Cuaderno de Bitácora – San Manuel Bueno, mártir (1931)

manuel bueno
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05 NOV

San Manuel Bueno, mártir (1931), de Miguel de Unamuno, es uno de tantos títulos que poblaban nuestros apuntes de literatura de Bachillerato. Muchos lo conocemos como a un pariente lejano, de pasada, pero nunca hemos tenido contacto con él. Por eso me animé a darle una oportunidad a este breve libro, de unas sesenta páginas.

La premisa es muy sencilla: el párroco de una aldea ficticia, conocido por su bondad infinita al obrar, mantiene en secreto que no cree en la vida eterna. A partir de esta idea, Miguel de Unamuno desmiga docenas de dilemas existenciales y los comparte con nosotros. Para un creyente, en concreto, hay preguntas muy provocadoras: ¿se puede salvar alguien sin fe, solo a través de sus buenos actos? ¿Son “todas las religiones verdaderas”, como se sugiere, porque “hacen vivir espiritualmente” a los pueblos?

Sin embargo, cuando pensaba cómo escribir esta reseña, quería enfocarla desde una perspectiva más abierta, buscando en la obra un tema más íntimo y universal. Me pareció encontrarlo en un momento concreto, cuando un personaje le dice a Don Manuel que “la verdad [se debe decir] ante todo”. El sacerdote responde que la verdad es “algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella”.

Los universitarios tenemos esta misión muy asumida de perseguir el conocimiento y, por consiguiente, la verdad, sea a través de la investigación, la reflexión, las artes… No es algo único a nosotros, pues la sociedad en su conjunto parece situar la transparencia muy arriba en su escala de valores. Es evidente que a nadie le gusta sentirse engañado.

Sin embargo, si no somos conscientes de la mentira, ¿puede ser esta preferible a una verdad dolorosa? Este es el dilema central de la obra, a mi modo de ver, y nos toca de lleno. ¿Quién no ha contado una “mentira piadosa” alguna vez (o unas cuantas)? En el día a día, quizá no tengan gran importancia; pero cuando Don Manuel se juega la salvación de su pueblo…

¿Tenemos derecho a ocultar la verdad porque consideremos que es dañina? ¿O estaríamos entonces vulnerando el derecho a conocerla de las demás personas? Además, si reconocemos que hay verdades con consecuencias negativas, ¿no se tambalearía la idea que solemos aceptar de que lo verdadero es también bueno y bello?

Entiendo que esta reseña puede parecer más una enumeración de preguntas, pero es que el libro es una explosión de interrogantes. Si os dejo unos cuantos en estas líneas es para animaros a que lo leáis también y podamos intentar averiguar juntos qué significan; quién sabe, quizá en el próximo fin de semana de la ELU…

David Rodríguez Marín