David Rodríguez

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Visita de algunos elus al Museo Thyssen

Por: ELU Admin

David Rodríguez, 3º ELU

El pasado día 21 de diciembre (¡todavía era 2021!) un nutrido grupo formado por nueve ELUs de los cuatro cursos, una ELUMNI y ocho acompañantes que no se pudieron resistir a compartir nuestro plan visitamos la exposición temporal La máquina Magritte en el Museo Thyssen de Madrid. La idea fue organizada por nuestro grupo de mARTEs (con la contribución destacada de Luisa Urquijo) y ya estamos preparando nuevas actividades para este 2022, ¡así que estad atentos a la Newsletter, nuestra sección del Módulo de Acompañamiento y nuestra cuenta de Instagram, @martes_de_arte!

Antes de entrar al museo, hice de guía improvisado con una brevísima introducción a la figura del surrealista René Magritte y lo que podíamos esperar de la exposición, de forma que tuviéramos un hilo conductor al que agarrarnos. Seguro que muchos tenéis ganas de participar en un plan similar, pero os preocupa no saber nada de arte; pues bien, ¡no tenéis de qué preocuparos! No hace falta saber historia del arte para disfrutar y hablar de él y, además, siempre habrá alguien que se haya hecho una chuleta en casa y pueda daros unas pinceladas, nunca mejor dicho, de la vida y obra del artista.

La visita en sí fue bastante libre, pues la idea era que cada uno apreciara los cuadros a su ritmo, deteniéndose en aquellos que les transmitían más. Por ejemplo: a Íñigo le sorprendió la contradicción de una luz que esconde la verdad en lugar de revelarla, en la obra El principio del placer; a Claudia le gustó la puerta de La perspectiva amorosa, paradójicamente abierta y cerrada a la vez; mientras que Bea se maravilló con la perspectiva antinatural del caballo de La firma en blanco.

Fue muy enriquecedor compartir nuestras impresiones, ¡y luego la charla continuó en una terraza! Así que, ya sabéis, ¡estáis todos invitados a la próxima!

Vida ELU

mARTEs – El estudiante

Por: ELU Admin

El estudiante, 1874. Francisco Oller.

Otro mARTEs… ¡Y solo quedan dos para terminar 2021! Para la mayoría de estudiantes, estos días son más bien raros, ya sea porque comienzan a prepararse para sus exámenes o porque, de hecho, están ya haciéndolos. Precisamente este tema ha sido tratado por Jaime Acosta, nuestro comentarista de hoy, que estudia el doble grado de Derecho y ADE en la Universidad de Deusto. La obra que ha elegido es El estudiante (1874) de Francisco Oller, un pintor puertorriqueño.

¡Os dejamos con él!

«Francisco Oller nació en Puerto Rico en 1833, cuando todavía era una colonia, hijo de una familia de aristócratas españoles. Gran parte de sus estudios los hizo en Madrid y su profesor fue Federico de Madrazo, otro pintor que fue director del Museo del Prado y que tuvo mucha influencia en el estilo realista de Oller.

Yo no sabía estos detalles, porque en general no sé casi nada de arte, aunque sí que me gustan mucho los cuadros que todos hemos visto alguna vez, como Las meninas. En una clase de primer curso, un profesor tenía esta obra en una de sus diapositivas y me llamó mucho la atención, especialmente sus detalles, así que me lo guardé en el ordenador.

He seguido vuestra cuenta desde que la creasteis pero nunca me había planteado escribiros, porque leía esos comentarios espectaculares que os mandan y me intimidaba un montón. Pero el otro día volví a mirar este cuadro, cosa que hago cada cierto tiempo, y pensé que tenía que explicaros qué significa para mí, aunque no sea tan bonito. 

Siempre que llegan mis finales me estreso bastante, porque siento que prácticamente solo tengo tiempo para dedicárselo al estudio y paso horas y horas en la habitación. Esta obra tan tonta se ha convertido para mí en un recordatorio de que muchos otros jóvenes de otras épocas pasaban por lo mismo que yo y que, si ellos pudieron, yo también puedo. Aunque la habitación no tiene nada que ver con la mía y las ropas parecen sacadas de Downton Abbey, yo me veo muy identificado (ese gesto de sueño del estudiante lo habré puesto mil veces). Especialmente me gusta la atmósfera de silencio y un detalle, el de la silla con una taza de café encima, porque para mí el café es mi salvador en estos momentos.

¡Mucho ánimo a todos los que estéis en mi situación, que podemos!»

De parte de mARTEs, también queremos desearos mucha suerte en vuestros exámenes y animaros a participar cuando estéis más aliviados. ¡Un abrazo!

Vida ELU

mARTEs – Puente japonés

Por: ELU Admin

Puente japonés, 1899. Claude Monet.

Por lo visto no somos los únicos que encontramos paz en los puentes. ¿Quizás Monet también pinto este puente japonés en un 7 de diciembre? No lo sabemos; lo que sí sabemos es la serenidad que transmite este autor. ¡Disfrutad del puente!

Vida ELU

mARTEs – Niños en un rastrojo

Por: ELU Admin

Niños en un rastrojo, 1958. Antonio López Torres.

¡Feliz mARTEs! Hoy contamos con la aportación de David Rodríguez, estudiante de Medicina en la Universidad Autónoma de Madrid y ELU de tercero, que nos descubre Niños en un rastrojo, obra del pintor manchego Antonio López Torres.

Os invitamos a leer las palabras de David, marcadas por la sensibilidad y la reflexión que despierta en él esta pieza:

«Antonio López Torres fue un pintor español nacido en Tomelloso, Ciudad Real en el 1902. No se debe confundir con su sobrino, el también pintor Antonio López García, que ha alcanzado una fama mucho mayor por sus pinturas hiperrealistas. El Antonio que nos interesa en esta ocasión es más misterioso y cultivó un peculiar estilo realista-impresionista con el que retrató su tierra, La Mancha.

Debo reconocer que descubrí a este artista por error, mientras buscaba cuadros de su sobrino. De inmediato, noté algo distinto en su pincel, un tacto que no aspiraba a recoger el detalle de forma fotográfica, sino a captar los matices emocionales del paisaje. Las formas y colores mezclándose en la lejanía y, a la vez, expresando con precisión aquello que representan. Y las figuras, por el contrario, más claras, como recortándose contra la nube polvorienta del fondo.

¿Qué parte de “mí” viene dada por el “dónde”? Me he hecho esta pregunta muchas veces, a menudo en conversaciones con mi madre, que es una excelente filósofa. Seguramente ella tiene razón, y es mucha la influencia del lugar donde nací y viví: ese punto en el que los Montes de Toledo se convierten en la llanura manchega. Mi relación con el pueblo se sustenta en el difícil equilibrio de llevarlo allá donde voy, como su máximo embajador, y tratar de no convertirme en una caricatura de sus costumbres.

Pero sí: David es en gran medida Los Yébenes. Y esto me queda aún más claro al presenciar esta obra. Porque los pantalones remendados de los niños son idénticos a los que mis abuelos llevan en sus fotos de la infancia. Porque los cardos que se alzan a su lado siguen intentando hoy, sin fruto, tocar el cielo. Porque conozco la sensación de andar sobre la tierra arada, como hundiéndose en unas humildes arenas movedizas. También porque las manchas ligeramente verdes de la izquierda son viñas, y entre viñas se conocieron mis padres. Porque veo el fondo, con la sutil silueta de la sierra, como desdibujada y ondulante por efecto del julio toledano, y veo mi hogar. Al final, si me preguntan de dónde soy, lo tengo claro: del calor de ese horizonte».

Vida ELU

Cuaderno de Bitácora – San Manuel Bueno, mártir (1931)

Por:

San Manuel Bueno, mártir (1931), de Miguel de Unamuno, es uno de tantos títulos que poblaban nuestros apuntes de literatura de Bachillerato. Muchos lo conocemos como a un pariente lejano, de pasada, pero nunca hemos tenido contacto con él. Por eso me animé a darle una oportunidad a este breve libro, de unas sesenta páginas.

La premisa es muy sencilla: el párroco de una aldea ficticia, conocido por su bondad infinita al obrar, mantiene en secreto que no cree en la vida eterna. A partir de esta idea, Miguel de Unamuno desmiga docenas de dilemas existenciales y los comparte con nosotros. Para un creyente, en concreto, hay preguntas muy provocadoras: ¿se puede salvar alguien sin fe, solo a través de sus buenos actos? ¿Son “todas las religiones verdaderas”, como se sugiere, porque “hacen vivir espiritualmente” a los pueblos?

Sin embargo, cuando pensaba cómo escribir esta reseña, quería enfocarla desde una perspectiva más abierta, buscando en la obra un tema más íntimo y universal. Me pareció encontrarlo en un momento concreto, cuando un personaje le dice a Don Manuel que “la verdad [se debe decir] ante todo”. El sacerdote responde que la verdad es “algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella”.

Los universitarios tenemos esta misión muy asumida de perseguir el conocimiento y, por consiguiente, la verdad, sea a través de la investigación, la reflexión, las artes… No es algo único a nosotros, pues la sociedad en su conjunto parece situar la transparencia muy arriba en su escala de valores. Es evidente que a nadie le gusta sentirse engañado.

Sin embargo, si no somos conscientes de la mentira, ¿puede ser esta preferible a una verdad dolorosa? Este es el dilema central de la obra, a mi modo de ver, y nos toca de lleno. ¿Quién no ha contado una “mentira piadosa” alguna vez (o unas cuantas)? En el día a día, quizá no tengan gran importancia; pero cuando Don Manuel se juega la salvación de su pueblo…

¿Tenemos derecho a ocultar la verdad porque consideremos que es dañina? ¿O estaríamos entonces vulnerando el derecho a conocerla de las demás personas? Además, si reconocemos que hay verdades con consecuencias negativas, ¿no se tambalearía la idea que solemos aceptar de que lo verdadero es también bueno y bello?

Entiendo que esta reseña puede parecer más una enumeración de preguntas, pero es que el libro es una explosión de interrogantes. Si os dejo unos cuantos en estas líneas es para animaros a que lo leáis también y podamos intentar averiguar juntos qué significan; quién sabe, quizá en el próximo fin de semana de la ELU…

David Rodríguez Marín

Vida ELU

David Rodríguez en el Café Newman del desamor: “Necesitamos ensanchar el corazón para que las huellas del dolor amoroso parezcan cada vez menores”

Por:

Cada vez más ELUs nos interesamos por las iniciativas que nos propone el Instituto John Henry Newman. Este pasado 13 de febrero se celebró uno de los Cafés Newman y un grupo de alumnos de la ELU bastante nutrido (éramos, esta vez, doce) decidimos que no nos lo podíamos perder.

Si en algo coinciden las distintas temáticas de estos encuentros es en su universalidad: son asuntos que nos implican a todos y del todo, pues es inevitable que nos topemos con ellos en nuestra vida. Dialogar sobre lo que significan es tremendamente enriquecedor, pues nos permite comprender mejor la forma en la que los demás los viven, señalando sus diferencias y similitudes para, al final, entendernos a nosotros mismos.

Nada hay más universal que el amor y, por tanto, también el desamor, nuestro tema, es común al ser humano. “El otro día vi un dato estadístico: el 99,9% de las personas ha sufrido alguna vez un desengaño amoroso”. Con esta frase comienza su intervención Ruth de Jesús, nuestra invitada, que es profesora del Grado de Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria y está acompañada, como ya es costumbre en estas reuniones, por Rocío Solís, coordinadora del Instituto Newman. Ruth se ha especializado en psicología educativa y también se interesa por la psicología de las emociones, así que es la persona perfecta para introducirnos a la conversación.

Cree que una metáfora visual es la mejor manera de entender algo tan abstracto (y a la vez tangible) como el desamor. Por este motivo ha pensado que la plastilina es la imagen más cercana a la plasticidad de nuestro corazón. Cualquier persona con la que tenemos una relación deja una huella en nosotros; desde luego, el enamoramiento deja huellas bastante profundas, y esos hoyos se llenan de experiencias.

Cuando una relación acaba, o sufrimos el amor no correspondido, se rompe la mitad de nuestro corazón plástico y sentimos que todas esas experiencias se van, dejándonos incompletos. Es la primera etapa del desamor, que es más bien un golpe: la crisis. Ésta deja paso, inmediatamente, a la segunda: la negación o negociación. Antes que reconocer la realidad, nuestro instinto más natural es agarrarnos a cualquier clavo ardiente, a la esperanza de que “las cosas no son así”, o de que “podemos hacer algo para volver a la relación de siempre”.

Al darnos cuenta de que no podemos cambiar lo ocurrido, aparece el enojo. Hemos perdido un bien enorme como es el amor, y la mejor manera, a nuestros ojos, de sufrir menos, es restarle valor: con rabia, con nuestro orgullo herido, incluso con venganzas… Esta actitud puede llenar las huellas del desamor con escamas duras que “formen una coraza y nos impidan volver a amar”, un gran riesgo.

La cuarta etapa, la depresión, se sitúa en lo más profundo del pozo que constituye el desamor. Hemos descendido hasta una región muy oscura, perdiendo tanto la esperanza de recuperar lo perdido como la pasión del enfado; por ello, puede parecer que no nos queda nada. Todo en nuestro día pierde sentido, gusto y simpatía: nos cerramos a la vida.

Pero el desamor no puede acabar ahí. La humedad y la oscuridad del pozo no pueden servir para enterrarnos, sino para ser fecundas y permitir que brote de nuevo la vida y la ilusión por el amor. El aprendizaje es la última etapa de todo proceso de desamor, pero requiere de un “largo camino cuesta arriba” para llegar a él. Necesitamos ensanchar el corazón para que las huellas del dolor amoroso parezcan cada vez menores.

Todos hemos sentido el desamor, lo que se evidenció con la elevadísima participación de los asistentes. Personalmente, sentí una esperanza verdadera allí, en la pecera del edificio E: todos marcados por el desamor, todos dispuestos a aprender en amor, todos juntos.

David Rodríguez Marín