Elus por el mundo

29 MAY

Natalia Pérez, 4º ELU

Llevaba tiempo escuchando que un Erasmus es como vivir una vida paralela. Pensé que era una exageración, hasta que me tocó vivirlo. Y no, no puedo negarlo, he sido víctima de ello, pero víctima en el mejor sentido de la palabra.

Hace ya ocho meses que aterricé en Bruselas para instalarme en Leuven, una pequeña ciudad a veinte minutos. Tres días antes de enviar la solicitud todavía dudaba del destino, pero tenía claro que quería salir de casa y, en cierto modo, huir del ritmo acelerado de Madrid: los trayectos interminables en metro, la magnitud de la ciudad, su constante movimiento y su prisa.

Y acabé llegando aquí.

Una ciudad internacional y estudiantil, donde todo el mundo se mueve en bici, con un ayuntamiento imponente, con la cerveza Stella Artois como símbolo principal, y donde la vida gira en torno a la KU Leuven. Una universidad con 600 años de historia, donde el peso de la tradición se nota en cada rincón.

Lejos del tópico, no ha sido un Erasmus fácil en lo académico. He estudiado tanto como en España, pero con una metodología distinta: más trabajos, más proyectos y exámenes orales que al principio imponían, pero que con el tiempo he aprendido a disfrutar. Una forma de aprender más libre y, paradójicamente, menos estresante.

El ayuntamiento me cautivó desde el primer día. Asoma al final de la calle principal que lleva a la estación, como recordándome constantemente que estoy llegando o me estoy yendo. Oude Markt, la plaza conocida como la barra de cerveza más larga del mundo, donde hay ambiente todos los días de la semana, como si siempre hubiera algo que celebrar. Y la biblioteca histórica, donde estudiar se siente casi como viajar en el tiempo.

Era mi primera vez viviendo fuera de casa. Y al principio, todo fue extraño. Las primeras semanas fueron un no parar: conocer gente, aprender a cocinar —o intentarlo—, instalarme y adaptarme a una vida completamente nueva.

Y en mitad de todo ese ruido, Irene Sánchez y Paula de Alfonso fueron mi primera visita, mi primer contacto con mi “otra vida”. En mi intento de enseñarles lo que me gustaba esta ciudad y lo feliz que estaba aquí, el regalo me lo llevé yo, redescubriendo esto con una nueva mirada, con ojos de piñón. Los días que pasé con ellas inevitablemente me hicieron cuestionarme todo lo que estaba viviendo, me conectaron con la persona que era antes de llegar aquí y se fueron dejándome una pregunta que no esperaba: ¿Quién soy?

Desde entonces, esa pregunta ha estado de fondo.

Porque la realidad te invita a actuar, y en esa invitación me he encontrado haciendo cosas que no había hecho antes. Me he visto en ambientes nuevos, en situaciones incómodas, en versiones de mí que no conocía. Dos ciudades muy diferentes entre sí, pero que, sin embargo, el paso de una a otra, me ha permitido confirmar mi identidad. Y, en lugar de perderme, que era lo que temía, he ido ganando perspectiva.

Perspectiva sobre mi vida en Madrid. Sobre lo que valoro. Sobre lo que soy cuando nadie me define.

He aprendido a disfrutar de todo lo que esta experiencia me está dando, incluso de lo pequeño. Porque después de semanas de lluvia, hasta un rayo de sol se siente como un regalo.

He viajado, y no me he quedado corta. Escapadas a otras ciudades belgas, Ámsterdam o Luxemburgo, mercadillos navideños por Europa, un choque cultural en Estambul, un viaje de supervivencia en camper por Dolomitas… Momentos vividos con ojos de asombro y con una gratitud difícil de poner en palabras.

Y, sin embargo, lo que más me sorprende es lo que pasaba al volver. Aquello que me aguardaba para descansar era la residencia, aquella que pisé el primer día pensando: “¿cómo va a ser esto mi casa durante un año?”.

Acostumbrada a vivir con mis padres y hermanos, una residencia tan grande, más de 200 internacionales, compartir baño y cocina con 14, se me hizo incómodo de primeras. Pero sin saber muy bien cuándo y cómo ocurrió, me encontré diciendo un día: he llegado a casa.

Las personas han sido clave en todo esto.

Diré que los belgas siguen siendo un misterio para mí, son más diferentes de lo que pensaba, pero me he visto rodeada de españoles, para no perder la costumbre, y de italianos, ingleses y holandeses, que han hecho de esta experiencia algo mucho más grande. Y gracias a todos ellos, me he ido abriendo, saliendo más de mí. Muy diferentes entre nosotros, pero precisamente, nuestras diferencias, lejos de separarnos, han sido lo que más nos han unido.

Y ahora, cuando el final empieza a asomarse, Nacho me volvió a lanzar la pregunta: ¿quién soy?

Y no lo sé. O al menos no del todo.

Pero sí sé que me he ido construyendo durante estos meses. Que me he descubierto en el camino. Que he cambiado, aunque sea difícil de explicar cómo.

Como Martín nos dijo al principio del curso, no podemos pronunciarnos sobre la totalidad de nuestra vida si aún estamos en curso. Somos peregrinos. Y quizá se trata más de abrazar ese carácter inacabado e imperfecto de nuestra existencia que de encontrar una respuesta cerrada.

Eso sí, solo soy yo la que puede pronunciarse sobre quién soy, y siempre desde el camino recorrido.

Y es precisamente ese camino – estos meses, estas decisiones, estas dudas – el que me ha permitido acercarme a la respuesta. O quizás no. Quizás solo me ha enseñado que no es una respuesta fija. Que tal vez no lo sea nunca.

Porque si algo me llevo de este Erasmus no es solo un lugar o unas experiencias, sino el proceso. Un camino que, más que darme respuestas, me ha enseñado a hacerme mejores preguntas.

Y tal vez, de eso se trataba todo esto.