Queridos elus,
Si algo he aprendido este año es que hay decisiones que, aunque cuesten, merecen ser tomadas precisamente por eso: porque cuestan. Soy Rosa Miranda Anguita, estudio 4º de Derecho en la Universidad de Córdoba y curso 4º de la ELU. Y cuando llegó el momento de elegir destino, no fue sencillo. No tenía una ciudad soñada ni un país que llevara años queriendo visitar. Solo tenía una intuición clara: quería salir de mi zona de confort. Y así fue como terminé eligiendo Polonia. Más concretamente, Cracovia.
Estudiar Derecho me ha enseñado mucho más que normas, artículos o procedimientos. Me ha enseñado cómo, a lo largo de la historia, el poder puede utilizar las leyes no solo para proteger, sino también para manipular, controlar y someter a las personas. He comprendido cómo determinados regímenes han instrumentalizado el Derecho para legitimar injusticias, restringir libertades y despojar de dignidad a pueblos enteros. Esa experiencia despertó en mí una forma distinta de mirar. Una mirada más consciente, más humana. Y entendí que, frente a las miradas que en la historia han servido para señalar, excluir o deshumanizar, existen otras miradas que construyen vínculos, que reconocen la dignidad del otro y que crean comunidad.
Por eso vivir en Cracovia tenía para mí un significado especial. Es una ciudad pequeña, pero inmensa en historia. Una ciudad preciosa que ha sido escenario de algunas de las mayores atrocidades del siglo XX. Vivir allí no es solo estudiar en otro país; es convivir con la memoria. Y eso, inevitablemente, te cambia. La historia deja de ser algo que estudias en un libro y se convierte en algo que pisas. Caminar por sus calles, visitar lugares marcados por el sufrimiento o escuchar testimonios del pasado te obliga a tomar conciencia de lo frágil que puede ser la dignidad humana.

Entiendes que el tiempo no borra lo ocurrido, solo lo transforma en responsabilidad. Y que el Derecho, según quién lo sostenga, puede ser escudo o puede ser arma. Y, en medio de esa ciudad cargada de memoria comenzó también mi propia historia allí. La primera semana fue una mezcla de vértigo e ilusión. No entendía el idioma, el frío parecía permanente y todo era nuevo. Recuerdo entrar en mi habitación y pensar: “¿Qué hago aquí?”. Y, sin embargo, en el fondo sabía que justo ahí era donde tenía que estar. Elegir Polonia fue elegir la incomodidad. Y la incomodidad, aunque no lo parezca, educa.
Pero si algo ha definido verdaderamente mi Erasmus no ha sido el destino, sino las personas con las que he compartido estos cinco meses. Porque cuando uno llega, llega solo. Aunque haya cientos de estudiantes en tu misma situación y de tu mismo país, la sensación inicial es profundamente individual. Cada uno con sus miedos, sus expectativas y su necesidad silenciosa de pertenecer. Nadie lo verbaliza, pero todos buscamos lo mismo: sentirnos parte de algo. Y entonces empiezan a cruzarse miradas, preguntas incómodas, conversaciones, risas nerviosas en la cocina compartida. Empiezas preguntando de dónde eres y terminas compartiendo historias de infancia, inseguridades, sueños que te da miedo decir en voz alta. La distancia acelera los procesos: lo que en otro contexto tardaría meses en surgir, allí ocurre en semanas.
Cracovia me enseñó que el hogar no es un lugar físico, sino una red invisible de personas. Hubo un momento en el que mi residencia dejó de ser solo un edificio y se convirtió en refugio. Volver significaba encontrar a alguien que te preguntara cómo te había ido el día, que se sentara contigo a cenar —aunque solo hubiera pasta— o que celebrara pequeñas victorias que, lejos de casa, se sienten enormes. Son esos gestos sencillos los que te hacen sentir vista, tenida en cuenta, parte de algo.

Al principio tenía miedo de que nada de eso ocurriera. Llegas pensando que muchas relaciones serán superficiales: planes constantes, fotos, risas… pero poca profundidad. Y es verdad que esa es una forma de vivir el Erasmus. Hay quien prioriza acumular ciudades y experiencias. Con el tiempo entendí que cada persona elige cómo quiere vivir esta etapa. Yo supe que quería algo más. No solo compartir planes, sino también conversaciones largas, historias personales y silencios. Y comprendí que, si buscas profundidad, tienes que empezar por ofrecerla. Cuando dejé de intentar encajar en una idea preconcebida de lo que debía ser el Erasmus y me mostré tal y como soy, los vínculos se hicieron más fuertes. No fueron los más numerosos, pero sí los más auténticos. Y eso transformó por completo mi
experiencia.
Precisamente en esa autenticidad comenzó también el verdadero aprendizaje de la convivencia. Porque cuando decides implicarte de verdad, convivir deja de ser simplemente compartir espacio y se convierte en un ejercicio constante de adaptación, escucha y respeto. Aceptar ritmos distintos, gestionar diferencias y aprender a ceder forma parte del proceso. No todo es perfecto, pero en ese ajuste continuo uno crece casi sin darse cuenta.
También hubo viajes, claro. Cada ciudad nueva era una aventura y, sobre todo, una oportunidad de ampliar la mirada. Cada lugar tenía su propia historia y su manera de entender el presente. Descubrí que la cultura —el arte, la música, la memoria— es un lenguaje universal capaz de tender puentes entre personas muy distintas. Viajar no era solo desplazarse, era aprender a observar con más profundidad y menos prejuicio.

Y precisamente esa ampliación de la mirada me ayudó a entender mejor otra experiencia inevitable: la de sentirme extranjera. Porque mientras yo intentaba comprender otras realidades, también vivía en primera persona lo que significa estar fuera de la propia. Entrar en clase y saber que compartías un idioma distinto, referencias distintas, un contexto distinto. Sentirte observada, descolocada, pequeña.
Sin embargo, lejos de paralizarme, esa sensación me fortaleció. Me obligó a participar, a atreverme a hablar, aunque no estuviera completamente segura, a ocupar mi espacio incluso cuando dudaba. Ser extranjera no solo me hizo más consciente de las diferencias, sino también más segura de mi lugar en medio de ellas. Hoy entiendo que el Erasmus no es solo cambiar de país, sino cambiar la manera de mirar. Es darte cuenta de que crecer no siempre significa ir hacia lo que conoces, sino atreverte a lo desconocido. Es descubrir capacidades y fortalezas en ti que antes no veías.
Quizá esa sea la mayor enseñanza: que salir de tu zona de confort no te aleja de quién eres, sino que te ayuda a conocerte mejor. Y que cuando decides ser tú misma, sin intentar encajar a la fuerza, encuentras vínculos y experiencias que te transforman de verdad. Por eso, cuando ahora pienso en mi Erasmus, puedo llamarlo casa. No solo por el lugar ni únicamente por quienes lo compartieron conmigo, sino por todo lo que allí viví y por la persona en la que me convertí. Porque un sitio se convierte en hogar cuando deja huella en ti.
Y como escribió Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.” Y eso es exactamente lo que Cracovia ha significado para mí.
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