Elus por el Mundo – Álvaro Salgado

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05 NOV

¡Buenas! Para los que no me conozcáis, mi nombre es Álvaro Salgado. Soy un alumno de 3º de la Escuela de Liderazgo Universitario, que estudia Derecho y Estudios Internacionales en la Universidad Carlos III de Madrid, y que está de Erasmus desde septiembre y, si todo va bien, hasta junio, en Londres, en la University College London, que ya muchos conoceréis de primera mano.

¿Qué es un Erasmus? ¿Es la tierra prometida a todo alumno español que entra a la universidad bajo la cascada de rumores acerca de lo extraordinario de la experiencia? ¿Es la oportunidad de escapar de los pasillos y las aulas que ya nos resultan no solo conocidos sino agotadores y poder así hacer nuestras las historias y las paredes de lugares lejanos que siempre tendrán nuestra impronta? ¿Es el espacio para conocer a personas nuevas cada día y fraguar lazos que se sienten viejos por mucho que no tengan ni un mes de vida? ¿Es, quizás, un sueño roto por la pandemia que ha paralizado nuestras vidas y que cada día nos asesta un nuevo ataque a nuestras ilusiones?

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Erasmus es todo eso y mucho más. Es un mundo de nuevos horizontes para quienes por primera vez se van de casa, es un horizonte renovado para quienes ya lo hicimos. Tuve la enorme suerte de poder estudiar fuera de mi ciudad de nacimiento desde primero de carrera, y con ello también hube de sufrir la enorme desgracia que es alejarse de todo lo que has querido y mantenido cerca durante dieciocho años. Sin embargo, la experiencia Erasmus te lleva un poco más allá, y te obliga no únicamente ya a cuidarte a ti mismo, no únicamente a responsabilizarte de tu supervivencia en una ciudad ajena y extraña, sino también a renovarte y volverte a hacer a ti mismo. Te obliga a ser de nuevo aquel niño de dieciocho años que llega asustadizo a un paraíso oculto que le queda por conocer. Te obliga a crear de nuevo tu círculo de personas de confianza, te obliga a ponerte frente a tus propios prejuicios al conocer a personas que provienen no ya únicamente de rincones diversos de España, sino de todos y cada uno de los países de este mundo que hoy necesita de personas que sepan ver más allá de las diferencias que marcan nuestras fronteras. Cuando nos ocultamos bajo una mascarilla para proteger y protegernos, todos somos lo mismo: jóvenes tratando de asegurar el futuro de este mundo. Cuando brindamos juntos, no hay diferencia entre alemanes, franceses, españoles ni egipcios. Solo un clamor al cielo para que las cosas vayan bien y podamos disfrutar los unos al lado de los otros. Y también para que UCL, esa universidad que siempre había soñado, no nos arrebate la libertad bajo una nueva montaña de trabajo.

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La universidad es diferente allende los mares. UCL te otorga la independencia que desees, y eso es tan bueno como terrible. Tú llevas tu estudio, tú decides cuánto tiempo le dedicas, tú decides en qué temas te centras, tú decides, en definitiva, cómo deseas que se construya tu experiencia. Los profesores te acompañan, te explican ciertas cuestiones y de vez en cuando te señalan cuáles son los puntos más relevantes. Por lo demás, está en tu poder. La independencia conlleva responsabilidad, y por eso este sistema me parece al mismo tiempo una forma de tratarnos como adultos y una educación insuficiente. Universidad es una enseñanza compartida entre el alumno y el maestro, y creo que en ese sentido hay una fuerte carencia de tutelaje en las aulas inglesas. Por no hablar, claro está, de las limitaciones que impone la enseñanza online.

La COVID19 ha cambiado cómo se vive Erasmus. Lejos quedan aquellas fiestas tremebundas de las que nos hablaron nuestros veteranos y aquellas semanas de conocer cada noche a decenas de personas nuevas. Muchos son los que no se han atrevido o no han podido al final venir hasta las tierras de la (quizás no tan) pérfida Albión y muchas las restricciones en pie que en pos de asegurar nuestra salud han cotado lo que nos podemos permitir hacer con nuestros amigos. Pero en cierta manera también nos ha brindado una oportunidad. Nos ha permitido conocer mucho mejor a las personas que nos rodean, sustituir el frenesí incierto de cientos de personas por la aún tímida pero incipiente amistad cierta y verdadera que nace entre quienes se enfrentan a la adversidad hombro con hombro. He tenido una enorme suerte.

IMG_20201105_094747_310En el tiempo que llevo aquí, he podido conocer a personas extraordinarias. He podido empezar de cero con compañeros de clase de Madrid que jamás pensé que querría tanto (y que encima me cuidan como si fueran mi madre en este mundo foráneo), conocer a compañeros de la ELU que ya lo son también de incertidumbre y fotografía (Carmen, te quiero mucho), amigos de Madrid y de Alicante y de Burgos y del Cairo y de Múnich y de París, y ver que todos somos lo mismo en este Londres que nos acoge bajo su luz tenue y su lluvia permanente. Londres es una ciudad que nunca descansa, una ciudad que no deja de llorar y de gritar pero a la que nadie hace nunca caso, como le pasa a todas las ciudades que nunca duermen. Es una ciudad que te atrapa y te ahoga y te hace vivir de nuevo. Es una ciudad que no sabe comer, y reitero que la calificación del fish and chips como plato nacional habla de una cultura gastronómica cuestionable, pero es una ciudad que sabe abrazar. Una ciudad peligrosa, complicada y a tiempos oscura, pero que te recibe en sus calles adoquinadas y bajo el resplandor de los mil y un relojes que iluminan el firmamento londinense te susurra que aquí todo es posible y que si lo sueñas puede hacerse realidad. Inglaterra es más parecida a España de lo que jamás pensé, pero también distinta. Siento en los ingleses una falta de empatía, una suerte de poso de cariño y de respeto hacia el prójimo que vive en el corazón hasta del español más bruto y que en cambio aquí desiste, derrotado bajo la frialdad de una cultura en la que los abrazos no existen. Creo que eso es lo que más echo de menos: gente que quiera dar muchos abrazos.

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Cuando estéis leyendo estas líneas, yo probablemente me halle bajo el nuevo confinamiento impuesto en Reino Unido para tratar de detener el imparable avance de contagiados y de víctimas. Jamás, bajo ninguna posibilidad, pensé que nos veríamos obligados como generación a enfrentarnos a tiempos tan complejos y difíciles. Pero precisamente por ello solo hay una forma de sobrevivir y de ganarle el pulso al tiempo: ser valientes. Aventurarse en todos los rincones del mundo y hablar todos los idiomas que sepáis, y chapurrear los que no. Enamorarse de quienes no te corresponden y emocionarte cuando ves en los ojos ajenos la misma chispa, y hacer amigos que te invitan a viajes en cada rincón del mundo, y soñar siempre con el día en que desde Primrose Hill, la colina que domina Londres y que ya se ha tornado en colonia española, podamos ver iluminarse el cielo con los fuegos artificiales que celebren nuestra victoria.

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¿Qué es Erasmus? Para mí, está siendo el reencuentro con aquel niño de dieciocho años, mi reconciliación con él y conmigo, con lo que será y con lo que ya ha sido. Es la promesa de todo y de nada, solo de aquello que te atrevas a vivir y a arrebatarle de las garras al tiempo. Erasmus es un horizonte nuevo y una forma de hacer enormes y nuevos y vivos los ya existentes. Ha sido un regalo, que me ha dado a Javi, a Carmen, a Gabriel y a Inés y a Carmen y a Pablo y a Antía y a Ignasi y a Haya y a Déborah y a Myriam y a Josef y a tantos otros.

Sentado al pie del pórtico de UCL donde un día posé con mis compañeros de Becas Europa XIII solo puedo pensar: ¡viva Erasmus!