¡Hola a todos!
Soy Maite Tormo, y este primer cuatrimestre he estado de intercambio en la Universidad de Edimburgo en mi cuarto año estudiando Derecho y Filosofía, Política y Economía.
¿Pero de qué sirve el Erasmus? -preguntaba repetidamente mi abuelo antes de irme, muy escéptico de una experiencia que a sus ojos, era sinónimo de una temporada de vacaciones. Hoy, cuatro meses después, puedo dar mi propia respuesta a esa pregunta.

Lo primero es que el erasmus supone una experiencia muy intensa de libertad. Llegas a un lugar desconocido, cargada de maletas, entras en una habitación que al principio te resulta hostil y al sentarte en la cama te das cuenta de que estos cuatro meses tienes que decidirlo tú todo: desde lo más nimio, el qué comer, hasta cosas más relevantes como la organización de tu tiempo, los amigos, el deporte, la misa, etc.
Hay dos posibles actitudes ante esta experiencia de libertad, ambas válidas. La primera es el terror o el bloqueo al ver que estás absolutamente solo en una nueva ciudad, sin amistades ni sitios de confianza. La segunda es la tranquilidad o serenidad al no ser la primera vez que estás solo en una ciudad. En mi caso, acogí esa sensación de nueva libertad como un regalo que disfrutar con cabeza y sentido, sabiendo que la libertad exterior no sirve de nada si no hay un ejercicio de libertad interior que la acompaña.

Y así empecé mi erasmus. Hice mil planes nuevos en la primera semana, desde apuntarme a baile escocés, beber la cerveza típica en el pub típico, ver las famosas vacas peludas, subir Arthur’s seat, salir de fiesta con un grupo masivo de españoles, hacer un tour de fantasmas en el cementerio de Greyfriars…
Con el tiempo, creamos un grupo de amigos que, como dice Sofía, no está unido por el paso del tiempo, pues apenas fueron tres meses y medio, sino por la intensidad de la experiencia. Comidas con sobremesas interminables en nuestro piso, viajes por las Highlands escocesas, tortilla de patata para cuarenta, un francés cantante, algún que otro ratón de invitado especial, apuestas para llegar puntuales a la biblioteca, un pamplonica con nivel de inglés proficiency, un escocés fan de las patatas bravas y del jiu-jitsu, anécdotas que jamás olvidaremos… Incluso nos dábamos cuenta de que empezábamos a tener una jerga propia, con palabros que pocos entendían.

La parte académica también fue importante, pues la Universidad de Edimburgo es una de las universidades más prestigiosas en Europa. Me dieron clase profesores que trabajaban en la House of Lords (la cámara alta del Parlamento de Reino Unido), y aprendí de ellos sobre temas de lo más diversos, como el Brexit o la teoría del juego. Una parte importante de las universidades británicas son las “societies”, asociaciones de alumnos con temas muy variopintos, desde la hotchoc society, para los amantes del chocolate caliente (pero sin churros), hasta la edinburgh justice initiative, en la que colaboré para un proyecto pro bono de Derecho.
En definitiva, el erasmus es una experiencia única. No debe idealizarse, porque siempre hay un componente de suerte en el destino y la gente con la que te encuentres, pero sí valorarse como una oportunidad para ser independiente, abrirse a otras culturas y forjar amistades para toda la vida.
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