ERASMUS

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Miriam López Ferreiro – ELUs por el Mundo

Por:

¡Hola a todos! Soy Miriam y este año he tenido la suerte de estar de intercambio Erasmus en Uppsala (Suecia). Cuando el año pasado tuve que decidir si realmente quería vivir o no esta experiencia, he de decir que no estaba totalmente segura. Gente nueva, idioma nuevo, y en definitiva costumbres nuevas. Sabía que no me iba a resultar fácil, que las cosas iban a ser diferentes, y sentía cierta incerteza e inseguridad por cómo sería todo.

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Pero también sabía que no podía dejarlo pasar y que era lo que quería y lo que debía hacer. Las primeras semanas no dejaba de preguntarme por qué había tomado aquella decisión, pero ahora os puedo decir con total seguridad que estoy enormemente agradecida de haber tenido esta oportunidad, y sin duda la recomendaría una y otra vez. 

Desde el primer momento la Universidad me facilitó mucho la llegada a Suecia e incluso la búsqueda de alojamiento. Suponía que la sociedad sueca era organizada por las cosas que se suelen decir de los países nórdicos, pero lo pude confirmar cuando en julio llegaban a mi casa por correo postal folletos de la Universidad, información para los nuevos estudiantes e incluso un mapa de la ciudad. Lo que no supe hasta que llegué es la fuerte vinculación que tienen con algunas tradiciones. En una Universidad que cuenta con algunas de las herramientas más avanzadas en el ámbito científico, el Gustavianum o el Main Building son edificios de hace cientos de años en los que se puede respirar esa sed de conocimiento y esencia universitaria que busca ALGO MÁS. Es curioso este contraste entre la innovación y la tradición, y me recordó justamente lo importante que es conocer nuestros orígenes y construirnos a partir de ellos para poder crecer y consolidar nuestra identidad, no sólo como individuos, sino también como sociedad. 

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Otra de las cosas que aprendí sobre la sociedad sueca es el respeto que tienen por el medio ambiente. Los hábitos de reciclaje o el uso tan extendido de la bicicleta como medio de transporte son claros ejemplos de ello. No dejaba de llamarme la atención la cantidad y la variedad de bicis que me cruzaba yendo por la calle los primeros días. Esta vinculación con la naturaleza también se relaciona con la forma en la que valoran la luz en general, pero sobre todo la luz del sol. Es muy común en invierno ver las ventanas con una pequeña lámpara encendida al lado, y las velas también forman parte del día a día para muchos suecos. De
hecho, existe en Suecia una festividad para darle la bienvenida oficial a la primavera cuyos orígenes se remontan a la época vikinga. Se llama Valborg y se celebra el día 30 de abril. 

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Cuando a finales de agosto llegué a Uppsala, aquello era totalmente desconocido para mí. La Catedral, la biblioteca Carolina Rediviva, el Gustavianum, Gamla Uppsala, todas estas visitas formaron parte de mis primeros días en Uppsala, y en aquel momento no sabía de qué manera iban a formar parte de mi experiencia Erasmus durante los próximos meses. Recuerdo que el primer postre que probé al llegar fue un kanellbulle (el famoso bollo de canela sueco), y aquel fue sólo el primero de muchos (¡están buenísimos!). También el primer día que entré en el Biomedicinskt Centrum (el edificio en el que tendría la mayor parte de mis asignaturas a partir de entonces) estuve dando vueltas un rato intentando encontrar mi clase. ¡Hasta ir a comprar al supermercado era una aventura los primeros días! 

Pero poco a poco Uppsala, sus edificios y su gente, se fueron volviendo el día a día, y esta pequeña ciudad se convirtió en algo más que aquel lugar que a finales de agosto apenas conocía. 

Antes de llegar tenía la intención de no relacionarme demasiado con españoles y aprovechar esta oportunidad para conocer gente de otros países. Pero al final no fue exactamente así y sin saber muy bien cómo, los españoles siempre acabábamos juntándonos. Sin embargo, la gran cantidad de actividades para estudiantes internacionales, las asociaciones dentro de la Universidad y fuera de ella, mi grupo de laboratorio, y las nations, me ayudaron a conocer también a gente de otros países. Uppsala es una ciudad con estudiantes de muchas y muy diferentes nacionalidades, y sin duda esto me  ha servido para aprender otras costumbres y entender distintas formas de actuar y de ver las cosas. Se suele decir también que los suecos no son muy sociables, y aunque es cierto que son bastante diferentes en este sentido, las generalizaciones no son buenas. Es gente a la que no les gusta entrometerse, pero suelen estar dispuestos a ayudar siempre que sea necesario. 

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Las nations son edificios tan antiguos como la propia Universidad (fundada en 1477 es la Universidad más antigua de Suecia) en los que se puede desde estudiar en la librería, hasta quedar para un fika o para cenar, acudir a eventos formales o actuaciones musicales, jugar a juegos de mesa o  simplemente salir de fiesta. Cada estudiante es miembro de una de las 13 nations que actualmente hay en Uppsala y es en ellas donde se suele hacer vida social. Además, en Uppsala se organizan muchas otras actividades, como por ejemplo conferencias anuales con Premios Nobel o conciertos musicales.

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Las horas de luz no eran muchas a partir de noviembre. Solía ir a clase de noche por la mañana, y cuando salía sobre las tres de la tarde ya era de noche otra vez. Entre esto y comer a las doce o incluso a las once y media de la mañana el horario me resultaba a veces un poco extraño, pero me acabé acostumbrando. El frío la verdad es que me gustaba en cierto modo, así que esto no fue un problema, aunque también tengo que decir que según los suecos este invierno fue uno de los más cálidos desde hacía años. El fika, ese momento del día dedicado a tomarse un café con un bollo para conversar, descansar, o simplemente tomarse un respiro, fue un buen aliado para estos meses de invierno. ¡Siempre había tiempo para un fika, sobre todo si era con un kanelbulle! 

Y así poco a poco, los días y los meses fueron pasando. Cuando a principios de marzo vine a España con la intención de regresar a Suecia una semana más tarde, no sabía que sería la última vez que estaría en Uppsala de Erasmus. Cuando empiezas algo nunca sabes cómo va a terminar, pero lo importante es ser capaz de aprovechar cada momento que pasa y de poner en práctica todo lo aprendido. A pesar de haber terminado el erasmus antes de lo esperado, lo importante ahora es seguir intentando dar lo mejor de uno mismo cada día. Y quien sabe, ¡ya habrá tiempo de volver a Uppsala! Vivir de lo que se nos da a cada instante, reconocer y disfrutar todo lo bueno que hay en las pequeñas cosas del día a día, y ser siempre agradecidos. Estas claves deberían alimentar nuestras ganas de conocer, de saber, de aprender, y en definitiva, de alimentar un sentimiento de inconformismo responsable que nos mueva a hacer cosas. Porque así, siendo capaces de valorar cada situación y adoptar la actitud necesaria frente a ella, seremos capaces de disfrutar del gran regalo que tenemos cada día. 

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Andrea Sánchez – ELUs por el Mundo

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¡Hola a todos! Soy Andrea y como algunos ya sabéis, desde septiembre del año pasado hasta abril de este año estuve en Múnich. Hoy os quiero contar un poco más de cerca como ha sido mi experiencia, que, aunque común a todos los que hacemos un Erasmus, es diferente.

Prácticamente toda la gente que conozco define su año de Erasmus como la mejor, o una de las mejores experiencias y años de su vida, que lo recomendaría a toda costa y a quien fuera. ¡Quizá sea de las pocas personas para las que esto no se cumple! Mi experiencia ha sido diferente, con ella he aprendido, he crecido, pero muchos días no he sido feliz o no encontré motivos para decir “volvería a decir que sí”. Sé que es sorprendente y que no es lo que nos gusta escuchar, porque preferimos escuchar historias increíbles donde todo va como esperamos. Pero este año he aprendido a ser sincera conmigo misma, a respetar mis tiempos, y también a transmitir mi verdad, aunque no sea la de la mayoría o, aunque a poca gente le guste contar lo malo y yo me convierta en esa minoría de gente completamente transparente.

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Hace ya un año tomé la decisión de elegir Múnich como destino de Erasmus con el objetivo de perfeccionar mi alemán. Pero pequé de seguir la corriente. En mi clase éramos 45 y solo 5 se quedaban en España, todos los demás querían irse de Erasmus. No fui capaz de ir a contracorriente y ser la número 6 que se quedaba. Dije: si no es ahora, ¿cuándo? Y decidí arriesgarme a decir que sí sin realmente quererlo, solo para poder decir “no me quedé con las ganas”, “no decepcioné a nadie”, “di mi máximo en ese momento”.

Otro factor decisivo fue el hecho de tomar la decisión en base a la calidad de la Universidad de destino. Este es sin duda un factor importante, pero no debería ser el único. Esta universidad solo ofertaba una plaza, por lo que cuando llegué, no conocía a nadie, no fui con ningún español ni nadie de mi universidad. Y más que eso, ningún Erasmus hacía mis asignaturas, por lo que todos los días iba a clase con nativos alemanes a quienes es difícil acceder. El ambiente en clase no era lo que solemos ver en España, grupos de amigos que quedan antes y después de clase. En mi universidad la gente iba a clase sola y cuando acababa, se levantaban y se iban. No había apenas interacción entre ellos, ¡ni mucho menos conmigo!

Para futuros Erasmus, ¡valoradlo todo! El clima, el ambiente, la dificultad de adaptación, la calidad de los alojamientos… Todo cuenta para la salud mental y felicidad durante la estancia. De hecho, al haber elegido una universidad tan buena (30ª mejor universidad en economía del mundo), la exigencia era muy alta. Eso no me permitió tener un Erasmus relajado y lleno de fiesta, que es como suelen pintarlo quienes vuelven de sus ciudades.

Hasta ahora os podéis hacer a la idea de la situación: estaba en una residencia donde no había nadie de Erasmus, iba a la universidad sola y tenía mucha carga lectiva y de trabajo en casa. El clima no acompañaba y en general, la sociedad alemana (muy a mi pesar porque quería quitarme el estereotipo) sí es fría y seria. Alguien podría preguntarse, ¿cómo aguantaste entonces? Intentando sacar algo positivo cada día.

Cuando llegué un mes antes de que empezaran las clases y no conocía literalmente a nadie me fui a pasear muchas veces sola por la ciudad. Iba con mi música, pensando en mis cosas, disfrutando de los rayos de sol de la ciudad antes de que empezara el otoño (que es casi un invierno para los que estamos acostumbrados al clima mediterráneo). Me esforcé por visitar museos y encontrar cada día algo que me animara a salir de casa.

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Por fin la segunda semana de septiembre comencé a conocer a gente. Hicimos un grupo grande y salimos de fiesta el primer mes cada viernes y sábados. Fuimos a karaokes y conocí a mucha gente. Este mes sería lo más parecido a lo que suele ser el mes de Erasmus para la mayoría de la gente. A estas alturas no había empezado el curso todavía y decidí sumergirme en la vida social al completo.

Algo que marcó también mi experiencia fue el trabajar en el Oktoberfest. Durante dos semanas y tres fines de semana trabajé de 11h a 23h en la carpa Marstall sacando fotos a los turistas y vendiéndoselas posteriormente. Necesité mucha resiliencia y fuerza porque era la primera vez que trabajaba en un entorno de fiesta donde todo el mundo va ebrio menos quienes trabajamos. En estas semanas me apoyé muchísimo en el grupo de chicas de todo el mundo que trabajaban como yo en la carpa. Aquí tuve la oportunidad de ver que cuando una carga se comparte, el sentimiento de desolación desaparece. Porque cuando eran las 22h30 y acababa el día, todo lo que necesitábamos era la mirada cómplice de “yo también me he cruzado hoy en la carpa con personas ebrias desagradables”. Tuve momentos duros, pero valió la pena ya que la remuneración era alta y yo quería el dinero para ir a ver a mi novio a China, donde estaba él de Erasmus.

Esto me lleva al siguiente punto: ¡relaciones a distancia! Si tomáis la decisión de iros al extranjero y vais a mantener una relación, armaos de paciencia. Todo es posible si le echáis ganas, pero al mismo tiempo, hay que estar preparado para ser flexible, transformar la relación en lo que cada uno pueda dar durante su periodo de adaptación y también saber perdonar el no recibir lo que se vive en una relación cara a cara.

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Ya en el mes de octubre comenzaron las clases y mi curso de alemán (aquí venía yo a por mí C1 que tanto quería). La universidad como tal era increíble, los profesores buenísimos y las clases se disfrutaban. Es una universidad del siglo XIV por lo que caminar por los pasillos de esta transmitía esa ansia de “búsqueda de la verdad”. Uno podía imaginarse a eruditos subiendo las escaleras y a sabios enseñando su conocimiento en las aulas hace siglos. Fue sin duda lo que más disfruté de mi estancia: el haber adquirido unos conocimientos tan bien enseñados de la mano de profesores muy bien preparados a nivel pedagógico.

Esto fue de la mano con un rebajar la fiesta y los planes para poder llevar al día toda la materia. Sí que antes de los exámenes tuve tiempo de viajar a Salzburgo, Praga, Innsbruck, Ammersee, Liubliana… Descubrí mucho de la historia de Europa y de las gentes que viven en estas ciudades.

Pero también aprendí algo: el con quién es tan importante como el cómo y el qué. Porque unido al con quién está el para qué, y algo con lo que yo he sufrido bastante es con el sentir que toda la gente que iba conociendo era efímera, pasajera. Pensaba ¿por qué debería estar dedicando mi tiempo a personas a quienes solo les importa salir? ¿por qué no hay un interés por conocer a las personas realmente? Sentía que a mi alrededor todos sabían que en un año no sabríamos los unos de los otros y eso me vaciaba. Porque me costó encontrar a esas 3-4 personas en quienes me podía apoyar en mi día a día y con quienes podía compartir mis alegrías y preocupaciones. Personas que sí querían ser amigos, con todas las letras.

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Creo que la búsqueda de autenticidad en todo lo que hacemos nos asegura rodearnos de personas sinceras y de confianza, a quienes nos abrimos y se abren. A la vez, este deseo nos lleva a tener decepciones, a llevar un camino más lento, a no conformarnos, ser exigentes. Porque yo soy el tipo de persona que se entrega, que no quiere estudios a medias, amigos a medias. Quizás por eso mi experiencia ha sido tan diferente, porque no he conseguido ver el valor de lo efímero, ¡y probablemente sea mi error! Así que eso es lo que me llevo. Un aprendizaje personal, un autoconocimiento… ¡y el tan ansiado C1 de alemán!

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Jaime Redondo – ELUs por el Mundo

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Es una noche de invierno en las Highlands. En el horizonte asoma el océano entre enormes montañas. A mis pies, un lago cristalino refleja la luna llena en un cielo escocés sorprendentemente despejado. En mi mano un palo afilado a punta de navaja sostiene una salchicha precocinada que se calienta en un dulce fuego que sabe a verano y a verbena. Y a mi lado, en los rostros de Danny, Mascha e Iván, me siento europeo, me siento amigo, pero sobre todo, me siento humano.

No puedo sino maravillarme por todas las formas en las que este año de siete meses me ha transformado. Por eso, siempre que pienso en ello siento la necesidad de recalcar un agradecimiento y decir que he tenido la tremenda suerte de vivir desde septiembre en la ciudad de Mánchester, en un Erasmus que ha sido más fructífero que lo que pudiera haber imaginado.

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Tras tres años de Matemáticas y Física en Madrid, la rutina cada vez se acercaba más al tedio. Yo era incapaz de conformarme con eso, la Universidad tenía que suponer algo más, así que en un alarde de rebeldía, que no en vano dijo Marañón que es la virtud fundamental de la juventud, decidí dar la vuelta a mi propia vida, a los propios planes que yo había tejido en busca de aquello que añoraba aun antes de saber lo que era.

Me recibió una ciudad que me enamoró antes de la primera noche. Aunque en términos demográficos es grande, el centro de Mánchester es pequeño, al menos, en comparación con Madrid. Y mi residencia, la que sería mi hogar, no podía estar mejor situada. De verdad. Un día, teniendo clase a las 9, me desperté a las 8:55 y aun así llegué puntual. Para mí, acostumbrado a pasar más de dos horas diarias en los subsuelos de Madrid, eso abría un mundo de posibilidades que no pensaba dejar de aprovechar.

Pero vayamos por partes y no adelantemos acontecimientos. Estamos en septiembre y las posibilidades para un recién llegado a Mánchester eran infinitas. Había llegado allí solo, pero la propia Universidad, acostumbrada a recibir varios miles de nuevos estudiantes de todas las partes del mundo cada año, había previsto esa circunstancia. Así que por delante tenía dos semanas de la llamada “Freshers Week”. Valga pues decir brevemente que disfruté como nunca esos días, que pude conocer a cientos de personas, muchas más de los nombres que puedo recordar, y que después de eso, nunca más me sentí solo.

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Pero llegó el primer día de clase y había que ponerse las pilas. He olvidado decir por qué elegí Mánchester en particular. Pues bien, con dos premios Nobel en el cuerpo docente y una gran inversión es sin lugar a dudas la mejor Universidad para estudiar Física de Europa (sí, incluso por delante de Oxbridge), y una de las mejores del mundo. Y esto se hizo patente: una facultad repleta de recursos, unos profesores realmente preocupados de que su enseñanza sea lo mejor posible, siete plantas de laboratorios e investigación de alto nivel, y prácticamente todas las semanas sándwiches y café gratis para los estudiantes. ¿Qué más se puede pedir?

Es cierto que el sistema británico difiere mucho del español. La mayoría de los profesores se conforman con ser “Lecturers”, es decir, llegan al aula, imparten su lección y la abandonan, sin mayor preocupación por el alumno. No obstante, la organización de las materias es algo que como alumno se agradece mucho. Todas las lecciones estaban planeadas desde el primer día, todos los apuntes, hojas de problemas y soluciones eran recursos accesibles, y si aún querías más, todas las clases eran grabadas y publicadas para poder verlas todas las veces que hicieran falta. Allí han sabido integrar la tecnología en la educación universitaria de una forma extraordinariamente eficaz, y esto, por ejemplo, ha resultado en que su adaptación a los tiempos de pandemia haya sido ejemplar.

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Pero hay un último elemento que es la guinda del pastel que ya es la propia Universidad. Un profesor mío decía que todo lo se ha inventado en Inglaterra, en realidad se inventó en Mánchester, y lleva buena parte de razón: pude dar clase en el edificio donde Rutherford descubrió el átomo, la facultad de Matemáticas llevaba el nombre de Alan Turing y su orgullo por bandera, y cada edificio, incluso muchas aulas, llevaban nombres de grandes profesores, ingenieros, empresarios de tiempos de la Revolución Industrial, sociólogos o filósofos que pasaron por Mánchester y dejaron su huella.

Suficiente en cuanto a la parte académica, y es que no solo de pan vive el hombre, ni de ecuaciones un servidor. Viviendo tan cerca de la Universidad se me ofrecía la posibilidad de participar en un montón de asociaciones y sociedades, y así lo hice. Los que me conocen ya saben de mi pasión por el teatro, y era algo a lo que no estaba dispuesto a renunciar. Encontré mi hogar y una bonita familia en algo que me sumergió de lleno en la cultura inglesa: la pantomima.

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Preparamos durante todo el semestre de invierno una pantomima de Blanca Nieves, ensayamos divertidísimos monólogos, desternillantes bailes y horrorosas canciones con las que llenamos un auditorio dos noches consecutivas y recaudamos más de 1000 libras para la Sociedad por la Esclerosis Múltiple. Entre ensayo y ensayo, yo aprendía los chistes que solo a un británico le podían hacer reír, y es que… ¡era el único no inglés allí! Eso es lo que se llama inmersión cultural. Y es que interpretar en un idioma que no es el tuyo es notablemente complicado, pero tuve la suerte de encontrar en Alyx y Will unos directores maravillosos. Bueno, quizá no tanto. Minutos antes del estreno me dijeron que en un monólogo pronunciaba mal una palabra, pero no me lo habían dicho antes porque les hacía gracia como lo decía. Ingleses…

Además del teatro y de la natación, que se puede decir que eran continuación de cosas que ya formaban parte de mi vida, decidí incorporar elementos nuevos. El primero de ellos fue la magia: en una pequeña asociación recién nacida nos juntábamos unos cuantos estudiantes para aprender trucos nuevos juntos. Y aunque no aprendí mucho, me lo pasé muy bien, e incluso llegué a actuar delante de una audiencia en el sótano de un bar sórdido de las afueras de Mánchester. Creo que esto último lo debería poner en el currículum.

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La segunda de las novedades en mi vida fue el cine. Aunque se vio frustrado por la cuarentena y no pude terminar todos los proyectos en los que quería participar, sí hubo tiempo para rodar un pequeño corto hitchcockiano. Pero la tercera novedad y la más valiosa fue el baile. Los martes: clases de Forró, que es un baile del noreste de Brasil súper relajante. Los miércoles: clases de Tango. Los viernes: clases de Bachata. Y ocasionalmente alguna clase de Swing o de Charleston. No me siento orgulloso de haber aprendido tango argentino de manos de un inglés, pero sí extremadamente feliz de haber encontrado en mi profesor, Joe, así como en mis compañeros Diana, Cerys, Alex, Ollie, Bola, Su, Gustavo, Letizia y muchos otros una pequeña familia donde disfrutar del baile, ser consciente de mi propio cuerpo y alejar por unas horas toda preocupación de mi cabeza. Recuerdo con especial cariño un día que pasamos en el piso de Joe, cocinando pizzas, tomando cócteles y bailando desde la una del mediodía hasta la una de la madrugada. Eso también es familia y eso también es felicidad.

Hay un último elemento sin el cual mi Erasmus no hubiera sido igual. Como si de los protagonistas de Cómo conocí a vuestra madre se tratara, encontramos también en el Grove nuestro propio bar. Allí, donde pasé fácilmente más de la mitad de las noches era tremendamente feliz. Bien fuera echando un Fifa con Jose, jugando al billar con mis gallegas favoritas, cantando operetas con Alessio o simplemente disfrutando de la buena compañía de Miguel, Iván, Mar, Silvia, Pedro, Alicia, Isa y el resto de mi querido grupo de españoles que no puede faltar en ningún Erasmus, las horas pasadas en el Grove son algunas de las más felices de mi vida.

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Cada una de estas cosas ha ido calando en mí de una forma distinta, asentándose en mi forma de ser. No sólo he aprendido a gestionar el estar solo, que no es lo mismo que la soledad, sino que me he encontrado a mí mismo: encima de un escenario, o bailando, o sentado en un sillón con una pinta en la mano. No hay que olvidar pequeños viajes a Escocia, Liverpool, York, Londres o Sicilia que también son parte de esta experiencia. Al final, todo se trata de lo mismo: viajar hacia fuera y hacia dentro a la vez. En el viaje uno se puede encontrar consigo mismo, y eso ya lo dijo Machado cuando escribió caminante no hay camino/se hace camino al andar.

Y repentinamente mi Erasmus tuvo que acabar, pero esto solo quiere decir que una nueva etapa espera. Como dice Bilbo al final de El Señor de los Anillos, “creo que estoy listo para una nueva aventura”. Pues bien, ahora llevo en mi saco muchos nuevos aprendizajes. Desde cómo hacer una tortilla de patata (con cebolla, por supuesto), hasta monólogos shakesperianos pasando por bailes nuevos, ideas nuevas y sobre todo, amigos y compañeros de viaje nuevos. Gracias a todos ellos, puedo decir que mi objetivo de Erasmus se ha cumplido, que la Universidad ha sido algo más, y que hoy soy algo más de lo que era en septiembre. Soy más maduro, soy más feliz, soy más humano.

Y tú, ¿a qué esperas para irte de Erasmus?

Vida ELU Diego 1

Diego Sánchez – ELUs por el Mundo

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Quince minutos. Es el escaso tiempo que pasa desde que salgo por la puerta de mi casa hasta que llego a la Complutense, donde estudio Matemáticas y Física. Son apenas cinco minutos más de los que tardaba en llegar al instituto. Es muy cómodo, no lo voy a negar, pero al mismo tiempo ligeramente decepcionante. Sacarme el carnet de conducir supuso un mayor cambio en mis rutinas que entrar a la universidad y eso no suena demasiado bien.

Me llamo Diego y estoy en último curso de la ELU. Cuando era pequeño, me encantaba ver “Madrileños por el mundo”. Ver a gente que se había atrevido a trasladarse a Japón, Bolivia o Noruega me resultaba fascinante. Me parecían personas muy libres y con mucho que contar. Recuerdo perfectamente decirle a mi madre que yo algún día saldría en el programa. Por eso, mi elección universitaria es un tanto contradictoria. Por eso, el pasado 2 de septiembre, cogí las maletas para irme de Erasmus a París.

Probablemente estarás pensando que París tampoco es el fin del mundo. Y tienes toda la razón. Pero me gustan mucho las matemáticas, el francés y los museos interminables, así que la Sorbona parecía un acierto seguro. Spoiler 1: lo ha sido. Spoiler 2: no es oro todo lo que reluce.

Lo primero que me llamó la atención cuando llegué a la que iba a ser mi ciudad para los próximos meses fue la burocracia. Me habían prevenido al respecto, Francia y sus papeleos son famosos, al fin y al cabo hay quien dice que la administración de los Estados modernos tiene su origen en Napoleón. En cualquier caso, no podía ni imaginarme el monstruo de siete cabezas con el que me iba a tocar batirme. El día de mi llegada a París estuve esperando cinco horas y media (¡cinco y media!) para que me dieran la llave de mi habitación en la residencia. Y fui de los que tuve suerte, hubo más de un Erasmus que tuvo que buscarse un hotel.

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Lo que en el momento fue bastante desesperante, ahora es un bonito recuerdo que me hace sonreír. Y no tanto por la idealización de algo negativo, sino por todo lo que he aprendido desde entonces. Dicho en una palabra: paciencia. Algunas de mis actividades de mi primer mes de Erasmus fueron hacer un horario juntando asignaturas de distintos itinerarios, cumplimentar la documentación para que me concedieran la beca de ayuda al alojamiento o llamar por tercera vez a la oficina de transporte público para que me dieran la tarjeta del metro. Ninguna de estas cosas es demasiado complicada, pero requiere respirar y dejar que todo fluya. He aprendido muchísimo en este aspecto, y eso se hizo especialmente patente el día 10 de enero. Era viernes, acababa de terminar exámenes y estaba saliendo de tomar una copa en un bar bastante chulo del Barrio Latino. Suerte que solamente me tomé una (los precios de París son un tema para otro día) porque recibí una llamada urgente al filo de la medianoche. Al parecer, salía agua por debajo de la puerta de mi habitación. Volví lo más rápido que el transporte público me permitió (las huelgas de París también son un tema para otro día) y me encontré con mi cuarto con dos dedos de agua por una tubería que había reventado. La cosa no acabó ahí, puesto que tardaron doce (¡doce!) días en arreglar el problema. Tiempo que yo pasé sin agua corriente, mendigando cocinas y duchas de mis vecinos, que se portaron fenomenal conmigo. Arturo, si lees esto recuérdame que te debo por lo menos un helado. Bromas aparte, estoy convencido de que el Diego de hace un año se habría visto superado. Sin embargo, asumí la situación con bastante calma y es algo de lo que me siento ciertamente orgulloso. También es cierto que con escapadas ocasionales por París junto a personas como las de esta foto todo se hace más sencillo.

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Hasta aquí la parte negativa, gracias por escucharme. Porque todo lo demás ha sido maravilloso. Es una gozada, por ejemplo, pasar una noche electoral lejos de casa siguiendo los resultados con tus amigos de Taiwán. Es aún mejor hacer una porra todo el grupo sobre cómo va a quedar el asunto y que haya españoles que acierten menos que los extranjeros. Es lo que tiene dejarse llevar más por el corazón que por la cabeza para repartir escaños, recuerden leer siempre a Kiko Llaneras antes de hacer sus predicciones. Todo ello aderezado con algún pique amistoso, muchas risas y comida de importación para celebrar la fiesta de la democracia. El gazpacho Alvalle y las galletas Rebuenas de Mercadona siendo la parte más importante de todo lo anterior, por supuesto.

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Debo reconocer, eso sí, que la multiculturalidad tampoco ha sido mi mayor fuerte en esta experiencia. Pinshuo, Peggy, Giuseppe, Mafalda y Yannick son la honrosa excepción en un grupo de amigos formado mayoritariamente por españoles que gritamos mucho y nos saludamos con efusivos abrazos. Ya les hemos pegado estas patrias costumbres, y es que no hay mejor momento para sacar a relucir el orgullo nacional que cuando estás en el extranjero. Es precisamente ese sentimiento de compartir cultura y costumbres lo que ha contribuido a unirnos tanto estando lejos de casa.

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Como no soy muy dado a utilizar Instagram, aprovecho para compartiros algunas fotos más que muestran variopintas actividades de mi vida parisina, no todas ellas previamente esperadas. He patinado sobre hielo en la azotea de las Galerías Lafayette con la Torre Eiffel de fondo, yo, que tengo miedo a esquiar. También, y para asombro de mi madre, he cocinado migas con chorizo y pimiento verde con notable éxito (compré pan de más por error, larga historia). Incluso he jugado al baloncesto a oscuras con cinta reflectante y luz estroboscópica como única manera de ver algo. Recomiendo probarlo.

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No puedo dejar de mencionar la pequeña pero bonita comunidad ELU que hemos formado durante estos meses Tessa, Miguel, Rubén y yo, con la incorporación de Paula desde Reims cuando los horarios de Flixbus lo han permitido. Juntos hemos llevado el espíritu cultureta que nos caracteriza a París, visitando la casa-museo de Rodin, la tumba de Napoleón y el 59 de la rue Rivoli, una curiosa exposición de arte contemporáneo donde resulta complicado distinguir a artistas de visitantes. Además, como en la variedad está el gusto, también hemos compartido comidas en un barco atracado en el Sena, hemos bebido cervezas acompañadas de muchos cotillELUs y nos hemos encontrado por casualidad de fiesta en las discotecas que dan descuento con la tarjeta de la Erasmus Student Network. Incluso Jorge se dejó caer por sorpresa y nos hizo una agradable visita desde tierras valencianas. Para la próxima esperemos que traiga paella. Agradezco mucho la presencia de todos ellos, los ratos que hemos pasado juntos tenían un dulce sabor a hogar.

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Evidentemente, ni en mis previsiones más pesimistas habría pensado que mi Erasmus se vería abruptamente interrumpido de la manera en la que ha ocurrido. El 12 de marzo mis padres me llamaron según salía hacia la facultad para decirme que la cosa parecía estar poniéndose fea, que había rumores de que se podían llegar a cerrar las fronteras y que quizás lo mejor sería volverse a España. Hay veces en las que es mejor no discutir lo que te dicen tus padres cuando están preocupados. Compré los billetes de avión en el metro camino a la universidad, llegué allí dándole vueltas a la cabeza, hice un examen (que no me salió nada mal dadas las circunstancias) y, esa misma tarde, maleta a toda prisa y al aeropuerto; aterricé en Madrid a las 22:00. Un día completito en el que aún hubo tiempo para una foto rápida de despedida en la cafetería de la Sorbona. Suerte que ese día llevaba una sudadera apropiada. Ni siquiera entonces pensé que sería la última vez que comería allí, basta ver lo sonriente que salgo.

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El tiempo ha volado y ya han pasado dos meses desde aquel día. Tengo previsto volver a París a recoger las cosas que me dejé y quizás a hacer algún examen presencialmente. Pero, dado lo incierto de la situación, doy mi Erasmus como tal por acabado. Escribir esto me resulta amargo, pero también siento que el recorrido personal que ha supuesto la experiencia en su conjunto es algo que permanecerá siempre conmigo. Soy una persona mejor que la que se marchó en septiembre: un poco más sabio, más adulto, más feliz.

Además, hay un último detalle a mencionar. Me estaba gustando tanto el Erasmus que me puse a buscar y… ¡encontré! En pocas palabras, me han concedido una movilidad para el curso que viene en la Université de Montréal, Canadá. Si el coronavirus lo permite, para allá marcharé a finales de agosto. Quizás, bastantes años después, estoy por fin consiguiendo parecerme a aquello que soñaba frente a la tele cuando era un enano. Ya lo dijo Gregorio Marañón: “Toda la vida seremos lo que seamos capaces de ser desde jóvenes”.

¿Volverás a Madrid? Desde luego que sí. Sin embargo, por el momento, toca perseguir el viento.

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Rebeca Arranz- ELUs por el Mundo

Por:

¡Hola chicos! Soy Rebeca Arranz, ELU de tercero, y este año estoy viviendo mi Erasmus en Toulouse.

Toulouse es una ciudad al suroeste de Francia perteneciente a la “région Occitanie”. Mi elección, de última hora. Finalmente me decanté por el idioma y la esperanza de no pasar un año con un clima despiadado. Uno que no me dificultara demasiado el desprenderme de mi querido sol, casi perpetuo en Madrid, por unos meses. El resultado, una ciudad que me ha encandilado y de la cual me va a costar trabajo despedirme.

Es la cuarta ciudad más grande de Francia, detrás de París, Marsella y Lyon, con alrededor de medio millón de habitantes. Para mí, que vengo de Madrid, justo lo que quería. Una ciudad acogedora donde poder pasear a todas partes prescindiendo del transporte público. Gracias a ello, he podido cumplir uno de mis sueños, ir en bici a la universidad, a entrenar e incluso para volver de fiesta. Es un placer que voy a echar mucho de menos a la vuelta cuando tenga que atravesar Madrid cada día para ir a la uni. Aquí se toman muy en serio la necesidad de reducir el uso de transportes privados y la ciudad está acondicionada para los miles de ciclistas que circulan por sus calles todos los días.

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Y es que Toulouse es una ciudad para patear ya sea en bici o andando. Recorrer sus numerosos canales alimentados por el río Garona no tiene precio, sobre todo cuando vienes de una ciudad donde al río le cuesta mantenerse con vida. Sus calles adoquinadas y sus edificios, en su mayoría de poca altura con ese característico color rosado, te invitan a pasar las tardes sin mirar el reloj buscando un rinconcito donde disfrutar de un buen libro con un imprescindible crêpe de chocolate. Es por ello que la ciudad recibe el nombre de “Ville Rose” y convierte sus atardeceres en los más bonitos que he visto en mi vida.

Las visitas obligadas son numerosas: la plaza del Capitolio, la catedral de Saint-Étienne, caminar por el barrio de Carmes, las vidrieras del convento de los Jacobinos y, con la que no puedo evitar quedarme embobada, la basílica de Saint-Sernin, la cual se puede ver desde casi todos los puntos de la ciudad. Toulouse es culturalmente muy activa. Cada día tienen lugar numerosos conciertos, conferencias y exposiciones de los temas más diversos. Es también una ciudad muy universitaria por lo que te acabas dando cuenta de que amigos franceses los que menos y españoles en cada esquina.

Aunque parezca que no vine a estudiar, lo he hecho y mucho. Yo venía a la Université Toulouse I Capitole donde se pueden estudiar grados como Derecho, Informática o Economía. Aun así, mi llegada guardaba una sorpresa, y es que mi plaza era más bien para estudiar asignaturas de Máster en la TSE (Toulouse School of Economics) donde me ha tocado sufrir un poquito aunque con mucho aprendizaje a todos los niveles. Tendría que haberme esperado un regalito como éste de mi querida Carlos III, muchos me entenderéis.

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Este pequeño obstáculo me ha servido para afrontar mi carrera de una manera diferente y para conocer gente apasionada que me ha hecho ver aquello que puede llegar a gustarme de lo que hago o más bien, aquello a lo que no estoy llamada ni por asomo. Como no podía ser de otra forma, también ha habido tiempo para el deporte. Otro sueño cumplido ha sido el poder entrenar en otro país y clasificarme para el nacional universitario de Cross en Grenoble. Experimentar de primera mano cómo viven el deporte que practico ha sido súper enriquecedor como atleta y como persona.

Y como en casi todo Erasmus no han faltado los viajes. Entre ellos salidas curiosas por los alrededores de Toulouse (Carcasonne, Albi, Burdeos o Montpellier) y otras que me han llevado a coger buses de, mejor no os digo las horas, para visitar Lausana, Constanza, Zúrich o, esta vez en avión, Nápoles, huyendo por los pelos de la que se avecinaba.

Mi idea era escribir estas palabras una vez finalizada mi estancia para hacer un balance global de esta experiencia transformadora, pues sabes dónde empieza pero nunca dónde acabará. Tristemente, estos últimos meses se han visto truncados por la difícil situación que estamos viviendo. No obstante, decidí no poner un punto y final tan brusco y aquí sigo exprimiendo las últimas gotas de mi primera vez fuera de casa. Unos meses en los que he conocido gente de todas las partes del mundo y sobre todo, me he conocido a mí misma, sintiendo que este es también el camino que me lleva a ser más útil para los demás.

Espero que todos estéis lo mejor posible y que estéis convirtiendo esta situación en oportunidades que aprovechar. Yo seguiré disfrutando de los atardeceres más bonitos que conozco, aunque esta vez sea desde mi ventana.

Bisous!

 

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Julia Salafranca – ELUs por el Mundo

Por:

Buenas! Como ahora mismo nos encontramos todos encerrados en casa sin poder salir (a menos de que seáis el elegido de la familia para hacer la compra o unos afortunados por tener perro), la única forma que tenemos de viajar y conocer otros lugares es mediante la experiencia de los demás. Así que, os voy a contar un poquito de mi “Erasmus” en Gante, Bélgica.

Gante 2Mi nombre es Julia, y estoy en el último año de la ELU. He puesto Erasmus entre comillas porque no estoy aquí como estudiante, sino trabajando en un laboratorio. En Escocia, donde curso la carrera de Inmunología, nos permiten añadir un año de prácticas entre nuestro tercer y cuarto año para adquirir la experiencia necesaria en la investigación, y así graduarnos con un máster.

Por lo tanto, mi experiencia Erasmus ha sido completamente diferente. He de admitir que al principio me costó un poco compaginar el trabajo, la vida social y el dormir – y como dicen, solo puedes elegir dos de las tres opciones y no os va a costar imaginaros cuál salió perdiendo. Poco a poco, me fui acostumbrando al estar en una nueva ciudad y mi ritmo de vida se fue relajando, llegando a recuperar las horas de sueño y conociendo cada fin de semana un sitio nuevo. Yo creo que no podría decir que mi Erasmus ha sido en Gante, ya que he viajado tanto que me conozco los Países Bajos como la palma de mi mano. Y es que esa es una de las grandes ventajas que tiene un país tan céntrico en Europa como Bélgica, que todo está cerca para quien tiene ganas de conocer nuevos lugares.

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Me gustaría brevemente introduciros a la increíble ciudad en la que he estado viviendo estos últimos meses. Gante es una ciudad que poco a poco se está dando a conocer, y no sin motivo. Su casco histórico es una auténtica maravilla medieval, donde se alternan las impresionantes torres y enormes iglesias con gigantescas plazas y espacios abiertos, y, donde las fachadas de las estrechas casas que dan a los canales cuentan la historia de las personas que vivieron en ellas muchos años atrás.

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La ciudad es un perfecto ejemplo de la gastronomía belga, ya que está llena de bares donde ofrecen hasta 500 tipos de cervezas diferentes en un mismo bar, de “frituur” donde probar las famosas patatas belgas y de puestos donde tomarse un buen gofre de chocolate.

Mi experiencia Erasmus estos meses ha sido increíble. No solo por la gran cantidad de gente nueva que he conocido y los lugares que he podido visitar, sino porque me ha permitido descubrir mi vocación y ha reforzado mi pasión por lo que estudio y la trayectoria que he escogido.

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Finalmente, me gustaría agradecer a las personas que han hecho mi Erasmus tan especial, ya que sin ellos no hubiera sido lo mismo. También a mis compañeros de piso, que han roto todos los estereotipos de fríos y reservados de los belgas, conservando solo el de amantes de la cerveza, y me han acogido como a una más en su país, invitándome a conocerles mejor.

Cuidaos mucho,
Julia

Vida ELU Gante

Victoria Nácher nos cuenta su experiencia como “corresponsal” de su Erasmus en Gante

Por:

Que este año haría cuarto de arquitectura fuera de España era algo que tenía bastante claro desde hacía ya tiempo, aunque nunca había tenido claro dónde sería. Y es que Europa lo pone difícil. Viena, Milán, Oslo o Estocolmo fueron algunas de mis primeras opciones. Pero como todo pasa por algo, finalmente me decanté por Gante. Y os explico por qué. Bueno, en realidad me decanté más bien por una universidad, la Católica de Lovaina (Katholieke Universiteit Leuven), considerada como una de las mejores de Europa y del mundo, y que casualmente tiene su campus de arquitectura en Gante. Así que aquí he acabado, y ahora, un semestre después, puedo decir firmemente que no me arrepiento de mi elección.

Pero no todo se quedó ahí. Para mi sorpresa, mientras estaba algo agobiada con el papeleo del erasmus y búsquedas interminables de pisos en Gante, en pleno junio, me llegó un correo de la universidad. Sí, de estos que nunca leemos. Pues bien, gracias a Dios que este me dio por leerlo, y lo que al principio pareció una remota oportunidad de ganar una beca de 600 euros mensuales básicamente por irme de erasmus, acabó por convertirse en una realidad que me ha hecho vivir esta experiencia desde su faceta más interesante, curiosa y gratificante.

Y es que el correo lo firmaba, enviado a través de mi universidad, la Politécnica de Valencia, la organización “Turismo de Flandes y Bruselas”. En él ofrecían un total de 8 becas de 600 euros mensuales para 8 universitarios (+2 para los meses de verano) que fueran a realizar su erasmus durante el siguiente curso académico en alguna de estas 4 ciudades de Flandes: Bruselas, Gante, Lovaina y Amberes (actualmente y desde noviembre también la ciudad de Brujas entra en esta selección de ciudades belgas). Las 8 becas se repartirían a 2 por ciudad, siendo cada una de ellas para un alumno del primer semestre y otro distinto del segundo semestre.

¿Y por qué ofrecer estas becas? Pues bien, cada uno de los seleccionados sería desde que firmase su contrato, oficialmente el corresponsal de su ciudad para “Turismo en Flandes y Bruselas”. ¿Qué quiere decir eso? Que como corresponsal el estudiante debería escribir en un blog su experiencia en la ciudad como erasmus, para así animar a futuros universitarios a venir a Flandes a vivir esta magnífica oportunidad. ¡Así de fácil! Bueno, sí, es un trabajo como cualquier otro, pero al fin y al cabo es como vivir contando en un blog tu día a día, ¿no?

Pues bien, yo tuve la increíble suerte de que, tras un proceso de selección que incluía carta de motivación, carta de recomendación y video de presentación, una tormentosa tarde de agosto me llamasen diciéndome que desde septiembre hasta enero sería la corresponsal en Gante, la ciudad que me ha enseñado tantísimas cosas…

Por eso tenía que contároslo, tanto para aquellos que queráis leerme en el blog www.erasmusenflandes.com por si algún día os encontráis haciendo vuestro erasmus en esta preciosa ciudad, como para aquellos que os animéis a participar para convertiros en el próximo CORRESPONSAL EN FLANDES. Si es así, no dudéis en contactar conmigo para cualquier duda. ¡Mucha suerte!

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Daniel Sada – ELUs por el Mundo

Por:

“Mi experiencia en Roma está siendo una auténtica pasada. Al principio no me convencía mucho Roma como destino: estaba muy cerca de casa, es una ciudad que ya conocía, iban varios amigos míos de la universidad… Pero cuando finalmente escogí Roma, decidí ir a la aventura. Me busqué compañeros de piso que no conocía de nada, una zona de Roma también desconocida para mí, y una universidad que nada tenía que ver con la UFV. Y ahora que estoy ya acabando mi periodo de Erasmus, puedo decir que fue la decisión correcta.

Uno puede pensar que Italia y España son bastante parecidas con todo esto de la cultura mediterránea, pero para nada. Desde el principio me sorprendió el estilo de vida italiano. Comen a la 13:00 horas, cenan a las 18:00-19:00 horas, y esa costumbre española de cervecitas con tapas en una terraza es inexistente aquí.

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Sin embargo, Roma te ofrece a cambio miles de oportunidades distintas. No solo todo el turismo evidente (Coliseo, Vaticano, Capilla Sixtina, las cuatro grandes basílicas…) sino que cada calle, cada casa, cada edificio tiene su historia. Y eso es algo que se nota. En Roma, parece que todo se hace a lo grande. Y pasear, y más aun vivir en Roma, te hace sentir parte de algo más grande. La gente que se piense que conoce Roma, en realidad no tiene ni idea. Es una ciudad que tiene cada día una cosa nueva por descubrir, y después de cuatro meses viviendo aquí, me he enamorado de ella. Y sé que todavía me falta tanto por conocer…

Mi primer día en Roma, he de decir que llegué un poco preocupado. ¿Conocería a gente guay? ¿Me costaría mucho hacer amigos? ¿Me llevaré bien con mis compañeros de piso?… y todas esas preocupaciones se me fueron esa misma noche. Había una fiesta organizada para los alumnos erasmus, y nada más llegar ya conocí a lo que pasaría a ser mi cuadrilla (la llaman así porque son casi todos vascos jajaja). Me encontré metido en un grupo de gente totalmente distinta a mí, con ideas completamente diferentes, y más fuera de mi burbuja de lo que nunca había estado, y sin embargo me sentía como en casa.

A partir de ahí, todo fue a mejor. Una cosa muy buena del Erasmus en general, y de Roma en específico, es que te permite viajar mucho y muy barato. En la segunda semana ya habíamos organizado un viaje, y nos fuimos a Nápoles (la mejor pizza del mundo sin duda), Pompeya y a la costa amalfitana. Una maravilla de viaje. Después hemos hecho muchos viajes más: Florencia, Milán, Venezia, Marsella, Holanda… No hemos parado.

Otra cosa que me ha encantado de Roma es la universidad. Se llama la LUISS, y la verdad, no había oído hablar de ella en mi vida. Pero es la leche. Nunca había visto una uni con tanto ambiente en el campus, con tanta actividad. Para que os hagáis una idea, en cada pasillo hay una guitarra colgada, para que si a alguien le apetece se la pueda llevar a los jardines a tocarla un rato. Tienen una zona de radio y música por si quieres relajarte un rato; una sala donde solo se puede hablar inglés con pianos, guitarras, café y galletas gratis, sofás para relajarse… En definitiva, una locura de universidad que me ha permitido conocer a muchísima gente de todas partes.

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Una diferencia un poco molesta de Roma comparado con Madrid es el transporte público. No es que vaya mal, es que es un auténtico caos. En realidad, toda la ciudad lo es, por eso me gusta tanto. Mis amigos y yo decimos que en Roma o le echas un par, o no cruzas un paso de cebra en tu vida. Porque aquí todo el tema de respetar semáforos no lo llevan. Con el transporte público igual, todo eso de seguir el horario como que no les apetece. Y un bus puede pasar cada 5 minutos, y luego no pasar durante 2 horas. Así que siempre tienes que estar preparado para todo.

Y esa fama que tienen los romanos de conducir mal: totalmente cierta. Pero yo no diría que conducen mal; más bien tienen sus propias reglas. Es un caos organizado, en el cual la gente hace lo que quiere, mientras sea más rápido que el otro. Si ves que el otro es más rápido, o hace el giro antes, o llega a un stop antes… le dejas pasar. Así funciona. Y una vez te acostumbras es una maravilla, porque en vez de preocuparte por seguir las normas, tienes que preocuparte por adelantarte al otro, lo que hace que conducir en Roma sea bastante divertido.

Por último, pero no por ello menos importante, quería hablaros de la fiesta romana. He de decir que no me ha decepcionado. Aquí la gente sabe cómo se sale. No tanto como en Madrid, pero saben lo que hacen. El hecho de que se pueda beber en la calle, con música, hielitos… te hace la vida mucho más fácil. Y ya si le sumas que el clima aquí es una maravilla (no he tenido que ponerme el abrigo todavía) hace que salir de fiesta sea muy fácil y económico. Hemos tenido la suerte de tener discotecas donde ponen música muy buena, con descuentos para erasmus… por lo que diversión no ha faltado. Pero mi plan favorito de Roma, sin duda, era ir a Trastevere a nuestro restaurante predilecto: pizza margarita a 3€ (tamaño familiar) y el litro de vino blanco a 8€. No había manera de no salir contento de ese sitio.

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Así como idea final, os recomiendo a todos los que no lo hayáis hecho que os vayáis de intercambio, y que no tengáis miedo a iros solos, a la aventura. Creo que esa es una manera única de conocerte mejor a ti mismo, salir realmente de tu burbuja, y ponerte al límite. Y ya si podéis hacer deporte si estáis de intercambio hacedlo, que a mí eso me ha faltado y se nota un poco jajaja.”

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ELUS POR EL MUNDO – JUAN Y ÁLVARO PRADOS

Por:

¡Hola a todos! Para los que no nos conozcan, somos Juan y Álvaro Prados, elus cordobeses de cuarto año, y ambos estudiamos Medicina. Por casualidades del destino, y rutina de nuestra vida ambos hermanos hemos acabado realizando este curso en la Akademia Medyczna We Wroclawiu (Wroclaw Medical University) en Wroclaw, Polonia… y contestando a la eterna pregunta, aunque aún no haya sucedido, sí, algún día nos separaremos, pero eso lo dejamos para otra newsletter 😉

Nuestra experiencia de Erasmus no ha podido resultar más satisfactoria y completa desde el primer momento, y Polonia, como veréis, el lugar perfecto para englobarla.

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No es una ciudad a priori muy conocida, pero sin embargo es la cuarta ciudad más grande de Polonia (tras Cracovia, Varsovia y Lodt), tiene unos 800.000 habitantes, y la tildan de ser la más “cálida” del país, algo que los “sureños” agradecemos bastante; aunque no deja de ser irónico hablar de calidez cuando te mueves en temperaturas negativas. Además, para bien, es una ciudad que gira en torno a la universidad; pues por aquí han pasado grandes personajes de la historia (muchos de ellos relacionados directamente con la Medicina) como Albert Neisser, Alzheimer, artistas como Silvius Leopold Weiss, y premios Nobel de distintos campos como son Paul Ehrlich, Erwin Schrödinger, Reinhard Selten, Friedrich Bergius, Max Born, Eduard Buchner, Philipp Lenard, Theodor Mommsen…, y este legado pesa mucho hoy en día. Además no solo cuenta con peso institucional, sino que la propia comunidad estudiantil universitaria es un componente grandísimo de la población, por ejemplo Wroclaw puede compararse en número de universitarios con Berlín, pero siendo una ciudad con 5 veces menos población, lo que te deja un ambiente juvenil, emprendedor, y entusiasmante de lo más contagioso.

Son muchas las facetas que hacen de esta experiencia que estamos viviendo algo valioso, entre ellas por ejemplo poder conocer de primera mano lo que para nosotros queda como países de Europa del este, entrar en lo más íntimo de su cultura y vivirlos más allá de la perspectiva turística; también destacaría poder practicar y mejorar el inglés (idioma en el que se desarrollan todas las clases y actividades, dicho sea de paso aprender polaco queda para la mayoría de los estudiantes internacionales descartado sabiendo su limitada proyección y que se trata de uno de los idiomas reconocidos como más difíciles del mundo), concretamente también nos importaba el inglés médico que en nuestra disciplina profesional resulta indispensable en la sociedad en la que vivimos y a la que tendemos.

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En cuanto al ámbito académico, tristemente con respecto al Erasmus solemos tener una concepción preformada de que no vaya precisamente a enriquecerte mucho, al menos no como lo haría el estar en España, y más en medicina que a veces se ve incluso como una pérdida de un tiempo valioso que luego habrás de recuperar de cara al MIR. Pero nada más lejos de la realidad, si bien la exigencia es menor que en España, eso no significa que el aprovechamiento también lo tenga que ser, al contrario, estando aquí hemos podido formarnos de una manera diferente, por ejemplo más práctica y autónoma, más enfocada en el paciente, y menos en los libros, dándonos un enfoque tan diferente como necesario, así como te permite conocer otros ámbitos universitarios, sistema educativo y sanitario; algo de por sí genial, a lo que también añadimos el hecho de convivir con gente de muy diversas procedencias (Europa, América, Asia, África) y estilos, aunque el ambiente más cercano a nosotros sea internacional de tintes mediterráneos, lo que hace fácil la adaptación y que te sientas casi como en casa.

Además, esta “menor exigencia del curso médico” (igual que pasará en otras carreras) te deja un hasta ahora desconocido tiempo libre, que como buen elu acabarás llenando hasta que te vuelva a faltar, y por ello que numerosas actividades de toda clase se cruzarán en tu camino y te permitirán desarrollarte en otros sentidos más allá del académico. Una de las posibilidades que este Erasmus ha traído y de las que más nos han gustado han sido los viajes, en lo que también tiene gran parte de culpa la ideal localización de nuestra ciudad, en pleno centro del viejo continente, que tan propio y conocido pensábamos y en el que al sumergirte te das cuenta de lo muchísimo que tienes por descubrir; entre ellos Polonia, Noruega, Lituania, Islandia, Hungría, Irlanda, Alemania, Rumanía, Grecia, Bulgaria, Israel, Turquía, Austria, Eslovaquia, República Checa…¡Y los que quedan!

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Por otro lado, en el terreno más del día a día, vivir en una residencia es algo que no puedo recomendar más, si bien el salir fuera de casa ya es totalmente transformador para aquellos que estudiábamos la carrera aún en el hogar familiar, encontrarte de repente inmerso en un gran bloque de dormitorios repletos de universitarios como tú y con tantas ganas de aprovechar la experiencia como tú, ¡el resultado no puede ser más positivo! También el nivel de vida en la ciudad es ideal para estudiantes, no es que por serlo tengamos especiales descuentos como ocurre en otras ciudades europeas, pero sí es cierto que los precios van a ser mucho menores que en cualquier economía europea occidental, (para que os hagáis una idea, las residencias de mi ciudad cuestan unos 80-130€ mensuales, evidentemente no serán las mejores, ¡pero con esos precios es imposible competir!) lo cual te desahoga enormemente y te da posibilidad de vivir de forma más dinámica, no decir que no a nada, y costearte también escapadas como las ya mencionadas.

Termino siguiendo los pasos de los anteriores elus entrevistados este año, aunque les repita pero porque tienen toda la razón al recomendaros encarecidamente a todos el viajar y disfrutar de una experiencia académica internacional, que a decir verdad es de lo más fácil siendo europeos comparado con mucha otra gente que no llega a tener nuestras oportunidades; lo que creces, lo que aprendes, lo que te maravilla, y lo que vives queda para siempre contigo y te enriquece mucho más de lo que te hubieras podido imaginar, ¡ojalá podáis disfrutar de una oportunidad así!

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¡Y faltaría más!, si alguien quiere saber algo más por favor que no dude en hablarnos que estaremos encantados de poder ayudar, ¡un abrazo a todos!

Juan José y Álvaro Prados Carmona.

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ELUS POR EL MUNDO – INÉS SEBASTIÁN

Por:

Ser consciente del poco tiempo que me queda aquí y de lo feliz que estoy siendo hasta ahora quizá me haga parecer demasiado entusiasta y, por ello, menos objetiva. Espero que aun así os fiéis de mis palabras y que esto no afecte a mi principal intención al escribir este texto: animaros a iros de intercambio a todos aquellos que tengáis la oportunidad, y dar un pequeño empujón a los que aún os quede alguna duda.

Me llamo Inés Sebastián y estoy de Erasmus en Burdeos estudiando 4º de Medicina. Burdeos, además de ser considerada como la capital mundial del vino, y estar en un lugar estratégico, cerca del mar y la montaña, es una ciudad ideal para estudiantes. Desde Relaciones Internacionales de la Universidad, se esfuerzan muchísimo por acogernos y por facilitarnos el contacto con franceses que nos ayuden a descubrir la ciudad y su cultura. Incluso organizan actividades que nos ayudan a conocer a otros estudiantes extranjeros mientras descubrimos algunos de los sitios más famosos de la región. Y, como cualquier estudiante más, tenemos una oferta de deportes, clases de idiomas y actividades de todo tipo, que hacen que, en poco tiempo, te sientas como en casa. De hecho, con una oferta tan amplia y variada, es bastante fácil complicarse la vida.

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El sistema académico en Francia es diferente, principalmente porque pretende que el estudiante sea más autónomo. En mi caso, como estudiante de Medicina, la parte teórica se estudia de los libros de referencia que usan para preparar el MIR francés, lo que permite que las clases se aprovechen para plantear dudas y casos clínicos. Por otro lado, todos los días tenemos prácticas en el hospital, y aquí tienen muy en cuenta a los estudiantes: tenemos pacientes asignados, somos nosotros quienes hacemos algunas pruebas y comentamos la evolución con los residentes, y, casi todos los médicos, son conscientes de la importancia de nuestra formación, por lo que nos ayudan y nos explican lo máximo posible. Hay que trabajar duro, pero se aprende mucho. Por lo que sé del resto de grados, también tienen un sistema parecido, basado en la mayor autonomía y libertad del estudiante, y se les da más importancia a los trabajos prácticos que a los exámenes, lo que, desde mi punto de vista, es positivo.

Por supuesto, no todo es estudiar y tener prácticas. Siempre hay mil cosas que hacer: dar un paseo a orillas del Garona, ir al teatro o la ópera (a los estudiantes se les facilita mucho el acceso a la cultura), tomar algo en un bar o en una terraza, si (excepcionalmente) no llueve… Pero, como llevo varios años comprobando, lo mejor de un lugar es, sin duda, sus gentes. Los franceses son, por lo general, muy acogedores, atentos y educados, y cualquiera está dispuesto a echarte una mano, a charlar o a escuchar cualquier propuesta.

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Como en general, no todo es fácil, y, por supuesto, también hay cosas negativas y retos: la adaptación puede resultar difícil al principio; el francés de la calle y del hospital es distinto del que se aprende en clase; el papeleo para cualquier cosa es interminable; cuesta acostumbrarse a los horarios franceses y a que todo cierre muy pronto; llueve bastante, y, lo peor de todo, es muy duro resistirse a la pastelería francesa … Pero, de todo se aprende, y , un día, sin darte cuenta, ya no hay problema para comunicarte en francés (¡incluso entiendo algunas bromas!); te empieza a gustar la lluvia y aprendes a valorar más el sol y te organizas para ir de compras antes de que cierre todo… Al “problema” de la gastronomía francesa, aún no he encontrado solución (sigo trabajando en ello), y, en cuanto a la burocracia, creo que lo doy por perdido, pero, bueno, ¡no todo podía ser perfecto!

Como véis, el balance es más que positivo. Por todo ello, y porque vivir en otro lugar y conocer a gente distinta te abre la mente y el corazón, os animo a que, si tenéis la oportunidad de iros a estudiar fuera, no lo dudéis y la cojáis con ánimo y valentía, porque, sin duda, valdrá la pena. Y, si alguien pasa por Burdeos antes de mitad de junio, ¡que no dude en avisarme!

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¡Un fuerte abrazo a todos!

Vida ELU Maria Garcia

ELUS POR EL MUNDO – MARIA GRACIA ARANDA

Por:

¡Cómo vuela el tiempo! Años y años sabiendo que iba a irme… mil opciones sobre la mesa, destinos y universidades… y finalmente… ¡Lyon!

Después del papeleo, exámenes, etc., pasó el verano, y el 21 de Agosto llegó el momento de coger el avión y volar al que iba a ser mi nuevo hogar durante un año. No me iba muy lejos, al fin y al cabo, es el país de al lado, pero sabía que la experiencia iba a ser un viaje fuera de mi zona de confort; otro idioma, otros compañeros, otra ciudad, otra universidad, otra forma de trabajar, otra cultura…¡pero a eso había venido!

Lyon

Ahora llevo ya más de dos meses aquí, pero han sido dos meses muy intensos, ya que he intentado aprovechar todas las oportunidades que se me han brindado en todas las formas en las que han venido.

Durante la semana, debo ir a la universidad (École Nationale Supérieure d’Architecture de Lyon. ENSAL). Es una escuela pequeña, pero preciosa. Personalmente, estoy enamorada del edificio. Aquí la arquitectura se enfoca de un modo distinto a España. En Francia, existe la figura del arquitecto y del ingeniero, por lo que normalmente la carrera de arquitectura tiene pocas asignaturas técnicas, en comparación con España, y la parte técnica se adquiere, sobre todo, si estudias un título doble de Ingeniería + Arquitectura. Como yo he venido con Arquitectura, estoy teniendo clases con enfoques mucho más teóricos, pero eso me está ayudando a saber más sobre el mundo de la investigación, a contar mejor las ideas que debo plasmar, y sobre todo, a practicar mucho el francés escrito.

Universidad

Por otro lado, estoy aprendiendo mucho en materia de Proyectos. Es una asignatura importante y aquí me están dando muchas herramientas que creo que me serán muy útiles de cara a mis últimos cursos en España, y mi proyecto de fin de carrera. Además, algo que me ha gustado es que hemos podido elegir distintas cátedras de cada asignatura, lo que te permite profundizar más en los temas que te interesen según cada asignatura.

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Los compañeros franceses nos han acogido muy bien. Desde el primer día nos han ayudado y explicado todo lo que debemos saber, y nos consideran uno más de la clase. El ambiente de compañerismo es realmente bueno. También los compañeros Erasmus con los que estoy son geniales, y vivir con ellos distintas experiencias me está ayudando a conocer distintas culturas y formas de trabajar. ¡Es muy enriquecedor compartir tu día a día con gente de todas partes!

Pero no todo es estudiar y trabajar. También hay tiempo para disfrutar. He tenido suerte y he conocido a gente estupenda aquí, por lo que siempre hay planes divertidos que hacer, con los que exprimir aún más la ciudad. Destacaría experiencias con Erasmus de Lyon de otras universidades en jornadas que se organizan para hablar con una cerveza, tardes con amigas francesas en bares de Lyon, comidas a orillas del río (hasta que el tiempo lo ha permitido), excursiones turísticas para saber más de la ciudad tan bonita en la que vivimos, fiestas, catas de vinos (¡Cómo no, estoy en Francia!)…

Maria en Londres

También, sin duda, uno de los objetivos de este año era viajar mucho… y lo estoy cumpliendo con creces. Lyon tiene una situación idónea que te permite visitar muchos sitios bonitos sin tener que tardar mucho, por lo que eso lo he aprovechado, aunque también he hecho viajes más lejos cuando he tenido más días o vacaciones. Por ahora he viajado a Ginebra, Annecy, Pérouges, y Marsella, todos cerca de Lyon, y luego he podido ir a Londres, y el último viaje ha sido una ruta por el norte de Francia, donde he visitado París, Rouen, Le Havre, y el Mont Saint Michel. Y ya en breves empezarán las escapadas de ski, ya que tenemos estaciones estupendas a menos de dos horas de aquí.

Monte

También quería contaros que Lyon es una ciudad desconocida, pero preciosa. Tiene el tamaño perfecto para que todo sea manejable, pero para nunca aburrirte. Siempre hay mil planes organizados por la ciudad y por distintas organizaciones, hay buena comida, buena fiesta y buen tiempo (hasta que llegue el invierno…) y está muy bien situada. Sobre todo, es una ciudad muy universitaria, por lo que el ambiente joven se siente por todas partes. A mi gusto, es una ciudad muy completa y muy buena para realizar un Erasmus.

Por ahora esto es lo que os puedo contar, pero cada día es diferente y trae un montón de cosas nuevas que vivir, así que estoy deseando seguir avanzando en este año para seguir aprovechando y aprendiendo como he venido haciendo hasta ahora.

Un abrazo a toda la comunidad ELU, en España y en el mundo.

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ELUs por El Mundo – Jorge Bautista

Por:

Verdaderamente, este año de intercambio he podido vivirlo con una gran intensidad y me llevo después de todo; momentos, lugares y personas que siempre tendré presente en mí durante toda mi vida. El primer cuatrimestre lo cursé en los Estados Unidos, concretamente en la ciudad de Atlanta, y posteriormente, el segundo cuatrimestre en Corea del Sur, en una ciudad cercana a Seúl llamada Chuncheon.

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Dos vivencias únicas, muy diferente la una a la otra, pero ambas tienen en común que me han permitido desarrollar una visión mucho más amplia sobre las personas y sobre el mundo.

Aterricé en el JFK en Agosto, con muchas ilusiones y expectación sobre lo que iba a vivir allí durante el cuatrimestre. Tuve una breve estancia en Nueva York, ciudad que pasaría a convertirse en mi ciudad favorita, y no tanto por las luces y los edificios, sino por los neoyorkinos. Ciudadanos con backgrounds muy diversos que llegan a esa ciudad con la tarea  común de lograr el objetivo vital que inicialmente les movió allí, “concrete jungle where dreams are made of”, como dice Alicia Keys.

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Posteriormente me traslade a Atlanta para comenzar el curso. Honestamente, es una ciudad que no tiene demasiado misterio más allá del Coca-Cola world, los headquarters de CNN o el Stone Mountain. Sin embargo, todos los estudiantes desarrollábamos nuestro día a día en torno al campus universitario de Emory, que pude aprovechar bastante a muchos niveles; académico, deporte, ocio…  Básicamente la vida allí consistía en esas tres cosas:

Ir a las clases y a alguna sociedad de alumnos que te pudiera interesar, en mi caso me apunté a la de Relaciones Internacionales, club con el que tuve la oportunidad de participar en un modelo de naciones unidas a nivel nacional.  El segundo aspecto era hacer deporte, ya que el campus tenía unas instalaciones magníficas para todos los deportes. De hecho, formamos un equipo de fútbol para una “liguilla” de la uni entre unos cuantos estudiantes hispanoamericanos, que me hizo darme cuenta de los lazos culturales que tenemos como comunidad y el importante papel que ocupamos en el mundo. Finalmente, también hubo tiempo para salir y pasarlo bien.

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La parte 2.0 de este curso ocurrió cuando llegue a Corea del Sur, para acomodarme en la ciudad de Chuncheon, pequeña ciudad cercana a la capital, de la que sin duda recomiendo el plato típico de allí, el “Dakgalby”. La verdad es que al principio me sentía como el niño de Karate Kid, pues el inglés en las ciudades pequeñas de allí es reducido, por no hablar de mi coreano.

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Como dato de interés, y salmantino que soy, me llamo especialmente la atención como Castilla y León y Corea del Sur comparten una extensión de territorio prácticamente igual. La diferencia es que en Castilla y León somos dos millones y medio de paisanos mientras allí son cincuenta millones de surcoreanos.

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Vivía en una residencia con un gran porcentaje de estudiantes internacionales, en su mayoría procedentes de China, del este de Rusia, Filipinas…  Convivir con personas de distintos países asiáticos me ha permitido ver y comprender otras formas de entender la vida y de priorizar las cosas, más allá de los patrones occidentales, que a menudo tendemos a reivindicar como mundiales.

En definitiva, un gran año…

Jorge Bautista Pérez.