Maite Tormo, 3º ELU
En estos tiempos tan turbulentos para el orden mundial, volver a ver la famosa película Vencedores y Vencidos (1961) dirigida por Kramer es, cuanto menos, una experiencia cargada de nostalgia. Nostalgia por los valores que en ella se ilustran y que hoy parecen haber desaparecido de la faz de la tierra.
La película recrea uno de los doce juicios de Núremberg organizados por Estados Unidos contra varios jueces del Tercer Reich, quienes habían dictado varias sentencias que condenaban a inocentes a morir en campos de exterminio, a sabiendas de que los juicios habían sido injustos. Destaca especialmente el personaje de Ernst Janning (inspirado en la figura real Franz Schlegelberger), un jurista excepcional que ayudó a redactar la Constitución de Weimar pero que posteriormente fue secretario de Estado en el Ministerio de Justicia nazi y contribuyó a la condena de numerosos inocentes.
¿Qué es la justicia? ¿Una ley es justa por el hecho de ser ley? ¿Cuál es el papel del juez ante una ley considerada injusta? Tales son algunos de los dilemas jurídico-morales que la película plantea. El argumento persistente del abogado de la defensa es que todos los jueces acusados se limitaban a cumplir la ley: firmaban órdenes de esterilización, de envío a campos de concentración y de condena de muerte, pero solo porque existían las famosas Leyes de Núremberg de 1935 que así lo permitían.
Frente a esto, la decisión del tribunal fue clara. Los jueces sabían, o podrían haber sabido, las consecuencias fatales de las órdenes que firmaban, tal y como reconoció el propio acusado Ernst Janning. En consecuencia, son condenados por su participación en crímenes de lesa humanidad, reafirmando la idea de que la obediencia a la ley no exime automáticamente de responsabilidad cuando ésta entra en conflicto con principios fundamentales de justicia. Estos principios se vinculan a valores superiores como la dignidad humana, la verdad y la justicia.
Hoy en día, esta concepción de la justicia parece debilitarse en un escenario internacional en el que los valores proclamados tras los juicios de Núremberg se ven con frecuencia relativizados y el Derecho es instrumentalizado al servicio de intereses políticos. Frente a esta deriva, resulta especialmente pertinente recordar que, como advirtió Edmund Burke y como pudimos comprobar nosotros en el viaje a Alemania en 2024, “lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada”.
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