Filosofía de Bar

14 MAY

Diego Salguero, 1º ELU

El pasado lunes 27, en nuestro encuentro de Filosofía de Bar, tuvimos la suerte de contar con David, que nos propuso una distinción que dio mucho de sí: ¿habitar o dominar el mundo?

La sesión comenzó con una breve introducción en la que nos planteó la diferencia entre ambos conceptos y nos acercó a ellos a través de algunos ejemplos literarios muy sugerentes. Dos obras tuvieron especial protagonismo: Humano, todavía humano, de Higino Marín, y, cómo no, El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

Tras una ronda de primeras impresiones, fuimos concretando qué significa habitar. Entendimos que habitar consiste, en cierto modo, en la máxima expresión de nuestra vulnerabilidad allí donde estamos. De hecho, los cuatro hábitos fundamentales del ser humano (comer, dormir, bañarse y conversar) implican exponernos ante el otro. Quizá por eso cada una de estas acciones suele tener su propio espacio (habitación) dentro de la casa: porque son los lugares donde más habitamos y donde más vulnerables nos sentimos.

En relación con los demás, habitar significaría compartir la propia vulnerabilidad con el otro, en una relación mutua donde ambos convierten algo ajeno en íntimo. Habitar nunca es un gesto unilateral. Compartir, al fin y al cabo, es mostrar que la relación con el otro vale más que el objeto compartido.

Dominar, en cambio, no puede entenderse sin un componente de control: un intento de someter la realidad a la propia voluntad. Sin embargo, vimos que la frontera entre habitar y dominar es mucho más fina y difusa de lo que podría parecer. Hay acciones que incluso podrían contener algo de ambas dimensiones. Surgieron entonces ejemplos que enriquecieron mucho la conversación, como la tauromaquia o la paternidad.

Precisamente este último caso nos ocupó bastante tiempo, porque vimos que educar a un hijo podría parecer, desde fuera, una forma de sometimiento, al tratarse de una relación desigual. Sin embargo, concluimos que una relación asimétrica —como la de un padre con su hija o la de un dueño con su perro— no tiene por qué ser una relación de dominio.

De hecho, comentamos cómo quienes buscan dominar suelen actuar desde un vacío interior y desde el sufrimiento, mientras que un padre que ama verdaderamente no se relaciona desde la carencia, sino desde la plenitud. Aunque desde fuera pudiera parecer que solo el padre aporta algo a la hija, ambos saben que no es así: también ella tiene mucho que enseñarle a él.

La conversación terminó desembocando en una idea central: nuestra manera de responder a la realidad se juega siempre en el tipo de relación que establecemos con ella, ya sea con la naturaleza, con los demás o con nosotros mismos. Y ahí apareció la pregunta clave: ¿desde dónde hacemos las cosas, desde el amor o desde el miedo?

Tal vez la respuesta a esa pregunta sea la que nos permita distinguir cuándo estamos verdaderamente habitando el mundo —algo que nos transforma tanto a nosotros como a quienes nos rodean— y cuándo, por el contrario, estamos intentando dominarlo. Porque en el dominio parece que uno gana, pero en el fondo termina perdiéndose a sí mismo.