Elus por el mundo – Joaquín Martín

13 MAR

El pasado 4 de septiembre comenzó mi Erasmus en la bávara y universitaria ciudad de Würzburg. Así cobró vida una inquietud que llevaba años rondando mi cabeza: vivir en Alemania. Fue a los tres años cuando empecé a estudiar alemán en el colegio y, desde entonces, entré en contacto con la cultura y la manera de pensar germanas. Al vivir parte de mi día a día, año tras año, en alemán, surgió en mí la duda sobre la realidad de este país y sobre si podría llegar a ser mi sitio en el futuro. Por ello, no consideré ninguna otra opción a la hora de elegir el destino de mi Erasmus.


Añadiendo a este primer criterio de selección de destino, elegí una ciudad poco conocida, pequeña y rebosante de estudiantes alemanes para escapar de lo que sentía ser el modelo de experiencia Erasmus (ir a un lugar con gran presencia internacional y particularmente española, viajar constantemente). Buscaba vivir algo único, pasar un año como un estudiante más de la universidad y no sumirme en la “burbuja erasmus” dentro de un grupo numeroso de españoles.


Los últimos seis meses han sido, desde luego, los menos convencionales de mi vida académica. En Alemania, el semestre empieza a mediados de octubre, cuenta con vacaciones de Navidad y acaba a mediados de febrero. Esto me permitió pasar mes y medio adaptándome a mi nuevo hogar sin tener que lidiar con la universidad. Fueron unas semanas en las que percibí un contraste enorme respecto a los veinte años vividos con mis padres en la misma ciudad. Al principio, Würzburg parecía vacía, al igual que mi residencia; los estudiantes representan alrededor de un 23% de la población y las clases aún no habían comenzado. Quienes sí estaban allí eran los españoles y demás estudiantes Erasmus, así que, naturalmente, se convirtieron en mis amigos, tumbando de esta manera una de mis pretensiones previas a la llegada.


Este periodo pre-clases me brindó la oportunidad de viajar dos semanas a Australia a visitar a mi novia, Carmen, cuya estancia internacional transcurría en Sídney. Fue algo especialmente trascendente para mí puesto que mis abuelos emigraron a esa misma ciudad, fue donde nació mi madre y mis padres vivieron unos años (en Melbourne, que también pude visitar). Ver aquello de lo que tantas veces había oído recordar en familia, me acercó de alguna manera a lo que soy y me permitió conocer más a mis familiares. Más allá del impacto personal, fueron unos grandes días descubriendo lugares preciosos en la mejor de las compañías. Además, adquirí grandes dosis de sol que, posteriormente, echaría gravemente de menos en Würzburg.


La vuelta de Australia marcó el inicio de una nueva etapa dentro de la del Erasmus, volví el mismo día de inicio de las clases a Alemania y parecía otro lugar la ciudad. Había cobrado vida, no daba abasto de la gente nueva que conocía, todos los días acontecían infinidad de eventos y el funcionamiento de universidad exigía ser explorado.


Gestionado el bonito caos de este nuevo arranque, he encontrado en la rutina alemana una agradable combinación entre rendimiento, obligaciones, libertad y descanso. Me explico: al contrario que la universidad en Zaragoza, que exige seis horas diarias de tu tiempo en concepto de clases, en Alemania no se tienen más de dos horas semanales por asignatura y los viernes no hay clase. Esto permite una gestión mucho más libre del tiempo, a la vez que se aporta al alumno lo fundamental de cada materia. En definitiva, se tiene más confianza en el trabajo personal y, por tanto, no se te encadena a pasar horas poco productivas en la facultad. Disfrutando de este modelo educativo, he podido vivir mucho más durante el semestre; desde deporte, ver amigos, leer, viajar, salir.


Esta importante diferencia no implica que no sea exigente la universidad, el mes de enero y parte de febrero ha sido parecido (pero no igual de terrible) a los que todos vivimos en España de exámenes.


Una de las grandes alegrías de la experiencia ha sido la posibilidad de ver con más frecuencia a mi gran amigo Mario Castanera. Vive a una hora en tren de Würzburg, ya que estudia la carrera en Aschaffenburg y desde que acabamos bachillerato lo he podido ver en contadas ocasiones. Estos meses hemos tenido la oportunidad de compartir buenos ratos, que espero repetir en los venideros.


Irónicamente, mi experiencia Erasmus está siendo un poco todo aquello que decía querer evitar: me he juntado sobre todo con españoles e italianos, he viajado mucho y he hablado poquísimo alemán (todo se ventila en inglés). Curiosamente, no estoy decepcionado en absoluto; simplemente he aprendido que lo que yo esperaba de esto no era para nada acertado. Mi ciudad es tremendamente internacional, los alemanes en invierno socializan bien poco y viajar sí me apetecía realmente.


En definitiva, lo más potente de vivir esto hasta la fecha es la inexorable obligación de conocerte a ti mismo que supone el irte a vivir solo al extranjero. Llegar a un lugar donde nadie te conoce, donde cada día te ves obligado a decidir y obrar tan lejos de todo lo conocido; hace irrenunciable el hecho de preguntarte por qué estás viviendo de esta manera. Y por ello, lo recomiendo a todo universitario.