Guillermo Pierres, 3º ELU
Hay mitos fundacionales y mitos fundacionales.
Las democracias modernas cuentan historias de voluntad política y transformaciones milenarias. Países como Estados Unidos tienen sus padres fundadores con peluca, Filadelfia y frases de mármol. Francia tiene la Revolución, el Gallo y la Marsellesa. Singapur tuvo un milagro de orden, puerto e inversión. La Unión Europa también tiene su propio milagro (merecedor de artículo a parte): convertir dos guerras mundiales en reglamentos, zonas de libre cambio y Erasmus.
España, en cambio, hizo uno de los trucos políticos más finos del siglo XX y lo cuenta, si es que lo cuenta, con un hilo de tímida voz.
España fue, en toda regla, un and for my last trick, convertiré cuarenta años de dictadura, un rey que no es rey, siete ministros con cara de funeral y siete leyes fundamentales en una democracia occidental.
La Transición española fue, jurídicamente, una prestidigitación de altísima escuela. Un país sometido a una dictadura que no rompió formalmente el tablero, sino que utilizó las piezas del propio tablero para desmontarlo. La fórmula se ha repetido algunas veces, pero no las suficientes : de la ley a la ley, pasando por la ley.
Ahí está el truco.
Ahí está el prodigio.
Ahí está también la parte que hoy muchos no entienden, o no quieren entender, porque no da likes, o qué se yo; sin saber que no fue una revolución, que fue mucho más difícil : una cirujía sin anestesia histórica.
El régimen franquista tenía sus Leyes Fundamentales, su legalidad autoritaria, su arquitectura institucional cerrada, solemne, envejecida. Lo fácil habría sido decir: todo esto es ilegítimo, tirémoslo abajo, empecemos de cero, que suene el tambor y que hablen los puros. Pero el país estaba lleno de memoria, miedo, ejército, muertos, familias partidas, curas, serenos, comunistas, monárquicos, falangistas reciclados, liberales tardíos, socialdemócratas, funcionarios y españoles normales que querían votar, vivir, prosperar y no volver a enterrarse unos a otros.
Entonces, de la nada, surgió, desde algún punto incierto de la clase media, una excepcional casta política.
La ganzúa era fina, una fórmula ideada por una eminencia hoy condenada al olvido : Torcuato Fernandez Miranda. De la Ley a la Ley Pasando Por la Ley (así, en mayúsculas, para combatir la desvergüenza de no contar siquiera con una página Wikipedia).
Esta idea de respetar la legalidad, es decir, las Siete Leyes Fundamentales del Franquismo, se materializó en la Ley para la Reforma Política de 1977; si queréis, una suerte de octava ley fundamental.
Aprobada por las Cortes franquistas (a las que Suárez, Torcuato, y Gutierrez Mellado se desvivieron por convercer), ratificada en referéndum por el pueblo español, abrió desde dentro la puerta que el propio régimen había cerrado desde fuera. Fue una autoliquidación jurídicamente impecable: las instituciones existentes aprobaron la norma que permitía elegir unas nuevas Cortes democráticas. Y esas Cortes, nacidas ya de la soberanía popular, alumbraron la Constitución de 1978.
Dicho más claro: el franquismo firmó, con su propia pluma, el certificado jurídico de su extinción.
Eso no es una anécdota.
Es un milagro político.
La Transición no fue perfecta. Ningún proceso histórico serio lo es. Quien busque pureza en política debería dedicarse a la botánica, y aun así se llevaría disgustos. Hubo renuncias, silencios, cálculo, miedo, pactos incómodos, continuidades institucionales, sombras policiales, dolor de víctimas y heridas no cerradas. Pero confundir imperfección con fraude es una torpeza. Y confundir pacto con cobardía es no haber entendido nada de cómo sobreviven las naciones.
El pacto fue la grandeza. Precisamente porque nadie obtuvo todo lo que quería.
La derecha aceptó que el futuro ya no podía tutelarse desde el pasado. La izquierda aceptó que la democracia no nacería de una revancha histórica. Los comunistas aceptaron la bandera y la corona (esto permitió la legalización del Partido Comunista Español bajo la Ley del 1977). Los monárquicos aceptaron elecciones libres. Los reformistas del régimen aceptaron que la legitimidad ya no venía de la victoria de 1939, sino del voto de 1977. Y millones de españoles aceptaron algo dificilísimo: que la convivencia valía más que la victoria de sus abuelos.
Sobrenatural.
España —quiero pensar que por humildad o sobriedad castellana— no vende sus milagros. No los empaqueta. No los enseña. No los exporta. No los convierte en doctrina. No los convierte en orgullo cívico.
Y quizá por eso pasa lo que pasa : que lo que no se cuenta bien, se cuenta mal. Y lo que no se defiende, se degrada.
La Transición, lejos de ser un consenso aburrido entre señores con corbata, fue una operación de inteligencia institucional y jurídica fuera de lo común; que entendió que el Derecho no es sólo un conjunto de normas, sino una herramienta que esconde, si se sabe leer bien, esperanza de cambio; en este caso, esperanza de que la historia jamás vuelva a hablar con pistolas.
Aquí la píldora jurídica : el Derecho puede ser usado para conservar un régimen, pero también para desactivarlo. Depende de quién la maneje, con qué legitimidad y hacia dónde la oriente. En 1977, España utilizó la legalidad heredada para abrir paso a una legitimidad nueva. No fue continuidad pura. No fue ruptura pura. Fue una tercera cosa: ruptura legitimada mediante procedimiento.
Una genialidad española. Y aquí viene la parte amarga. Hoy la herida vuelve a abrirse. No exactamente la misma, porque la historia nunca repite la escena: la plagia con otros actores. Pero vuelve el gusto por dividir España en buenos y malos absolutos. Vuelve la tentación de leer el pasado como
jurídicamente impecable: las instituciones existentes aprobaron la norma que permitía elegir unas nuevas Cortes democráticas. Y esas Cortes, nacidas ya de la soberanía popular, alumbraron la Constitución de 1978.
Dicho más claro: el franquismo firmó, con su propia pluma, el certificado jurídico de su extinción.
Eso no es una anécdota.
Es un milagro político.
La Transición no fue perfecta. Ningún proceso histórico serio lo es. Quien busque pureza en política debería dedicarse a la botánica, y aun así se llevaría disgustos. Hubo renuncias, silencios, cálculo, miedo, pactos incómodos, continuidades institucionales, sombras policiales, dolor de víctimas y heridas no cerradas. Pero confundir imperfección con fraude es una torpeza. Y confundir pacto con cobardía es no haber entendido nada de cómo sobreviven las naciones.
El pacto fue la grandeza. Precisamente porque nadie obtuvo todo lo que quería.
La derecha aceptó que el futuro ya no podía tutelarse desde el pasado. La izquierda aceptó que la democracia no nacería de una revancha histórica. Los comunistas aceptaron la bandera y la corona (esto permitió la legalización del Partido Comunista Español bajo la Ley del 1977). Los monárquicos aceptaron elecciones libres. Los reformistas del régimen aceptaron que la legitimidad ya no venía de la victoria de 1939, sino del voto de 1977. Y millones de españoles aceptaron algo dificilísimo: que la convivencia valía más que la victoria de sus abuelos.
Sobrenatural.
España —quiero pensar que por humildad o sobriedad castellana— no vende sus milagros. No los empaqueta. No los enseña. No los exporta. No los convierte en doctrina. No los convierte en orgullo cívico.
Y quizá por eso pasa lo que pasa : que lo que no se cuenta bien, se cuenta mal. Y lo que no se defiende, se degrada.
La Transición, lejos de ser un consenso aburrido entre señores con corbata, fue una operación de inteligencia institucional y jurídica fuera de lo común; que entendió que el Derecho no es sólo un conjunto de normas, sino una herramienta que esconde, si se sabe leer bien, esperanza de cambio; en este caso, esperanza de que la historia jamás vuelva a hablar con pistolas.
Aquí la píldora jurídica : el Derecho puede ser usado para conservar un régimen, pero también para desactivarlo. Depende de quién la maneje, con qué legitimidad y hacia dónde la oriente. En 1977, España utilizó la legalidad heredada para abrir paso a una legitimidad nueva. No fue continuidad pura. No fue ruptura pura. Fue una tercera cosa: ruptura legitimada mediante procedimiento.
Una genialidad española.
Y aquí viene la parte amarga. Hoy la herida vuelve a abrirse. No exactamente la misma, porque la historia nunca repite la escena: la plagia con otros actores. Pero vuelve el gusto por dividir España en buenos y malos absolutos. Vuelve la tentación de leer el pasado como un arsenal arrojadizo. Vuelve el desprecio al pacto. Vuelve esa alergia adolescente a la complejidad y a la fraternidad.
La Transición debería ser enseñada como lo que fue: uno de los grandes milagros políticos de la modernidad. Que no borró el dolor sino que impidió que el dolor mandara; que no fueron todos virtuosos, pero que suficientes personas entendieron que el país estaba por encima de sus biografías, de sus agravios y de sus dogmas.
Este país, tantas veces exagerado, ingobernable, brillante, trágico y genial, fue capaz de hacer algo rarísimo.
Una anomalía histórica.
Un milagro.
El milagro de poder discutir sin matarnos, para alternar gobiernos sin purgas, para discrepar sin que estalle una guerra civil.
Todo esto no cayó del cielo. Fue una obra humana. Preguntad a vuestros padres.
España no necesita beatificar la Transición. Las beatificaciones son malas para la inteligencia. Pero sí necesita comprenderla, defenderla y contarla mejor. Con orgullo. Con precisión. Con amor adulto. Sin cursilería, pero sin vergüenza.
Porque un fenómeno así, queridos elus, no pasa todos los siglos.
Obiter dictum (que es la forma en que se obliga a los estudiantes de Derecho a decir “dicho sea de paso”) : otro pequeño motivo de orgullo es que el borrador de la Constitución de 1978 pasó por las manos de Camilo José Cela, futuro Premio Nobel de la Literatura, interviniendo en su depuración lingüística hasta el punto de que suele recordarse a la española como la única Constitución cuyo texto fue revisado por un Nobel de la Literatura.