Encuentro Tabita: El Valor de Vivir

29 ABR

Pablo Torre, 1º ELU

Habían pasado más de dos años desde la última vez que realicé un voluntariado con mi colegio en el comedor social de Santiago Masarnau. En aquel momento, lo viví como una experiencia personal muy enriquecedora. Me quedé con la sensación de que recibí mucho más de lo que fui capaz de aportar a la vida de aquellas personas que, día tras día, acudían a aquel comedor en busca de alimento y cariño.

Este pasado viernes 24 de abril, gracias a la ELU, he vuelto a vivir una experiencia similar, esta vez de la mano de las Hermanas Misioneras de la Caridad (congregación fundada por la Madre Teresa de Calcuta). Una vez más, he comprobado lo gratificante que es darse a los demás.

La ELU nos está enseñando que tenemos el deber moral de mirar al mundo con ojos críticos y con una intención genuina de servicio. No se trata solo de observar la realidad, sino de sentir la responsabilidad de transformarla, de hacerla un poco mejor, en la medida que cada uno podamos hacerlo, hoy y a lo largo de nuestra vida.

Empezamos la tarde de voluntariado en el centro de La Latina. Ahí es donde tienen su sede central y donde tienen una casa de acogida para enfermos, una residencia, un hogar para personas que no tienen familia o recursos y que padecen enfermedades graves o crónicas. Allí estuvimos ayudando a pelar verduras y a preparar unas bolsas con comida y otros productos que posteriormente llevamos con nuestro coche, al centro de Vallecas. En este centro reparten, a diario, cientos de comidas a personas en situación de extrema pobreza o familias con muy bajos recursos.

Al estar allí, entre sonrisas y manos tendidas, entendí que ayudar no es un acto unidireccional, sino un encuentro humano que te devuelve la esperanza, que te hace pensar que sí podemos cambiar las cosas.

Es esa sensación de utilidad y conexión profunda, la que me hace comprender que mi paso por la sociedad debe dejar un impacto positivo. Salgo con el corazón lleno, lleno de ilusión, lleno de agradecimiento, convencido de que servir no es solo un deber, sino el camino más directo para encontrar sentido a lo que somos y construir, juntos, un mundo un poco más humano.

No quiero terminar sin expresar mi más profunda gratitud a las Hermanas Misioneras de la Caridad. Gracias por ser un ejemplo vivo de entrega incansable y por luchar, día tras día, para devolver la dignidad y la esperanza allí donde más se necesita. También me gustaría agradecer a los alumnos de la ELU: Santiago Aragón, Margarita Gutiérrez y Jaime López por haber iniciado esta iniciativa y acercar el voluntariado a nuestras vidas.