Tabita

Vida ELU

Encuentro Tabita: El Valor de Vivir

Por: ELU Admin

Pablo Torre, 1º ELU

Habían pasado más de dos años desde la última vez que realicé un voluntariado con mi colegio en el comedor social de Santiago Masarnau. En aquel momento, lo viví como una experiencia personal muy enriquecedora. Me quedé con la sensación de que recibí mucho más de lo que fui capaz de aportar a la vida de aquellas personas que, día tras día, acudían a aquel comedor en busca de alimento y cariño.

Este pasado viernes 24 de abril, gracias a la ELU, he vuelto a vivir una experiencia similar, esta vez de la mano de las Hermanas Misioneras de la Caridad (congregación fundada por la Madre Teresa de Calcuta). Una vez más, he comprobado lo gratificante que es darse a los demás.

La ELU nos está enseñando que tenemos el deber moral de mirar al mundo con ojos críticos y con una intención genuina de servicio. No se trata solo de observar la realidad, sino de sentir la responsabilidad de transformarla, de hacerla un poco mejor, en la medida que cada uno podamos hacerlo, hoy y a lo largo de nuestra vida.

Empezamos la tarde de voluntariado en el centro de La Latina. Ahí es donde tienen su sede central y donde tienen una casa de acogida para enfermos, una residencia, un hogar para personas que no tienen familia o recursos y que padecen enfermedades graves o crónicas. Allí estuvimos ayudando a pelar verduras y a preparar unas bolsas con comida y otros productos que posteriormente llevamos con nuestro coche, al centro de Vallecas. En este centro reparten, a diario, cientos de comidas a personas en situación de extrema pobreza o familias con muy bajos recursos.

Al estar allí, entre sonrisas y manos tendidas, entendí que ayudar no es un acto unidireccional, sino un encuentro humano que te devuelve la esperanza, que te hace pensar que sí podemos cambiar las cosas.

Es esa sensación de utilidad y conexión profunda, la que me hace comprender que mi paso por la sociedad debe dejar un impacto positivo. Salgo con el corazón lleno, lleno de ilusión, lleno de agradecimiento, convencido de que servir no es solo un deber, sino el camino más directo para encontrar sentido a lo que somos y construir, juntos, un mundo un poco más humano.

No quiero terminar sin expresar mi más profunda gratitud a las Hermanas Misioneras de la Caridad. Gracias por ser un ejemplo vivo de entrega incansable y por luchar, día tras día, para devolver la dignidad y la esperanza allí donde más se necesita. También me gustaría agradecer a los alumnos de la ELU: Santiago Aragón, Margarita Gutiérrez y Jaime López por haber iniciado esta iniciativa y acercar el voluntariado a nuestras vidas.

Vida ELU

Encuentro Tabita

Por: ELU Admin

Elena Zabala, 4º de ELU

En la ELU, si algo nos caracteriza, es el deseo de que nuestro paso por la universidad no se limite a adquirir conocimientos teóricos, sino que suponga también una oportunidad para aprender a mirar las distintas realidades con atención, sensibilidad y sentido de responsabilidad. Buscamos ponernos en juego, implicarnos activamente en la realidad que nos rodea y participar de manera consciente en nuestro entorno.  

Por eso entendemos que nuestras ideas, capacidades y acciones alcanzan su verdadero sentido cuando se ponen al servicio de los demás. Liderar, para nosotros, significa también saber detenernos, mirar a nuestro alrededor y preguntarnos qué necesidades existen a nuestro lado y de qué manera podemos responder a ellas. 

Desde esta convicción, el pasado viernes 6 de marzo por la tarde, un grupo de voluntarios de la ELU salimos a las calles del centro de Madrid con un objetivo profundamente significativo: compartir tiempo, conversación y algo caliente que comer con las personas que están en situación de calle. La iniciativa, impulsada por Margarita Gutiérrez, Santiago Aragón y Jaime López, alumnos de 3º de ELU, reunió a quince estudiantes dispuestos a dedicar parte de su tiempo a quienes más lo necesitan. 

Durante varias horas recorrimos distintos puntos repartiendo bocadillos, caldo y algo de fruta. Sin embargo, pronto comprendimos que aquello que realmente marcaba la diferencia no era tanto la comida, sino la posibilidad de detenernos a conversar, escuchar y compartir unos minutos con cada persona que encontrábamos. Cada parada se transformó en un espacio de encuentro entre personas de distintas realidades, en el que por un momento se rompía la distancia que tantas veces separa a quienes viven en la calle del resto de la sociedad. 

Hubo saludos que ya eran conocidos de otras ocasiones, conversaciones improvisadas en las aceras, bromas, historias personales y muchas sonrisas agradecidas. Algunas personas nos contaron fragmentos de su vida; otras simplemente agradecieron el gesto o disfrutaron de la compañía durante unos minutos. Para muchos de nosotros, fue una oportunidad para mirar más allá de las prisas cotidianas y reconocer la dignidad y la historia que hay detrás de cada rostro. 

La experiencia nos recordó algo sencillo pero esencial: que, a veces, los gestos más pequeños (una conversación, una sonrisa, unos minutos de atención) pueden tener un valor inmenso. Y que salir al encuentro del otro no solo ayuda a quien recibe ese gesto, sino que transforma también a quien lo ofrece.  

Todos los que tuvimos la oportunidad de participar en esta iniciativa, volvimos a casa profundamente agradecidos. Y con una fuerte convicción: la de haber recibido mucho más de lo que habíamos dado.