Elus por el mundo – Guillermo Pierres
Por: ELU Admin
¡Hola!
Para los que no me conozcan me llamo Guillermo Pierres y soy, sí, español.
Circulan por ahí muchas teorías acerca de mi nacionalidad a las que sólo voy a responder con el argumento de que mi apellido tiene una doble rr, que es casi tan español como la ñ, y que sólo nosotros podemos pronunciar sin parecer que vamos a pedir direcciones para llegar a la Door of Alcalá, si es tan amhablhe.
Por delante y por encima de todo lo soy porque me he bañado toda la vida en esta querida España nuestra: crecí con sus colores, olores, música, chistes y sabores. He lactado de su pecho y, si me pinchas, la sangre que te salpique sea, posiblemente, virgen extra. Todo ello no quita que, como rezaba Lorca, sea también ciudadano del Mundo y hermano de todos. Amo a esta España nuestra de una manera profunda y apolítica; pero, lo interesante, es que no llegué a conocerla bien hasta que dejé de vivir en ella.
Nuestros vecinos franceses (país en el que estoy concluyendo una estancia de dos años) hacen muchas cosas bien. Esta Nación lideró la vanguardia de las ideas europeas y son lo campeones del arte de parecer. El paseo de casa a la universidad lo marcan fachadas haussmannianas donde cada piedra de color crema, cada balcón con su flor justa, cada café que huele a tabaco y mantequilla, es un statement que grita: ¡la vida debe ser, ante todo, bella! Los “francesitos” y “francesitas” apresurados son, concluyo, actores permanentes de una historia en la que el decorado importa.
El francés es un ser curioso. Esa vanguardia intelectual de la que hablo perforó sus poros y ahora se la pasa hablando de política, de filosofía, de la mort de Dieu y de esas cosas mientras espera el bus. No te mira a los ojos. A veces dudas si te escucha. Y sin embargo, cuando termina la velada, te das cuenta de que ha construido una auténtica catedral de palabras. Son, en el fondo, vividores y herederos de un país que ya lo tenía todo antes de que ellos nacieran : el vino, el queso, los ríos, la luz… y que por tanto no necesitan inventar nada nuevo. Solo cuidar. Solo parecer.

Pero hay una diferencia entre vivir con gusto y vivir con hambre. Y los españoles tenemos hambre. Hambre de todo: de ruido, de gente, de tarde que no termina, de bar que abre cuando Dios quiere, de conversación que sí lleva a algún sitio porque aquí la gente habla porque le explota algo por dentro.
Cuando llevas meses en tierra extranjera te pasan dos cosas simultáneas y contradictorias: te abres y te afianzas. Te abres porque descubres que hay otras formas legítimas de poner la mesa (aquí los tenedores los ponen mirando hacia abajo), de entender el silencio, o de relacionarse con el Estado. Y te afianzas porque, paradójicamente, la distancia es el mejor espejo. Lo dicho: yo no supe lo que era España hasta que dejé de pisarla. Hasta que la eché de menos; no como nostalgia turbia sino como reconocimiento de que esto que tenemos es extraordinario.
La primera vez que me encontré con otros españoles en Lyon fue en un piso de techos altos, con vino de cuatro euros y jamón traído en maleta como si fuera oro de contrabando. Ahí entendí que la identidad es una frecuencia de radio que sólo los tuyos captan. Éramos más ruidosos. Más caóticos. Más “generosos” con el tiempo de los demás. Cortábamos el jamón mal pero con mucho amor. Y en ese piso había más vida en dos horas que en muchas soirées en barcos del Ródano. En ese piso había España.

Pero conocer el mundo y amar tu país no son fuerzas opuestas. Son la misma fuerza, vista desde dos ángulos distintos. Sales capullo, con tus certezas pegadas a la piel como una segunda ropa, y vuelves mariposa, no porque hayas cambiado de esencia sino porque has entendido cuál es. La apertura de miras no consiste en dejar de ser de donde eres. Consiste exactamente en lo contrario: en poder mirar al mundo entero desde el pecho inflado del que sabe que lleva dentro algo que vale la pena llevar.
Yo llevo a España.
Pero aquí llevan a Francia. Y es como ha de que ser: bello, como lo son ellos, como este país lo es.
Venid. Aquí o a cualquier rincón del planeta. Salid. Perdeos un poco. No para encontraros a vosotros mismos —que eso es una cursilada que sólo dice la gente que nunca ha salido de su barrio— sino para llegar a entender, con una claridad que duele un poco, lo que ya erais antes de iros.

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Erasmus es la libertad y la felicidad que me ha regalado Javi. Son su apoyo, su cariño, su paciencia y su capacidad de transformar el tomarse un café esperando un bus en un momento que repetiría en bucle. Conocerlo me ha demostrado que Erasmus es intensidad, son conexiones inmediatas y vivir en gerundio. Mi Erasmus es también compartir ciudad con Claudia, que sabe ver lo mejor en mí y me hace sentir como en casa. Es improvisar y dejarse llevar con Jesús tras un día estresante, y saber que, pase lo que pase, siempre puedo contar con él para salir a respirar aire puro y fotografiar flores en el bosque de al lado de la resi.




En el tiempo que llevo aquí, he podido conocer a personas extraordinarias. He podido empezar de cero con compañeros de clase de Madrid que jamás pensé que querría tanto (y que encima me cuidan como si fueran mi madre en este mundo foráneo), conocer a compañeros de la ELU que ya lo son también de incertidumbre y fotografía (Carmen, te quiero mucho), amigos de Madrid y de Alicante y de Burgos y del Cairo y de Múnich y de París, y ver que todos somos lo mismo en este Londres que nos acoge bajo su luz tenue y su lluvia permanente. Londres es una ciudad que nunca descansa, una ciudad que no deja de llorar y de gritar pero a la que nadie hace nunca caso, como le pasa a todas las ciudades que nunca duermen. Es una ciudad que te atrapa y te ahoga y te hace vivir de nuevo. Es una ciudad que no sabe comer, y reitero que la calificación del fish and chips como plato nacional habla de una cultura gastronómica cuestionable, pero es una ciudad que sabe abrazar. Una ciudad peligrosa, complicada y a tiempos oscura, pero que te recibe en sus calles adoquinadas y bajo el resplandor de los mil y un relojes que iluminan el firmamento londinense te susurra que aquí todo es posible y que si lo sueñas puede hacerse realidad. Inglaterra es más parecida a España de lo que jamás pensé, pero también distinta. Siento en los ingleses una falta de empatía, una suerte de poso de cariño y de respeto hacia el prójimo que vive en el corazón hasta del español más bruto y que en cambio aquí desiste, derrotado bajo la frialdad de una cultura en la que los abrazos no existen. Creo que eso es lo que más echo de menos: gente que quiera dar muchos abrazos.







