es capaz de vivir la incertidumbre, no es capaz de vivir la vida.” Esta cita ha cobrado un significado profundo y es núcleo de esta aventura. En este entorno nuevo de constantes variaciones se ha hecho evidente que las respuestas no siempre llegan de inmediato y que el proceso de buscar soluciones, de fallar y volver a intentarlo, es en sí mismo un camino de aprendizaje. Por tanto, aprender a navegar por esa incertidumbre ha sido, en muchos casos, el mayor de los aprendizajes.  

Es por esto que aprovecho para lanzar una invitación a todo el mundo que este planteándose o dudando de embarcarse en este viaje para que lo hagan definitivamente. Aprovecha cada minuto y cada segundo, porque todo lo que vivirás es valioso. ¡¡Un gran abrazo!! 

Vida ELU

Elus por el Mundo – Isabel Carmen

Por: ELU Admin

¡Hola a todos!

Soy Isabel Carmen, estudio medicina en Zaragoza y soy estudiante de 4º de la ELU, pero lo que más diría que soy ahora mismo, es una estudiante de Erasmus en Bratislava.

Hace ya cinco meses, empezó esta aventura subiéndome a un avión para vivir fuera de casa por primera vez, sin estar arropada por mis familiares y amigos de siempre, para finalmente terminar arropada por mis nuevos amigos, que se acaban convirtiendo en la familia de aquí.

A la hora de tomar la decisión de irme de Erasmus, no tuve ninguna duda, ya que la Isabel de hace 6 años que fue a ver a su hermano a París ya había tomado la decisión por mí. Por otro lado, la oportunidad de vivir en lo que los eslovacos llaman “el corazón de Europa” me llamó especialmente por la posibilidad de viajar en autobús o tren por todo Europa fácilmente (según la capacidad de dormir en transportes de cada uno). Tengo que decir que este aspecto lo he aprovechado al máximo, sin parar casi ningún fin de semana en Bratislava, pero conociendo la cultura, la gastronomía y la historia de grandes y pequeñas ciudades por todo Europa.

Sin embargo, como dice una muy buena amiga del Erasmus, no todo es viajar porque lo mejor está siempre en casa, y es que no puedo sentirme más afortunada de las personas que me acompañan en esta aventura. Aunque las primeras
semanas supusiera un poco de agobio conocer a los más de trescientos españoles con los que comparto la residencia, al final todo toma su lugar y yo puedo decir con toda la seguridad que estoy justo donde tengo que estar.

Durante este año, también tengo la oportunidad de aprender en un sistema sanitario muy distinto al que estoy acostumbrada en mis prácticas de España. El mayor obstáculo que encuentro es el idioma, ya que la mayoría de los pacientes solo hablan eslovaco y puede llevar a momentos de frustración al no poder entenderse con ellos. Sin embargo, este aspecto provoca unas prácticas más colaborativas en las que cuento con mis compañeros para entender a los pacientes pero también cuentan conmigo para hacerles preguntas y llegar a conclusiones.

Toda esta nueva vida se traduce en un crecimiento personal, un conocerme más a través de los otros, y sobre todo una gran oportunidad para no pasar de puntillas por esta experiencia, siendo consciente de que se acabará y habrá que saber llevar todo lo aprendido a mi vida de Zaragoza.

En definitiva, espero haber sido capaz de contar y compartir todo lo bueno que me está dando el Erasmus, e intentar que si habéis llegado hasta aquí, os den un poco más de ganas de vivir esta gran experiencia.

Un abrazo,

Isabel

Vida ELU

Elus por el Mundo – Mar Sanz

Por: ELU Admin

¡Hola a todos!

Escribo estas palabras desde el interior de otro de esos aviones low cost ajustados al bolsillo de un estudiante internacional sin frenos. En este caso, con destino a Budapest, a las puertas de una nueva aventura.

Soy Mar Sanz, estudiante de Medicina en Zaragoza y alumna de 4.º curso de la Escuela de Liderazgo Universitario. Hace apenas cinco meses comenzó mi Erasmus en Bruselas, la ciudad de los gofres y la cerveza, corazón de la Unión Europea, que está marcando, sin duda, una de las experiencias más increíbles de mi vida.

Siempre tuve claro que necesitaba vivir la experiencia de estudiar un tiempo lejos de mi casa y de la rutina para completar mi formación universitaria. Quería experimentar un año de cambios, de apertura a la realidad, y aprender a centrarme en exprimir el presente en lugar de vivir preocupada por el futuro. Necesitaba alejarme de lo cotidiano y de la comodidad para seguir creciendo como persona. Y, desde luego, mi vida no ha cambiado solo externamente; algo dentro de mí también se ha transformado.

Elegir el destino de esta nueva aventura no fue fácil. Tenía claro que buscaba una ciudad cosmopolita, llena de vida y energía y, casi instintivamente, tras algunas recomendaciones y mi afán por desenvolverme mejor en el mundo francófono, elegí Bruselas como primera opción.

Recuerdo mi llegada a la que sería mi nueva casa como uno de los momentos más especiales, con una mezcla de nervios e ilusión. Desde el principio, me rodeé de personas que han marcado por completo mi experiencia. No puedo sentirme más afortunada de haber encontrado a quienes, día tras día, sacan lo mejor de mí y hacen que cada instante sea más especial que el anterior. Mi vida aquí no tendría sentido sin alguien con quien compartirla. Más allá de los planes, los viajes y las aventuras, como bien sabemos en la ELU, lo que realmente prevalece son las personas con quienes los compartes, y yo me siento inmensamente agradecida de haber encontrado aquí una pequeña familia.

Ya asentada en esta nueva vida, la capital belga no me ha defraudado en absoluto. Es una ciudad con un ambiente universitario impresionante, una diversidad cultural que permite ampliar la mente y una vitalidad incansable, todo lo cual ayuda a sobrellevar mejor los incontables días de lluvia y las escasas horas de sol. Los paseos por Bois de la Cambre ya forman parte de mi día a día, al igual que los gofres de Pascalino (¡pequeña recomendación!) y las sobremesas eternas en la resi. Eso sí, cada vez que cruzo la Grand Place me quedo boquiabierta, como si fuera la primera vez.

Aquí, los días de la semana pierden su significado y la monotonía de la rutina desaparece. Durante el Erasmus, se pierde la noción del tiempo y la conciencia del paso de los días (algo que, a veces, me da vértigo). Es esa etapa de la vida en la que normalizas estar un lunes paseando por los canales de Ámsterdam, un martes recorriendo las calles del Gamla Stan en Estocolmo o emocionarte un miércoles con la belleza de París.

Por supuesto, no siempre es fácil. Estar rodeada de tantos estímulos, personas y planes me hace preguntarme muchas veces quién soy yo en medio de todo esto. A veces, necesito parar y reconectar conmigo misma para no perderme entre el caos y vivir más conscientemente. Al mismo tiempo, esta experiencia me ha enseñado a valorar mucho más todo lo bueno que me rodea en mi realidad en España.

También he tenido la oportunidad de visitar y recibir a otros amigos elus que viven su Erasmus en otras ciudades europeas. Del mismo modo, he tenido la suerte de reencontrarme con algunos elumnis con quienes comparto destino. Al final, encontrarse con un elu es como regresar a casa y siempre recarga el corazón.

Otra de las experiencias que más me ha marcado en estos meses ha sido mi maravilloso mes de prácticas en el hospital, que me ha reafirmado en mi vocación por la Medicina y el servicio a los demás. Ahora estoy más segura que nunca de que estoy en el lugar adecuado. No pude tener más suerte cuando me adjudicaron la plaza en el servicio de cirugía de la mano en el Hospital CHIREC Delta. Aunque en un principio no llamó mi atención, resultó ser uno de los equipos más prestigiosos de Europa en este campo. Desde el inicio, me sorprendió gratamente la profesionalidad, tanto técnica como humana, de cada miembro del equipo y su atención a cada detalle. Durante estos días descubrí una cara de la cirugía completamente humanizada y cercana al paciente, donde siempre se le veía “más allá de la enfermedad”.

Mis días en el hospital fueron muy distintos a las prácticas que solía hacer en España, ya que aquí se espera del alumnado un nivel de exigencia e implicación mucho mayor. Te hacen sentir un miembro activo de un equipo de verdaderos profesionales. Desenvolverme en un quirófano y atender consultas en francés fue todo un reto, pero me sentí tan bien cuidada y acogida que valió la pena cada pequeño esfuerzo.

Actualmente, me encuentro en el ecuador de esta experiencia y, tras haber finalizado un duro periodo de exámenes, solo puedo pensar en aprovechar cada momento al máximo. Estoy segura de que todavía me queda mucho por vivir, crecer y aprender, y quiero hacerlo intensamente. No concibo que sea de otra manera.

Dicho esto, me despido y os animo de corazón a vivir la experiencia Erasmus.

¡Nos vemos pronto!

Cultura

Elus por el Mundo – Beatriz Fermina Baena

Por: ELU Admin

Soy Beatriz Fermina Baena Martín, y si tuviera que decir algo respecto a mi vida en este momento, estoy segura de que diría que estoy de Erasmus. Probablemente esto conlleve algunos pensamientos en el receptor, ideas preconcebidas sobre esta experiencia. Algunas de las cuales son ciertas, otras, a medias. Quizás la necesidad inmanente de comunicar y compartir lo que nos hace felices es lo que me hace escribir esto, así que espero hacer justicia a todo lo que me está dando esta oportunidad en este breve monólogo.

Estos dos años anteriores he cursado el grado de Filosofía en la Universidad de Granada, y ahora mismo estoy viviendo mi tercer año, tanto en la carrera como en la ELU, en Lublin (no Dublín, casi como Dublín pero con “L”), una ciudad, no muy grande y sí muy universitaria, al Este de Polonia. Para comenzar por el principio, he de decir que la decisión de venirme a Lublin fue casi totalmente aleatoria. Tenía claro que quería moverme a un país radicalmente distinto aun estando dentro de Europa, y el Este me pareció una buena opción, teniendo también en cuenta que uno de mis más grandes intereses es la II Guerra Mundial. Esta ha sido una oportunidad única para profundizar en esta zona, donde la historia se vivió de una forma radicalmente distinta, cosa que se nota en el ambiente y en su gente. Por otro lado, mi universidad  aquí es la UMCS, la Uniwersytet Marii Curie-Sk?odowska, la cual me está brindando la oportunidad de aproximarme a la Filosofía desde un punto de visto más científico, ya que parte de mis asignaturas son de la carrera que aquí llaman Cognitive Science, de la cual nunca había oído hablar antes, pero que estoy disfrutando muchísimo, además de ser un reto más, intelectualmente hablando. Siempre me ha llamado más un modelo multidisciplinar de educación y considero que aquí lo estoy recibiendo. La accesibilidad con los profesores, el equilibrio entre el contenido práctico y el teórico y la novedad, que para mí es un incentivo, son razones por las que este año está siendo estimulante y beneficioso para mí a partes iguales académicamente hablando.

Sin embargo, este curso no estaría siendo tan importante sin otro sentido más allá del ya mencionado académico. Vivir en otro país requiere de una apertura maravillosa, si uno quiere empaparse de la realidad del mismo. Yo quise ir desde un inicio con esa mentalidad, con la intención de ampliar así mi empatía y enriquecer mi cosmovisión, además de hablar inglés lo máximo posible, al menos en el ambiente universitario (y quizás un poco de polaco). Estoy totalmente agradecida, porque aunque realmente vine con pocas expectativas, sólo para dejarme sorprender, ha superado, y está superando cualquier posibilidad que hubiera podido venirme a la mente.

Otro de los temas que merece la pena abordar es, por supuesto, el de las relaciones que se forman durante el Erasmus. Para mí suele ser sencillo hablar con la gente, pero aquí en un primer momento puede resultar desesperante, incluso un poco vacío, superficial, a veces hace aflorar la inseguridad, el estímulo es constante, al ser todo (todo) nuevo. Pero hay que seguir una intuición hacia lo Bello, y es que dando su tiempo se fraguan amistades muy profundas en muy poco tiempo, por las circunstancias. En concreto, es una oportunidad para conocer a gente internacional, cosa que en mi caso se ha hecho una realidad, y enriquece aún más la experiencia. Puedo afirmar con enorme alegría, que tanto de las personas que se quedarán todo el año como yo, como de los que ahora se van, ya que sólo estarán un cuatrimestre, me llevo gente muy especial, que está haciendo de mi Erasmus el mejor que podría haber resultado.

No puedo decir una cosa diferente a que recomiendo con creces a cualquier persona apostar por esto. A veces se hace un poco difícil, pero remueve por dentro, y la realidad está hecha de tal manera que, al menos para mí, algo que mueve es algo que merece la pena probar, y vivir con consciencia. Personalmente, me apasiona por diversas razones salir de mi zona de confort, y no podría haber tomado una decisión mejor que venir. He aquí mi alegato y experiencia personal en lo relativo a este año vertiginoso y a la vez reconfortante y precioso.

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ELUS POR EL MUNDO – CRISTINA GONZÁLEZ LUNA

Por:

¡Hola a todos!

Soy Cristina, estudiante de Ingeniería Mecánica en la Universidad Carlos III de Madrid, y este año tengo la suerte de estar de intercambio en la Universidad de California, Santa Barbara (UCSB). Cuando se presentó esta oportunidad, sabía que no podía dejarla pasar. Los días antes de venir fueron un poco intensos, con la cabeza llena de pensamientos sobre todo lo que dejaba atrás y lo mucho que lo iba a echar de menos, pero también con la certeza de que esto era una experiencia única a la que tenía que responder con un gran Sí.

Desde que llegué, me di cuenta de que este cambio era justo lo que necesitaba. En este lugar, he tenido la oportunidad de empezar de nuevo, de centrarme en las cosas que realmente me hacen feliz y de reconectar con lo que me apasiona. Mi objetivo este año era recuperar las ganas de todo, al igual que muchos de nosotros vivimos los Fines de Semana ELU como una recarga de baterías durante el curso. En ese momento, sentí que este año en California sería como un gran fin de la ELU, donde debía estar constantemente en el momento, diciendo sí a todo y aprovechando todas las oportunidades que se me presentaran. Este año ha sido esa recarga de energía y motivación que me permitirá volver a España con renovadas ganas de seguir aprendiendo.

Siento que he recuperado, y sigo recuperando, la motivación por todo lo que hago, y eso me llena de orgullo. Estoy haciendo espacio para probar cosas que en España nunca consideraría que tenía tiempo para hacer, como participar en proyectos como el Ideathon o unirme al Excursion Club donde se hacen actividades como escalada, yoga, surf, senderismo…

Estar aquí me ha enseñado a encontrar la belleza en lo sencillo: los atardeceres en la playa con amigos, las caminatas tranquilas sin un destino fijo por el campus, o el simple placer de sentarme a comer en la terraza con una buena conversación. Estos momentos, que en otro contexto podrían parecer cotidianos, aquí tienen un valor inmenso. Me he dado cuenta de que en España, aunque también aprecio estos momentos, a menudo me siento atrapada por la necesidad de hacer planes más elaborados. Pero al estar aquí, me he dado cuenta de que la verdadera magia está en los planes más espontáneos: ver los colores del atardecer reflejarse en el mar, quedarme mirando a los surferos en el agua o simplemente disfrutar de la calma que trae un paseo sin rumbo fijo.

Santa Bárbara, con su belleza natural, es un lugar increíble. El mar, el lago y las montañas se entrelazan en un paisaje espectacular, tan cerca unos de otros que casi parece irreal. Aunque a veces siento que vivo dentro de una película como La La Land, lo que realmente hace que esta experiencia sea única no es solo el lugar, sino las personas con las que la comparto. El ambiente aquí es especial, la gente tiene una actitud increíblemente abierta y siempre está dispuesta a decir “sí” a todo, lo que genera una energía positiva que se contagia. La alegría con la que afrontan todo, la facilidad de adaptarse y el calor humano con el que me han acogido, me han ayudado a sentirme en casa. Es una mentalidad muy parecida a la que vemos en los elus o en los Erasmus, esa actitud abierta y de aprovechar todo lo que el momento te ofrece.

Al principio, estar lejos de mi familia era algo que me inquietaba, pero al llegar aquí me di cuenta de que he encontrado una nueva familia. El apoyo mutuo, la complicidad y la forma en que nos enfrentamos a todo juntos me ha dado una sensación de pertenencia que hace que esta experiencia sea aún más especial.

Si estás pensando en hacer un intercambio, te animo a que lo hagas sin pensarlo dos veces. Es una oportunidad increíble para descubrirte a ti mismo, aprender de todo lo que te rodea y vivir experiencias que realmente te marcan. Para mí, California siempre será un lugar especial, no solo por lo que he vivido, sino por todo lo que me ha ayudado a descubrir sobre mí misma.

Quería terminar con una frase que para mí está definiendo mi experiencia “Prioriza lo importante, no lo urgente”.

Vida ELU

Elus por el Mundo – Rodrigo Pérez

Por: ELU Admin

¡Hola a todos! Soy Rodrigo Pérez Díez, de 4º de la ELU y estudiante del doble grado en Estudios Internacionales y Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid. Durante el segundo cuatrimestre del curso pasado tuve la suerte de experimentar qué es el Erasmus en Maastricht, una preciosa ciudad al sur de los Países Bajos. Es posible que este lugar no os suene a muchas de las personas que estáis leyendo este blog, pero Maastricht es la capital de Limburgo, la región más al sur del país. Esta encantadora localidad se erige sobre el río Maas y ha sido protagonista en el proceso de integración europea, pues aquí es donde se firmó el famoso Tratado de Maastricht.

Irme de Erasmus siempre ocupó un apartado esencial en mi lista de pendientes, aunque hace unos años concebía esta experiencia como inalcanzable. ¡Quién lo diría! Cuando me adjudicaron la plaza, sentí como si ya supiera todo lo que quería vivir y lo que quería que me sucediera, pero no contaba con que este tipo de vivencias siempre tienen algo guardado con lo que sorprenderte…

Si una cosa tenía clara es que quería vivir mi propio Erasmus, es decir, tenía que construirlo a mi medida, y no dejarme influenciar por lo que otros estaban haciendo o iban a hacer, sino por lo que yo quería que me pasase. Fue un acierto afrontarlo desde esta perspectiva, y siempre que amigos que están a punto de irse me preguntan por un consejo respondo lo mismo: vive tu propio Erasmus.

Cuando llegó el tan esperado día, incluso cuando se acercaba la fecha, pensaba que no tenía que irme, que en realidad no era tan buena idea, a pesar de que llevaba meses deseándolo. Al ser de Madrid y, por tanto, estudiar allí, nunca había salido a estudiar fuera, lo cual me producía una mezcla de sensaciones un tanto extrañas. No obstante, ya no había marcha atrás. Era momento de dar un paso al frente, de armarme de valor y confiar en que sería una experiencia transformadora. Hoy puedo decir que menos mal que lo hice. Desde su inicio, la aventura fue de lo más intensa, y es que un vuelo, tres trenes y un autobús fueron suficientes para llegar a mi destino. Sea como fuere ya me encontraba en lo que sería mi casa durante medio año y sentía una amalgama de emociones: alegría, alivio, entusiasmo, o inquietud entre ellas.

En mi caso, anticipé mi llegada unos días antes del inicio del curso, pero para mi sorpresa, debido al Carnaval, las clases no empezaban hasta casi un mes después. Aproveché, entonces, esas semanas para hacerme a la ciudad, conocer gente, organizarme y tenerlo todo preparado para mi comienzo en la Universidad de Maastricht. En este tiempo —en realidad durante todo el Erasmus— tuve momentos muy especiales conmigo mismo. Descubrí la ciudad yo solo, maravillándome a cada paso de lo que me rodeaba: el río, el mercado, la plaza, el puente antiguo, los parques, las iglesias… Sinceramente, este fue uno de los retos que me propuse conseguir durante esos meses, esto es, disfrutar de momentos conmigo mismo y ser consciente del valor de mi propia compañía. Caminar solo y protagonizar de este modo el asombro que se da en el conocimiento de un nuevo lugar es una sensación inefable y de gran valor.

Si bien es cierto que los dos primeros días opté por esta opción “bohemia”, pronto comencé a juntarme con muchísima gente de muy diversas partes del mundo –brasileños, italianos, alemanes, franceses…– y de España. Cada una de estas personas fue especial, y con ellas no solo compartí un destino de intercambio, sino también intrigas, sueños, conversaciones profundas y mucha diversión. Puede sonar a cliché, pero el Erasmus, como tantas cosas en la vida, son las personas. Con gente buena y que te hace vibrar te animas a descubrir lugares nuevos, y sientes unas emociones y creas unas conexiones tan sumamente fuertes y bonitas que jamás se borrarán de la memoria; por lo menos de la mía.

Así, cuando antes hablaba de “construirme mi propia experiencia Erasmus”, me refería a encontrar un equilibrio entre todas las áreas que son importantes en mi vida, sin descuidar mi apertura y disposición a aprender y experimentar cosas nuevas para mí. Por este motivo, y trayendo a colación nuestro tan conocido lema en la ELU, “solo tú pero no tu solo” se convirtió en una de mis máximas durante esos meses y además la puse en práctica como nunca antes.

En la búsqueda de ese equilibrio personal, entremezclando la universidad, mis hábitos, las nuevas amistades, y mis proyectos, se encontraba el viajar. Aunque no tuve mucho tiempo para ello dado que las clases eran obligatorias y mi estancia limitada, creo que sí lo aproveché bien. Bruselas, Luxemburgo, Praga, Selva Negra, Aquisgrán, y varias ciudades de Holanda, como Utrecht y Amsterdam, acogieron mi fascinación al descubrir estos nuevos lugares. De hecho, me atrevería a decir que más allá de la cantidad de sitios, lo verdaderamente importante cuando los visité fueron las enseñanzas extraídas de esos viajes: tener cuidado con los radares alemanes; las ciudades (del norte de Europa) pierden encanto con el mal tiempo; FlixBus es un gran aliado (¡aunque implique un viaje de doce horas!); come comida local; los free tours funcionan bastante bien menos cuando estás cansado… En fin, poco os puedo decir que no sepáis, elus, porque somos todos unos viajeros natos.

En lo que respecta a la universidad, como ya os he contado, las clases eran obligatorias y eso condicionaba mi experiencia en muchos aspectos. Aún así, era consciente de lo afortunado que era de estar en otro país estudiando y, en consecuencia, absorbiendo todo cuanto era posible del sistema educativo holandés, lo cual era algo novedoso para mí. En la Facultad de Artes y Ciencias Sociales y en la Facultad de Económicas —que eran ambas donde se impartían mis clases— las dinámicas pedagógicas funcionaban como en España, es decir, había clases magistrales y clases prácticas. En los grupos más reducidos era donde residía el verdadero valor y el aprendizaje real, ya que se organizaban pequeños debates y discusiones para que entre todos construyamos un aprendizaje colectivo. Las magistrales, en cambio, representaban una mera contextualización de estas clases prácticas y, por este motivo, los estudiantes teníamos la  responsabilidad de preparar el material complementario leyendo papers, manuales y libros. Es cierto que este sistema de Problem Based Learning tiene aspectos muy positivos y beneficiosos, pero cuando uno lo vive en sus propias carnes también se da cuenta de las fallas o las desventajas que presentan este tipo de sistemas.

Asimismo, el ambiente universitario era muy bueno. Concretamente, el entorno Erasmus era un auténtico sinsentido porque la ciudad estaba prácticamente dominada por estudiantes internacionales. Esto es debido a que la Universidad de Maastricht acoge a más de un cincuenta por ciento de estudiantes de fuera. ¿Cuál es el resultado? Una ciudad con una diversidad cultural y social espectacular, con oportunidades por doquier para conocer personas de distintos ambientes y orígenes, y una ciudad con mucha vida y movimiento.

Como curiosidad, permitidme contaros que si estáis pensando en estudiar en Países Bajos o viajar por puro disfrute allí, hablan inglés perfectamente. De hecho, dicen que es el país que mejor inglés habla sin ser esta su lengua oficial. Las cajeras de los supermercados o los camareros en los restaurantes te hablan de primeras en inglés (menos en un par de ocasiones en las que debieron verme de los suyos: rubio y con ojos azules).

Para los que os preguntáis si es caro vivir en Países Bajos el tema de la vivienda es un tema complejo. Digamos que hay un exceso de demanda y poca oferta, lo cual encarece los precios. En el caso de las residencias de estudiantes, hay algunas en las que hay que buscarse edredón, microondas, vajilla, sartenes… Ahora bien, lo que sí me chocó un poco —acostumbrado quizá a España— fue lo costoso que es ir a comer fuera o tomar algo en una terraza (cuando hacía buen tiempo, claro). Menos mal que no fue necesario, me refiero, a una cuestión de vida o muerte, ya que en lo tocante a habilidades culinarias tuve tiempo de perfeccionar mis técnicas en este campo, lo cual también disfruté bastante.

En cuanto al mal tiempo, que sé que alguno lo estará pensando, dejadme deciros que sí, que el clima no es como en España. Pero ya sabéis lo que dicen, ¿no?: al mal tiempo buena cara. Personalmente, tenía muy claro que un poco de lluvia no arruinaría mis días, aunque sí me haría algo incómodo y difícil pedalear en la bicicleta de segunda mano con frenos defectuosos que compré a un vietnamita y luego vendí a un portugués. El tema de la bicicleta era una de las cosas que más ilusión me hacía, y aunque seguí manteniendo las horas peninsulares de comidas, he de reconocer en este sentido que me apetecía sentirme local o, al menos, moverme como uno. Según la estadística, teniendo en cuenta la proporción habitante-número de bicicletas, cada holandés tiene más de una bicicleta y, en consecuencia, hay un gran mercado en torno a las mismas: alquileres, apps de renting, compra-venta, estafas de bicicletas robadas… He de decir que era muy cómodo —menos cuando había que afrontar algunas cuestas— ir en bicicleta a todas partes; parecía, incluso, que las ciudades estaban hechas por y para ese fin, hasta el punto de que los ciclistas, con respecto a los automóviles, tenían preferencia absoluta.

Continuando con cosas interesantes o que pueden llegar a sorprender de primeras, la época de exámenes transcurría en unos pabellones gigantescos, que eran donde los hacíamos con unos ordenadores ya puestos por la universidad. Se trataba de un edificio multiusos que se empleaba para acoger grandes eventos y, entre ellos, los exámenes de la UM. Cuando me advirtieron de esto, al igual que de los métodos holandeses anti plagio, quise quitar peso al asunto, pero cuando me tocó vivirlo por primera vez fue impactante cuando menos. Esta meticulosidad, en coherencia, se vio reflejada de igual modo a la hora de poner las notas y corregir, es decir, que siguiendo esa efectividad holandesa respetaban los plazos a la perfección, lo cual se agradece mucho y, sobre esto, en algunos casos, la universidad española debería aprender.

En fin, podría seguir contando mil historias o peculiaridades, pero llega el momento de concluir este relato. En mi caso, me despedí de Maastricht a mi manera. Concretamente, lo hice diciendo adiós tal y como llegué diciendo hola: con un paseo solitario o, mejor dicho, en mi compañía. Sin embargo, sobre él no os diré mucho ya que, quizás, lo podéis imaginar. Fue algo nostálgico, incluso emocionante, volver a caminar por esas calles, por esos lugares y esos rincones tan especiales que un día descubrí por primera vez; la única diferencia es que ahora estaban llenos de recuerdos.

Sin lugar a duda, somos tremendamente afortunados de poder ir o haber ido a la universidad, y de que la vida nos brinde este tipo de oportunidades. Por eso, si estáis dudando en embarcaros en una aventura como el Erasmus, incluso si tenéis miedo (“hazlo, y si tienes miedo hazlo con miedo”), os diría, primero, que lo hagáis sin reflexionarlo mucho y, segundo, que no es tanto el destino de vuestro año en el extranjero sino la actitud con la que lo vivís. Da igual si es Europa, América o Asia, simplemente hacedlo, porque vayáis donde vayáis, como elus, sabréis admirar lo que tenéis en derredor y sabréis aprovechar la experiencia al máximo, o incluso vivirla como vosotros queráis hacerlo.

¿Qué me llevo de toda esta aventura? No sé por dónde empezar, esta redacción es una pequeña parte de ella. Lo que sí puedo afirmar sin ambages es que el Rodrigo que marchó no es el mismo que el que volvió, porque este último ha recibido un regalo invaluable como resultado de las grandes amistades construidas, los aprendizajes adquiridos a diario y la suerte de haber podido continuar mis estudios en un ambiente totalmente distinto.

Si habéis llegado hasta aquí, muchas gracias por acompañarme.

Un abrazo muy fuerte.

Vida ELU

Elus por el Mundo – Guillermo Pierres

Por: ELU Admin

Cómo sobrevivir en Francia: Guía práctica

Queridos, para que engañarnos, Francia es un país con clase. Francia tiene cafés de mesas redondas y sillitas de mimbre; fachadas señoriales, pisos de techos altos; ríos caudalosos… Francia es también un país de apasionados, donde los sentimientos -sobre todo los políticos- se manifiestan en las calles, en las avenidas y en la ciudad entera. Aquí persiste aún una implacable vena revolucionaria, un arrebato atroz. He normalizado las fogatas en la calle, los megáfonos y las pancartas; la Revolución. He dominado el arte de esquivar botellas y de orientarme con soltura; porque no es lo mismo llegar a casa por Science-Po que por la jungla de Guillotière. En esta ciudad, o desarrollas el sentido del mercenario, o eres presa de los que perturban la concordia de lo que podría ser una villa de paz.

Francia es un país de estudiantes resignados a un sistema fallido, que han convertido las paredes de la universidad en las de su propia casa. Allí, en las mismas aulas —junto al ocasional ratón ¡Une souris, Monsieur Bavitot!— los alumnos comen, ríen, planifican, sueñan. Porque todo gabacho -me he percatado- anhela la misma cosa: llegar, vivir y morir en París, su final de línea, su Ítaca. Porque de la cuna a París, y de París al cielo.

Esta ciudad, por cierto, cumple con creces mi riguroso barómetro, el del jazz, que nada tiene que envidiar al de los otros grandes epicentros: la gran manzana, la bota o la capital de mi querida patria. En sus garitos me suelo perder, meditabundo, pensando que quizá no sería mala idea dejarlo todo y dedicarme al saxofón, o al piano, que da más juego. Pero en fin, no son más que bobadas de un universitario que solo quiere calmar la nostalgia de su añorado hogar. Porque sí, compatriotas, este país me ha acogido bien, como a uno más, pero quién me va a quitar mi mollete de tomate y aceite (en ese orden, que no estamos para improvisar), mis churros, mis cañas, mi gente, mis balcones; mi decadente ciudad, su belleza, su ternura, mi Alhambra (ay! que la echo yo de menos); la lengua de Cervantes, su riqueza, nuestro humor, nuestra alma mediterránea, el aceite y el bronceado; el espíritu ibérico, el espíritu más fraterno.

Volveré con el alma rica en experiencias. Volveré, algo afrancesado, quizá. Volveré, mis queridos compatriotas, con más ganas que nunca, con el ánimo renovado. Echaré de menos esta jungla, sin duda, pero volveré.

PD: Más de esto cada semana | https://substack.com/@guillepierh

Vida ELU

Elus por el mundo – Alonso Císcar

Por:

¡Buenas a todos! Primero de todo, soy Alonso Císcar, recién graduado de la ELU y estudiante de Física y Matemáticas en la Universidad de Valencia. Recién regresado a España, vengo a contaros un poco de mi experiencia de mi Erasmus en Estrasburgo, Francia, lo que ha sido una de las mejores experiencias de mi vida.

El hecho de haber hecho mi intercambio en Estrasburgo no es para nada una casualidad, y es de hecho una decisión que tomé ya en primero de carrera. Yo formo parte de la primera promoción de mi doble grado en la Universidad de Valencia, por lo que cuando comencé los estudios, todavía no había ningún destino cerrado para realizar el Erasmus. Tras unirme a la Comisión de Seguimiento del grado, me comprometí para asegurar que hubieran destinos interesantes, y tras saber las opciones posibles y escuchar Estrasburgo, no paré de presionar a los coordinadores para que consiguieran ofertar ese destino. Cuando firmaron el convenio, incluso me llamaron para contarme las buenas noticias.

Tras haber vivido casi un año en Estrasburgo, puedo decir que elegí el destino perfecto. La ciudad parece sacada de cuento, y se encuentra en la histórica y preciosa región de Alsacia, que combina pinceladas de cultura francesa y alemana, increíbles parajes naturales y para los amantes de la Navidad, tiene de los mercados más impresionantes del mundo, por algo la llaman Capital de la Navidad. Además, no podemos olvidar que es sede del Consejo de Europa y el Parlamento Europeo, y a pesar de que soy estudiante de ciencias, los que me conocéis, sabéis que me apasiona la política europea. La historia de Alsacia y en particular Estrasburgo es apasionante, en sus calles puedes observar la unión de Francia y Alemania y en sus museos el difícil pasado de la región, las múltiples guerras, todo contribuyendo a la gran ciudad que es ahora. No puedo dejar de hablar de la increíble pastelería francesa y los vinos de la región, donde he destinado muy alegremente, gran parte de mis fondos del Erasmus.

Podría hablar durante horas sobre lo enamorado que estoy de la ciudad, lo mucho que he disfrutado utilizando y mejorando mi francés, y lo bien que me han acogido en la Universidad de Estrasburgo. La realidad es que en el Erasmus, no solo he aprendido física y matemáticas, sino que he aprendido sobre mí mismo y sobre la vida. El salir de mi casa, enfrentarme a ser independiente, y darme cuenta de que lo que pasara dependía de mí, lo cual es emocionante y da vértigo en partes iguales. Lo siguiente va a sonar muy cliché pero lo que el primer día era un piso vacío y una ciudad desconocida, se ha convertido en un hogar lleno de recuerdos, y dejarlo ha sido difícil.

Al final, el alma del Erasmus está en las personas que conoces en el proceso, que de repente, se convierten en grandes amigos y forman parte de la rutina. En mi caso, fue inevitable formar un grupo inseparable de españoles, con los que compartimos comidas, cenas, viajes, fiestas, aprendizajes y experiencias, amigos que invadían mi habitación, con los que he recorrido norte y sur de Europa y a los que pronto volveré a ver en España. Es increíble la capacidad que tenemos los españoles de formar comunidad en cualquier parte del mundo. Aunque no os cerréis tampoco solo a los españoles, el mundo es grande y conoceréis a personas maravillosas de otros países.

El Erasmus me ha enseñado a dejarme llevar y fluir, no pasa nada por no tener los próximos meses calendarizados minuto a minuto y el enfrentarse al día a día abierto a ser espontáneo ha traído recuerdos inolvidables que no tendría si hubiera sido algo más prudent o temeroso. Abrir la mente y dejarse sorprender por las personas que se han puesto en mi camino ha sido un regalo, y me ha permitido conocerme más, ser yo mismo y valorar mis vivencias. Y quién diría que a pesar de ir con el dinero justo como para no comer pescado en un año, he podido pasear por Praga, Bruselas, Berlín París, Viena, Oslo, Zagreb, Ljubljana, Estocolmo y Copenhague, entre otros (ignorando el dormir en autobuses y aeropuertos).

Leyendo los testimonios de mis compañeros, creo que todos estamos de acuerdo en que el Erasmus supone una evolución como persona, y que es desde luego una experiencia de lo más recomendable, yo desde luego lo recomendaría mil y una veces, y más si es en Estrasburgo. Eso sí, os deseo suerte con la burocracia francesa, la vais a necesitar. Esta experiencia te abre la mente y para mi ha supuesto un punto de inflexión en la visión que tengo de mí mismo y de mi futuro, por haber sido capaz de vivirlo, de encontrar un hogar, de compaginar con el trabajo, de mantener una relación a distancia sana y de disfrutar de mis estudios (sí, algunos hemos estudiado en nuestro Erasmus). Ahora que me queda poco tiempo en la universidad, me llevo los aprendizajes y las memorias en el corazón para seguir con mi vida, y miro al futuro con ganas de descubrir las sorpresas que vienen, con menos ansia de controlar y sobreplanificar cada paso que tomo, pero con la confianza de que estoy preparado para avanzar.

Por último, aprovecho este párrafo final para agradecer a mi universidad por pelear este destino por mi insistencia, al apoyo de mi familia, a las personas maravillosas que he conocido en mi Erasmus y a todos aquellos que hayáis llegado hasta el final, os animo a dar el paso y a vivir una experiencia única e inolvidable, ojalá pronto leer sobre vuestras propias experiencias. Finalmente, gracias a la ELU por darme la oportunidad de reflexionar sobre mi Erasmus, una buena forma de lidiar con la pena de terminarlo y también de graduarme, os mando un abrazo enorme y os deseo un feliz verano!

Bon courage, à la prochaine!

Vida ELU

Elus por el Mundo – Maru Huergo

Por: ELU Admin

¡Buenas a todos! Soy Eugenia Huergo (más conocida en la ELU como Maru) y, antes de nada, ¡me presento! Soy madrileña, estudio el grado de Psicología en la Universidad Pontificia de Comillas y actualmente estoy en segundo. En la newsletter de hoy, tengo el placer de contaros un poquito sobre mi experiencia como estudiante de intercambio.

Tras varios intentos fallidos de salir a estudiar al extranjero debido al COVID, lesiones y algún que otro inconveniente, finalmente el pasado semestre estuve en el sur de Estados Unidos. Más concretamente, en Loyola University, situada en Nueva Orleans. Os sorprenderá que decidiese irme de intercambio en segundo de carrera (es antes de lo normal, lo sé), pero delante de mis narices se presentó una oportunidad que no podía rechazar: una iniciativa de la Asociación Internacional de Universidades Jesuitas (IAJU) llamada Magis Exchange Program. Este programa tiene como objetivo ayudar a los estudiantes a discernir su papel como agentes globales de cambio, fomentando el liderazgo para los demás y la reflexión sobre los actuales problemas sociales y ambientales. El programa se desarrolla en tres dimensiones a lo largo de un año: un curso online sobre Ciudadanía Global y Justicia Ambiental impartido por la Universidad Loyola de Chicago, un intercambio académico de un semestre en una universidad extranjera y una experiencia relacionada con la misión. En mi caso, durante mi estancia en Nueva Orleans fui voluntaria en un albergue para personas sin hogar. Una experiencia que, sin duda, me ha transformado el corazón.

La verdad, desde que aterricé en el Louis Armstrong con una mezcla de nervios y emoción, supe que este sitio y su gente iban a ser muy especiales. Es asombroso cómo cada rincón de esta ciudad tiene una historia y un ritmo propio. Empezando por una gastronomía peculiar (que incluye desde cocodrilo hasta los mejores beignets), jazz en cada esquina, pantanos llenos de “alligators” y un medio de transporte público que parece salido de Hogwarts. Ah, y por supuesto, Mardi Gras: la madre de todas las fiestas, una vorágine de coloridos disfraces, desfiles y muchos, muchos collares de cuentas. Aprendí rápidamente que aquí, “mostrar algo” para conseguir un collar es una tradición (mejor no os cuento qué hay que enseñar). Como podréis ver, empaparme de la experiencia y de la cultura fue sencillo.

Desde el comienzo, quise tener cuidado. No pretendía que el ideal de la experiencia se convirtiera en rodar y rodar sin sentido. Quería estar muy atenta. Me gusta pensar que todo pasa por algo, y los encuentros, descubrimientos y decisiones fueron marcando mi camino. Además, el grupo de estudiantes internacionales que me rodeaba fue una suerte. Cada persona que conocí, cada situación que viví, me ayudó a crecer y a comprender mejor el mundo y a mí misma. Desde los voluntarios en el albergue hasta el resto de internacionales que ahora se han convertido en grandes amigos. Siempre le digo a mis padres que aquí aprendí un poco de inglés, algo de italiano y, sobre todo, mucho de la vida. Entendí la importancia de fiarse del proceso, encontrando un lugar donde no necesitaba dar la talla, sino que siendo lo que soy, correspondía a darla.

En cuanto a la parte académica, una de las mayores diferencias que noté fue la oferta extracurricular. Hay clubes de todo y si no, tienes la opción de crearlo. Personalmente, yo me he enriquecido mucho de toda esta parte práctica. En los laboratorios pude diseccionar diferentes partes del cerebro, aprender sobre aparatos de biofeedback, monitorizar el sueño, entre otras muchas oportunidades de aterrizar todos los conceptos de mi carrera. Sin embargo, en Europa se escucha mucho hablar del famoso “Sueño Americano” y tras pasar unos meses aquí, puede que este sea una ilusión más que una realidad. La brecha entre ricos y pobres en Estados Unidos es impactante (al menos en el estado de Luisiana), y la movilidad social es mucho más limitada de lo que se sugiere. La educación, por ejemplo, es una de las áreas donde esta desigualdad se manifiesta con mayor claridad. Esta es vista como una clave para el éxito, pero aquí conlleva un precio altísimo.

Para terminar, mis consejos son sencillos. Empezando por uno que parece muy obvio, pero no lo es tanto: ser feliz aquí me permitió serlo allí. Al principio, la idea de dejar mi zona de confort y adaptarme a una nueva cultura me asustaba (y más cuando adoro mi vida en Madrid). Sin embargo, la felicidad no depende del lugar, sino de la actitud con la que enfrentas las circunstancias y por encima de todo, “con quién” eliges hacerlo. No sirve de nada irte de Erasmus para huir de tu vida o aprovecharlo para convertirte en algo que no eres. Decidí abrazar cada experiencia con una mente abierta y un corazón dispuesto y realmente, creo que esta mentalidad me permitió disfrutar al máximo mi estancia. En segundo lugar, no tener miedo. No tener miedo de lanzarse a lo desconocido, de cometer errores, de enfrentarse a nuevos retos y redescubrirse en un entorno completamente diferente. Por último, ser consciente de la suerte que es volver a casa y tener a alguien que te espera. Después de meses lejos de mi familia y amigos, regresar a Madrid con sus reencuentros fue un gran regalo. Me di cuenta de lo afortunada que soy de tener un hogar al que volver, un lugar donde sentirme amada y “como en casa”. Espero veros pronto y, ¡hasta la próxima!

Vida ELU

Elus por el Mundo – Álvaro Monllor

Por: ELU Admin

¡Hola a todos! Antes de empezar, me presento, soy Álvaro Monllor, de cuarto de la ELU y estudiante de Economía y ADE en la Universidad de Alicante. Si hace unas semanas Elena escribió sobre su Erasmus en Inglaterra, hoy me toca a mi cruzar un pequeño mar para cambiar al país vecino y hablar de mi erasmus en Irlanda, concretamente, en la Universidad de Limerick, en la ciudad con el mismo nombre situada al oeste del país.

Debo decir, que en un primer momento no tenía pensado realizar ningún intercambio durante mis estudios de grado. Sin embargo, un “milagro” burocrático que consistió en un cambio en las bases de la convocatoria para este curso 2023-2024 me permitió poder solicitar movilidad para cursar asignaturas de ADE durante el segundo cuatrimestre de este curso. Tuve en ese momento claro que no iba a desaprovechar esta oportunidad que se presentaba ante mí y que me pedía a gritos que buscara algún destino para pasar unos meses estudiando en el extranjero.

Mi requisito a la hora de escoger el país fue sencillo, tenía que ser angloparlante, por lo que mi lista de posibles destinos se redujo bastante desde el primer momento. Finalmente, tras analizar asignaturas e instalaciones, decidí escoger Limerick como primera opción.

El 21 de enero, tras unas pocas turbulencias y un aterrizaje no muy suave, llegué al aeropuerto de Shannon. El motivo de un final de vuelo tan intranquilo me azotó en la cara nada más salir del avión dado que el país se encontraba en alerta meteorológica por la tormenta Isha. El fuerte viento y la lluvia provocada por la tormenta dejaba claro por qué este país, conocido como la Isla Esmeralda, es tan verde: llueve mucho. Pero yo ya estaba mentalizado de que dejaba atrás el sol del Mediterráneo y como decimos, al mal tiempo buena cara y palos con gusto no duelen.

Tras acomodarme en la residencia, llegó la semana de introducción donde, a parte de conocer a mucha gente de muchos países, nos introdujimos de lleno en la cultura irlandesa (bebiendo mucha cerveza Guinness) disfrutando de un espectáculo de baile típico y de música irlandesa.

A medida que comenzaban las clases y avanzaba el cuatrimestre, comenzaban a surgir numerosas oportunidades para viajar. Y es que, sin ninguna duda, una de las mejores partes de mi experiencia erasmus fue la de descubrir los rincones de este país. Irlanda es un país pequeño, lo que facilita los viajes de fin de semana. Visité ciudades como Dublín, Cork, Galway, Belfast y Derry (estas dos últimas en Irlanda del Norte, país perteneciente al Reino Unido) y pueblos como Ardara, Adare, Kinsale, Ennis, Kilkee, Killarney y Killaloe, todos ellos con su característico encanto: casas de colores y un pub donde (tomarse una buena Guinness) disfrutar de buena música en directo. Pero si hay algo de verdad impresionante es la naturaleza (y el número de vacas y ovejas que hay por todos los lados). Los acantilados de Moher, el Parque natural de Killarney, los faros de Loophead y de Sheep’s Head, la Calzada del Gigante y el área de Binevenagh (estas dos últimas en Irlanda del Norte) además de numerosas rutas de senderismo que hacen obligatorio pararse, mirar a todos los lados y asombrarse por la belleza y grandeza de la naturaleza que se muestra ante ti. He viajado con mis compañeros de resi, con amigos internacionales, con amigos de la Universidad de Alicante que estaban también de erasmus en la ciudad de Cork, con mi madre y con amigos que vinieron a Irlanda a vernos, cada viaje ha sido un regalo y me ha servido para recordar, una vez más, la importancia del “con quién”.

En cuanto a la vida académica, debo decir que la universidad presenta una oferta de actividades extraacadémicas impresionantes. Hay numerosos clubes deportivos y sociedades y un campus precioso con instalaciones deportivas de categoría. Es decir, siempre hay algo que hacer.

Sin embargo, hay algunos aspectos que hay que mencionar. El coste del alojamiento en Irlanda es bastante alto y, para visitar muchos lugares, es necesario alquilar un coche ya que los autobuses no llegan. Además, aquellos erasmus que busquen fiesta deben saber que aquí se termina temprano, alrededor de las dos de la mañana.

Finalmente, mi conclusión es que se me ha quedado corto. Han sido cuatro meses muy intensos en los que he hecho mucho, pero me ha quedado mucho por hacer. Me quedo con muchas personas y muchos lugares. La despedida fue dura pero necesaria para nuevos rencuentros que si llegan serán acompañados de ilusión, alegría y emoción. Mi recomendación va muy en línea con las recomendaciones de otros elus que han estado de Erasmus, aprovechad la oportunidad, salid de vuestra zona de confort e id a conocer nuevas metodologías, universidades y personas. Exprimid al máximo el tiempo libre y poned al límite vuestras habilidades de gestión del tiempo para viajar, pasar tiempo de ocio y estudiar (no nos olvidemos tampoco que seguimos siendo estudiantes). No conozco a ninguna persona que se haya ido de erasmus y se haya arrepentido de esta decisión. Puede ser que Irlanda no sea vuestro destino idílico, no os preocupéis porque afortunadamente hay más países, pero os lo recomiendo si queréis practicar mucho inglés, os gusta la naturaleza, queréis hacer muchas actividades extraacadémicas y queréis (beber Guinness) ver muchas ovejas y vacas.

Slán Libh! (Adiós en irlandés).

Vida ELU

Elus por el Mundo – Elena de la Iglesia

Por: ELU Admin

La vida tiene formas curiosas de sorprendernos. Aún me parece difícil creer que esté aquí, en Londres, ya que el único destino en mi mente, y en mi solicitud del programa Erasmus, fue siempre París. Sin embargo, un error administrativo me trajo a la capital del Reino Unido. Mis padres siempre me apoyaron, mis hermanos nunca dudaron, pero yo inicialmente no confié. Y, ahora que este curso tan extraordinario llega a su fin, entiendo que todo tiene un sentido, que el plan de Dios es más pleno que el que yo crea tener y que no cambiaría lo que he vivido durante estos últimos meses por nada del mundo.

Recuerdo mis primeros días con especial cariño. Mientras entraba un dieciséis de septiembre en la residencia que sería mi casa durante nueve meses, me pareció ver salir a la niña de Santander a la que acompañaron sus padres hasta un colegio mayor de Madrid hacía tres años. Nos detuvimos, nos miramos y, simplemente, sonreímos. No sé si, por aquel entonces, ella habría podido imaginar que las aulas del King’s College London le acogerían algún día con los brazos abiertos durante un curso académico entero. A orillas del Támesis, me siento enormemente afortunada de haber formado parte de una prestigiosa universidad situada en el corazón de Londres que cree con firmeza en sus alumnos, y que, bajo el lema “con santidad y con sabiduría”, hace de las diferencias culturales su fortaleza. Londres no era una ciudad desconocida para mí, pero de su mano he disfrutado de tours por los barrios más emblemáticos, paseos en barco por el río, noches en clubs de la comedia, voluntariados en pueblos como Margate, conferencias y eventos a través de sus societies y de visitas a las oficinas más espectaculares de la City, el famoso distrito financiero.

Me emociona darme cuenta de que he conocido a las personas más especiales de la forma más inesperada. Echando la vista atrás con una amiga de intercambio en diciembre, llegamos a la conclusión de que hacía tiempo que ya no se trataba de Londres, sino de la gente. Por eso, cuando me preguntan por mis rincones favoritos, enmudezco. Porque, por supuesto, me ha fascinado el mirador del edificio más alto de la Square Mile y he paseado embelesada entre
las preciosas viviendas de Kensington. Sin embargo, en mi cabeza únicamente bailan las veces que nos hemos reunido en torno a una mesa o en una biblioteca, retumban las numerosas ocasiones en las que hemos llorado de risa sin tener
un gran motivo para hacerlo y vociferan los deseos de que un trayecto en metro se extendiera con tal de estar juntos un poco más.

En algún momento, se volvió normal quedar para estudiar con amigas de México y de Singapur, ir a la celebración de cumpleaños de un estudiante de intercambio estadounidense el mismo día que lo conocí, asistir a la fiesta de una
chica de Canadá con una amiga australiana o trabajar en un proyecto por equipos con compañeros de los Emiratos Árabes Unidos, China, Italia, la India y Rumanía. Y yo, que estudio matemáticas, no puedo evitar preguntarme, ¿cuál
es la probabilidad de que nuestros caminos se cruzasen? Me niego a pensar que conocernos aquí y ahora ha sido una mera casualidad.

¡Es verdad! Los cielos de Londres a menudo son grises y sus adoquines están constantemente mojados. No obstante, la ciudad que yo he conocido ha sido la dispuesta a vestir una sonrisa, y vivir cualquier aventura con un paraguas en la mano. Además, no ha sido sólo mi destino y el de las amigas que han venido a verme sino también punto de partida a Edimburgo, a Múnich y a Madrid. Tengo la sensación de que no podré dejar de identificar recuerdos con cada una de sus esquinas. Y, en fin, de que esta experiencia me ha enseñado mucho, pero, especialmente, que a veces nos valoramos poco y juzgamos demasiado, y que nos podemos hacer a nosotros mismos, pero que siempre estaremos hechos de los demás.

Sé que, algún día, volveré a cruzar el puente de Waterloo, por el que hoy paso a diario. Ese puente que, cuando tienes prisa parece muy largo y, cuando tienes tiempo, lo disfrutas despacio: el Big Ben y el London Eye a un lado, St Paul’s Cathedral, Canary Wharf y la City a ciento ochenta grados. Caminaré por él, quizás incluso deseando tener clases de nuevo a las que correr. Me detendré a la mitad y el viento me hará rememorar muchos momentos pasados. Pensaré:
¿acaso fue todo un sueño, y es que he despertado? Por ahora, mi etapa en el King’s ya ha terminado, pero me hace ilusión pensar que pronto comenzará una nueva en UC Berkeley.

Me marcho de Londres con alguna que otra lagrimilla y profundamente agradecida, especialmente con todas las personas que han sido aquí como mi familia, y con quienes lo son y han renunciado desde el amor a tenerme en su
día a día.

Vida ELU

Elus por el Mundo – Elena Sánchez

Por: ELU Admin

Elena Sánchez, 4º ELU

Me costaba pensar que terminara haciendo mío un lugar nuevo en un tiempo relativamente corto. O mejor dicho, saber que en algunos de sus rincones, quedara algo de mí, de mi forma de ser y ver el mundo. Nunca pensé que mi tan soñada París fuera tan amplia, elegante, especial. Cuánta belleza envuelta en ternura y cotidianidad, en sus cielos anaranjados en lienzo grisáceo, en su tránsito por el Sena, en sus impresionantes calles llenas de promesas ajenas. Cuánta profundidad descifrada a través de su historia, escondida en su cultura y cuántos secretos albergan cada una de sus esquinas: desde las más turísticas a aquellas que tan solo conocen a los que más les gusta perderse. Es en esa mirada atenta e inquieta de donde brota la sensibilidad y el agradecimiento ante lo que sucede, lo que se me pide y dónde me llaman.

El “sí” a París fue meditado, confiado y convencido.

La incertidumbre envolvía la plena ilusión. Por qué mi corazón intuía que debía marcharme a París si estaba feliz en Madrid, pensando en cómo continuaría mi cuarto año de medicina en la Universidad Complutense. Qué me movía a querer hacer maletas para entregarme en todos los sentidos a esta nueva llamada, a esta ventana llena de luz que se presentaba como un regalo inmerecido. El entusiasmo abrazó al vértigo y saltando con él, empezó un año tan bonito en mi vida…

La ciudad del amor, París. Y sí, es la ciudad que te invita continuamente a amar quién eres, de dónde vienes y hacia dónde anhelas construir tu proyecto. En esa vuelta a la raíz y haciendo memoria, uno no puede dejar de agradecer a quiénes te esperan en casa con el mayor de los abrazos. Y saber que, a tan solo una llamada o un mensaje, tienes la palabra de alivio de siempre, es otro privilegio. Y al mismo tiempo, te recuerda la importancia de cuidar a quiénes más quieres, diariamente y sin excusas para que ese vínculo siga creciendo, en una circunstancia algo particular.

Echo la vista unos meses atrás y me impresiona el enorme esfuerzo que he hecho por estar a la altura de un ritmo académico muy exigente. Y, también, valoro el entramado de lazos que he construido, en todos los ámbitos. Y aunque muchos de ellos vuelven conmigo a Madrid, una gran parte de ellos se queda en París, especialmente con mis pacientes y la suma de sus historias, cicatrices y vidas que han sido un destello que me ha ayudado a entender parte de la mía.

Gracias a su generosidad, conversación y paciencia durante mi aprendizaje, he vuelto a reafirmar, redescubrir y entender qué es ser médico con mayor profundidad, con plena entrega y compromiso. La propia vocación se desarrolla viviéndola y aunque no tiene que estar necesariamente vinculada a un lugar en concreto, es innegable que en París he encontrado un mirador con vistas más amplias: de expansión, de explorar y servir a través de la escucha.

Ahí reside la mayor belleza de nuestra profesión: en quién nos mira con su vulnerabilidad al descubierto, en quién nos busca a través de una mirada y en quién necesita la palabra justa en un momento puntual o tan solo esperar en silencio.

Las visitas cada mañana al pie de una cama, encontrarme con muchas personas en los momentos más bellos o amargos de sus vidas, traer vida al mundo y agarrarla con mis propias manos, disfrutar de un descanso al sol leyendo en los Jardines de Luxemburgo o ver Montmartre iluminado por la ventana en una noche de guardia, han sido algunas pinceladas de estos meses. Hace una semana, hablando con una paciente que se había dedicado toda su vida a la pediatría, me recordaba que en lo que más nos debemos esforzar es en cultivar nuestras relaciones humanas, como elemento vertebrador de nuestra persona. Y aunque el idioma puede llegar a dificultar algunas de estas conversaciones, hay un lenguaje que es universal y que trasciende cualquier barrera; al contrario, crea puentes: la sonrisa y la empatía.

Rescatando las palabras de una gran amiga, no solo hay lugares e instantes cosidos al corazón; sino más aún, personas. A todos los rostros que empezaron siendo coincidencia y pura casualidad y que han terminado siendo fuente de verdad, diversión, felicidad y amistad, no puedo dejar de darles las gracias. A través de ellos, he podido conocerme más aún en profundidad y compartir nuestras vivencias, distintas pero no lejanas.

“Al final del camino me dirán:
¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres”
(Pedro Casaldaliga)

Como todo lo que nos conmueve, salir de casa nos empuja a hacernos preguntas casi de forma cotidiana, a querer comprender el porqué de nuestras decisiones, a tener la posibilidad de elegir continuamente cómo y con quién vincularnos o de qué forma encontrar descanso en el corazón por medio del silencio. Es precisamente por esa toma de decisiones continua, la que nos permite elegir cómo construir nuestro propio Erasmus, cómo hacer de París, tú propio París.

El agradecimiento es infinito porque París ha sido un sueño y me resisto un poco a pensar en que, en poco tiempo, tocará volver a hacer maletas de nuevo. Me las llevo con sobrepeso de nombres, recuerdos, muchísimas risas, mucho esfuerzo, visitas express desde Madrid, atardeceres, paseos, silencio y reflexiones. Y lo más importante de todo, de mucha vida.

Ojalá mi París sea siempre un lugar donde recordar todo lo que crecí, aprendí y todo lo feliz que fui. Y volveré a Madrid no de igual forma que cuando vine pero sí con todo el corazón y con la tranquilidad de saber que la vida tiene que continuar y sucederse allí donde uno sienta que el mundo le reclama.

¡¡Un abrazo con mucho cariño y sabéis dónde estoy, para lo que necesitéis!!!

Vida ELU

Elus por el Mundo – Zulima y Mikel

Por: ELU Admin

¡Hola a todos! Somos Zulima y Mikel, alumnos de tercero de la ELU que el primer día de Becas Europa no sólo nos conocimos sino que nos dimos cuenta que íbamos a estudiar en las misma ciudad de Países Bajos por los siguientes cuatro años. Han pasado ya dos años y medio, y con casi nuestros grados acabados queremos compartir algunas de nuestras experiencias tanto individualmente y como amigos. Como nuestras experiencias han sido tan diferentes, vamos a contar cada uno por separado algunas de nuestras impresiones: 

MIKEL

En mi caso vengo desde el País Vasco, desde Vitoria-Gasteiz, y desde que me aventuré a mudarme a Groningen, mi vida ha sido una montaña rusa emocional llena de desafíos y grandes descubrimientos. Decidir dar el paso para vivir en un lugar completamente nuevo no fue fácil, pero cada día que pasa confirmo que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Una de las primeras cosas que noté al llegar aquí fue la marcada diferencia cultural. Tanto crear amistades, cómo tratar a los locales y profesores de la Universidad es diferente respecto a mi experiencia anterior. Acostumbrado a mi ciudad de origen Vitoria-Gasteiz un ambiente tan internacional fue un auténtico shock, que al cabo de ya dos años y medio no puedo más que recordar con cariño, ya que he conseguido crear amistades muy fuertes y diferentes a las que tenía antes, abriéndome unas perspectivas del mundo desconocidas para mí hasta el momento.

La universidad en Groningen ha sido otro aspecto fundamental de mi experiencia. Yo estoy estudiando la carrera de Física en la Facultad de Ciencias e Ingenierías y, aparte del duro trabajo que requiere diariamente, mis expectativas han sido superadas ampliamente. Las instalaciones y profesorado son de una calidad excelente, pero lo que más valoro es la oportunidad que se me ha dado para implicarme en equipos de investigación. El contacto con los profesores y su disponibilidad a ofrecerte proyectos te permite dar tanto de tu tiempo como quieras, pudiendo conocer de primera mano cómo funciona la investigación fundamental, sus dificultades y también lo apasionantes que pueden ser.

Vivir fuera me ha permitido desarrollarme en otros aspectos de mi vida más de lo que hubiera pensado, sobre todo en el plano personal. La posibilidad de descubrir no sólo centro-Europa sino también Europa del Este ha sido una experiencia enriquecedora. Compartir aficiones como la música, la guitarra o el deporte con nuevos amigos. Descubrir lo que significa madurar y convertirte en una persona completamente independiente. Son aspectos que me han asustado, pero también sorprendido y me han acabado encantando.

En resumen, vivir en Groningen ha sido una experiencia transformadora que nunca olvidaré. Las diferencias culturales, la excelencia académica, la calidez de la gente y los desafíos personales han contribuido a mi crecimiento y desarrollo de maneras que nunca habría imaginado.

ZULIMA 

Holaaa! Yo soy Zulima  vengo de Valencia y estudio Ciencias y Artes liberales, una carrera interdisciplinar que me brinda muchas perspectivas diferentes y la oportunidad de experimentar la ciencia explorándola en esencia. Mi carrera en Europa sólo se hace en los Países Bajos y queriendo estudiar en una ciudad pequeña llena de actividades culturales y artísticas acabé en el precioso Groningen. 

Groningen después de ya 3 años tiene mi corazón. He conocido a tanta gente que me ha aportado riqueza de opiniones y perspectivas, especialmente aquellas no occidentalizadas con las que raramente nos topamos. El ambiente es acogedor pero siempre está pasando algo ya que la ciudad es muy joven y está muy viva, cuando no hay raves hay exposiciones artísticas, deportes, asociaciones…es tan imposible aburrirse como intentar hacerlo todo (confiad en mí, se ha intentado). 

Este país también me brinda oportunidades de desarrollo que la Zulima de Becas no habría podido imaginar. Este año trabajo para la Rectora de la uni, Jacqueline Scherpen, como asesora estudiantil de políticas universitarias. Además soy asistente de profesora y hago investigación, que he descubierto que es mi pasión y a lo que me encantaría dedicarme en el futuro: a la universidad. 

Comparar perspectivas entre Holanda y España está siendo una experiencia increíble. Os invito a todos y todas a venir cuando queráis a visitarnos!