Visita de Diego a Santiago de Compostela para ver a sus mentorandos

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13 MAY

José Rama, 1º ELU

Cuando hemos estado viajando por el desierto de la soledad y del aislamiento, la Tierra Prometida es el otro. Otros, en nuestro caso, porque nuestro bienquerido mentor Diego vino a visitarnos a este reducto galaico muy bien acompañado: Carola vino con él. Con ellos disfrutamos de dos días que, pese a todo el viento, lluvia y sol con los que Compostela nos quiso echar de sus calles, fueron, sin duda, maravillosos.

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Como es natural y no puede ser de otra manera, y como Santiago empieza en la Catedral, nosotros ahí empezamos nuestro recorrido. Atravesar la Puerta Santa y disfrutar del edificio, tan soberbiamente restaurado, tan virgen que aún hay andamios en el exterior, es siempre una experiencia que acerca más a Dios mediante su belleza, pero poder hacerlo en compañía de explicaciones tan acertadas como las que Carola nos brindó ofrecen una nueva perspectiva.

Pese a empezar como empezamos con visita tan señalada, el día solo fue a mejor. Comimos en la terraza de Amoa bajo el vendaval (pues las medidas sanitarias son las que son), pero ni notamos viento ni sentimos lluvia, tanta y tan buena era la conversación que se dio alrededor de esos platos atípicamente gallegos. Las conversaciones cara a cara son lo que nos lleva a conocer y a apreciar más al otro. Son en estas en las que nos damos cuenta de que, como decía Bauman, la verdad solo puede emerger al final de una conversación. De estos días nos llevamos, sobre todo, tantas buenas palabras que nos dijeron y que no cabrían aquí por mucho que las intentásemos plasmar.

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Rematamos el día con una tarde de lo más completa: paseo por el parque de Bonaval, visita al Centro Galego de Arte Contemporánea y finalmente al teatro, a ver “Terceiro acto”. De la naturaleza saltamos al arte y del arte a la naturaleza y, de pronto, ambas cosas eran una. Estas actividades culturales dieron lugar, una vez más, a las mejores conversaciones y a los más acalorados debates. Ya se sabe que esta es la virtud (o la condena) del arte moderno. Todo, por supuesto, alrededor de una mesa, que esto es Galicia.

El segundo día lo comenzamos oyendo la Misa del Peregrino, pues ningún viaje compostelano está completo sin esta, y continuó por los senderos más apartados y desconocidos de la ciudad, si es que tal cosa era aún ciudad, pues parecía que nos hubiéramos internado en lo más profundo de las fragas. Comimos una penúltima vez y nos despedimos, sumamente agradecidos los elus, esperando que la próxima comida y la próxima conversación no se hiciesen tanto de rogar.