En la ELU pretendemos no quedarnos solo en una formación puramente académica. Buscamos ponernos en juego, participar de nuestro entorno y asumir un liderazgo orientado al servicio y al bien común. En este marco, el pasado viernes 5 de diciembre tuvimos la oportunidad de encarnar de manera concreta nuestra misión social en una actividad comunitaria impulsada por Margarita Gutiérrez, Santiago Aragón y Jaime López, alumnos de 3º ELU. Nos reunimos en el local junto al Primer Monasterio de la Visitación (Salesas), cuyas puertas nos abrió generosamente Javier Puelles (1ºELU). Allí preparamos bocadillos, termos con caldo, manzanas y algunos dulces y, quienes lo desearon, dedicaron también un tiempo a la oración del voluntario antes de comenzar la ruta.
Acompañados por Javier , que desde hace tiempo recorre esta ruta cada lunes y conoce a quienes viven en ella, fuimos deteniéndonos para conversar con cada uno. Charlamos con Jordi, con David y con otros tantos, escuchando fragmentos de sus historias de vida, sus juicios sobre la situación en la que se encontraban y sus distintas formas de afrontarla. Más que repartir comida, compartimos tiempo, escucha y presencia, poniendo nombre y rostro a realidades que con frecuencia permanecen invisibles.
Al finalizar, regresamos al Primer Monasterio de la Visitación, donde pudimos compartir en grupo lo vivido: las sensaciones, las preguntas que surgieron y el sentido de una experiencia que nos confrontó con nuestra manera de mirar y atender a quien vive en la calle. Sabemos que una tarde no cambia el mundo, ni tampoco era ese nuestro objetivo. Sin embargo, creemos en la importancia del contacto con lo real, en la fuerza del encuentro personal y en el valor de ofrecer el propio tiempo al servicio del otro, descubriéndolo como persona y no como problema o necesidad anónima.
El pasado 3 de noviembre, desde ELU Valencia tuvimos el placer de recibir la visita de nuestra querida mentora, Marta Luquero. Dada la ocasión, además de aprovechar para hacer mentorías presenciales, nuestro estimado delegado Marcos Ranchal y nuestra codelegada Cecilia Uriol organizaron una cena de Navidad en la que nos reunimos tanto los ELUs como algunos Elumni. Allí pudimos celebrar el cumpleaños de Marta y compartir experiencias, risas, juegos y, sobre todo, mucha ilusión.
Muchos de nosotros aprovechamos la oportunidad de conocer a Elumni de nuestra ciudad y hacerles miles de preguntas sobre su paso por la ELU. También tuvimos ocasión de conocernos mejor entre nosotros, ya que, muchas veces, aunque vivamos en el mismo sitio, cuando coincidimos suele ser en Madrid y no nos da tiempo a vernos de verdad.
Durante la cena se plantearon algunas iniciativas solidarias y lúdicas. Marta, como siempre, apoyó nuestras ideas y nos animó a seguir trabajando en ellas. Comentamos cómo había ido la primera reunión de “Beers & Books” Valencia y nos alegramos al darnos cuenta de que, poco a poco, ELU Valencia se está convirtiendo en algo más que llevar un pañuelo fallero a Madrid: se está convirtiendo en una familia.
Bruselas es el lugar donde Europa se piensa a sí misma.
Un lugar donde el peso de la historia, la ligereza de los sueño y los fantasmas de guerras pasadas se sientan a conversar en las mismas mesas que los arquitectos de las paces futuras. Es el lugar donde resuena el eco de las pisadas de todas aquellas personas que vienen desde muy lejos, buscando construir un futuro común para todos. Y allí, durante los primeros días de noviembre, tres ELUS: Paula de Alfonso (3º), Marisa Rico (elumni de la XV promoción) y yo, Irene Sánchez (2º), hemos tenido el placer y el privilegio de poder conocer de primera mano las instituciones europeas y la ciudad gracias a la Fundación Civismo. Han sido unos días memorables, llenos de conversaciones, risas, convivencia, intercambio de opiniones y un gran aprendizaje junto al resto de nuestros compañeros.
Sin embargo, en este viaje la ELU ha estado más presente que nunca. No sólo por poder compartir una experiencia de esta magnitud entre tres promociones diferentes, sino especialmente, por habernos podido reencontrar con otro elumni, Abraham Velarde, alumno de la XI promoción de la ELU. Desde hace dos años, Abraham es asesor de una prestigiosa eurodiputada española, y es él quien además se ha encargado de recibir a las últimas promociones de Becas Europa en su paso por la capital belga. Fue un verdadero regalo compartir tiempo con él en la que ya es su casa. De pronto, ya no éramos simples visitantes. Éramos parte de algo más grande, de algo que sentíamos profundamente nuestro. En su mirada y en sus palabras, reconocimos el reflejo de nuestro propio camino: una formación que trasciende las aulas, esfuerzo y perseverancia como faro en la vida y la huella de la ELU que crece y permanece. Porque más allá de la edad, el tiempo o la distancia nos puedan separar, siempre habrá un lenguaje común que nos una, un modo de mirar el mundo con asombro, compromiso y esperanza.
Supongamos —con el debido toque gore matutino— que estoy cortando un árbol en un jardín de la España profunda y, por una de esas ironías de la vida, me corto la mano. Mientras me retuerzo en el suelo en busca de un torniquete y de sentido a mi existencia, un transeúnte —pongamos, un turista— recoge mi mano y huye con ella, quizá para conservarla en formol o venderla a un museo de curiosidades anatómicas de esta especie particular que es el homus ibericus. La pregunta, deliciosa en su absurdo, es inmediata:
¿esa mano sigue siendo mía? — mía, claro está, en el sentido más fríamente jurídico.
El Código civil español, heredero bastardo del francés, responde con un silencio digno. Para el derecho civil, sólo existen personas y cosas; el cuerpo humano, en su unidad inerte, no cabe en ninguna de las dos categorías. Mientras estoy entero, soy persona; pero si pierdo una parte de mí, esa parte, de pronto, no es nada. No persona. No cosa. Un limbo jurídico: terra nullius corporal. ¿De quién son tus lorzas?
El derecho romano, tan obsesionado con la propiedad, jamás reconoció una relación de dominio entre el individuo y su cuerpo. Corpus meum non est meum. La persona era sujeto, no objeto de propiedad; y admitir lo contrario hubiera abierto la caja de Pandora del comercio del ser humano. Pero al negar toda naturaleza jurídica al cuerpo, el Derecho civil terminó construyendo una ficción cómoda: el cuerpo, simplemente, “no existe” como entidad jurídica. El cuerpo no tiene estatuto; sólo sufre o muere.
Volvamos entonces al juicio imposible: el ladrón de la mano. Y el tribunal, lógicamente, lo absuelve. No ha robado una cosa (porque no lo es), ni ha lesionado a una persona (pues la mano ya no forma parte de ella). Un acto monstruoso, pero, en principio, no jurídicamente punible. La perfecta laguna legal: la mano como res non grata.
¿Podríamos hacer mejor en el sistema español? El Código civil no reconoce la propiedad sobre el cuerpo. La jurisprudencia se limita a decir que el cuerpo es incomerciable, indisponible, y que sólo cabe consentir sobre él dentro de ciertos límites médicos o científicos. Pero esto deja abierta la pregunta esencial: si no soy dueño de mi cuerpo, ¿quién lo es?
La tesis más provocadora consistiría en reclasificar el cuerpo como “cosa fuera del comercio”, al modo de los bienes del dominio público o las obras de arte inalienables por su naturaleza o relevancia. Una idea blasfema para el civilista tradicional, pero con una lógica impecable: sólo reconociendo al individuo como propietario moral de su cuerpo puede el Derecho protegerlo de la apropiación ajena —del mercado de órganos, del ADN patentado, del esperma como mercancía—. No se trata de cosificar al ser humano, sino de inmunizarlo frente al capitalismo biológico.
Llevado al extremo, el argumento adquiere tintes revolucionarios. Si poseo mi cuerpo, poseo también el derecho a utilizarlo para sobrevivir. Si admitimos que para toda persona es vital poseer su cuerpo ninguna regla moral podrá ser invocada contra quién se procure lo necesario para no morir.
Volvamos, pues, a mi mano robada. En el fondo, el dilema no es sobre propiedad, sino sobre identidad. Si mi cuerpo no me pertenece, ¿soy realmente libre? Si mi mano, una vez amputada, no es jurídicamente mía, ¿dónde acaba mi “yo”? En el codo, en el DNI, o en la conciencia. El Derecho, en su literalidad, sigue sin decidirlo. En todo caso, no se podrá tratar de un hurto. En el mejor de los escenarios (considerando que la hipótesis en la que te amputas una mano ya es un poco fastidiosa de por sí) se podría aplicar el régimen del delito contra la integridad moral, pues tal robo atentaría contra tu dignididad y tu bienestar psíquico o emocional, menoscabando así tu integridad moral.
Quizá por eso el caso fascina tanto: porque, en el fondo, no habla de un miembro amputado, sino de una civilización que lleva dos mil años sin atreverse a mirar de frente su propia carne.
Mientras tanto, yo sigo esperando que alguien me devuelva la mano.
“El crimen donde la ley se enfrenta a la intención más oscura: la destrucción de una identidad, donde el juicio no sólo pesa sobre actos, sino sobre la voluntad de llevarla a cabo.”
Las devastadoras imágenes que nos llegan a diario han derivado en que el término “genocidio” se haya convertido una constante en los telediarios, titulares y opiniones políticas. En mi caso, como estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales, la chispa que me llevó a investigar durante los últimos meses cómo se regula este tipo penal fue doble: la intensidad del debate público y la pregunta planteada para la liga de debate académico de mi universidad, “¿Son constitutivas de genocidio las acciones del Estado de Israel en Palestina desde el 7 de octubre de 2023?” Más allá del fragor político y lejos de posicionarnos en ninguna postura, me gustaría compartir qué dice el Derecho al respecto.
¿Cómo surge el “genocidio”? Su origen se remonta al contexto post Segunda Guerra Mundial, el jurista polaco Raphael Lemkin propone por vez primera el concepto; posteriormente, se codifica internacional y oficialmente en 1948, en la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio por la Asamblea General de la ONU. Su artículo II define el genocidio de forma precisa: actos cometidos con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal. Se requiere:
El actus reus(conducta externa): acciones llevadas a cabo como matar, causar daños graves, someter a condiciones de destrucción, impedir nacimientos, traslado forzoso de menores.
El dolus specialis: la intención específica de destruir un grupo. Aquí reside su singularidad y su excepcionalidad.
Sobre los devastadores delitos de crímenes de guerra y de lesa humanidad se eleva la categoría de genocidio, el crimen de crímenes. No con un afán retórico, sino porque exige un rigor probatorio estricto: demostrar que la finalidad no era vencer o castigar, sino eliminar a un grupo protegido como tal. Por tanto, la última palabra al determinar esto, no es el debate público ni los gobiernos. La determinación final compete a tribunales internacionales. La calificación es excepcional, ya que se trata de evitar la banalización de un término de tal magnitud.
A raíz de casos previos reconocidos como genocidio, se ha generado jurisprudencia que sirve de brújula para analizar la situación, algunos matices decisivos son los siguientes.
Se puede inferir la intención genocida de un patrón de comportamiento siempre que sea la única conclusión razonable (caso Croacia vs. Serbia, 2015).
La conclusión debe quedar probada más allá de toda duda razonable, debe ser la única explicación posible (caso anterior y Bosnia vs. Serbia, 2007).
Necesidad de probar una concertación de intereses, es decir, una deliberación y sistematización.
Llegados aquí surge la pregunta: ¿qué implica que una situación sea declarada genocidio? Supone responsabilidades estatales, sanciones penales a líderes, obligaciones de reparación y prevención, tensiones diplomáticas y un ejercicio colectivo de memoria. Una calificación así deja una huella jurídica, política, histórica y moral de enorme alcance.
Por supuesto, las consecuencias de facto de un acto no calificado como genocidio pueden resultar igualmente terribles e injustificables, lo que requiere concienciación y movilización. Ahora bien, demostrar la intención es clave para activar la categoría más grave; debería evitarse hacerlo en base a la crueldad de las acciones. La justicia internacional no se caracteriza por la rapidez, pero si aspiramos a un debate público serio, debemos contemplar la complejidad del asunto antes de emitir juicios. El Derecho no siempre ofrece respuestas inmediatas, pero reclama evidencia, establece límites y responsabilidad; porque ante los hechos que interpelan a la conciencia colectiva, su tarea es avanzar con firmeza y precaución.
Muchas gracias por vuestro tiempo y nos vemos en la próxima entrega de Ratio Legis.
Sí. Vuelvo a pasarme por aquí tan sólo unos meses después. No obstante, esta vez he dejado el Mediterráneo en mayor lejanía. Tras la aventura italiana, este cuatrimestre me encuentro más próximo al mar del Norte, entre calles empedradas que huelen a gofre recién hecho, nubes caprichosas e intentando entender qué significa, de verdad, vivir en el corazón de Europa.
Para quienes no me conozcáis, me llamo Lázaro Cruz Danta. Soy estudiante del doble grado en Estudios Internacionales y Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid y alumno de cuarto curso (*gritos de pánico*) de la ELU. El cuatrimestre pasado estuve de Erasmus en Turín y este cuatrimestre he metido algún que otro abrigo más en la maleta y me hallo en Bruselas.
La elección de vivir durante unos meses en Bruselas siempre la he tenido presente por mi carrera, pero, sobre todo, como europeísta convencido. Y el encontrarme con la posibilidad de poder estudiar en una ubicación tan estratégica —cerca de las instituciones europeas y de la sociedad civil transnacional—, que me ofreciera una perspectiva privilegiada para comprender la Unión Europea en acción, no podía dejarla pasar.
La Université Libre de Bruxelles es un sueño. Es una universidad viva, dinámica, enfocada en crear comunidad, llena de asociaciones y que ofrece infinitas facilidades y oportunidades para los estudiantes. Me encanta pasar horas en sus aulas, en sus miles de actividades, en los cursos de idiomas, en las instalaciones deportivas… Además, poder estar estudiando en el Institut d’Études européennes, uno de los centros más antiguos dedicados a la docencia, la investigación y el debate público en el ámbito de los estudios europeos, suma valor personal a esta experiencia.
Como también suma un infinito valor la diversidad de Bruselas, que es, sencillamente, fascinante. Para mí, es lo mejor de la ciudad y lo que más me está enriqueciendo como ser humano. En una misma mesa me siento con personas de todos los continentes. Las historias biográficas se explican mejor con mapamundi en mano. Aprendo sobre la vida en Egipto, charlo sobre la diversidad lingüística de Sudáfrica, me intereso sobre la situación socioeconómica en Pakistán, me recomiendan qué hacer en São Paulo o me invitan a visitar Ciudad de México. Y momentos así, todos y cada uno de los días. A veces pienso que mi Erasmus aquí es un mapa que se va coloreando a golpe de amistad. ¡Y qué maravilla toda la gastronomía que estoy pudiendo probar cuando organizamos alguna cena!
Por supuesto, tanta diversidad se refleja también en las lenguas. Nunca he presenciado con tanta claridad que la finalidad última de los idiomas es permitir la comunicación y, con ello, fomentar la unión y la apertura. En casa la lengua vehicular es el inglés, pero, ni por asomo, es la lengua oficial. A mis dos compañeros alemanes les gusta compartir palabras en alemán a cambio de expresiones en español. En la universidad, el francés impone su cadencia, pues la ULB es una universidad francófona a la que le gusta hacer gala de ello. Donde no se impone tanto es en la calle; siempre se saluda con un “bonjour” para, dos frases después, darse uno cuenta de que está interactuando con un paisano de Jerez de la Frontera o de una finlandesa que llegó hace unas semanas y aún no chapurrea la lengua de Molière.
Con amigos españoles e hispanoamericanos, me siento como en casa con el castellano; con los catalanes, el catalán me permite colaborar en hacerles sentir a ellos como en casa; y con los italianos, el italiano me sigue haciendo tener muy presente mis meses en Turín. Cuando estamos con unos y otros, a veces mezclamos sin querer: empezamos una conversación en un idioma y la cerramos en otro. Me hace gracia descubrir que no es confusión: es hospitalidad. Las lenguas van acogiéndose las unas a las otras para que la comunicación llegue a buen puerto y el intercambio sea fructífero.
Los fines de semana, cuando la agenda lo permite, con todas estas personas tan maravillosas que estoy conociendo, realizo escapadas a ciudades de alrededor, aprovechando la posición estratégica de Bruselas. Ámsterdam, Róterdam, Gante, Amberes y Luxemburgo son las que, por el momento, he podido visitar.
No obstante, aquellos en los que no se puede, me encanta disfrutar de la ciudad sin prisas, como cada día. Recorrer sus parques: empezando en el Bois de la Cambre, para seguir hacia el Parc de Bruxelles y terminar rendidos en el Cinquantenaire, contemplando el arco con tanta atención como quien contempla un Magritte. Perderme por Marolles y curiosear en el mercadillo de la plaza del Jeu de Balle. Levantar la vista en el Sablon para cazar fachadas art nouveau. Quedarme con el claroscuro perfecto del Mont des Arts al atardecer. Aceptar que el Atomium, por muchas fotos que hayas visto, siempre sorprende. O disfrutar de unos moules-frites aunque antes de venir renegara de ellos por su simpleza.
¿Que Bruselas tiene fama de gris? Es verdad que los botes de suplementos de vitamina D están siempre agotados en el supermercado y mi regalo de bienvenida por parte de la universidad fue un paraguas. Pero quizá es precisamente en ese telón neutro donde mejor resalta lo importante. Porque si el clima no le da color a la ciudad, ya se lo ponemos quienes la habitamos.
En mi caso, esta ciudad me está regalando una escuela de convivencia. Convivencia entre culturas, lenguas, ritmos y maneras de pensar; entre lo práctico y lo simbólico; entre lo que venía a aprender y lo que no sospechaba que me asombraría. Y, sobre todo, convivencia entre personas que se eligen cada día para compartir lo que son, con su experiencia y sus ganas.
Aunque aún me queda un poco de tiempo, mi año de Erasmus está llegando a su fin y, como es común en Elus por el mundo, os animo a que si estáis pensando en realizar un Erasmus porque contéis con esa oportunidad, tiréis para adelante sin miedo y con convicción. No hace falta convertir el Erasmus en una épica forzada ni en una crisis existencial. Simplemente la experiencia cambia algo, por dentro, de forma discreta pero irreversible. Se amplía la forma de mirar, se aprende a hacer hogar lejos de casa y se entiende Europa no solo como una construcción institucional, sino como una forma de vivir en plural.
Con todo esto, me despido deseando reencontrarnos de nuevo muy pronto.
A veces, olvidamos las maravillas que hay dónde vivimos. Cuando vino nuestra mentora María el pasado lunes, decidimos que queríamos visitar una vez más la Basílica del Pilar de Zaragoza. Entre abrazos, risas y bromas, Lucía, una estudiante ELU, nos regaló un precioso tour por este monumento a la Virgen. Entre palabrejas de arquitecta y muchos gestos difusos, conseguimos hacernos una idea de la obra de arte que estaba ante nuestros ojos. Eso sí, al terminar le hicimos prometer que nos tendría que dar más como este.
Después, con la garganta seca, optamos por terminar el día de cháchara en un acogedor bar. Con un par de cervezas, por supuesto.
“All is fair in love and war”. Una frase que ha inspirado infinitas canciones hasta el día de hoy, colándose incluso en las letras de artistas contemporáneos como Taylor Swift. ¿Pero es esto realmente cierto? ¿Vale todo en la guerra?
En el artículo de hoy os traemos un tema complejo a la par que trágico: las leyes de la guerra. Desgraciadamente vivimos en un mundo dónde el hombre está más cerca de ser el “lobo para el hombre” de Hobbes que el “buen salvaje” de Rousseau. Tanto es así que existen leyes que regulan cómo debe librarse una guerra y qué límites deben ponerse a semejante barbarie.
Así surgen los Convenios de Ginebra, cuatro tratados internacionales adoptados tras las grandes guerras del siglo XX para proteger a quienes no participaban en la lucha armada: civiles, heridos, prisioneros de guerra o personal sanitario. Entre ellos destaca el IV Convenio, firmado en 1959, que se dirige exclusivamente a los civiles en tiempos de guerra. Su finalidad es erradicar el concepto de “guerra total”.
El IV Convenio protege a las personas civiles que se hallan en poder de una parte en conflicto o de una potencia ocupante. En otras palabras, a ti y a mí si cayéramos en manos de un Estado enemigo en un conflicto armado internacional o si España fuera ocupada por fuerzas extranjeras. Junto con la protección de derechos y garantías fundamentales, el texto establece límites claros a la acción de los Estados:
Prohibición de la violencia y la tortura (art. 32), incluyendo los experimentos científicos sobre las personas.
Prohibición de los castigos colectivos (art. 33), inspirada en las represalias y ejecuciones de civiles durante las guerras mundiales.
Derecho a la ayuda humanitaria y bienestar básico (arts. 55 y 59): cuando el Estado no puede garantizar el suministro de alimentos o medicinas, debe aceptar el acceso de la ayuda internacional.
Protección especial a las mujeres y niños (arts. 24-27).
Protección de los hospitales (art. 18): no pueden ser atacados bajo ninguna circunstancia, salvo que se utilicen para fines militares.
Asimismo, el Convenio reserva una sección específica para las potencias ocupantes, impidiendo deportar a las personas protegidas o trasladar a su propia población civil al territorio ocupado (art. 49).
Uno de los casos más debatidos en la actualidad es el de los territorios palestinos ocupados por Israel. La ONU ha declarado que el IV Convenio de Ginebra se aplica a esos territorios, en especial al artículo 49, que prohíbe desplazar a la población local o trasladar al territorio ocupado a la población civil de la potencia ocupante. En 2025, Suiza —depositaria de los Convenios de Ginebra— convocó la Conferencia de Altas Partes Contratantes para garantizar el respeto del Derecho Internacional Humanitario en Palestina. Sin embargo, la víspera de su celebración, el Gobierno suizo anunció su cancelación, alegando “profundas diferencias entre las altas partes contratantes”.
Todo esto nos puede hacer cuestionar la eficacia real del Derecho Internacional, que depende de la voluntad de los Estados para garantizar el cumplimiento de sus obligaciones. Pero esa reflexión daría para otro artículo.
Por ahora, no parece haber perdido su amarga actualidad aquella frase que tantos repitieron: “All is fair in love and war”.
El sábado 27 de septiembre tuvo lugar la Jornada de Inicio de Curso que reunió a todos los alumnos del programa, con especial atención a los de primer curso, que se incorporan este año.
Durante la mañana se presentó la estructura del curso y se compartió el lema que acompañará a los alumnos a lo largo del año: “Solo vemos bien con el corazón” una invitación a mirar más allá de lo evidente. Los dos fines de semana formativos estarán centrados en arte y religiones, respectivamente.
También se comunicaron algunos cambios en el equipo directivo:
Laura Llamas asume la dirección académica en sustitución de Juan Serrano y se aprovechó la jornada para que pudiera despedirse con los alumnos dando la Lectio de este curso.
María Torras comenzará en los próximos meses como directora ejecutiva, en un proceso de transición junto a Carola Díaz de Lope-Díaz.
La jornada incluyó las primeras clases de las asignaturas, una comida conjunta, un encuentro con los mentores y una actividad de integración organizada por los alumnos de cursos superiores.
Con todo en marcha, el curso arranca con muchas ganas de seguir creciendo juntos.
El pasado sábado, 14 de junio, se celebró la graduación de la XV promoción de la Escuela de Liderazgo Universitario en la Universidad Francisco de Vitoria.
El evento dio inicio a las 15:00 horas, momento en el cual los alumnos de cuarto año presentaron sus proyectos y artículos finales. Estos trabajos reflejaron el aprendizaje adquirido durante su trayectoria en la Escuela, abordando diversos temas vinculados a sus áreas profesionales, pero todos orientados a la búsqueda de la verdad en cada asunto. Los estudiantes colaboraron en equipo para encontrar soluciones a problemas humanos, evidenciando su capacidad de trabajo conjunto y compromiso.
Varios Elumni con una trayectoria destacada colaboraron siendo parte de los tribunales, donde tuvieron la oportunidad de compartir su perspectiva y ofrecer críticas constructivas.
Más tarde comenzó el Acto de Graduación; los profesores, académicos, alumnos y familiares se reunieron en el Aula Magna para conmemorar a la promoción. La Ilustrísima Dña. Ainhoa Fernández del Rincón, fue elegida madrina en reconocimiento a su trayectoria como Coordinadora del Área de Acompañamiento en la Escuela de Liderazgo Universitario.
Después de la ceremonia, celebramos con una cena y mucha música para compartir y disfrutar de los recuerdos y experiencias acumulados a lo largo de estos cuatro años.
Muchas gracias a todos por, un año más, confiar en nosotros, por apostar por el pensamiento crítico, la búsqueda de la belleza y la verdad a través de la universidad.
Hace poco tiempo a los alumnos del módulo 2 de la ELU, ‘Grandes libros’, se les propuso como tarea final llevar a cabo un concurso de relatos.
Este invitaba a los participantes a escribir un relato corto de aproximadamente 1000 palabras bajo un mismo título “Cosmogonía”. Y después de una votación en la que participaron tanto los profesores de la Escuela de Liderazgo Universitario y los alumnos del módulo, podemos anunciar tres ganadores.
¡Hola a todos! Os escribo desde mi casa en Valencia, tras casi cinco meses sin venir después de haber pasado este último cuatrimestre de la carrera un poco lejos de España, en Nueva York. Entre la graduación de la ELU y los reencuentros, es ahora cuando empiezo a asimilar lo que allí he vivido y aprendido, y lo comparto aquí con vosotros.
Empezaré contándoos qué me llevó hasta allí, y es que el objetivo de esta estancia era hacer las prácticas curriculares de mi carrera (Biomedicina) en Icahn School of Medicine at Mount Sinai, un hospital y centro de investigación en pleno Manhattan. Allí me incorporé a un grupo especializado en cáncer de hígado, colaborando en sus proyectos para, a partir de lo aprendido, hacer mi TFG. En este sentido, ha sido una gran oportunidad para entender cómo se trabaja en un centro de alto nivel, comparando la metodología española con la estadounidense y conociendo personas de todo el mundo. Y es que, si algo define Nueva York, es la mezcla de culturas. He podido compartir trabajo con profesionales de todos los continentes, aprendiendo sus costumbres, celebrando los cumpleaños de mil formas y probando platos muy diferentes. Esto enriquecía enormemente mi aprendizaje, que fue más allá de lo académico para demostrarme la maravilla de la diversidad, que diferencia pero no distancia, porque siempre se mantiene algo común que nos une, visible en la colaboración y el apoyo entre todos orientado hacia un bien mayor, hacia la mejora de la vida de las personas.
Como veis, tenía una rutina marcada por las prácticas, pero eso no me ha impedido aprovechar las tardes y los fines de semana para conocer la ciudad y ahora, poder afirmar que -aunque siempre queda algo por ver- he conocido Nueva York a fondo. Y es que, si algo tiene Nueva York es muchísimas cosas que hacer. Junto a compañeros de la universidad, que vinieron conmigo desde España a otros centros de investigación, aprovechamos las primeras semanas para recorrer la gran manzana visitando Times Square, Grand Central, Brooklyn Bridge… y todos esos lugares emblemáticos. Eso sí, todo esto fue en febrero, donde se agradecía la ausencia de turistas en muchos lugares, pero se sustituían por varios centímetros de nieve y un viento gélido. Además, no os voy a mentir, Nueva York es una ciudad de contrastes, y cuando sales de las zonas turísticas a otros barrios, recorres varias líneas del NYC Subway y conoces la ciudad como quien la habita, te das cuenta de que, si no estás despierto, la ciudad te come.
Esto hizo que mi primer mes fuese complicado, sentía que era una ciudad excesivamente grande y caótica para mí: demasiadas personas, demasiada prisa, demasiado ruido… Veía imposible llegar a sentirme cómoda y parte de ella. ¡Y cuánto me equivocaba! Con el tiempo y de la mano del grupo de españoles -entre los que algunos ya son amigos- entendí que Nueva York no te acoge, pero siempre te invita. Te invita a la acción, a la actividad, a buscar tu sitio y, sobre todo, a cambiar. Que no puedes esperar a encontrar tu lugar, sino que debes buscarlo activamente. Porque en medio del individualismo, los empujones en el metro y el trabajo incansable buscando el ansiado sueño americano, te invade una sensación de pertenencia. Parece que nadie es de Nueva York, que todos están de paso, pero por algo es la ciudad que todos eligen y donde uno va a cumplir sus sueños, a cambiar su vida o a empezar de cero. Y esto no es un mito, os prometo que así lo cuenta la señora del metro, mi compañero de laboratorio y la española que conoces en un pub.
A donde quiero llegar, es a que Nueva York ha sido contra todo pronóstico, la ciudad donde he desarrollado parte de mi identidad. Que no está definida por la ciudad, pero el hecho de que la ciudad sea tan diversa, donde todo a tu alrededor inspira, donde todos tienen un hueco y una comunidad -uno de mis sitios favoritos era Washington Square Park, un lugar que era vivo ejemplo de esto- hace que uno no tenga miedo a conocerse a sí mismo. Yo que siempre he sido de pensarme mucho ciertas cosas, he podido definir qué hacer el año que viene, en qué quiero trabajar en el futuro y qué sentido tiene en mi vida y en la de otros. He aprendido a disfrutar de mi propia compañía -cosa que en Madrid nunca se me ha dado muy bien- y a entender qué me gusta y qué es importante para mí, los pilares de mi vida y de la persona que estoy construyendo. Todo esto, gracias a una ciudad en la que te sorprende alguien con una historia de vida en la que te reconoces, o un muelle al lado del Hudson donde no se escucha ni una sola bocina de coche, o un paseo interminable por una de las avenidas donde encuentras arte, música, pobreza y riqueza, iglesias y templos… lo que es el mundo, que es mucho y muy diverso, pero en el que todos encuentran su sitio y conviven.
Además, he compartido mucho tiempo con familiares que viven en Estados Unidos, pudiendo visitar otras ciudades y pasar tiempo con tíos y primos que veo con poca frecuencia. Esto también me ha ayudado a sentirme en casa, a sentir ese amor familiar e innato que no desaparece a pesar de los años y la distancia, y que me ha permitido tener un hogar lejos de mis padres, donde sentirme siempre bienvenida y acogida para descansar de la locura de la ciudad cuando lo necesitaba.
No puedo dejar de comentar otra cosa que me ha fascinado: el arte. Y es que siempre he sido una persona que disfruta mucho visitando un museo y aprendiendo el estilo de distintos artistas, y Nueva York me ha permitido explotar al máximo este hobby. Además, el Trabajo Final de la ELU que he estado desarrollando con mis amigas llamada tras llamada, me ha hecho aumentar esa sensibilidad ante las obras y hacer turismo muy atenta del arte que me rodeaba. El MoMA, el MET, el Guggenheim, pero también el barrio del Soho, un músico en Central Park o las paredes del metro me han permitido aprender muchísimo y vivir enamorada de la belleza que somos capaces de crear las personas, y que, si te fijas, está en todas partes para hablarte e inspirarte.
Y por supuesto, todo lo vivido y aprendido ha sido de la mano de personas que me han acompañado. Familia, compañeros de trabajo y universitarios que me han brindado compañía, apoyo, conversaciones y momentazos que me llevo en el corazón y que, gracias a ellos, han calado y han cobrado mucho más sentido. Algunos ya son amigos, que espero poder mantener en mi vida y recordar con ellos la huella que ha dejado esta ciudad en nosotros y que nos ha hecho tanto bien. En definitiva, creo que mi frase más repetida en este cuatri ha sido “se me rompe la cabeza”, que se podría traducir en un agradecimiento profundo ante tantos regalos que considero que Dios ha puesto en mi vida y ante los que sólo me queda la responsabilidad de aprovecharlos al máximo, siempre consciente y feliz por cada viaje, paseo y momento vivido.
Sabiendo que Nueva York es un destino que a muchos nos llama la atención, termino ofreciendo una lista que he trabajado con sudor y lágrimas en estos meses, llena de lugares, planes y comida (la mayoría “sitios sin mantel” como me gusta llamar a los restaurantes asequibles y que me podía permitir) que merecen mucho la pena. Considero que, entre otras, en esa lista están las mejores chocolate chip cookies y rooftops de la ciudad 😉
Y nada ELUs, solo me queda invitaros a visitar esta ciudad y a decir un SÍ en mayúsculas a cualquier experiencia que se os presente en el extranjero. Porque a veces, aunque no lo creamos, hace falta salir para reconectar con nuestro origen y con uno mismo, para crecer en aspectos que en la cotidianeidad habíamos descuidado y con ello, volver a casa con un bagaje que nos hará vivir mejor, más felices, y de forma mucho más universitaria.
¡Gracias por leerme!
Y ánimo con la resaca emocional de la graduación, yo aún no lo he superado.
¡Hola a todos! Os escribo desde mi habitación de Delft, en Países Bajos, observando como de costumbre la típica lluvia holandesa en el fondo de la ventana de mi habitación, aun siendo junio. Y eso que mi gran amigo holandés, Sergio Küppers, me avisó antes de elegir mi Erasmus que Holanda no sería un buen destino desde un punto de vista del tiempo, ¡pero aquí estoy!
Y entonces si me preguntáis como he acabado aquí os diría que fue el saber que era una buena universidad en Arquitectura, que quería perfeccionar mi inglés, que era un buen sitio desde el que viajar y que era un cambio de aires respecto a la cultura española en comparación con un Italia, Grecia, etc. Pero realmente, el destino no era tanto lo que me importaba sino el salir de mi vida 5 meses porque algo que no sabría describir me decía que lo necesitaba para seguir dando pasos en lo personal y seguir cambiando hacia aquello que quiero ser.
Y así acabé el 4 de febrero llegando al aeropuerto de Ámsterdam, ¡lloviendo!, solo y cagado de miedo pensando en qué momento se me ocurrió a mí que era buena idea eso de seguir creciendo personalmente en el extranjero. Esa sensación duró poco tiempo pues los siguientes tres días la universidad organizaba unas jornadas de convivencia y pronto escuché a ese grupo de gente hablando con el peor acento de inglés posible que te hace intuir que son españoles… Quizás al principio nos juntamos por un sentimiento de soledad compartido, pero a día de hoy solo puedo decir que se han convertido en personas esenciales en mi vida y con las que he compartido planes y viajes imaginables.
Luego la universidad empezó y ya con más seguridad por no sentirme tan solo me empecé a acercar a gente no española superando la barrera cultural y del idioma. Descubrí como el deseo humano de no sentirse solo, de reírse, de sentir la gratificación de ser servicial no entiende mucho de países ni idiomas. Y entre maqueta y maqueta acabé compartiendo un viaje a Pisa y Florencia con un australiano, un alemán, dos españoles y ¡cinco canadienses!
Los viajes empezaron a coger carrerilla y sin saber cómo aparecí también, ya con mi grupo de españoles, en Bélgica, Turquía, Alemania, ¡Jordania! y Dinamarca. Viajar no me ha hecho disfrutar solo de lo más “mundano” de un viaje, sino que me ha hecho conocer a mis amigos en profundidad y darme cuenta de lo mucho que me gusta mi carrera entendiendo la historia y la cultura de un país a través de su Arquitectura. Aunque todos los viajes hayan sido muy especiales tengo que recomendaros encarecidamente que vayáis a Jordania, ¡creo que Petra es de mis lugares favoritos del mundo!
Pero por mucho que haya viajado, ¡Delft también me ha dado para mucho! En una semana normal aquí la universidad no ocupa mucho espacio por lo que tengo bastante tiempo para hacer más deporte que nunca (ir al “gym” y ¡hacer 10 km semanales!), salir de fiesta a descubrir que el “techno” europeo me gusta mucho más de lo que pensaba o dedicar tiempo al TFELU con mis amigos de la ELU. También tengo tiempo para intentar sacarle alguna palabra a mis compañeros de piso de China, Turquía y Portugal que estuve los primeros 15 días sin escuchar sus voces… o para descubrir nuevas rutas en Delft con mi bicicleta.
Pero sobre todo tiempo para disfrutar con mis amigos de aquí haciendo cualquier plan. Tiempo no solo porque me río y disfruto mucho, que también, sino por descubrirme en relación con ellos. Y aquí siento que está ese gran crecimiento que buscaba al irme, en relacionarme con gente diferente a mí, diferente a lo que venían siendo mis amistades en Madrid para descubrirme con ellos en nuevas facetas y seguir construyendo mi identidad; seguir cambiando hacia aquello que quiero ser como persona que no es un trabajo fácil.
Está muy bien eso de cambiar en relación con los otros, pero siempre buscando ese momento de silencio en tu día, aunque parezca que no lo hay entre tantos planes. Este silencio, curiosamente, la encuentro muchas veces en una sala de meditación de mi universidad donde un día teniendo a un musulmán enfrente y a una chica meditando al lado me paraba a pensar la necesidad innata que tiene el ser humano de conectar con algo espiritual sea de la manera que sea, y cada uno con la suya.
En este proceso de cambiar cosas de uno mismo siempre es importante para mí volver un poco a mis raíces y que en una mentoría, María Longás; en una visita a Amsterdam, mi familia; o en una llamada, mis amigos de la ELU; me digan que me ven mejor que nunca.
Como siempre solo puedo agradecer a Dios, a la vida o a aquello que sea; la suerte de tener la oportunidad de estar viviendo esto porque me siento lleno de nuevas experiencias y amistades increíbles, mucho más abierto hacia la gente y hacia la vida y sobre todo mucho más cerca de la persona que quiero ser.
Y por eso, recomendaros a todos aquellos que tenéis en mente iros de Erasmus y lo estáis dudando que os vayáis. Que os vayáis y os juntéis con gente que quizás nunca antes habríais hecho, que salgáis de verdad de lo que os da comodidad , que seáis sinceros con la persona que queráis ser y que volváis siempre a vuestras raíces a coger fuerza y compartir.
Y para los que no tengáis esta oportunidad, daros la buena noticia de que lo que realmente importa está siempre a nuestro alcance y no depende de estar viviendo en España o en Holanda.
El pasado martes 20 de mayo las calles vallisoletanas recibieron a nuestro mentor Diego y a Martín Tami, dispuestos a disfrutar de un día con las elus de Valladolid y a descubrir la capital castellanoleonesa.
La estación de tren fue el punto de encuentro y, como no podía ser de otra manera, a este recibimiento siguió un agradable paseo por lugares imprescindibles de la ciudad como el Campo Grande y la Academia de Caballería, San Pablo, la Plaza Mayor, la Catedral y la Universidad. Y entre historias de Castilla, edificios que esconden más de lo que muestran, arquitectos que huyen a la capital dejando a los pucelanos sin su anhelada catedral, o plazas de toros que bien podrían confundirse con corrales de comedias, Diego y Martín fueron descubriendo poco a poco la historia escondida tras las burguesas avenidas de Valladolid.
Tras varias mentorías y reuniéndonos al encuentro de Vicky, nos dirigimos al Museo Nacional de Escultura. La visita comenzó con una sensación compartida de asombro: los recién llegados, ya profundamente impresionados tras contemplar la imponente fachada de la Iglesia de San Pablo, se adentraban ahora en un espacio que desborda historia y belleza.
El museo no solo ofrecía una colección excepcional, sino también una atmósfera que invitaba al silencio, a la contemplación y al respeto por un patrimonio que sobrecoge tanto por su calidad artística como por su carga espiritual.
La mañana se fue convirtiendo en tarde, y la parada para recuperar fuerzas fue necesaria. A mesa redonda hablamos y nos preguntamos por el significado de la ELU y nuestra motivación hacia ella, sobre exámenes finales, sobre experiencias universitarias fuera de casa y nuevas perspectivas, y planes de verano. Sacamos a relucir ideas y preguntas de los módulos, contamos experiencias pasadas en la ELU, y miramos hacia la futura graduación en junio.
Como siempre en buena compañía, se nos echó el tiempo encima y antes de que saliera el tren destino Madrid, una última mentoría nos hizo despedirnos de nuestro mentor con deseos y planes para el próximo encuentro. Y así, entre el desajuste que provoca la amargura ante los próximos exámenes finales y la emoción por lo que está por venir, la ELU Valladolid se despedía de un nuevo y renovador encuentro.
A ti, estudiante de ingeniería, de empresariales o de moda, ¿te debería importar que una ley sea declarada inconstitucional? ¿O que se politice el poder judicial? ¿O que cada vez salgan a la luz más casos de corrupción del poder político?
A ti, que aparentemente no quieres tener nada que ver con el mundo jurídico, ¿te debería importar el Estado de Derecho?
Por ser esta mi última entrega de Ratio Legis de este curso, he querido abordar un tema que, a mis ojos, es esencial. Hablamos constantemente de la degradación de las instituciones, de su politización, del desgaste de la democracia, pero no siempre nos detenemos a pensar que una gran parte de la población —en especial, quienes no se dedican al Derecho— vive esta crisis como algo ajeno. Como si no les afectara.
Pero les afecta. Y mucho.
El Estado de Derecho no es una abstracción del mundo de las ideas de Platón. Es el principio que sostiene que todos—ciudadanos y poderes públicos— estamos sometidos a la ley. Que no hay nadie por encima de ella. Que existen límites. Que hay garantías. Que con el dinero público no se juega. Y que los derechos no son favores.
Y aunque no lo parezca a primera vista, esto afecta directamente a tu vida cotidiana. A ti, que estudias cálculo y física, que diseñas circuitos o estructuras, que modelas datos o sueñas con lanzar una startup tecnológica. Nada de eso tiene sentido sin un entorno institucional sólido. A continuación algunos ejemplos:
Carlos acaba de lanzar una empresa de coches eléctricos registrando una patente de un sistema de batería específico. Sin un Estado de Derecho, cualquier gran empresa o el propio Estado podría copiarle la idea sin consecuencias.
Lucía estudia Derecho en una universidad privada, pero como no puede costeárselo es beneficiaria de una beca de estudios. Sin Estado de Derecho, se otorgaría esa beca a alguien con contactos, incluso aunque no cumpliera los requisitos.
Laura fue a una manifestación en Valencia en protesta por la gestión de la DANA. Sin Estado de Derecho, podría ser detenida por alterar el orden público, sin motivación ni justificación alguna.
Andrés ha denunciado la corrupción de un ministro. Sin Estado de Derecho, podría desaparecer y ser torturado, pues no hay garantías de protección ni de justicia.
En cada uno de estos casos actúa el Estado de Derecho: garantiza que todos seamos iguales ante la ley, que las normas sean claras y acordes con los principios básicos de nuestro sistema constitucional, que nadie abuse del poder, que los tribunales sean independientes…
Sin estos principios, tu vida privada, tu trabajo y tus derechos quedarían a merced de arbitrariedades y abusos. Por eso, cuando leas en la prensa que una ley se aprueba saltándose Todos los controles legales, o que se intercambian favores por nombramientos, o que se bloquea el poder judicial por cálculos partidistas, no caigas en la indiferencia.
Nos queda mucho por mejorar; así lo reflejan los informes sobre el Estado de Derecho de la Unión Europea y de asociaciones como Hay Derecho. Porque cuando bajamos la guardia, la política deja de servir al interés general, la justicia no es independiente y los derechos quedan indefensos.
La ciudad de Sevilla fue punto de encuentro de un grupo de elus bien acompañados por mentores, profesores y elumnis el pasado 26 de abril. ELU Andalucía, con algún infiltrado exterior, se reunió a las puertas de la catedral hispalense para dar comienzo a un intenso día de visitas, paseos, retablos y helados. Pudimos descubrir de primera mano las maravillas que atesora en su interior el templo mayor más grande de España, nos perdimos entre sus naves e hicimos un intenso esfuerzo de subida hacia las campanas de la Giralda abriéndonos paso entre turistas y curiosos.
Nuestra siguiente parada fue la Colegiata del Divino Salvador, a pocos metros de la catedral. Acompañados de aficionados de blanco y blaugrana que esperaban impacientes la llegada de la final de Copa pudimos contemplar la inmensidad de los tres retablos que presiden esta señera iglesia del centro de Sevilla. No fuimos capaces de pasar por alto los pasos de las hermandades allí asentadas que todavía esperaban ser retirados del templo tras una intensa Semana Santa.
La tarde se nos echaba encima. Con el calor y el hambre apretando tuvimos que hacer una parada estratégica para recargar fuerzas y como todavía parecía haber entre los elus más ganas de Barroco, en busca de un helado que nos levantara el azúcar paseamos por el entorno del Hospital de la Caridad, el Arco del Postigo y cómo no, la Capilla de la Pura y Limpia junto a la que encontramos el lugar adecuado para el postre. Para poner la guinda al pastel nos adentramos entre las callejuelas de la Judería y el barrio de Santa Cruz hasta llegar a Santa María la Blanca, nuestra última oportunidad para profundizar en la retablística sevillana antes de dispersarnos.
Así, de iglesia en iglesia en las vísperas de una final de Copa ELU Andalucía conoció los lugares más íntimos de la Sevilla profunda.
El próximo 12 de junio tendremos nuestro último encuentro del Club de Lectura y la oportunidad de disfrutar junto al traductor de la novela Gabriel Rodríguez Pazos y el profesor de humanidades de la UFV Javier Aranguren de este libro.
Será como siempre en Rodilla UFV y cerraremos el ciclo de encuentros de este año con la próxima lectura que podréis disfrutar este verano.
Os recordamos que nuestro Club de Lectura, está pensado para poder participar en encuentros literarios y disfrutar de pequeñas obras que nos permiten compartir y entender mejor el mundo de manos de nuestros profesores, donde pueden asistir Antiguos Alumnos y familiares y amigos de la Universidad.
Hay momentos en la vida en los que uno siente que está llamado a hacer algo, aunque no sepa muy bien por qué, y aunque haya quienes tampoco entiendan las razones de ello. Puestos en esta situación, aparece la disyuntiva sobre cómo proceder: ¿te dejas llevar por la corriente o decides tirar hacia adelante con esperanza y convicción? Yo, afortunadamente, elegí lo segundo, y, hoy, este alma sureña se complace de haberse dejado guiar hasta el norte de Italia, hasta la discreta Turín.
Cuando hace ya más de un año me dispuse a realizar mi solicitud de Erasmus para tercero de carrera, no tardé mucho. Leí “Turín” y la marqué como primera opción. Quizá por intuición; aunque creo, sinceramente, que por algo más profundo.
Ya desde bien pequeño, por los trece años que estudié en un colegio de los Salesianos, Turín nunca me ha sido una ciudad ajena. Todas aquellas historias de un sacerdote, Juan Bosco, que dedicó su vida, en los tiempos de la industrialización, a ayudar a niños y jóvenes empobrecidos que llegaban a la metrópolis y terminaban maltratados, explotados y negados en sus derechos y libertades, me marcaron para siempre. Por ello, de algún modo, sentía que ese lugar, cargado de significado para mí, tenía algo especial esperándome.
Y no me equivoqué.
Estudiar Derecho —o como tanto me gusta que lo llamen aquí, Giurisprudenza—, en la Universidad de Turín —mi querida UniTo— ha sido una experiencia profundamente enriquecedora. Turín, con su carácter sobrio y elegante, reflejo de una ciudad industrial que ha sabido reinventarse sin perder su esencia, es un entorno ideal para formarse, sobre todo en el campo del derecho laboral, del que he tenido la suerte de cursar dos asignaturas durante mi estancia.
Italia nació en Turín, y ese espíritu fundacional sigue vivo en el ADN del país. No creo que sea casualidad que la Constitución italiana defina a la nación como una “Repubblica democratica, fondata sul lavoro”. Ese valor del trabajo como motor de dignidad y progreso se percibe claramente en esta ciudad. La presencia de empresas importantes como FIAT, Lavazza, MAT, Martini o Ferrero, junto con el Centro Internacional de Formación de la Organización Internacional del Trabajo, hacen que la UniTo se beneficie de un ambiente de innovación y dinamismo, y que cuente en sus aulas con profesores de inmensa calidad, de esos de los que uno se alegra de haber tenido en su formación universitaria.
En la UniTo recordé que el primer libro de literatura italiana que leí fue El nombre de la rosa, de Umberto Eco, quien también fue alumno de los Salesianos y, posteriormente, de esta universidad. Haber podido estudiar aquí le ha dado a mi experiencia un valor simbólico añadido, siendo esta novela una de las primeras que me hizo ver la importancia del conocimiento y la búsqueda de la verdad.
Por supuesto, mi Erasmus va mucho más allá de las aulas. Mi Erasmus es, en la mayor proporción, las personas con las que lo estoy compartiendo. Personas maravillosas que, en un abrir y cerrar de ojos —como todo en el Erasmus—, se han convertido en mi familia improvisada. La cotidianidad de esta nueva vida la comparto con ellos; los paseos sin rumbo fijo por la orilla del Po y por los soportales de Via Roma o las visitas a los innumerables y excepcionales museos de la ciudad: desde el egipcio —que es el más antiguo del mundo— hasta el del cine —en la imponente Mole Antonelliana—, pasando por el del automóvil, el de Lavazza y el de arte oriental, ¡y todavía nos faltan un montón!
Además, nos hemos vuelto adictos a observar la ciudad desde lo alto: las vistas desde el Monte dei Cappuccini al atardecer son algo que me llevaré en la retina para siempre. Tras esto, el ritual del aperitivo nos reúne: spritz en mano, risas, confidencias y alguna que otra declaración improvisada en las plazas más bellas de la ciudad, desde San Carlo hasta Vittorio Veneto. Siempre, de fondo, una canción que parece perseguirnos por donde vamos: “Maledetta primavera”, que se ha convertido en la banda sonora de nuestro Erasmus.
Con ellos no solo recorro la ciudad de arriba a abajo, sino que tampoco hemos parado de recorrernos otras muchas ciudades de Europa: Venecia, Milán, Génova, Budapest, Viena, Ginebra, Praga y Estocolmo. De cada ciudad me llevo nuevos aprendizajes e historias que nunca olvidaré, todo ello envuelto en la sensación compartida de estar viviendo algo irrepetible, y con cada uno de nosotros poniendo de su parte para que así fuera.
Sin embargo, de todos esos recuerdos compartidos, hay uno que guardaré con especial cariño: nuestra aventura en las Dolomitas. Durante semanas, el horizonte de Turín nos había mostrado los Alpes como una postal que enmarcaba la ciudad. Hasta que un día decidimos no conformarnos con mirarlos desde la distancia. Cogimos varias campers, llenamos mochilas y nos pusimos encima varias capas de abrigo, y nos fuimos en busca de esas montañas mágicas. Aquellas caminatas entre montañas nevadas, con el silencio roto solo por nuestros pasos y la belleza imponente de sus valles y sus lagos, fue uno de esos momentos que se graban para siempre.
En definitiva, Turín, por todo lo que me ha dado y la forma en la que me ha acogido con los brazos abiertos, se siente como casa. Tengo claro que es una joya escondida de Italia. No es ruidosa como Roma, ni ostentosa como Milán. Aquí, la belleza se revela sin alardes. Sus habitantes son discretos, modestos, incluso celosos de su ciudad, y quizá por eso no desean que se convierta en un destino turístico de masas. Y sinceramente, qué suerte que así sea. Porque eso la hace aún más auténtica. Turín no se exhibe: se ofrece a quien sabe mirar.
El pasado 5 de mayo, tras una larga espera que sirvió para aumentar la ilusión, los elus gallegos tuvimos el placer de recibir otro año más a nuestro mentor, Diego. Esta vez llegó en tren a Santiago de Compostela, ciudad con una niebla casi perpetua que, por una vez, decidió darnos tregua y amanecer soleada.
María Castro fue la encargada de recibirle, y, como no podía ser de otra manera, comenzó la jornada con una mentoría matinal acompañada de un paseo por las calles compostelanas. Las torres de la Catedral se iluminaban bajo ese cielo despejado, y los soportales de la zona vieja les ofrecieron un camino tranquilo para que la conversación fluyese con naturalidad.
Pero la jornada no acababa ahí. Al mediodía, un tren los llevó a A Coruña (ciudad que, discutimos, podría ser la mejor de España). Allí los esperaba María Calo, quien, como anfitriona, los llevó a un lugar donde, según se cuenta (y también lo confirmó el jurado de la XVII edición del Campeonato de España de Tortilla de Patatas) se sirve la mejor tortilla de patatas del país.
Con el estómago y el ánimo satisfechos, Jacobo se unió al grupo para visitar la exposición del pintor coruñés Francisco Lloréns en la Fundación Barrié. Sus paisajes, cargados de devoción por su tierra, nos regalaron no solo su belleza, sino también una excusa perfecta para reflexionar el arte puede capturar algo tan intangible como la memoria de un lugar.
Aprovechando la inspiración del momento, Jacobo Vega y Alejandro Álvarez llevaron a cabo sus mentorías, mostrando a Diego rincones de la ciudad que les vio crecer, ofreciendo no solo conversación, sino también recuerdos y vivencias personales que sumergieron al mentor en este rincón del norte.
La jornada se cerró con una cena para recordar. Pulpo, empanada, conversación sin prisa y una sobremesa que se convirtió en tertulia sobre vocación, propósito y la inevitable búsqueda de sentido que nos atraviesa a todos. Diego, tras más de 20 kilómetros caminados, aún encontraba fuerzas para seguir despierto este día tan agotador. Ya entrada la noche, las dos Marías y Diego emprendieron el regreso en coche hacia Santiago. La carretera se convirtió en extensión natural de la sobremesa y consiguió recoger las ideas más importantes del día.
La mañana siguiente, 6 de mayo, comenzó con un desayuno compostelano con María Calo, quien, entre cafés, tostadas y cuenco de yogur, cerraba su ciclo de mentorías presenciales.
La despedida se acercaba, pero no sin una última parada: el Mercado da Galiciana. Un rincón bullicioso y moderno donde María Castro acompañó a Diego en su última comida antes de partir. Fue una despedida triste, pero, como siempre, con sabor a gratitud. Y así, con las mochilas más ligeras que cuando empezó la semana, pusimos fin a una visita que, como todas las que importan, se nos hizo corta. Pero también necesaria para tomar perspectiva en este mes de exámenes.
Se trata quizás de uno de los casos más virales de la historia.
El 17 de junio de 1994, noventa y cinco millones de personas sincronizaban sus televisores para ver, en tiempo real, la persecución a baja velocidad de una de los máximos exponentes del fútbol americano: Orenthal James Simpson.
Poco tiempo antes, un perro suelto trotaba indiferente por la acera de un barrio residencial, dejando una senda de huellas ensangrentadas sobre el asfalto. Un paseante nocturno repara en él y se acerca para ver si está herido. Pero el perro, con una sana vitalidad, se gira y comienza a deshacer el camino andado, seguido dócilmente por el curioso testigo. Llegan al jardín de una casa donde, detrás de una pequeña valla blanca, yacen dos cadáveres bañados en un charco rojo y espeso. Al lado, un guante de cuero negro ensangrentado y otra senda de gotas rojas por el lado izquierdo del camino.
Estaba claro: no era la obra de un profesional.
Llegan entonces los girofaros azules, las ambulancias y los forenses. Las víctimas son Nicole Brown y su “amigo” Ronald Goldman. La primera fue fácil de identificar por las fuerzas del orden. Era la ex-mujer del deportista de élite de fútbol americano, conocida por todos los medios sensacionalistas como la mujer maltratada y sumisa de un matrimonio interracial que una vez hizo soñar a las masas.
La policía sigue esta pista e intenta contactar con el deportista por teléfono, pero es su secretaria quién responde:
—OJ no está en Los Ángeles. Cogió un vuelo a Chicago, pueden consultar el registro de aviación.
Y el vuelo, en efecto, constaba en los registros. Pero la presencia de OJ al momento y lugar de los hechos no debía ser descartada.
En efecto, cuando la LAPD llegó a la residencia del futbolista, encontraron en su porche algunas gotas de sangre en el lazo izquierdo del caminito de entrada, unos rastros sospechosos en el interior de su coche y -la guinda del pastel- el guante de cuero parejo al hallado en la escena del crimen.
Comienza entonces una búsqueda del icono del fútbol. Tras varias horas sin recibir noticia alguna, la centralita de la LAPD recibe una llamada:
—Soy Al Cowlings, estoy en un Bronco de color blanco. OJ está en el asiento de atrás, tiene una pistola apuntada a su cabeza.
—Disculpe, ¿quién dice que es?
—¡Sabe perfectamente quién soy, por el amor de Dios!
Inmediatamente, 22 helicópteros y un número aún mayor de coches policiales se lanzan a la persecución. El Bronco blanco, sin embargo, no acelera. Las imágenes tomadas por los periodistas a bordo de los helicópteros quedarán por siempre grabadas en la retina del mundo entero: la autovía desierta, un coche blanco avanzando solemne, una formación de coches policiales que le sigue la senda y miles de curiosos abarrotados en los arcenes.
OJ Simpson llega a su destino, a su hogar. Una vez allí, negocia con los agentes. Le permiten reposar unos minutos en el interior de su casa y tomarse un zumo. Pero en el momento en el que puso el pie en el porche, es arrestado y llevado a juicio. Nadie se ocupó de fregar el vaso de zumo.
Los Estados Unidos tienen un sistema judicial acusatorio. En oposición a nuestro sistema inquisitivo, en vez de ser juzgado por un juez, las partes se oponen en igualdad de condiciones ante un jurado imparcial. No resalto esta palabra en vano, ni porque quede bonito, sino porque es el principio que ha de guiar todo proceso penal al otro lado del charco. En virtud de la imparcialidad, los abogados de ambas partes y el juez se aseguran de que los doce elegidos sean, lo dicho, imparciales. Ahora bien, cuando se trata del afroamericano más conocido de su época, la imparcialidad, como podréis comprender, es algo difícil de conseguir. A tal efecto, 250 jurados fueron sometidos a exámenes exasperantes para asegurar su neutralidad.
Los doce seleccionados (diez de los cuales eran afroamericanos) fueron “secuestrados” en un hotel durante todos los meses que duró el juicio. No tenían acceso a la televisión, ni a la radio, ni al mundo exterior — con tal de que las opiniones sensacionalistas no contaminasen su criterio.
Llegada la hora de la verdad, los jurados comenzaron sus deliberaciones. Las masas barajaban todas las opciones: cadena perpetua, 20 años de cárcel, trabajos forzosos… la silla. Finalmente, la decisión que en circunstancias normales suele tomar el jurado en varias semanas de diálogo y debate, fue tomada en tan solo cuatro horas.
La evidencia era aplastante, pero el equipo legal de OJ supo dónde poner el enfoque. Durante el proceso sacaron a la luz numerosos casos de violencia racial policial y otros casos de manipulación de pruebas de forma deliberada. En otras palabras, jugaron el as de la raza. Buena decisión, conociendo la composición del jurado. La tensión del juicio explotó en el que pasó a ser uno de los momentos más notables de la litigación americana. La fiscalía ordenó que OJ se probara el guante de cuero encontrado en la escena del crimen. Justo antes, uno de los abogados del deportista pronunció la célebre frase:
— If it doesn’t fit, you must acquit.
“Si no encaja, no se le imputa”.
Y el guante no encajó.
Debido a esta genial intervención del abogado, al componente mayoritario racial del jurado, a que los juicios se llevaron a cabo en el barrio afroamericano de Los Ángeles, y a muchas otras razones que hoy en día remueven la curiosidad de unos y la rabia de otros, el jurado tomó su decisión.
El pasado sábado 26 de abril, los ELUS de Vizcaya y Santander tuvimos un encuentro extraoficial en la capital cántabra.
A pesar de que la lluvia no nos dio casi tregua en todo el día, fue una magnífica ocasión para estar juntos y conocernos mejor de una manera más informal.
Comencé la mañana recogiendo a Laura y Lucila en la estación para ir a tomar un refrigerio al Mercado del Este, una parada obligatoria para sumergirse en la cultura local de Santander. Después de ponernos al día y de reflexionar sobre cosas varias, fuimos al restaurante Bodega de Fuente Dé; donde pudimos degustar, ya junto a Miguel, raciones de comida tradicional española. Además, por si eso fuera poco, pusimos el broche de oro al almuerzo con un Regma, el mejor helado de Cantabria y del mundo ;), mientras recorríamos la bahía paraguas en mano.
Terminamos la tarde entre librerías y en una cafetería con un buen açaí y un “intento” de grupo de trabajo, que, para ser el primero y sin mentores, no estuvo nada mal…
Esperamos poder volver a vernos pronto para poder retomar, entre otras cosas, el magnífico diálogo filosófico/religioso/espiritual entablado.
Desde ELUMNI os invitamos a participar en las Misiones Alumni UFV en Tánger, que tendrán lugar del 21 al 28 de septiembre. Allí colaboraremos con cuatro proyectos:
1. Misioneras de la Caridad. Es un proyecto que ayuda a madres solteras y a sus bebés. Además, tienen proyectos de acompañamiento a jóvenes que viven en la calle y acuden a casa de las sisters varios días por semana.
2. Casa Nazaret. Trabajan con adultos que tienen discapacidad psíquica y física.
3. Orfanato La Chréche de Tánger. Es el orfanato público para bebés y niños abandonados de la ciudad. Actualmente acoge a 79 niños, 21 de los cuales tienen necesidades especiales.
4. El Faro. Este proyecto de la archidiócesis de Tánger ayuda y acoge a niños de la calle, ofreciéndoles la posibilidad de tener un poco de higiene, alimento, ropa limpia, algo de formación y compañía.
¡Las plazas son limitadas!, así que si quieres ir no dejes de apuntarte. Pueden asistir cualquier antiguo alumno ELU y actuales alumnos de 4º de la ELU.
Misiones Alumni UFV
21-28 de septiembre 2025
650€ (incluye vuelos, desplazamientos, alojamiento en Casa Riera con pensión completa)
Nos encantaría que pudierais uniros a esta experiencia. Si alguno tiene dudas, os animo a leeros de nuevo la entrevista a Daniel García (ELUMNI04) y (Mar Corruchaga ELUMNI10) donde nos cuentan su experiencia en las Misiones del pasado mes de septiembre https://alumni-ufv.es/es/comunicacion/entrevistas/Mar-Corruchaga-y-Daniel-Garcia
El 28 de abril de 2025, España sufre un apagón que pone de manifiesto la vulnerabilidad e incertidumbre que nos genera hoy en día la falta la electricidad. A raíz de ese episodio, muchos negocios afectados se hicieron la misma pregunta: ¿y si pierdo productos o ingresos por un corte de luz, puedo reclamar?
Dejando de lado por un momento lo sucedido la semana pasada, utilicemos un caso ficticio con consecuencias similares para tratar de comprender cómo funciona la responsabilidad civil y posteriormente recuperaremos la pregunta en cuestión.
Durante la noche del 26 de julio, sin aviso alguno, la calle Alcalá de Madrid, donde se sitúa la heladería-bombonería Gelato Reale, se quedó sin luz debido a una operación técnica programada por la eléctrica Voltiva S.A. en el tramo comprendido entre calle Alcalá núm. 150-156 y Arturo Soria núm. 200-206, desde las 21:00 hasta las 7:00 del día siguiente. Ahora bien, la cuestión radica no tanto en el apagón en sí, sino la falta de aviso, que impidió a Gelato Real tomar medidas para proteger sus productos congelados. Resultado: todos los helados y bombones derretidos, y un día entero de cierre obligado para limpiar el local.
Este caso no es solo un drama para los amantes de los dulces, sino ¡un ejemplo perfecto de responsabilidad civil por negligencia! Voltiva realizó una actuación planificada y necesaria, sí, pero falló en su deber de diligencia al no comunicarla adecuadamente a los que podrían verse afectados. Cuando alguien sufre un daño porque otro no actuó con el cuidado debido (Voltiva podría haber avisado para evitarlo y no lo hizo), surge la obligación de reparar el daño. El perjuicio es claro: pérdida del producto (lo que llamamos “daño emergente”), y la pérdida de ingresos por no poder abrir al día siguiente (“lucro cesante”). Ambos pueden reclamarse para obtener una indemnización por daños y perjuicios, siempre que se justifiquen debidamente con facturas, inventarios o registros de ventas.
Además, si el contrato de suministro contemplase condiciones adicionales, también podrían activarse automáticamente. Ante la concurrencia de todo esto, si Voltiva se niega a indemnizar voluntariamente, Gelato Reale podría acudir a los tribunales para exigir la reparación.
En cuanto a daños morales (el estrés, el mal rato que pasaron los dueños al ver el desperdicio o la imagen afectada del negocio), son más difíciles de reclamar ya que no se reconocen fácilmente, y normalmente no se da base contractual o legal específica.
Ahora bien, no todos los apagones son iguales. Recuperando el “gran apagón” del 28 de abril, todavía se está investigando su origen exacto. Si se determina que fue un fallo totalmente imprevisible y ajeno al control de las compañías (como un problema técnico global, un ciberataque o una incidencia internacional, por ejemplo), podría considerarse un caso de fuerza mayor. Si esto fuera así, no hay obligación de indemnizar si se prueba que no era posible evitar el daño ni con la máxima diligencia. Por eso, aunque la lógica pueda parecer la misma, la clave está en si el apagón era previsible… o no. Si lo fuera, ¿quién lo causó?
Por tanto, aunque la electricidad puede irse sin avisar, la responsabilidad no siempre se “apaga” tan fácilmente. Es más, si hay un daño que podía haberse evitado con una simple advertencia, la ley suele estar del lado de quien se quedó… con el congelador vacío.
Muchas gracias por acompañarnos una vez más, esperamos que hayáis encontrado interesante este tema jurídico de tan rabiosa actualidad y, por supuesto, ¡nos vemos en la próxima entrega de Ratio Legis!
El pasado 25 de abril, aprovechando que seguíamos de pascua, ELU Valencia tuvo el placer de acoger, en nuestra preciosa y soleada ciudad, a nuestra mentora Marta Luquero y a Sabrina, responsable del grupo de Elumnis.
Este encuentro en Valencia se venía gestando desde hacía meses pues teníamos muchas ganas de tener un tiempo para compartir sensaciones del curso, módulos y fines de semana anteriores.
Algunos ELU ‘s aprovecharon la visita de Marta para hacer mentorías presenciales, tomando café, cerca de la cerca de la estación donde habían llegado desde Madrid.
Mientras, otros nos situamos ya en el distrito de l’Eixample, donde se encuentra el conocido y céntrico barrio de moda, Ruzafa. Nuestro encuentro tendría lugar en el casal fallero de nuestra ELU de 1º, Irene. Allí empezamos a organizar la comida y esperamos con ganas la llegada de todos los elus. En el casal, como no podía ser de otra forma, comimos una paella valenciana y Marta pudo llevarse incluso un tupper. La experiencia para nuestras visitantes no podía ser más de “la terreta”, como decimos aquí.
Durante la comida, en un sitio tan característico de la cultura y fiesta valenciana, pudimos explicar a Marta y Sabrina el origen de la tradición fallera y como se vivía la fiesta desde dentro, llegando a entonar entre todos la canción “El fallero”, que habla de ello.
Tuvimos además la suerte de contar con varios Elumnis, comiendo y pasando la tarde con nosotros. Fue una oportunidad para conocer sus trayectorias y experiencias académicas con las que, sin duda, nos inspiramos.
Para conocernos mejor tratamos de hacer un juego – en el que compartimos nuestros lugares especiales de la ciudad, palabras favoritas – del que surgieron planes tan variados como: ir al KafCafé, un espacio cultural donde compartir poesía y tomar algo; aprender a bailar con las clases de Óscar, uno de los elumnis que nos acompañaron; o hacer sambo con la ayuda de Marcos.
Tampoco dejamos de lado la pregunta de Sabrina en el juego “¿Viajarías al pasado o al futuro?” con la que se abrió un debate, encontrando entre nosotros posiciones muy distintas. Unos afirmaban que viajarían sin miedo al futuro mientras que otros, por miedo a condicionarlo, nos decantamos por el pasado.
Esperemos que en la próxima visita de Marta y Sabrina a Valencia, tengamos la oportunidad de organizarles un itinerario empezando por las Plazas del Ayuntamiento y de la Virgen, hasta terminar en el cauce del río Túria, pasando por muchos otros lugares favoritos que nos encantará compartir con ellas.
“Europa ha perdido sus raíces”. “La Unión Europea no tiene sentido”. “En realidad tengo más en común con un argentino que con un alemán”. Estas son afirmaciones que, sin duda, podrían escucharse en el ágora moderna de nuestras ciudades y que abordan un debate muy interesante: ¿realmente existe una identidad europea?
A la hora de analizar distintas identidades, los estudiosos suelen apoyarse en tres grandes teorías: la cultural, la instrumental y la cívica. La teoría cultural afirma que las identidades tienen su raíz en factores étnico-culturales que han evolucionado y se han estabilizado a lo largo de la historia. La teoría instrumental afirma que la identidad se elige racionalmente en función de los beneficios que aporta. Finalmente, la teoría cívica defiende que la identidad se basa en un acuerdo sobre unas reglas para la convivencia pacífica, especialmente sobre unos valores compartidos.
¿Y cuál es, entonces, la naturaleza de la identidad europea? ¿Responde a alguna de estas teorías?
Los más pragmáticos afirmarán sin vacilar que la identidad europea tiene un carácter esencialmente instrumental, pues está vinculada a ventajas económicas tangibles como la eurozona, el espacio Schengen, los Erasmus, el mercado único… Para ellos, más allá de estas utilidades, no existiría una verdadera identidad europea.
Los más idealistas, por el contrario, defenderán que se trata de una identidad cívica, pues la UE se fundamenta en los valores del artículo 2 del Tratado de la Unión Europea: respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y de los derechos humanos.
Y por último, los más entusiastas afirmarán que Europa es también una comunidad cultural, enraizada en lo que el Preámbulo del Tratado de la UE denomina “herencia cultural, religiosa y humanista”.
En esta línea, un estudio realizado por la Fundación Robert Schuman sostiene que la identidad europea se edifica sobre una dialéctica constante entre una cultura común y una fragmentación política histórica. Por un lado, Europa es la Antigüedad grecolatina, el cristianismo, las universidades, el Renacimiento, el grito por la libertad de las revoluciones liberales…. Por otro lado, cada Estado miembro ha seguido caminos políticos y culturales muchas veces irreconciliables: la tardía unificación de Alemania e Italia, frente al parlamentarismo inglés consolidado desde hace siglos, o incluso la histórica rivalidad entre países como Francia y España, que aún resuena en frases como el popular “I don’t want to be French”.
Y aun así, la identidad europea sigue mostrando signos de vida. Según el Standard Eurobarometer 84, un 42% de los ciudadanos considera que la historia y la cultura son la base de esa identidad, y un 56% afirma sentirse tanto nacional como europeo al mismo tiempo, sin percibir contradicción alguna entre ambas pertenencias.
Tal vez, entonces, se puede hablar de una identidad europea intermedia, con componentes culturales y cívicos que han permitido construir una unión políticamente estable y económicamente ventajosa entre 27 países. Pero también es cierto que esta identidad se presenta débil, como lo demuestra el simple hecho de que su existencia aún se cuestione. La historia europea no se enseña de manera común en las escuelas, y los ciudadanos a menudo desconocen los valores compartidos que sustentan la Unión.
Por ello, como ya advertía Jacques Delors, octavo presidente de la Comisión Europea, es fundamental “dar a Europa un alma, una espiritualidad y un significado que trascienda las realidades económicas y administrativas”.
Lluvia, castillos, cerveza y whiskey. Así imaginaba Irlanda desde la distancia. Pero ocho meses en Dublín me enseñaron que hay mucho más bajo el cielo gris. Porque Irlanda no solo se ve, se vive en los saludos espontáneos de los extraños y en la música que brota de cada rincón; también en la forma en la que el cielo cambia diez veces en un día, o en cómo un simple pub puede ser tu hogar tras unas pocas horas y un par de pintas de Guinness.
Este artículo no es una guía turística, ni una lista de los mejores sitios para visitar. Es más bien una carta abierta, un pequeño homenaje a todo lo que he aprendido y vivido durante mi experiencia internacional en Dublín. Otro ELU por el mundo…
Recuerdo el día que aterricé en septiembre junto a mis compañeras de universidad. Llegamos de madrugada a la residencia de Griffith College, y ahí estaba yo, frente a la habitación en la cual me iba a hospedar el resto del año. Y aquí viene el primer detalle: en ese momento, más que un hogar, me pareció una oficina fría, sin alma. Hoy, en cambio, está llena de vida; con fotos, recuerdos y pequeños objetos que han ido ocupando cada rincón, como si el tiempo y la experiencia la hubieran redecorado desde dentro.
El inicio no fue fácil. Nunca había vivido fuera de casa, y encontraba difícil no poder compartir cada vivencia con la gente que más quiero: mi familia, mi pareja y mis amigos de toda la vida. Todo era nuevo, todo estaba por construir. Las rutinas, los lugares, las conversaciones, incluso los silencios. Tenía que empezar de cero. Pero hubo algo o, mejor dicho, alguien, que marcó la diferencia: vivir esta experiencia con mi amiga Lucía. No voy a decir que aquí he hecho veinticinco amigos, ni que cada semana he conocido a alguien nuevo que ha cambiado mi vida. Pero sí puedo decir que he tenido la suerte de compartir el día a día con alguien con quien he reído, me he encontrado y he aprendido a mirar Irlanda con otros ojos. A través de ella he descubierto el país y, sin darme cuenta, también me he descubierto un poco más a mí mismo.
He recorrido Dublín de norte a sur y de este a oeste andando. He entrado en más de medio centenar de pubs (sí, los he contado), he escuchado más de veinte conciertos en directo, algunos planeados, otros encontrados por sorpresa en alguna esquina, he caminado por infinidad de campos verdes, de esos que parecen sacados de una postal, y he aprendido a convivir con la lluvia como si fuera un vecino más. Pero si algo ha hecho especial todo esto, ha sido hacerlo acompañado. Un país se descubre también a través de la gente con la que lo compartes. Y yo he sido afortunado porque las visitas de mis seres queridos desde España, que traen consigo un pedacito de casa a mi nueva vida, están siendo más que recurrentes. Además, cuento con un grupo internacional de personas abiertas, curiosas y dispuestas a compartir historias.
También he vivido una serie de milagros cotidianos. Por ejemplo, he aprendido a cocinar. Sí, yo, que después de vivir tres años con mi abuela, me consideraba completamente incapaz de freír un huevo sin supervisión. Pero oye, la necesidad aprieta: ahora hago pasta con “cosas” que es el primer paso a la alta cocina, y me atrevo incluso con tortillas, y comida al horno.
Como he dicho, empecé de cero y resulta que ahora me he convertido en un hombre atareado. Teletrabajo en remoto para una startup española, de esas con reuniones a deshora y Slack echando humo, mientras intento atender a las clases, bueno, al menos a las que me interesan. Y, por si fuera poco, también estamos a tope sacando adelante el proyecto “Con V de Voluntario”, que nos está dando muchas alegrías… y algún dolor de cabeza.
So lad… what’s the craic? Si me lo preguntaras hoy, creo que ya sabría qué responder. Berta, creo que debes estar orgullosa de que reflexione hoy por mí mismo lo siguiente: las preguntas que me hacía sobre qué se espera de mí en este Erasmus no se responden, se caminan. Y eso es justo lo que estoy haciendo: caminarlas.
No he vivido un Erasmus instagrameable, de esos llenos de fiestas y stories con filtros perfectos. He vivido algo más real, más mío. He aprendido de los demás, en conversaciones sencillas y momentos inolvidables: he estado una mañana entera con Sofi mirando al mar y diciendo solo aquello que mejorase ese silencio; he descubierto cada rincón de la ciudad de la mano con Carol como dos enamorados; he compartido una habitación de 4m² durante tres días con mis hermanas Claudia y Aitana haciendo que fuera el mejor hotel del mundo; con Gali hemos estado encerrados por tormenta haciendo real lo de “al mal tiempo buena cara”; he recorrido el oeste de la isla con mis amigos internacionales llenándome los ojos de paisajes espectaculares. Y ahora estoy esperando con ganas esas visitas que aún están por llegar, y que, seguro, darán mucho de sí.
Al final, Dublín, me está enseñando que no se trata de encontrar todas las respuestas, sino de vivir las preguntas y esto es algo que espero seguir haciendo; pues niego haberos contado todo acerca de mi experiencia. Es algo que sigue sucediendo.
En Sevilla ya huele azahar y en esta maravillosa ciudad, eso es sinónimo de alegría. Bien lo sabe nuestro mentor Diego que ha elegido estos días, cuando ya se vislumbra el final de la Cuaresma, para venir a visitarnos. También Sabrina, responsable de Elumni, a quien hemos tenido el gusto de conocer en este encuentro, y que esperamos que venga más de una vez, pues así le hemos tomado la palabra. Como sabemos que ambos tienen una sevillanía oculta, decidimos darles un tour por los rincones más emblemáticos de la ciudad que, como no podía ser de otra manera, están estrechamente vinculados a nuestra Semana Santa.
Nuestro tour cofrade comenzó en la calle Feria, en el casco antiguo, donde se encuentra la Capilla de Monte-Sión, sede canónica de la hermandad homónima. Allí contemplamos el palio de Nuestra Señora del Rosario y hablamos del origen del paso de palio, su composición y su simbología.
Después, caminamos hasta San Juan de la Palma, donde ya estaba alzado el palio de la Virgen de la Amargura y el misterio del Desprecio de Herodes. Charlando sobre la piedad popular del pueblo andaluz y la autonomía de las hermandades, llegamos a Santa Catalina, sede de la Hermandad de la Exaltación.
Finalmente, tras una breve parada en San Pedro para visitar a los titulares de la Hermandad del Cristo de Burgos, acabamos en la Iglesia de la Anunciación. Allí pudimos presenciar uno de esos momentos mágicos que regala Sevilla en Cuaresma: la subida al altar de cultos de la Virgen del Valle.
Este encuentro no sólo nos ha permitido conocer más acerca del origen de las hermandades que han tejido hilo a hilo la historia de esta ciudad, sino también ha dado pie a un debate interesante sobre la belleza, el arte, y sobre cómo el culto a las imágenes ha constituido la identidad de la religiosidad andaluza, así como una gran parte de su cultura y prestigio social.
Todo lo que rodea a la Semana Santa sevillana es arte en sí mismo. Las leyendas, los bordados, la imaginería, los pregones, la penitencia, la mantilla, las marchas procesionales… todo ello. Hemos podido compartir nuestras experiencias relacionadas con la Semana Santa, transmitidas desde la herencia del pasado y el recuerdo de la infancia.
La cena, faltaría más, en Triana, que para eso estamos en tierra castiza. Pudimos conversar acerca de nuestras impresiones del segundo fin de semana de este curso, y charlar con los Elumnis que vinieron a compartir este rato con nosotros. Fue un encuentro muy fructífero y enriquecedor, tanto que ya estamos con la mente puesta en el próximo.
El pasado 28 de marzo nuestro mentor, Ignacio Álvarez O’Dogherty, visitó Salamanca y pasamos el primer viernes al sol en mucho tiempo acompañados de Sara Muñoz, Jimena Olmos y Elena Delgado. Si bien comenzamos con un café en la Plaza Mayor –sobre la que discutimos ser la mejor de España–, terminaríamos con otro café en la plaza contigua.
Invertimos la mañana, mientras esperábamos a que Elena y Jimena terminaran las prácticas, en mentorías sobre lo terrestre y lo celeste; nosotros y nuestro futuro. Hicimos también crónica de ciertas peculiaridades de una ciudad de la presencia e historia de Salamanca y de la vida universitaria que, esperamos, Ignacio pudo comprobar.
Tras la comida, que por la fecha que era no pudo ser todo lo castellana que hubiésemos querido, visitamos las torres de la Clerecía –y la espectacular vista con la que parecíamos gobernar la ciudad–, el Palacio de Anaya, el huerto de Calisto y Melibea y el edificio histórico de la Universidad.
Pudimos constatar –y recordar– la esencia misma de lo que significa Universidad, la historia que aquí, en Salamanca, se ayudó a forjar: Francisco de Vitoria, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Unamuno… Desde el Paraninfo de aquel discurso del bilbaíno hasta los jardines junto al río de Calisto y Melibea nos gustaría destacar la impresión de Nacho: «esto debe ser la Universidad».
Terminamos, como ya hemos comentado, con un café en la Plaza de la Libertad y con la sensación y esperanza de haber pasado un buen día.
Desde pequeño, cuando pasaba quince horas en el coche para visitar a mi familia en la ciudad de Maastricht, en el sur de Países Bajos, he crecido con una cierta desconfianza hacia los franceses. Mi padre, con razón, se quejaba de sus malos hábitos al volante, y era imposible comunicarse con ellos porque, al no hablar francés, pasaban de ti en las gasolineras. Esta relación un tanto hostil con nuestro país vecino hizo que, de vuelta a Barcelona cada verano desde Holanda, decidiésemos descubrir cualquier parte de Europa salvo Francia.
A la hora de decidir un destino para este tercer año de carrera (después de haber pasado por Barcelona y Madrid), Francia llamó a mi puerta por primera vez para que le diese una nueva oportunidad. Llevado principalmente por mi interés por las relaciones internacionales, poder estudiar en la gran universidad de SciencesPo fue una de las principales razones por las que me lancé a París. Luego se le juntaron la curiosidad por una ciudad vibrante y elegante, llena de historia, aunque, desgraciadamente, rematadamente cara. Ahora, seis meses después de llegar cargado con maletas, una air fryer y mi almohada de toda la vida, la ciudad no me ha defraudado.
El primer semestre de mi Erasmus nada ha tenido que ver con el segundo. De septiembre a diciembre, viví en una residencia de estudiantes del 15ème. La cadena que había escogido no facilitaba espacios para el encuentro entre los que ahí vivíamos (cerraron la sala común durante 2 meses porque hicimos una cena la primera semana), y, aunque la había escogido porque vivir solo me parecía en ese momento lo más conveniente, tardé poco en echar de menos vivir con gente.
Tocó trabajar amistades fuera de lo que pensaba que iba a ser el ambiente más sencillo, y me junté con un buen grupo de internacionales de mi clase de Políticas de Urbanismo, y con otro de españoles sabe Dios cómo. Con los primeros viajé a la zona de los castillos del Valle del Loira, y con los segundos a Alsacia, por ejemplo. Recuerdo con mucho cariño esos días juntos: de mis amigos de fuera saqué aprender sobre culturas que desconocía y sobre los segundos lo que es sentirte en casa estando en una París en la que no deja de llover.
Veo ahora esos meses como un constante sembrar para recoger frutos. Allá por diciembre ya puse rostros concretos a la pregunta de con quién quería acabar mi Erasmus: Ignacio, Bea, Laia, Antonio, Teresa, Jackson, Ricardo… Personas a las que, a pesar de conocer desde hace poco, podía recurrir, tanto para viajes y diversión, como para buenas conversaciones que unan en poco tiempo la distancia de una vida sin conocernos. Además, tengo mucha suerte de haber encontrado a un par de ellos que viven en Barcelona, por lo que no veo fecha de caducidad a nuestra amistad 😉 Con otros me decidí a tomar un camino distinto dados nuestros caracteres incompatibles, y de cómo decir adiós con cariño uno se lleva un gran aprendizaje, os lo garantizo.
Al volver de Navidad, me mudé a un piso con Ignacio y Cosi. Habíamos hecho muchas migas desde el primer momento, y no podía sentirme más a gusto con ellos. Compartir qué tal ha ido el día a la hora de cenar, cocinar juntos o hacer deporte en la sala de estar ha transformado por completo mi experiencia más solitaria en la residencia. ¡Qué suerte haberme ido todo el año para ahora disfrutar mucho más!
Desde enero he seguido viajando con grupos de amigos distintos a países como Polonia o Croacia, también con las catas de quesos y chocolate, visitas a museos, y he empezado a potenciar el voluntariado. Las Misioneras de la Caridad tienen una sede cerca de République, y ayudando en su comedor social he descubierto a jóvenes franceses inquietos y con los que ponerme al servicio de los demás. Otras actividades que llenan mi semana son las clases de salsa de Puerto Rico o las de ping-pong. Realmente la oferta de cosas que hacer es inmensa y me he lanzado a lo más curioso y divertido que he encontrado jeje…
Justo hoy, dos días después de que mis amigos de la ELU se hayan ido después de pasar un fin de semana conmigo, me pilláis en uno de los momentos logísticamente más complicados de mi Erasmus. Ayer por la mañana decidieron cortarnos la electricidad sin razón alguna, y hasta el 4 de abril nadie va a dignarse a aparecer para arreglar lo que parece un fallo en el contador. Voy a aprender a vivir a oscuras, a utilizar sal para conservar alimentos y a ducharme con agua fría; rezad por mis dos compañeros de piso y por mí.
Si algo puedo agradecer en medio esta situación es que me ha enseñado a transmitir mi enfado en francés, ¡y por teléfono!. Je suis très énervé! Llevaba apostando por aprender francés desde el año pasado, y saber comunicarme en las boulangeries me dio ánimos a seguir en el arduo camino de las lenguas. Siempre lo había visto como un idioma un tanto cursi y muy refinado, pero desde ayer lo veo como una potente herramienta para hacerte valer contundentemente en Francia.
Aunque hoy me vaya a dormir con 300 euros menos en la cuenta por llamar a la compañía eléctrica, París me está tratando bien, os lo prometo. Empieza a hacer buen tiempo, estoy aprendiendo mucho de mí mismo con cada nuevo reto que me encuentro, y tengo muchas ganas de aplicar todo lo que estoy viviendo a mi día a día en Barcelona. Un abrazo muy grande, ¡nos vemos el 14 de junio!
Madrid, 2021. En el contexto de la pandemia, un grupo de jóvenes se encuentra reunido en un pequeño piso de centro de la ciudad, charlan con música baja, son las tres de la mañana. Sin embargo, la calma se rompe cuando comienzan a sonar unos fuertes golpes en la puerta: “¡Policía, abran!”. Confundidos y asustados, deciden no abrir: no han cometido ningún delito. Segundos después, la puerta cae.
Estos agentes de policía irrumpieron en el domicilio sin autorización judicial y sometieron al grupo a un registro, alegando el incumplimiento de medidas sanitarias. Un tiempo después, un juez declaró que esta intervención era ilegal, y el caso quedó archivado dado que no existía un “flagrante delito”.
A fecha de hoy, con motivo del 5º aniversario del confinamiento por la COVID-19, la nueva entrega de Ratio Legis llega para explicar cómo este y otros casos similares dieron lugar al debate sobre la “inviolabilidad de domicilio”, un derecho fundamental amparado por nuestra querida Constitución (en adelante, CE). ¡Entremos en materia!
INVIOLABILIDAD DEL DOMICILIO
El Art. 18.2 CE versa lo siguiente:
“El domicilio es inviolable. Ninguna entrada o registro podrá hacerse en él sin consentimiento del titular o resolución judicial, salvo en caso de flagrante delito.”
Este artículo sirve como garantía de la protección de espacio privado frente a injerencias estatales. Sin embargo, durante los dos estados de alarma en España (14 marzo al 21 de junio de 2020; 25 de octubre de 2020 al 9 de mayo de 2021), se produjeron varias intervenciones de las fuerzas de seguridad en viviendas privadas bajo el pretexto de incumplir medidas sanitarias. Esto desencadenó en un debate sobre el artículo recién mencionado y el Art. 55.1 CE, que establece qué derechos fundamentales pueden ser suspendidos en los estados de excepción y de sitio, pero no en el estado de alarma.
Esto planteó serios conflictos por las restricciones impuestas por el estado de alarma. Aunque se limitó la libertad de circulación, este estado excepcional no permite la inviolabilidad del domicilio. Sólo podría darse en los casos mencionados de estados de excepción (p.ej. terrorismo, ante una grave amenaza a la seguridad pública) o sitio (p.ej. guerra o conflicto armado que amenace la soberanía del estado). Por tanto, la policía no estaba legitimada para realizar estas intromisiones en estado de alarma.
ENTONCES… ¿PUEDE EL ESTADO ENTRAR EN UNA VIVIENDA?
En respuesta a esta pregunta, se dan tres supuestos en los que sí se podría:
1. Bajo consentimiento del titular
2. Bajo orden/autorización judicial
3. En caso de flagrante delito (p. ej. que la policía presencie un delito en la vivienda)
Cualquier entrada fuera de estos es ilegal y vulneraría el derecho fundamental. Sin embargo, no sólo en la pandemia se ha puesto a prueba este principio.
REGISTROS DOMICILIARIOS Y NUEVAS TECNOLOGÍAS
Os estaréis preguntando, ¿qué se considera infracción de la inviolabilidad del domicilio? Podríamos concluir que no sólo la entrada física en una vivienda, sino también las comunicaciones y dispositivos dentro de ella. Por ello:
· La instalación de cámaras y micrófonos en domicilios sin autorización judicial vulneran principios legales.
· Los ordenadores, teléfonos y servidores personales están comenzando a ser equiparados a estos mismos efectos por la jurisprudencia. La intervención mediante los mismos requiere una orden judicial, salvo acceso voluntario del usuario.
CONCLUSIÓN
En definitiva, resulta innegable que este derecho da lugar a diversas interpretaciones y puede llegar a resultar polémico cuando entra en juego el equilibrio entre seguridad y privacidad. Desde lo acontecido en la pandemia, ha dado mucho de qué hablar y se enfrenta a nuevos desafíos que reclaman replantear sus límites y garantías. Lo que está claro es que hay una clara pregunta que ha resurgido en los últimos cinco años, ¿cuándo puede el Estado derribar nuestra puerta?
Muchas gracias por vuestra atención y ¡nos vemos en la próxima entrega de Ratio Legis!