Ratio Legis – Liberté, Egalité, Fraternité

27 OCT

Alejandra Aguado, 3º ELU

Soy estudiante en la universidad Panthéon-Assas de París. Me dirijo, como cada miércoles, a mi clase de las nueve de la mañana. He madrugado, desayunado rápido y voy a pie por las calles parisinas. Al llegar a mi edificio me encuentro con que las puertas están bloqueadas y cerradas, rodeadas por manifestantes con pancartas y gritos. Ya es la tercera semana en la que me pasa esto. Decido ir a la biblioteca que está en otro edificio. También bloqueada.

Por encima de los manifestantes leo el emblema escrito en la entrada de mi universidad: liberté, égalité, fraternité. Me río. ¿Y mi liberté para estudiar? ¿Y la égalité de su derecho a la huelga y mi derecho a la instrucción? ¿Y la fraternité de la que presumen mientras veo comercios destruidos?

Son muchas las imágenes que se están viendo en redes sociales sobre las protestas en Francia. Los saqueos en tiendas, la violencia de las calles o el ataque a servicios públicos. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue un video en el que un manifestante gritaba “allez à l’opéra, on prend la Bastille, on fait la révolution”, acompañado de risas. “Vaya incoherencia”, pienso. Quienes invocan esa revolución, esa toma de la Bastilla, celebran el caos y la quema de un edificio de la República abierto el día de la fiesta nacional, un 14 de julio de 1883. Estoy hablando del ayuntamiento de Limoges.

Es entonces cuando me doy cuenta de la raíz del problema. Realmente no es una incoherencia. El incendio no traiciona ese catorce de julio, lo continúa. Se trata de una nación que celebra su fiesta nacional con un mito fundacional que rompe con todo lo anterior y olvida las contradicciones dentro de dicha ruptura. Un país que proclama libertad, igualdad y fraternidad sin examinar la herencia recibida ni la Revolución que las convirtió en emblema. Una Francia que continúa justificando sus actuaciones desde esa herida.

Viajemos al siglo XVIII.

Con el tiempo, hemos llegado a olvidarlo, pero la Revolución Francesa fue fundamentalmente anticatólica. Como señala Dawson, no buscaba reformar un orden, sino arrancar la matriz de una civilización entera y sustituirla por otra que prometía un nuevo gran comienzo, un año cero. El hombre renacería liberado de toda trascendencia, capaz por fin de engendrarse y determinarse a sí mismo. Y para lograrlo había que arrasar el mundo de ayer con furia iconoclasta: derribarlo piedra a piedra, confiscar sus obras, profanar sus tumbas y arrancar la Cruz de la faz de la tierra.

¿Con qué sociedad se quería arrasar?

Francia, antes de 1789, era considerada como la fille aînée de l’Eglise, la hija primogénita de la Iglesia. Se decía que, cuando Clodoveo se bautizó, así lo hizo el país. Las cifras corroboraban esta concepción: tenía 139 obispados, unas 40.000 parroquias y un sacerdote por cada 360 habitantes. Sólo 40.000 judíos y 500.000 protestantes en una población de 27 millones. Tal y como escribe François Firé “El paisaje de Francia era católico: por encima de los tejados de las aldeas se elevaban las torres de los campanarios”.

La sociedad prerrevolucionaria era tradicionalista y funcional. Se organizaba en torno a estamentos con privilegios acompañados de un deber y un hacer -de hecho, la palabra privilegio no tenía una connotación peyorativa, el origen etimológico de la palabra es lex privata-. Era por tanto, una sociedad corporativa.

Pero, ¿cómo se derriba una sociedad así?

A través de una revolución.

Una revolución es un cambio brusco de las circunstancias políticas, con sangre o sin ella. Y toda revolución tiene plan, elaboración y objeto; la francesa no fue la excepción. Se pretendía poner al hombre en el centro eliminando toda huella del pasado, de la cristiandad, incluso del calendario. En octubre de 1793 la Convención decretó uno nuevo: semanas de diez días, el décadi en lugar del domingo, los santos sustituidos por plantas, herramientas y animales. El 25 de diciembre, Navidad, pasó a ser el 5 de nivoso: el día del perro.

Se puede afirmar también que la revolución, antes de llevarse a las calles, fue escrita a través de los cahiers de doléances. En estos cuadernos se presentaban quejas idénticas de unas localidades a otras. Existían modelos de cahiers ya redactados con exigencias que una minoría quería imponer.

Tampoco es casualidad que los jacobinos, reunidos en el Club Bretón para discutir, tuvieran una representación de 200 sobre 578 en el Tercer Estado. Representación desproporcionada para su verdadera presencia.

De nuevo, toda revolución tiene un plan, una elaboración y un objetivo.

En estas circunstancias tiene lugar la reforma del reglamento de los Estados Generales con la duplicación del Tercero, el voto por cabeza y la elección de un clero bajo mayoritario. Todo ello acompañado de textos como aquel escrito por Sieyès. En su obra ¿Qué es el Tercer Estado? defiende que el tercer estado lo es todo; todo aquello que no es estado llano no puede considerarse representante de la nación. Y así se comenzó a esbozar la idea de la guillotina.

Tal y como hemos estado explicando, para lograr el objetivo de esta revolución, el nacimiento de un nuevo hombre que reniega de todo lo anterior, había que erradicar el catolicismo. La Ilustración, movimiento del que se nutre ideológicamente la revolución, al derrocar al Antiguo Régimen, elimina el poder religioso de Francia. Este hecho desequilibra la balanza, ya que la Iglesia limitaba el poder monárquico, y permite una divinización absoluta del poder político, volviéndolo absoluto y tiránico.

Hemos de nombrar la Constitución Civil del Clero y los decretos del 29 de noviembre de 1791 y del 27 de mayo de 1792. En nombre de la libertad, el Estado se arrogaba la facultad de reorganizar la Iglesia, someter a sus ministros a un juramento político y castigar a quienes se negaban a prestarlo. Los sacerdotes refractarios podían perder sus pensiones, ser vigilados y, conforme al decreto de mayo, quedar expuestos a la deportación.

La consecuencia era convertir al sacerdote, en la medida en que su ministerio quedaba sujeto a la nueva organización estatal, en una suerte de funcionario de la religión oficial. Y quien controla a los maestros, los ministros y las instituciones que transmiten el conocimiento puede aspirar también a controlar qué se enseña y bajo qué principios.

La reorganización de las diócesis conforme a los departamentos, la elección de los obispos y la exigencia del juramento no eran simples reformas administrativas: permitían al poder político intervenir en una institución que hasta entonces reconocía una autoridad espiritual propia. Así aparece la contradicción que atraviesa esta historia: en nombre de la libertad, se subordinaba una autoridad independiente al Estado y se restringía la libertad de quienes se negaban a obedecerlo. ¿No encierra precisamente ahí su peligro una libertad que, en lugar de limitar el poder, termina legitimando su expansión?

Liberté. La primera palabra en caer del emblema.

La Constitución de 1791 distinguía entre ciudadanos activos y pasivos: aunque reconocía derechos civiles, reservaba los derechos políticos a quienes cumplían determinados requisitos de edad, residencia y contribución fiscal. En una sociedad mayoritariamente agraria y de subsistencia, estas condiciones excluían a una parte considerable de la población de la participación política. La igualdad proclamada no equivalía, por tanto, a una igualdad efectiva de poder.

La desigualdad también adquirió una dimensión económica. En noviembre de 1789, la Asamblea puso los bienes eclesiásticos a disposición de la nación. Aquellos bienes, vinculados también a funciones asistenciales y educativas, pasaron a un proceso de nacionalización y venta que benefició a quienes disponían de recursos para adquirirlos, incluidos burgueses y campesinos acomodados. No desapareció la propiedad ni la desigualdad económica: cambió, en buena medida, quién podía acumularla.

Sin embargo, la igualdad revolucionaria encontró su símbolo más siniestro en la guillotina, concebida para aplicar la misma pena de muerte con independencia del rango social.

Igualar a todos ante la muerte no significaba haberlos igualado en la vida.

Égalité. La segunda palabra en caer del emblema.

La huida de Varennes, en junio de 1791, quebró la confianza entre la monarquía y la Revolución; la guerra contra Austria, declarada el 20 de abril de 1792, terminó por fundir la defensa de Francia con la defensa de la causa revolucionaria. La Marsellesa convirtió la patria amenazada en una comunidad dispuesta a derramar sangre por su salvación. Pero ¿qué ocurría con quienes no compartían esa causa?

Tras la caída de la monarquía el 10 de agosto, las matanzas de septiembre de 1792 dejaron más de mil víctimas, entre ellas numerosos sacerdotes refractarios e incluso niños. La fraternidad parecía exigir cada vez más adhesión: quien se oponía a la Revolución podía dejar de ser un compatriota para convertirse en un enemigo del pueblo. Un contrarrevolucionario. Un concepto tipificado posteriormente en regímenes como el soviético.

Esta lógica alcanzaría una de sus expresiones más terribles en la guerra de la Vendée, donde la represión incluyó ejecuciones masivas y atrocidades, también las noyades de Nantes, ahogamientos organizados de prisioneros.

Tras la batalla de Savenay, en diciembre de 1793, el general republicano François-Joseph Westermann habría escrito a la Convención: “Ya no hay Vendée (…) He aplastado a los niños bajo los cascos de nuestros caballos y masacrado a las mujeres (…) Lo he exterminado todo.”

Así, se proclamaban derechos universales mientras se perseguía a quienes se negaban a aceptar su nuevo orden.

Fraternité. La última palabra que cae junto a sus compañeras.

Vuelvo así a la puerta de mi universidad. Sigue bloqueada y sobre ella, el emblema.

Mi libertad para estudiar choca hoy con la de quien bloquea, como en 1790 la libertad de conciencia chocó con el juramento. La igualdad de derechos que reclamo se reparte según quién grita más, como en 1791 se repartió según la renta. Y la fraternidad, que exigió adhesión hasta convertir al discrepante en enemigo, deja hoy comercios saqueados. Tres promesas que se contradijeron en el acto de nacer. El significado de estas palabras per se no es el problema; lo es el sentido que adquieren dada su raíz.

Francia continúa celebrando el catorce de julio como la fecha nacional con fuegos artificiales, haciendo caso omiso a su herida natal, y yo sigo ante una puerta cerrada, bajo tres palabras que no me protegen: liberté, égalité, fraternité.