“En mi infancia, como en todas las infancias, los cuentos comenzaban diciendo: Hace mucho tiempo, en un país lejano y a partir de ahí ocurrían prodigios…”. Así empieza Luis Landero su discurso Bienvenidos a Ítaca, recordándonos algo que solemos olvidar: lo extraordinario no siempre está en otro tiempo ni en otro lugar. De niños imaginamos países lejanos llenos de prodigios: cuevas de tesoros, mares misteriosos, palabras mágicas capaces de abrir puertas… y pensamos que hemos llegado tarde, que esas maravillas ya no existen. Pero un día miramos atrás y descubrimos algo inesperado: también nosotros, sin saberlo, vivíamos entonces en nuestro propio país lejano, rodeados de cosas extraordinarias que solo la memoria supo devolvernos más tarde.
Algo parecido me ha ocurrido en Singapur. Recuerdo caminar el primer día por la ciudad con la sensación de que todo reclamaba mi atención: los colores de las calles, la verticalidad de los rascacielos y la mezcla de idiomas que convergen en cada esquina. Después llegaron los viajes, sobrevolar las montañas de Vang Vieng, el mar de nubes en Nong Khiaw, el trayecto en moto por Hà Giang (especial mención a la compañía), las playas paradisiacas al norte de Siargao… Todo nuevo e intenso. Y, sin embargo, con el paso de los meses descubres algo que ocurre siempre: lo extraordinario se vuelve cotidiano. No porque deje de serlo, sino porque nuestros ojos, poco a poco, se acostumbran y dejan de asombrarse.
Todos reconocemos esa experiencia. En la ELU hablamos del encuentro con el otro, de cómo en la convivencia aparecen no solo nuevas personas, sino también nuevas formas de comprendernos a nosotros mismos. La vida de Erasmus condensa esa experiencia con una intensidad brutal: de pronto el mundo se llena de lugares desconocidos, de conversaciones inesperadas, de opiniones distintas que amplían nuestra mirada. Y en ese ir y venir de rostros, ciudades y preguntas descubrimos algo que compartimos: la sorpresa de encontrarnos con el mundo como si lo viéramos por primera vez.
Por eso, si alguna vez te preguntas si merece la pena marcharte de Erasmus, la respuesta es sencilla: sí, hazlo. Hazlo por los lugares que aún no conoces, por las personas que todavía no sabes que te esperan, por las conversaciones que un día recordarás con nostalgia. Pero hazlo también por algo más importante: porque viajar, y vivir de verdad esas experiencias, te devuelve una mirada más atenta sobre la vida. Y entonces comprenderás lo que decía Landero: que el país lejano no siempre está al otro lado del mundo. Lo tienes aquí mismo, en tu propia rutina, esperando simplemente a que te detengas un instante… y aprendas a observar y a vivir.
El pasado 4 de septiembre comenzó mi Erasmus en la bávara y universitaria ciudad de Würzburg. Así cobró vida una inquietud que llevaba años rondando mi cabeza: vivir en Alemania. Fue a los tres años cuando empecé a estudiar alemán en el colegio y, desde entonces, entré en contacto con la cultura y la manera de pensar germanas. Al vivir parte de mi día a día, año tras año, en alemán, surgió en mí la duda sobre la realidad de este país y sobre si podría llegar a ser mi sitio en el futuro. Por ello, no consideré ninguna otra opción a la hora de elegir el destino de mi Erasmus.
Añadiendo a este primer criterio de selección de destino, elegí una ciudad poco conocida, pequeña y rebosante de estudiantes alemanes para escapar de lo que sentía ser el modelo de experiencia Erasmus (ir a un lugar con gran presencia internacional y particularmente española, viajar constantemente). Buscaba vivir algo único, pasar un año como un estudiante más de la universidad y no sumirme en la “burbuja erasmus” dentro de un grupo numeroso de españoles.
Los últimos seis meses han sido, desde luego, los menos convencionales de mi vida académica. En Alemania, el semestre empieza a mediados de octubre, cuenta con vacaciones de Navidad y acaba a mediados de febrero. Esto me permitió pasar mes y medio adaptándome a mi nuevo hogar sin tener que lidiar con la universidad. Fueron unas semanas en las que percibí un contraste enorme respecto a los veinte años vividos con mis padres en la misma ciudad. Al principio, Würzburg parecía vacía, al igual que mi residencia; los estudiantes representan alrededor de un 23% de la población y las clases aún no habían comenzado. Quienes sí estaban allí eran los españoles y demás estudiantes Erasmus, así que, naturalmente, se convirtieron en mis amigos, tumbando de esta manera una de mis pretensiones previas a la llegada.
Este periodo pre-clases me brindó la oportunidad de viajar dos semanas a Australia a visitar a mi novia, Carmen, cuya estancia internacional transcurría en Sídney. Fue algo especialmente trascendente para mí puesto que mis abuelos emigraron a esa misma ciudad, fue donde nació mi madre y mis padres vivieron unos años (en Melbourne, que también pude visitar). Ver aquello de lo que tantas veces había oído recordar en familia, me acercó de alguna manera a lo que soy y me permitió conocer más a mis familiares. Más allá del impacto personal, fueron unos grandes días descubriendo lugares preciosos en la mejor de las compañías. Además, adquirí grandes dosis de sol que, posteriormente, echaría gravemente de menos en Würzburg.
La vuelta de Australia marcó el inicio de una nueva etapa dentro de la del Erasmus, volví el mismo día de inicio de las clases a Alemania y parecía otro lugar la ciudad. Había cobrado vida, no daba abasto de la gente nueva que conocía, todos los días acontecían infinidad de eventos y el funcionamiento de universidad exigía ser explorado.
Gestionado el bonito caos de este nuevo arranque, he encontrado en la rutina alemana una agradable combinación entre rendimiento, obligaciones, libertad y descanso. Me explico: al contrario que la universidad en Zaragoza, que exige seis horas diarias de tu tiempo en concepto de clases, en Alemania no se tienen más de dos horas semanales por asignatura y los viernes no hay clase. Esto permite una gestión mucho más libre del tiempo, a la vez que se aporta al alumno lo fundamental de cada materia. En definitiva, se tiene más confianza en el trabajo personal y, por tanto, no se te encadena a pasar horas poco productivas en la facultad. Disfrutando de este modelo educativo, he podido vivir mucho más durante el semestre; desde deporte, ver amigos, leer, viajar, salir.
Esta importante diferencia no implica que no sea exigente la universidad, el mes de enero y parte de febrero ha sido parecido (pero no igual de terrible) a los que todos vivimos en España de exámenes.
Una de las grandes alegrías de la experiencia ha sido la posibilidad de ver con más frecuencia a mi gran amigo Mario Castanera. Vive a una hora en tren de Würzburg, ya que estudia la carrera en Aschaffenburg y desde que acabamos bachillerato lo he podido ver en contadas ocasiones. Estos meses hemos tenido la oportunidad de compartir buenos ratos, que espero repetir en los venideros.
Irónicamente, mi experiencia Erasmus está siendo un poco todo aquello que decía querer evitar: me he juntado sobre todo con españoles e italianos, he viajado mucho y he hablado poquísimo alemán (todo se ventila en inglés). Curiosamente, no estoy decepcionado en absoluto; simplemente he aprendido que lo que yo esperaba de esto no era para nada acertado. Mi ciudad es tremendamente internacional, los alemanes en invierno socializan bien poco y viajar sí me apetecía realmente.
En definitiva, lo más potente de vivir esto hasta la fecha es la inexorable obligación de conocerte a ti mismo que supone el irte a vivir solo al extranjero. Llegar a un lugar donde nadie te conoce, donde cada día te ves obligado a decidir y obrar tan lejos de todo lo conocido; hace irrenunciable el hecho de preguntarte por qué estás viviendo de esta manera. Y por ello, lo recomiendo a todo universitario.
Cada día, miles de personas se ponen al volante sin pensar que sus actos pueden tener consecuencias penales. Los delitos contra la seguridad vial constituyen una de las manifestaciones más relevantes en la intervención del Derecho penal en la vida cotidiana. El creciente volumen de tráfico y la expansión de los medios de transporte (sobre todo, la de los patinetes eléctricos) y del impacto social que generan los siniestros, han impulsado al ordenamiento jurídico a reforzar los mecanismos de prevención frente a conductas que ponen en riesgo bienes jurídicos como la vida, la integridad física o la seguridad colectiva. Hoy, en Ratio Legis, trataré de responder a preguntas sencillas para otorgar al lector un entendimiento básico sobre estos delitos y sus consecuencias.
¿Qué son los delitos contra la seguridad vial?
Este tipo de delitos están regulados entre los artículos 379 a 385 ter del Código Penal y protegen, principalmente, – valga la redundancia -, la seguridad vial, es decir, todas aquellas acciones tendentes a evitar o prevenir los accidentes de circulación, contribuyendo así a reducir la gravedad de los daños sufridos por las personas o sus bienes. De esta manera, se fomenta la creación de un marco de seguridad generalizada en la vía pública.
¿Cuáles son los delitos más relevantes?
Esto se aplica tanto a vehículos de motor y ciclomotor (los patinetes eléctricos pertenecen a la segunda categoría desde que el Tribunal Supremo así los catalogase en una sentencia el pasado 17 de noviembre de 2025).
Conducción con exceso de velocidad en 60 km/h por zona urbana (desde los 80 a los 110 km/h, dependiendo de la zona) o en 80 km/h por hora en vía interurbana a la permitida (entre los 160 y los 200 km/h en autovías o autopistas).
Conducción bajo los efectos de las drogas, el alcohol y otras sustancias en niveles muy superiores (casi el doble) a los permitidos reglamentariamente.
En estos casos, si los valores obtenidos son mayores a los permitidos por el Código de Tráfico y Seguridad Vial, pero menores a los descritos por el Código Penal (por ejemplo, conducir a 150 km/h en autopista o tener una tasa alcoholemia de 0,7 g/l en sangre), será la Administración Pública quien nos imponga una sanción (multa o una retirada de puntos), pero jamás una pena de cárcel.
Conducir: en casos de pérdida de vigencia del carnet (tenerlo caducado es sanción administrativa, no penal), sin haber obtenido uno, o conducir a pesar de haber sido privado del mismo por decisión judicial (las penas son iguales para los tres delitos).
Negarse a someterse a los controles de alcoholemia y otras sustancias (drogas, estupefacientes, etc.).
¿Cuáles pueden ser sus consecuencias?
Estas son muy variadas y abarcan las penas de prisión, multa, los trabajos en beneficio de la comunidad, la privación del permiso para conducir, etc. A pesar de que las penas de prisión previstas sean menores de dos años y por ello, no tengas por qué entrar en la cárcel, el hecho de tener antecedentes penales puede privarte de acceder a: oposiciones, trabajos en empresas privadas, ayudas públicas y visados internacionales. Por consiguiente, la tenencia de antecedentes puede derivar en penas de prisión más graves en caso de cometer futuros delitos similares (reincidencia).
No obstante, a efectos de imponer penas de prisión, habrá que analizar la imputabilidad de la persona que comete la conducta delictiva. Se trata, por tanto, de dilucidar si, a la hora de cometer la infracción, dicha persona tenía capacidad de comprensión y de actuar conforme a ella. En caso de no tenerlas, o de ser menor de 14 años, entre otros criterios; se impondrán medidas de seguridad a tenor de sus circunstancias y necesidades (libertad vigilada o internamiento en un centro educativo especial).
¿Aunque no hiera o afecte a ninguna persona, estaré cometiendo una conducta delictiva?
Por supuesto que sí. Este tipo de delitos se denomina delitos de riesgo o de peligro, por lo que el hecho de desempeñar la acción que causa el peligro o riesgo (conducir temerariamente, por ejemplo) determina la consumación del delito, con independencia de que haya o no un resultado lesivo (una muerte o unas lesiones que se causen a terceros).
Espero que la explicación os haya resultado amena y sencilla. Soy consciente de que se han quedado muchos delitos y conceptos en el tintero, pero quería que la explicación fuese lo más breve y concisa posible. Para consultar cualquier duda o ampliar la explicación, ya sabéis dónde estamos.
En la ELU, si algo nos caracteriza, es el deseo de que nuestro paso por la universidad no se limite a adquirir conocimientos teóricos, sino que suponga también una oportunidad para aprender a mirar las distintas realidades con atención, sensibilidad y sentido de responsabilidad. Buscamos ponernos en juego, implicarnos activamente en la realidad que nos rodea y participar de manera consciente en nuestro entorno.
Por eso entendemos que nuestras ideas, capacidades y acciones alcanzan su verdadero sentido cuando se ponen al servicio de los demás. Liderar, para nosotros, significa también saber detenernos, mirar a nuestro alrededor y preguntarnos qué necesidades existen a nuestro lado y de qué manera podemos responder a ellas.
Desde esta convicción, el pasado viernes 6 de marzo por la tarde, un grupo de voluntarios de la ELU salimos a las calles del centro de Madrid con un objetivo profundamente significativo: compartir tiempo, conversación y algo caliente que comer con las personas que están en situación de calle. La iniciativa, impulsada por Margarita Gutiérrez, Santiago Aragón y Jaime López, alumnos de 3º de ELU, reunió a quince estudiantes dispuestos a dedicar parte de su tiempo a quienes más lo necesitan.
Durante varias horas recorrimos distintos puntos repartiendo bocadillos, caldo y algo de fruta. Sin embargo, pronto comprendimos que aquello que realmente marcaba la diferencia no era tanto la comida, sino la posibilidad de detenernos a conversar, escuchar y compartir unos minutos con cada persona que encontrábamos. Cada parada se transformó en un espacio de encuentro entre personas de distintas realidades, en el que por un momento se rompía la distancia que tantas veces separa a quienes viven en la calle del resto de la sociedad.
Hubo saludos que ya eran conocidos de otras ocasiones, conversaciones improvisadas en las aceras, bromas, historias personales y muchas sonrisas agradecidas. Algunas personas nos contaron fragmentos de su vida; otras simplemente agradecieron el gesto o disfrutaron de la compañía durante unos minutos. Para muchos de nosotros, fue una oportunidad para mirar más allá de las prisas cotidianas y reconocer la dignidad y la historia que hay detrás de cada rostro.
La experiencia nos recordó algo sencillo pero esencial: que, a veces, los gestos más pequeños (una conversación, una sonrisa, unos minutos de atención) pueden tener un valor inmenso. Y que salir al encuentro del otro no solo ayuda a quien recibe ese gesto, sino que transforma también a quien lo ofrece.
Todos los que tuvimos la oportunidad de participar en esta iniciativa, volvimos a casa profundamente agradecidos. Y con una fuerte convicción: la de haber recibido mucho más de lo que habíamos dado.
El pasado domingo 8 de marzo pudimos disfrutar de la segunda edición de El Contrafuerte. Esta vez, la iniciativa cinematográfica tuvo como protagonista a la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman, una representación anacrónica del hombre moderno hecha en 1957.
La mítica película es conocida por muchos gracias a las escenas de la partida de ajedrez o la danza de la muerte, una representación alegórica medieval con la que Bergman cierra la obra. Sin embargo, los que participamos en la videollamada guiada por Santiago Huvelle podemos decir que es mucho más que eso, bastante más que Suecia, acromatismo y existencialismo.
En primer lugar, para los que sepan de cine, la película es digna de admirar pues con tan solo el blanco y el negro se han creado unas escenas únicas, representativas y cargadas de significado. Ahí se lleva la palma Gunnar Fischer, quien según Nicolás Santana, supo jugar a la perfección con sombras y luces, y lo debió de hacer tan bien que le sirvió para despegar su carrera. Los diálogos estaban más que a la altura, cargados con pequeños matices cómicos por ser fruto de una adaptación teatral de nombre impronunciable: Trämålning. En resumen, imagen, sonido y contenido fueron, a juicio popular, mucho más que correctos.
En segundo lugar, para los que sepan de filosofía, pudimos analizar con las intervenciones estelares de Luis Muñoz y Juan Cava el recorrido religioso y existencialista que pretende mostrar el autor. El viaje del caballero Antonius Block, que regresa de las cruzadas a su casa mientras dialoga con la muerte personificada. Así, aparecieron nombres como Unamuno, Nietzsche o Kierkegaard, plenamente entregados a la causa que tanto parecía concernir a los alumnos de El Contrafuerte.
En el, ya para muchos famoso, “camino del héroe” se encontrará con otros personajes esenciales que aportan visiones muy distintas sobre el sentido de la vida. Uno de ellos será el escudero Jöns, quien parece haber decidido vivir su vida libre de preocupaciones religiosas y abandonarse a un hedonismo medieval en el que se encuentra muy a gusto. Mención especial también a la familia de titiriteros que con su cotidianidad han conseguido señalar la importancia de las pequeñas cosas y el sentido de la entrega como posible respuesta a la existencia. Sin embargo, será Antonius quien acechado por la muerte expondrá sus dudas de fe y sentido, que le moverán durante toda la película a reclamar una epistemología válida para comprender la fe.
Quiero conocimiento, no fe.
No suposiciones, sino conocimiento.
Albert Camus también se unió a la videollamada con el mito de Sísifo, igual que lo hizo la dicotomía entre lo inmanente y lo trascendente encarnada principalmente por el protagonista y su escudero.
Posturas muy diferentes que se encuentran en un punto común, la muerte. El señor Muerte sigue de cerca a todos lospersonajes durante el transcurso de los hechos mientras juega una simbólica partida de ajedrez con Block reflejando la inmutabilidad del fin de la vida humana. Esta certeza fue lo que impulsó a nuestro protagonista a in motum se dare. Nosotros también nos pusimos en movimiento, o al menos mentalmente, y arrancamos muchas preguntas para tratar de responder entre todos.
En tercer y último lugar, para quienes todavía no sepamos demasiado —confiemos en que no por mucho tiempo— conviene mencionar que El Contrafuerte se presenta como un requisito casi imprescindible para empezar a remediarlo. Gracias a Santiago Huvelle y a las intervenciones del grupo logramos ir dando forma a muchas de las intuiciones que fueron apareciendo. Al final, ha sido un privilegio permitirnos comprobar hasta qué punto las distintas respuestas que el director sueco propone ante las grandes preguntas pueden aspirar a ser válidas, o incluso óptimas, para la vida que pretendemos vivir.
Para este nuevo encuentro de Filosofía de Bar, Santiago Aragón nos acogió en su casa el pasado 25 de Febrero. Como presentó a principio de curso Laura Llamas, uno de los temas centrales de este año sería la religión. Es por esto que queríamos aproximarnos al enfoque más fundamental de la cuestión religiosa, la cultura. Además, tuvimos la suerte de contar con Juan Serrano, anterior director académico de Becas Europa y de la ELU, quién nos dio su enfoque académico junto con una base de Choza a partir de la obra Filosofía de la cultura.
Tras una introducción al tema por el mismo Juan Serrano, nos explicó la distinción radical entre el instinto y el rito, haciendo énfasis en los procesos de humanización y hominización. Acto seguido, hicimos una ronda de reflexiones personales, sacando varias ideas que estructurarían la reunión como la racionalización de los ritos, la evolución humana o el surgimiento de la ética como factor diferenciador del hombre. Pudimos concretar estas cuestiones en fenómenos de actualidad, como la mediática historia del pequeño mono Punch, al hilo de la crianza como factor de identidad.
Sin duda, uno de los pilares que marcaron nuestras conclusiones fue la muerte, descrita, en palabras del propio Juan, como: “la presencia fija en el mundo que marca el lugar de una ausencia”. Esta frase no quería decir mas que los primeros humanos nómadas comenzaron a guardar la ubicación de sus difuntos, marcando los primeros lugares fijos de la historia de la humanidad. Este comportamiento se mantuvo en el tiempo generando lo que los humanos conocemos como el rito. Así, comprendimos que la funcionalidad de un acto generaba la reiteración de una conducta, dando lugar a la ritualización.
Fue tal nuestro interés en el tema, que perdimos la noción del tiempo, acabando, como no podía ser de otra manera, con una nueva reflexión de Juan Serrano. Poco a poco, comenzamos a hilar las distintas ideas surgidas en la conversación y dimos por finalizado este nuevo Filosofía de Bar.
Redactar esta memoria me ha permitido hacer síntesis de mis ideas a lo largo de la reunión, brindándome nuevos puntos de vista y enfoques a la cuestión cultural. Personalmente he disfrutado la experiencia al máximo al ser mi primer Filosofía de Bar. Gracias a nuestro invitado he coleccionado nuevas frases icónicas como: “el sapiens en un mono que hace poesías” o “el hogar es el lugar en el que alguien te espera”. Finalmente, quería agradecer a los elus que lo han hecho posible, dado que ha sido una gran elección del tema que ha permitido introducirnos a la dimensión religiosa desde su visión más antropológica.
Si la sociedad fuera una orquesta, el sistema legal sería su partitura.
No obstante, todo melómano bien sabe, por mucho que la música sea música, no es lo mismo lanzarse a interpretar una obra a cuatro voces de Bach, que lanzarse a una sesión de improvisación en un vetusto club de Nueva Orleans; pues algo parecido pasa con el Derecho. En el vasto escenario del mundo, el Derecho no suena igual en todas partes; a grosso modo, diferenciamos dos grandes géneros que dividen el mapamundi y llevan siglos compitiendo por definir su orden: el Civil Law y el Common Law. Comparemos, pues, sus principales características.
Por un lado, el Civil Law, heredero del rigor romano. Es la “música clásica” del Derecho. En él, las notas base están escritas de antemano en un pentagrama llamado “Código”, y el juez debe ser un fiel intérprete de la ley, cuya maestría reside en la precisión técnica de ejecutar lo que el compositor original (llamémosle, “el Legislador” –sí, esa celebridad cuyo nombre todos los estudiantes de Derecho de este país habremos escuchado en innumerables ocasiones–) contempló. No inventa, sino que aplica tras valorar el caso concreto. Es el mundo de los grandes tomos, de la lógica germanista; y bajo todo ello subyace la idea de esa “seguridad jurídica” que se pretende alcanzar mediante la ley escrita. Es el Derecho predominante en Europa continental y Latinoamérica.
Desplacémonos por un momento a otro paisaje, donde la brisa de la campiña inglesa resuena al igual que los ecos y respuestas que se han ido dando en el sistema de Common Law a lo largo de la Historia, consiguiendo tanta, tanta relevancia que lo que se ha decidido hace unas horas, así como lo que se decidió hace veinte años, o en la mismísima época victoriana, se convierte en Ley.
Es un derecho orgánico, en el que se mira al pasado para iluminar el presente, sabiendo que es este presente el que posteriormente iluminará el futuro; es ese “jazz” improvisado de los tribunales anglosajones, donde el precedente marca el ritmo y la sentencia de hoy es la base del solo de mañana. Se convierte en vinculante, stare decisis. Y ¡su origen tiene todo el sentido!, ante la falta de un “Justiniano” que sistematizase un Corpus Iuris Civilis, los jueces resolvían conflictos cotidianos “creando Derecho” –tal como decía mi estimado profesor de Constitucional–, pero no de cualquier forma, sino en la que cada caso cobra crucial relevancia para el futuro, el denominado “case law”. Es el Derecho del mundo anglosajón, con algunas excepciones, y de aquellos territorios que formaron parte del Imperio Británico. Lejos de quedarse encerrado en los pubs de Londres y Gales, marca el compás de las cortes de Wall Street, la Ópera de Sydney, o de los juzgados de la India, entre muchos otros.
Ambos estilos responden a diversas necesidades y realidades sociohistóricas. Lo cierto es que hoy día, en pleno siglo XXI, los dos sistemas no son “compartimentos estancos” y las fronteras entre ambos se van desdibujando en ciertos aspectos. El Civil Lawcada vez busca más jurisprudencia anterior; el Common Law cuenta con leyes propias redactadas. Podría tratarse de una “fusión” contemporánea inevitable, donde las partituras rígidas se ven obligadas a improvisar en determinadas situaciones y el Jazz más inédito comienza a tomar nota de sus acordes sobre papel.
Está claro que el Derecho es uno de los intentos humanos de imitar la armonía y, dado que ‘La vida del Derecho no ha sido lógica, ha sido experiencia’, tal como describe el jurista americano Oliver Wendell Holmes, el objetivo ha sido común: ordenar la convivencia social desde sus diversas realidades.
Esperemos que hayáis disfrutado de esta sintetizada (y mucho me temo que reduccionista) aproximación a los dos sistemas de Derecho principales y, ¡nos vemos en la próxima entrega de Ratio Legis!
Queridos elus, Si algo he aprendido este año es que hay decisiones que, aunque cuesten, merecen ser tomadas precisamente por eso: porque cuestan. Soy Rosa Miranda Anguita, estudio 4º de Derecho en la Universidad de Córdoba y curso 4º de la ELU. Y cuando llegó el momento de elegir destino, no fue sencillo. No tenía una ciudad soñada ni un país que llevara años queriendo visitar. Solo tenía una intuición clara: quería salir de mi zona de confort. Y así fue como terminé eligiendo Polonia. Más concretamente, Cracovia.
Estudiar Derecho me ha enseñado mucho más que normas, artículos o procedimientos. Me ha enseñado cómo, a lo largo de la historia, el poder puede utilizar las leyes no solo para proteger, sino también para manipular, controlar y someter a las personas. He comprendido cómo determinados regímenes han instrumentalizado el Derecho para legitimar injusticias, restringir libertades y despojar de dignidad a pueblos enteros. Esa experiencia despertó en mí una forma distinta de mirar. Una mirada más consciente, más humana. Y entendí que, frente a las miradas que en la historia han servido para señalar, excluir o deshumanizar, existen otras miradas que construyen vínculos, que reconocen la dignidad del otro y que crean comunidad.
Por eso vivir en Cracovia tenía para mí un significado especial. Es una ciudad pequeña, pero inmensa en historia. Una ciudad preciosa que ha sido escenario de algunas de las mayores atrocidades del siglo XX. Vivir allí no es solo estudiar en otro país; es convivir con la memoria. Y eso, inevitablemente, te cambia. La historia deja de ser algo que estudias en un libro y se convierte en algo que pisas. Caminar por sus calles, visitar lugares marcados por el sufrimiento o escuchar testimonios del pasado te obliga a tomar conciencia de lo frágil que puede ser la dignidad humana.
Entiendes que el tiempo no borra lo ocurrido, solo lo transforma en responsabilidad. Y que el Derecho, según quién lo sostenga, puede ser escudo o puede ser arma. Y, en medio de esa ciudad cargada de memoria comenzó también mi propia historia allí. La primera semana fue una mezcla de vértigo e ilusión. No entendía el idioma, el frío parecía permanente y todo era nuevo. Recuerdo entrar en mi habitación y pensar: “¿Qué hago aquí?”. Y, sin embargo, en el fondo sabía que justo ahí era donde tenía que estar. Elegir Polonia fue elegir la incomodidad. Y la incomodidad, aunque no lo parezca, educa.
Pero si algo ha definido verdaderamente mi Erasmus no ha sido el destino, sino las personas con las que he compartido estos cinco meses. Porque cuando uno llega, llega solo. Aunque haya cientos de estudiantes en tu misma situación y de tu mismo país, la sensación inicial es profundamente individual. Cada uno con sus miedos, sus expectativas y su necesidad silenciosa de pertenecer. Nadie lo verbaliza, pero todos buscamos lo mismo: sentirnos parte de algo. Y entonces empiezan a cruzarse miradas, preguntas incómodas, conversaciones, risas nerviosas en la cocina compartida. Empiezas preguntando de dónde eres y terminas compartiendo historias de infancia, inseguridades, sueños que te da miedo decir en voz alta. La distancia acelera los procesos: lo que en otro contexto tardaría meses en surgir, allí ocurre en semanas.
Cracovia me enseñó que el hogar no es un lugar físico, sino una red invisible de personas. Hubo un momento en el que mi residencia dejó de ser solo un edificio y se convirtió en refugio. Volver significaba encontrar a alguien que te preguntara cómo te había ido el día, que se sentara contigo a cenar —aunque solo hubiera pasta— o que celebrara pequeñas victorias que, lejos de casa, se sienten enormes. Son esos gestos sencillos los que te hacen sentir vista, tenida en cuenta, parte de algo.
Al principio tenía miedo de que nada de eso ocurriera. Llegas pensando que muchas relaciones serán superficiales: planes constantes, fotos, risas… pero poca profundidad. Y es verdad que esa es una forma de vivir el Erasmus. Hay quien prioriza acumular ciudades y experiencias. Con el tiempo entendí que cada persona elige cómo quiere vivir esta etapa. Yo supe que quería algo más. No solo compartir planes, sino también conversaciones largas, historias personales y silencios. Y comprendí que, si buscas profundidad, tienes que empezar por ofrecerla. Cuando dejé de intentar encajar en una idea preconcebida de lo que debía ser el Erasmus y me mostré tal y como soy, los vínculos se hicieron más fuertes. No fueron los más numerosos, pero sí los más auténticos. Y eso transformó por completo mi experiencia.
Precisamente en esa autenticidad comenzó también el verdadero aprendizaje de la convivencia. Porque cuando decides implicarte de verdad, convivir deja de ser simplemente compartir espacio y se convierte en un ejercicio constante de adaptación, escucha y respeto. Aceptar ritmos distintos, gestionar diferencias y aprender a ceder forma parte del proceso. No todo es perfecto, pero en ese ajuste continuo uno crece casi sin darse cuenta.
También hubo viajes, claro. Cada ciudad nueva era una aventura y, sobre todo, una oportunidad de ampliar la mirada. Cada lugar tenía su propia historia y su manera de entender el presente. Descubrí que la cultura —el arte, la música, la memoria— es un lenguaje universal capaz de tender puentes entre personas muy distintas. Viajar no era solo desplazarse, era aprender a observar con más profundidad y menos prejuicio.
Y precisamente esa ampliación de la mirada me ayudó a entender mejor otra experiencia inevitable: la de sentirme extranjera. Porque mientras yo intentaba comprender otras realidades, también vivía en primera persona lo que significa estar fuera de la propia. Entrar en clase y saber que compartías un idioma distinto, referencias distintas, un contexto distinto. Sentirte observada, descolocada, pequeña.
Sin embargo, lejos de paralizarme, esa sensación me fortaleció. Me obligó a participar, a atreverme a hablar, aunque no estuviera completamente segura, a ocupar mi espacio incluso cuando dudaba. Ser extranjera no solo me hizo más consciente de las diferencias, sino también más segura de mi lugar en medio de ellas. Hoy entiendo que el Erasmus no es solo cambiar de país, sino cambiar la manera de mirar. Es darte cuenta de que crecer no siempre significa ir hacia lo que conoces, sino atreverte a lo desconocido. Es descubrir capacidades y fortalezas en ti que antes no veías.
Quizá esa sea la mayor enseñanza: que salir de tu zona de confort no te aleja de quién eres, sino que te ayuda a conocerte mejor. Y que cuando decides ser tú misma, sin intentar encajar a la fuerza, encuentras vínculos y experiencias que te transforman de verdad. Por eso, cuando ahora pienso en mi Erasmus, puedo llamarlo casa. No solo por el lugar ni únicamente por quienes lo compartieron conmigo, sino por todo lo que allí viví y por la persona en la que me convertí. Porque un sitio se convierte en hogar cuando deja huella en ti.
Y como escribió Marcel Proust: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos.” Y eso es exactamente lo que Cracovia ha significado para mí.
Segundo día de esta gran iniciativa de la ELU, formada por tres alumnos de tercero, Margarita Gutiérrez, Jaime López y Santiago Aragón. Nos reunimos catorce personas en la puerta de la Residencia Las Praderas, en Pozuelo, un 13 de febrero. Creo que no sabíamos bien qué buscábamos ni qué íbamos a encontrar, pero sí teníamos muchas ganas de vivir una experiencia que nos sacara de nosotros mismos.
Entramos algo fríos, sintiendo cierta incomodidad por el “no saber” o el “no conocer”. Algunos incluso nos vimos rechazados puntualmente por algún residente que estaba cansado o poco receptivo. Pero esa sensación desapareció pronto al comenzar las conversaciones, al ir ganándonos su confianza con la ayuda de las trabajadoras y, cómo no, de la guitarra. Fueron alrededor de dos horas muy agradables, llenas de conversaciones triviales y profundas (muchas de ellas repetidas, sí, pero igualmente valiosas).
Guitarras, cantos, flamenco, unas jotas… e incluso clásicos de Nino Bravo. ¿Qué no haríamos por robar unas sonrisas, varias carcajadas y algún que otro piropo? Después tocaba parar, dejar que lo vivido bajara al corazón y compartirlo. En un bar de la zona, Santi comenzó con una breve pero profunda reflexión sobre los límites que encontramos al hacer voluntariado. Luego hicimos una ronda para compartir nuestras experiencias.
Me quedo con tres ideas: primero, en el voluntariado hay que mirar al prójimo a los ojos, de tú a tú, con respeto y humildad; segundo, no vamos a salvar a nadie, simplemente a compartir un buen rato sin esperar nada a cambio; y tercero, los límites pueden verse como un obstáculo… o como una oportunidad. Al final, lo esencial no es lo que haces, ni siquiera lo que “robas”, sino desde dónde pones el corazón.
¿Sabes qué son los derechos fundamentales?, ¿cuáles son?, ¿cómo se regulan y garantiza su cumplimiento? Comprender su naturaleza, alcance e importancia es clave para fortalecer la convivencia, la justicia y el respeto mutuo en nuestra sociedad contemporánea. Hoy en Ratio Legis, trataremos de aproximar al lector a cuestiones capitales de los mismos de manera informal, breve y sencilla,fomentando el conocimiento e interés de esta rama del Derecho Constitucional.
¿Qué son los derechos fundamentales y en qué se diferencian de un derecho general?
Un derecho es una facultad otorgada por el ordenamiento jurídico a un sujeto, con el fin de que este pueda exigir a terceros el cumplimiento de determinados deberes. En el caso de los Derechos Fundamentales (DDFF, en adelante) ese apoderamiento lo otorga la Constitución (la norma suprema o ley de leyes).
¿Quiénes son los sujetos de los derechos fundamentales?
Los sujetos de los Derechos Fundamentales son todas las personas que tengan residencia en el territorio español (no solo quienes poseen la nacionalidad). Sin embargo, la Constitución, las leyes y los Tratados Internacionales pueden determinar la subjetividad de los derechos; por ejemplo, el voto en las elecciones generales o autonómicas, que sólo está atribuido a los ciudadanos mayores de dieciocho años y que ostenten la nacionalidad española.
¿Es lo mismo un DF que un derecho humano?
No. Los Derechos Humanos son demandas morales derivadas de la dignidad humana. Pertenecen a todo el género humano. Los Derechos Humanos pasan a ser de índole fundamental cuando son reconocidos por la Constitución.
Entonces, ¿todos los derechos reconocidos en la Constitución son derechos fundamentales?
Tampoco. Los DDFF son aquellos reconocidos en la Sección Primera del Capítulo II del Título I de la Constitución, es decir, los contemplados entre los artículos 14 y 29 (ambos inclusive), añadiendo la objeción de conciencia al servicio militar regulada en el artículo 30. Entre ellos, destacan, el derecho a la igualdad, a la vida, al honor e intimidad, a la expresión, al voto, a la tutela judicial efectiva, a la educación, etc. No obstante, el resto de los derechos reconocidos por nuestra Carta Magna, reciben el nombre de derechos programáticos. Se trata de un conjunto de prestaciones que el Estado debe promover e intentar garantizar a los ciudadanos, pero que no son jurídicamente reclamables ante los Tribunales (como el derecho a la vivienda regulado en el artículo 47.
¿Cuáles son las vías legales en caso de vulneración de estos derechos?
En primer lugar, los jueces ordinarios son los encargados, en primera instancia, de garantizar los derechos fundamentales de la CE 1978. No obstante, si no conseguimos una sentencia condenatoria o el fallo de la misma no nos convence, podemos apelar a instancias superiores hasta llegar al Tribunal Supremo. Una vez allí, si todavía no estamos satisfechos con la resolución judicial, podremos acudir al Tribunal Constitucional a través del recurso de amparo -sí, has leído bien, Amparo no es una persona-.
Este recurso encuentra su fundamento – según la LO 6/2007 – en: “garantizar la interpretación de la Constitución (…) y para la determinación del contenido y alcance de los derechos fundamentales”. Por lo que, si el recurso no cumple con esta condición o alguna de otras expuestas en la ley o en cualesquiera de las sentencias del Tribunal Constitucional (TC), nos tendremos que conformar con la sentencia del alto Tribunal español (el TS).
¿Tienen relación los derechos fundamentales con los principios del estado?
Los DDFF están profundamente vinculados y encuentran su fundamento en los siguientes principios:
El principio del Estado de Derecho implica que, con respecto a los derechos fundamentales, se refuerza la tutela judicial, se controla la actividad de los poderes públicos contraria a los derechos y se dota a los mismos de un conjunto de garantías generales y particulares.
El principio democrático se basa en la capacidad de autodeterminación (libertad para decidir) individual y colectiva, lo que obliga a instaurar un sistema de derechos especialmente atento a la participación de los ciudadanos. Los derechos implican, como fragmentos de soberanía, límites a la democracia absoluta.
El principio del Estado social obliga a todos los poderes públicos a luchar en favor de un orden socialmente justo. Su objetivo fundamental es la consecución de una mayor igualdad material entre los ciudadanos, garantizando que sus necesidades básicas resulten cubiertas.
Esperemos que la explicación haya sido de vuestro interés. Hemos intentado sintetizarlo al máximo para favorecer la comprensión. Cualquier duda que tengáis, consultarnos por RRSS ¡Hasta la próxima entrega!
Qué mejor plan que comentar un domingo por la tarde un peliculón como es Silencio de Martin Scorsese, de la mano de 14 elus, Inés Pastor y el Padre Pou.
Así comenzó el primer cinefórum de la nueva iniciativa El Contrafuerte, creada por Juan Cava, Colate, Inés Pastor y Lucía Ciprés como soporte para indagar en el mundo de las artes y la cultura.
Nos reunimos por videollamada y, a pesar de las ganas de juntarnos cara a cara, las pantallas no fueron impedimento para compartir las preguntas que suscitó la película sobre la fe y el silencio. Elegimos este tema para calentar motores de cara al próximo fin de semana de la ELU, aprovechando la profundidad que ofrece la pieza de Scorsese.
Basada en la novela de Shusaku Endo, la historia narra el viaje de los padres Rodrigues y Garupe al Japón de la segunda mitad del siglo XVII, que prohibió el cristianismo. Allí descubren que los cristianos eran perseguidos y obligados a realizar el fumie —pisar una imagen sagrada— para demostrar públicamente que habían renunciado a su fe, bajo amenaza de terribles torturas para ellos y para sus comunidades.
El objetivo del gobierno japonés no era solo ejecutar a los cristianos, sino quebrar la voluntad de los sacerdotes y forzar su apostasía para demostrar la “superioridad” de su cultura sobre la fe extranjera.
Cada uno compartió qué había removido la película en su interior: ¿Por qué Dios calla en estas situaciones? ¿Cómo lo encontramos en el silencio, en la clandestinidad? ¿Está de verdad ahí? El Padre Pou nos brindó su reflexión para profundizar en estas cuestiones y arrojar luz sobre las dudas iniciales.
Analizamos la evolución del Padre Rodrigues, un misionero que personifica la entrega absoluta frente al sufrimiento de los campesinos y que encuentra las respuestas de Dios ante tanto dolor en la fe de los humildes. Su camino nos muestra un dilema más duro: su apostasía para evitar el dolor de su comunidad.
Frente a él, la figura deKichijironos puso ante el espejo de nuestra propia fragilidad. Capturado una y otra vez, elige renunciar a su fe para salvar su vida —incluso a costa de abandonar a su familia—, para volver recurrentemente a los pies de Dios a pedir perdón. Su figura nos hizo preguntarnos: ¿quiénes seríamos nosotros en su lugar? ¿Es el perdón de Dios una fuente inagotable, incluso para el que traiciona frecuentemente por miedo?
El debate sobre la coherencia fue intenso: ¿es legítimo apostatar? ¿Puede ser la fe verdadera si solo se lleva por dentro? Cerramos cuestionando si el cristianismo es una verdad universal o si, como apunta el inquisidor en el filme, a veces se intenta plantar semillas en un “pantano” donde las raíces no pueden prosperar, tal y como argumentaba el inquisidor en la pieza.
Nos fuimos con más preguntas que respuestas, pero con la certeza de que El Contrafuerte ha nacido para sostener grandes cuestiones. Gracias al Padre Pou por ayudarnos a inaugurar este espacio por todo lo alto y a cada elu por regalarnos su tiempo y su mirada.
Queda poco para la próxima película… y tú, ¿te apuntas a buscar respuestas con nosotros?
Queridos elus, me hace especial ilusión publicar mi fragmento de experiencia respecto a mi Erasmus. Cierto es que lo traigo al mundo prácticamente cuando mi movilidad ha llegado a su fin, pero es síntoma de mi condición de procrastinador nato. No obstante, es este el punto en el que puedo aportar cierta perspectiva a la experiencia que he tenido la fortuna de vivir, con el fin de no hablar de qué he estado haciendo este Erasmus, sino de quién he podido llegar a ser.
Para quien tenga la suerte de no conocerme todavía, soy Nicolás Santana Tristancho, pero mejor dejémoslo en Colate, y estudio 3º de Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Carlos III de Madrid. De la misma manera, curso 3º de la ELU, con mucho más disfrute y menos sufrimiento, no cabe duda. El año pasado tuve la suerte de recibir la oportunidad de estudiar el primer cuatrimestre de este curso en la longeva y prestigiosa Universidad de Bolonia, pasando a ser uno de los miles de alumnos que han vivido entre las murallas de esta curiosa ciudad que alberga una de las primeras universidades de la historia.
Cuando llegas a una ciudad que es completamente novedosa para ti, existen unos días innegables de transición de turista a, como nos gusta a nosotros, peregrinos. Debemos andar unos días de puntillas antes de aprender a correr como es debido, y esto, en la gran mayoría de los casos, nos lleva a adentrarnos en uno de los mayores inventos de la posmodernidad: los free-tours. Si alguna vez tienen la suerte de poder visitar esta Salamanca Psicodélica, verán como la forma más común de turistear por las calles de la ciudad italiana es siguiendo los famosos7 secretos de la ciudad de Bolonia. Cierto es que son curiosos, llamativos, víctimas de numerosas historias de Instagram, y te pueden sacar alguna carcajada, pero estos meses entre las torres boloñesas me han convertido en un verdadero entendido de la ciudad. Por ello, queridos amigos, me siento afortunado de poder compartir con ustedes los verdaderos secretos de un Erasmus en Bolonia.
El primer secreto que descubrí en esta ciudad es que no existe mejor carta de bienvenida que ser tu mismo. En un destino como este, miles de alumnos llegan cada año con ganas de vivir un Erasmus en el que hacer amigos de verdad. No obstante, el ritmo a seguir es acelerado, los planes abundan y es fácil sentir que uno se queda atrás. Recuerdo mi llegada como un auténtico frenesí, donde el “FOMO” te presiona a querer estar en todos lados y no perderte ningún momento ni persona. En esta situación, no es raro dejarse llevar y amoldar por el primer grupo que te encuentre para saciar esta necesidad y cubrir la inseguridad que plantea el encontrarse solo. En ese momento, Bolonia te muestra este secreto para que no olvides que ser tu mismo plantea también un filtro.
Mostrarte tal como eres otorga la seguridad de que la gente te aceptará por nada más que por ello, resultando enrelaciones mucho más fructíferas y reales. En mi caso, ha resultado en un gran grupo de amigos que han sido mi esencial compañía durante estos meses, además de ser la razón de mis mayores experiencias y enseñanzas de la movilidad. Gracias a este secreto, tengo claro que no termina aquí, y que han venido para quedarse.
La aparición de estas personas me llevó a conocer el segundo secreto, que formularé en palabras de Herman Hesse en su obra Demian: “Uno nunca llega a casa, pero donde quiera que se crucen caminos amistosos, todo el mundo parece estar en casa por un tiempo.” Al llegar a esta ciudad desconocida, me sentí fuera de lugar. Diferente cultura, modales, comida, idioma, ambiente… Mi cuarto volvía a cambiar, y no se sentía mi casa aunque lo llenara de mi decoración.
Sin embargo, de un momento a otro, recuerdo volver a sentir el calor del hogar al pisar mi residencia. Recuerdo volver a sentir la hospitalidad y la seguridad de entrar por las puertas de mi casa en Las Palmas de Gran Canaria. En efecto, cualquier casa se convierte en hogar cuando, de pronto, hay alguien en ella que te espera. De un momento a otro, pisar mi residencia significaba volver a ver a personas interesadas en mi día, mis decisiones y mi estado. Significaba encontrar a personas que consideraban que los momentos por vivir mejoraban si yo era parte de ellos. Por supuesto, esto es más que recíproco. Y lo mejor, es que no solo Bolonia pasó a ser una ciudad iluminada por el calor del hogar, sino que simultáneamente, Valladolid, San Sebastián, Albacete, Málaga, Barcelona y Arévalo sufrían el mismo cambio a la distancia, pues se que siempre tendré amigos esperándome en ellas.
Como buen Erasmus, una de las primeras cosas que hicimos al juntarnos fue llenar el calendario de viajes. Siempre que el dinero dé y el tiempo acompañe, es bueno recordar el tercer secreto de esta ciudad: viajar no está sobrevalorado. Recomiendo encarecidamente a todo aquel que se disponga a hacer su Erasmus que saque su espíritu más aventurero y salte a encontrarse de cara con lugares nuevos con la mayor frecuencia posible. Siento que emplear un tiempo de tu vida en esto es una enseñanza llena de valor donde, no solo conoces los alrededores del mundo, su historia, cultura y arte, sino también atraviesas una prueba para conocerte y entenderte a ti mismo. Es un ejercicio de culturización y refinamiento del pensamiento y gusto crítico donde uno puede analizar sus conductas cotidianas y entender qué debemos mejorar en base a culturas ajenas. No es cambiar el escenario de tu vida, tal y como la conoces, a otro donde harás lo mismo, sino que, con la actitud adecuada, puede constituir una embarcación junto a tus amigos para integrarte en la naturaleza o el ambiente de una población ajena a la tuya. De esta manera, uno involuntariamente abre su corazón y su alma, predisponiéndose a que ocurran cosas maravillosas.
En línea de conocerse a uno mismo, el Erasmus me ha servido para ralentizar el ritmo que llevo en mi rutina universitaria y desactivar el piloto automático de la vida cotidiana. Esto me ha hecho replantearme mi futuro, tanto laboral como vital, pues aún siendo muy joven, ya no sirve hablar de mis deseos para “cuando sea mayor…”. Decía Martín Tami en un encuentro de Filosofía de Bar que con 10 años se le cayeron los dientes, con 20 perdió parte de la vista, y con 30 aparecieron las canas, y solo eran señales de que la vida se estaba poniendo interesante. De esta manera, siento que, a cada año que pasa, más se acercan todas esas cosas que tanto anhelaba ser cuando era un niño, pero del mismo modo, soy cada vez más responsable de poner la carne en el asador para que eso ocurra.
Así, Timothée Chalamet me hizo ver el siguiente secreto de Bolonia cuando dijo en una entrevista (y cito preservando el idioma, pues disfruto de la sonoridad de la frase de este modo): “You can be the master of your fate, you can be the captain of your soul, but you have to realize that life is coming from not and not at you, and that takes time…”. Esta respuesta del actor a Invictus, el poema de William Ernest Henley, resultó ser, para mí, un llamamiento a no desperdiciar el presente para cumplir con el futuro que quiero llegar a merecerme. Es ahora el momento de lanzarme a perseguir mis ambiciones y pasiones para convertir el potencial —que no es más que la el posible resultado de emplear tus capacidades— en realidades que transformen mi vida y la de los demás para bien. En este sentido, el Erasmus ha cumplido su función de cambio de aires y “reset”, trayendo consigo este golpe de realidad que me ha incitado a retomar mi vida cotidiana con ilusión de lanzarme a soñar, trabajar, y no temer la posibilidad de encontrar fracasos por el camino.
Por último, quisiera compartir un secreto de esta ciudad que ha traído consigo numerosos momentos icónicos. En este caso, se trata de un lugar que se convirtió en cierta manera también en nuestro hogar. Como estudiante, existen veces donde el tiempo o el dinero no dan para terminar un largo y provechoso día con el bocado más placentero. Así, cuando esto ocurría, nuestra segunda madre nos acogía en el local de Pizzacasa, donde por tan solo 3 euros, se nos ofrecía la oportunidad de disfrutar en una de las plazas más icónicas de la ciudad de una pizza margarita que, fuera de tratar de ser gourmet, cumple con su carácter napolitano, un sabor a la altura, y siempre trae consigo una historia que contar. Los entendidos cuentan que el euro extra por añadirle jamón es la definición de rentabilidad.
Con esto, concluyo lo que pretende ser un resumen de las experiencias y enseñanzas vitales que me llevo tras haber vivido estos meses en la vieja Bolonia. Y lo especial es que miles de estudiantes antes de mí se llevaron las suyas, pues la magia de esta ciudad está en que las personas vienen a estudiar lo que les gusta, y se van sabiendo quién quieren ser. Se van siendo verdaderos universitarios.
Llegué a Australia a finales de agosto, cuando el verano empezaba a asomar tímidamente, y me fui justo antes de Navidad, cuando todo parecía estar en su mejor momento. Tal vez por eso cuesta todavía más explicar lo que fue: porque no tuvo un principio claro ni un final rotundo, sino más bien la sensación constante de estar viviendo una de esas vidas posibles de las que hablaba Sabina en El pirata cojo. Esa idea de que no vivimos una sola vida, sino muchas versiones de nosotros mismos, algunas elegidas y otras que simplemente llegan a ti.
Australia es un país que sabe vivir. No en el sentido superficial de la palabra, sino en ese equilibrio extraño y admirable entre hacer muchas cosas y no vivir estresado por ninguna. Allí la gente estudia, trabaja, surfea, viaja, queda con amigos y, aun así, parece llegar a todo con una calma envidiable. La calidad de vida no es un eslogan: se respira. Es un país que te recibe, que te lo pone fácil, que no te exige demostrar quién eres para darte un sitio. Simplemente llegas, y con eso ya es suficiente.
Esa forma de entender la vida se notaba también en la universidad. La University of New South Wales era enorme y muy moderna, ¡a ratos casi demasiado! El campus parecía una pequeña ciudad: edificios nuevos, zonas verdes, cafeterías siempre llenas y gente yendo de un lado a otro con calma, como si no tuvieran prisa por llegar. Las clases eran muy prácticas y los profesores, cercanos y accesibles, siempre dispuestos a escucharte y a plantearte las cosas desde otro punto de vista. No sentías que fueras solo a estudiar, sino a aprender a mirar mejor.
Sídney, en concreto, es una ciudad profundamente multicultural, llena de personas que no quieren estar en ningún otro lugar. Gente de todas partes del mundo que, por razones muy distintas, ha decidido quedarse. Tal vez por eso se siente tan viva: porque está hecha de elecciones conscientes.
Yo vivía en una casa con 33 personas jóvenes, de todos los rincones del planeta. Llegué más tarde que el resto, cuando los grupos ya parecían formados, pero aun así me sentí bienvenida desde el primer momento. Como en casa. Martes de trivial, karaokes improvisados, muchísima playa, fiestas, beerpong y esa sensación de que siempre había alguien dispuesto a compartir tiempo, historias o silencios.
Cuando Joaquín, mi novio y estudiante de cuarto en la ELU, vino a verme a finales de septiembre, entendí hasta qué punto esta red humana lo atravesaba todo. No sabía muy bien por dónde empezar a enseñarle la ciudad ni cómo explicarle la rutina que a mí tanto me llenaba, así que hicimos lo único que tenía sentido: vivirla. Y juntos recorrimos Sídney de arriba abajo, como si la ciudad también se dejara conocer mejor cuando se comparte: miradores, paseos interminables y planes sencillos que acababan siendo memorables.
Viajar con amigos fue una prolongación natural de esa forma de vivir. Los destinos importaban menos que la compañía, aunque algunos se quedaran grabados para siempre: Fiyi, uno de los lugares que más me han impresionado nunca; Nueva Zelanda; varios road trips improvisados. Salté en paracaídas (mejor pedir perdón que permiso, sobre todo cuando se trata de padres…) y entendí que hay experiencias que solo tienen sentido cuando se viven sin pensarlas demasiado. Descubrí, casi sin querer, que vivir dentro de un coche puede ser el planazo del siglo: dormir donde te pilla la noche, despertarte frente al mar e improvisar constantemente. Una libertad tan básica que casi se olvida que existe.
Australia ha sido, sin duda, junto con el viaje de Becas Europa, una de las experiencias que más me ha ayudado a encontrarme. A entender quién soy cuando no tengo referencias, cuando nadie me conoce de antes, cuando todo está por construir. Y, sin embargo, me costaría verme viviendo allí indefinidamente. Muchos de mis amigos planean volver y establecerse, y lo entiendo perfectamente. Es difícil no verse a uno mismo feliz construyendo una vida allí. Pero hay algo en mí que no sabría dejar de mirar hacia casa, hacia mi familia, hacia mis amigos de siempre.
Y no es una contradicción. No le resta nada a lo vivido ni a lo increíble que para mi ha sido vivir allí. Al contrario: quizá lo hace aún más valioso. Porque hay lugares maravillosos para quedarse, pero también hay algo profundamente bonito en tener un sitio al que volver. En saber que puedes vivir muchas vidas, sin necesidad de renunciar del todo a la que te espera al otro lado del mundo, cuando te toca volver a tu realidad.
Cuando intentamos explicar lo que entendemos por justicia, nos sucede algo similar a lo que narraba San Agustín en sus Confesiones en relación al concepto de tiempo: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Aun así, debemos intentar aproximarnos lo máximo posible a este concepto, dada su importancia para el Derecho y para la sociedad en su conjunto. Sin justicia no hay Derecho, o al menos, no debería haberlo.
Una primera vía de aproximación a la justicia puede realizarse a través de la filosofía, que concibe la justicia como virtud. Mientras que para Platón, la justicia es aquella virtud que ordena las virtudes de la sabiduría, la fortaleza y la templanza, para Aristóteles, la justicia está intrínsecamente relacionada con la equidad, pues permite corregir los sinsabores de la desigualdad. En el caso del Derecho Romano, la justicia consiste en “sum cuique tribuere”, es decir, en dar a cada uno lo suyo. El cristianismo diferencia la justicia humana, siempre imperfecta, de la justicia divina, la única que puede dar a cada uno realmente lo que merece.
Toda esta herencia filosófica ha cristalizado en el Derecho, que concibe la justicia como un valor superior de nuestro ordenamiento jurídico. El artículo 1.1 de nuestra Constitución proclama: “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. No es el único instrumento jurídico que la menciona, pues también lo hacen la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, el Tratado de Funcionamiento de la UE y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966.
De lo anterior quizás podríamos deducir que la Justicia es uno de esos conceptos que no puede definirse sin hacer referencia a otros conceptos que paradójicamente también necesitarían ser definidos: libertad, igualdad, Estado de Derecho, democracia…
O quizás, ante la vorágine de acontecimientos del mundo, es natural que nos surja la misma pregunta que a León Felipe en El payaso de las bofetadas: “¿la justicia es esto? ¿Un truco de pista? ¿Un número de circo? ¿Un vocablo gracioso para distraer a los hombres y a los dioses? Que me conteste alguien… ¿Qué es la justicia? Silencio… Silencio”.
Un pequeño grupo de alumnos de tercero junto con nuestra responsable de comunicación, Inés Pastor, nos hemos unido para desarrollar una nueva iniciativa en el seno de la ELU.
Somos algo ambiciosos y hemos querido abarcar muchas cuestiones dentro de El Contrafuerte, pero si tuviéramos que responder a la pregunta de qué es exactamente, habría que decir que es un movimiento que pretende acercarse a la realidad respondiendo sus preguntas últimas a través de las artes. Consideramos que el cine, la pintura, la música, la arquitectura o la poesía, son tremendamente útiles, por su capacidad mimética, por su trasfondo intelectual y por lenguaje propio, para comprender algo mejor el mundo que nos rodea.
Por ello, hemos querido dividir este proyecto en dos partes fundamentales. La primera se centra directamente en la organización de un cinefórum mensual donde tratar temas de profundidad filosófica a la luz de una película. En la primera reunión, la película Silencio (2016) de Martin Scorsese nos servirá como base para un coloquio acerca de la coexistencia de Dios y el mal y el silencio divino ante el sufrimiento.
Una segunda parte del proyecto pretende generar contenido, a modo de artículos, podcasts o videos en redes sociales, tratando los temas propuestos, ya sea por nosotros a través del cinefórum o por la ELU orientados a los fines de semana, a través de las artes en un sentido amplio. Nos encontramos ahora trabajando en un primer episodio de podcast que nos permita, con vistas al viaje académico, comprender mejor la permanente modernidad de la arquitectura de Estambul.
Más allá de estas dos, hay una tercera pata que resulta fundamental para nosotros: la colaboración de toda la escuela en el proyecto. Queremos que elus, profesores y mentores se impliquen directamente participando en las actividades y proponiendo temas y contenidos que tratar. El Contrafuerte está abierto a todos.
En suma, haciendo honor a su nombre, El Contrafuerte es un refuerzo en cuestiones de arte para toda la ELU que nos permitirá, desde una perspectiva peculiar, dar respuesta a las preguntas que rondan los módulos, los fines de semana y los viajes académicos. Iniciamos este proyecto con mucha ilusión
Nunca pensé que una obra contemporánea pudiera reflejarse en la mirada eterna de los grandes clásicos del arte. Así nos lo contaba Rafa Macarrón el pasado viernes 23 de enero, durante la visita a su estudio.
En un primer momento, me gustaría hablar un poco de Rafa. Si uno pregunta a internet, se le presenta como un artista madrileño, una de las figuras más reconocibles del arte contemporáneo español actual. Sin embargo, yo vi a una persona muy humana y auténtica, fiel a sus valores pero con una mirada que va más allá de lo evidente. Un reflejo de dedicación, entrega, disciplina y trabajo. Me rompió completamente mis esquemas de padre de familia, de artista, de persona de nuestra época. Porque como dijo Sabrina Lucas, “nadie sabe lo que hay en la cabeza de un artista”, pero me parece alucinante.
Así, con una pequeña idea de lo que íbamos a ver, llegamos un grupo de elus en una tarde lluviosa de invierno. Atraídos por la ventana que se abrió el pasado findELU, muchos sentimos el impulso de asomarnos y descubrir todo lo que podía ofrecernos ese arte tan singular y emergente.
Tuvimos la oportunidad de ver la exposición en óleo que llevaba preparando ya varios meses. Los cuadros más grandes que había dibujado, según nos contaba. El primer destino de esta colección será una exposición a primeros de marzo, una cita que esperamos con muchas ganas.
A través de una visita cercana y pausada, fuimos descubriendo lo que se esconde detrás de una obra. Una visión cuidada y sensible, determinada por cada tono de color —podría haber trescientos tubos de pintura—, cada textura, cada sombra, cada detalle. Una alusión a lo clásico que dialoga con los hitos de la moda actual; la tradición combinada con lo contemporáneo. Todo ello solo puede ser fruto de una cabeza formada en la sensibilidad, receptiva al asombro, capaz de otorgar valor a aquello que muchos pasarían por alto y de construir una visión del mundo auténticamente genuina.
Una de mis preguntas fue por qué las caras aparecían serias y, con gran acierto, Rafa me respondió que cada personaje merecía una interpretación personal por parte del espectador: quién era y cuál podría haber sido su vida. Ese pequeño detalle en el gesto del rostro resultaba necesario para establecer un diálogo personal con cada figura. Esto me llevó a pensar si no merece la pena detenernos y cultivar esa capacidad de apreciar lo pequeño, de ser nosotros también un poco artistas.
Conforme nos enseñaba cómo había evolucionado su arte a lo largo de los años, el estudio se fue revelando como un lugar vivo, en constante diálogo entre el artista y su trabajo. Rafa nos explicó que se trata de un proceso que, aunque nace de manera espontánea, está lleno de intuición, ensayo y error, y que precisa de tiempo e incluso, en ocasiones, de más de un artista. Nos compartió también cómo necesita de su equipo y que, sin él, no podría alcanzar el nivel de detalle que su idea exige. Además, me asombró pensar cómo, de manera inconsciente, pinta aquello que un día será reflejo de nuestra sociedad, porque las obras, al final, hablan por sí solas.
Y entre conversaciones, oídos atentos y miradas fijas en cada detalle, llegó la hora de marcharse. Sin embargo, nos fuimos con una mirada renovada y, por supuesto, con ganas de la prometida exposición.
Todo muy humano. Todo muy comprensible. Todo jurídicamente… erróneo… la mayoría de las veces. Porque no, no siempre que algo sale mal hay un culpable. Y no, no todo el que cobra promete resultados.
Y sí, esta diferencia —aparentemente técnica, casi aburrida— es una de las líneas maestras que separa una sociedad adulta de una infantil.
El Derecho Civil lo sabe desde hace décadas, pero nosotros insistimos en olvidarlo: no es lo mismo prometer un resultado que comprometerse a poner los medios. No es lo mismo entregar un paquete que operar un corazón. No es lo mismo garantizar un beneficio que darlo todo por defender a un reo de la perpetua.
Sin embargo, cada vez que un juicio se pierde, una operación fracasa o una inversión se hunde, reaparece la misma frase, pronunciada con ira, con el puño apretado y con la convicción de saber más derecho que el equipo de Ratio Legis combinado:
—“Para eso te pagué”.
Este artículo va de eso.
De lo que realmente se promete cuando se firma un contrato. De por qué el Derecho no castiga la mala suerte, pero sí la negligencia. Y de cómo confundir una obligación de medios con una de resultado no es solo un error jurídico, sino una forma muy peligrosa de pensar la responsabilidad en una sociedad compleja. Como siempre, esto no va de tecnicismos, va de entender cómo funciona el mundo cuando se levanta la vista del código.
Un cirujano opera. El paciente muere. Un abogado defiende. El cliente pierde. Un profesor enseña. El alumno suspende. La reacción instintiva es siempre la misma:
—“Para esto te pagué”.
Y, sin embargo, el Derecho responde con frialdad:
—”No te prometí el éxito. Te prometí hacer bien mi trabajo”.
Esto es una obligación de medios. El médico no garantiza la curación, sino actuar conforme a la Lex Artis. El abogado no garantiza la victoria, sino diligencia técnica, estrategia razonable y respeto escrupuloso de los plazos. El profesor no garantiza aprobarte, sino enseñarte con rigor. Si el profesional actúa correctamente y aun así el resultado es negativo, no hay incumplimiento. No porque el Derecho sea insensible, sino porque castigar el riesgo sería paralizar la acción humana. Si cada operación tuviera que acabar bien para no generar responsabilidad, nadie operaría casos difíciles. Si cada pleito perdido fuera una indemnización automática, nadie asumiría defensas complejas. El resultado sería una sociedad cobarde, no más justa.
Ahora cambia el escenario. Un repartidor no entrega tu pedido de Vinted semanal. Una empresa no construye tu casa prometida. Una plataforma no te presta el servicio contratado. Aquí al Derecho no le interesa el esfuerzo interior, ni las lágrimas logísticas, ni los problemas existenciales de quienquiera que se haya comprometido al servicio.
¿Está el resultado? No. Entonces hay incumplimiento.
Esto es una obligación de resultado. Quien controla el desenlace responde por él. Por eso Amazon no te manda una carta explicando que el repartidor lo intentó con ganas: te devuelve el dinero. Y hace bien.
Buena parte de la litigiosidad actual en España nace de confundir estas dos categorías: en sanidad no se suele juzgar el desenlace sino la conducta profesional; en el mundo académico no te prometen aprobados sino preparación.
Otros casos son más grises, y dependen de los términos empleados. Por ejemplo, en inversiones financieras (donde, lo sabemos, todo se vuelve más resbaladizo) cuando una entidad insinúa garantías, el juez empieza a afinar el lápiz. Por eso los contratos parecen escritos con sadismo paranoico y por eso los estudiantes de derecho toman tantas aspirinas: porque los términos importan, y nadie quiere convertir una obligación de medios en una de resultado sin darse cuenta. Si prometes seguridad, resultados o rendimientos, el Derecho no acepta excusas.
Las Leyes no castigan la mala suerte. Castigan la negligencia. No protegen nuestras expectativas subjetivas sino los compromisos objetivos, escritos negro sobre blanco. Y eso incomoda, y genera muchas migrañas, porque nos obliga a asumir algo muy poco popular: que no todo fracaso es culpa de alguien. Así que la próxima vez que alguien te diga: “Hice todo lo posible, así que no te debo nada”, tú sabrás que dependerá de lo que prometió en primer lugar. El Derecho se sienta en la silla de las expectativas. Porque entender esto no solo sirve para ganar pleitos, sino para pensar mejor la responsabilidad en una sociedad adulta.
Soy Maite Tormo, y este primer cuatrimestre he estado de intercambio en la Universidad de Edimburgo en mi cuarto año estudiando Derecho y Filosofía, Política y Economía.
¿Pero de qué sirve el Erasmus? -preguntaba repetidamente mi abuelo antes de irme, muy escéptico de una experiencia que a sus ojos, era sinónimo de una temporada de vacaciones. Hoy, cuatro meses después, puedo dar mi propia respuesta a esa pregunta.
Lo primero es que el erasmus supone una experiencia muy intensa de libertad. Llegas a un lugar desconocido, cargada de maletas, entras en una habitación que al principio te resulta hostil y al sentarte en la cama te das cuenta de que estos cuatro meses tienes que decidirlo tú todo: desde lo más nimio, el qué comer, hasta cosas más relevantes como la organización de tu tiempo, los amigos, el deporte, la misa, etc.
Hay dos posibles actitudes ante esta experiencia de libertad, ambas válidas. La primera es el terror o el bloqueo al ver que estás absolutamente solo en una nueva ciudad, sin amistades ni sitios de confianza. La segunda es la tranquilidad o serenidad al no ser la primera vez que estás solo en una ciudad. En mi caso, acogí esa sensación de nueva libertad como un regalo que disfrutar con cabeza y sentido, sabiendo que la libertad exterior no sirve de nada si no hay un ejercicio de libertad interior que la acompaña.
Y así empecé mi erasmus. Hice mil planes nuevos en la primera semana, desde apuntarme a baile escocés, beber la cerveza típica en el pub típico, ver las famosas vacas peludas, subir Arthur’s seat, salir de fiesta con un grupo masivo de españoles, hacer un tour de fantasmas en el cementerio de Greyfriars…
Con el tiempo, creamos un grupo de amigos que, como dice Sofía, no está unido por el paso del tiempo, pues apenas fueron tres meses y medio, sino por la intensidad de la experiencia. Comidas con sobremesas interminables en nuestro piso, viajes por las Highlands escocesas, tortilla de patata para cuarenta, un francés cantante, algún que otro ratón de invitado especial, apuestas para llegar puntuales a la biblioteca, un pamplonica con nivel de inglés proficiency, un escocés fan de las patatas bravas y del jiu-jitsu, anécdotas que jamás olvidaremos… Incluso nos dábamos cuenta de que empezábamos a tener una jerga propia, con palabros que pocos entendían.
La parte académica también fue importante, pues la Universidad de Edimburgo es una de las universidades más prestigiosas en Europa. Me dieron clase profesores que trabajaban en la House of Lords (la cámara alta del Parlamento de Reino Unido), y aprendí de ellos sobre temas de lo más diversos, como el Brexit o la teoría del juego. Una parte importante de las universidades británicas son las “societies”, asociaciones de alumnos con temas muy variopintos, desde la hotchoc society, para los amantes del chocolate caliente (pero sin churros), hasta la edinburgh justice initiative, en la que colaboré para un proyecto pro bono de Derecho.
En definitiva, el erasmus es una experiencia única. No debe idealizarse, porque siempre hay un componente de suerte en el destino y la gente con la que te encuentres, pero sí valorarse como una oportunidad para ser independiente, abrirse a otras culturas y forjar amistades para toda la vida.
He tenido la suerte de pasar este cuatrimestre en París, una ciudad que todo el mundo conoce, aunque sea solo de oídas. Posiblemente, cuando oyes “París”, la imagen que aparece en tu cabeza sea la Torre Eiffel, unas orejas de Mickey Mouse, una catedral centenaria como es Notre Dame o, quizá, incluso un parisino con boina y baguette. Todo eso es válido, menos lo último, que no suele pasar. Así que la pregunta es: más allá del mito, ¿en qué se traduce vivir en la Ciudad de la Luz?
Esta era la pregunta que yo me hacía al seleccionar destino. Para situarnos, os cuento que me llamo Sofía García-Escribano Camino, estudio Ingeniería Industrial en la Universidad Carlos III de Madrid y estoy en tercero de la ELU. Como os pasará o habrá pasado a muchos de vosotros, se me presentó la ocasión de hacer un Erasmus y en ningún momento se me pasó por la cabeza no aprovechar la oportunidad.
Mi criterio de selección era claro: quería una ciudad grande y dinámica donde pudiera mantener un nivel de actividad similar al de Madrid, pero con un toque francés. Sin embargo, aquí estoy en diciembre, escribiendo esto desde mi cuarto en París y dándome cuenta de que mi vida aquí no ha tenido nada que ver con mi vida en España. Y me alegro mucho, porque si hubiera pretendido replicar lo que allí tengo, habría perdido la oportunidad de abrirme a una nueva realidad.
El 31 de agosto abrí la puerta de la que se convertiría en mi habitación durante los próximos meses. Estaba despejada, llena de espacios para rellenar con el equipaje que traía de mi casa “de verdad”. Lo que al principio parecía un cuarto impersonal se transformó, poco a poco, en el rincón al que venía a descansar y donde me sentía a gusto. Como nunca había vivido fuera de casa, el proceso fue revelador: me di cuenta de que no necesitaba llenarlo con objetos de Madrid para que replicara mi hogar; el propio acto de vivir y desenvolverme en ese espacio ya lo hacía mío.
Lo que pasó con mi habitación es lo mismo que ocurrió con mi rutina y mis prioridades. Al llegar a París, me encontré con un lienzo en blanco. Habían desaparecido las inercias de Madrid, no por una decisión consciente, sino porque simplemente no habían cogido el vuelo conmigo. Al principio, ese vacío me asustaba, pero pronto se convirtió en un espacio para ser llenado con lo que verdaderamente quería. Aunque aún no tengo la perspectiva completa de esta experiencia (¡me queda enero, afortunadamente!), creo que el mayor cambio ha sido aprender a discernir y priorizar aquello que resuena conmigo. Al liberarme del afán de hacer cosas sin saber muy bien por qué, descubrí que sí tenía la capacidad de elegir, simplemente no la estaba ejerciendo.
Este cambio de mirada lo viví de la mano de otros. En París, además de turistas en cada esquina y franceses apresurados, encontré a gente con mucho corazón. El proceso fue gradual. Un primer fin de semana en el que se organiza una visita a Versalles con lo que en un principio son quince extraños a los que conociste hace dos días, pero resulta que os lleváis bien, así que quedáis a tomar algo al día siguiente. Como la conversación fluye, la próxima semana te das cuenta de que has acabado en Montmartre con ellos. Al poco tiempo, una de las que empezaban a ser más que “conocidas” propone ir a un castillo a las afueras de la ciudad, Fontainebleau. Se tarda un rato en llegar, pero dicen que merece la pena e, incluso si no te gusta, compensa, porque lo importante en la segunda semana es pasar ratos divertidos con la gente. Entre paseos, quedar para tomar algo después de la uni, jugar al billar, hacer picnics y conseguir que todos llegáramos al récord personal de crêpes ingeridos, llega el final de septiembre y te das cuenta de que sois un grupo de amigos. Un grupo unido no por el paso del tiempo, sino por la intensidad de la experiencia.
Buscando la integración cultural, hemos aprendido a hacer fondue, hemos sido víctimas de varios macarons y hemos hecho más planes de tarde en el Louvre que un parisino promedio. También hemos explorado Francia: Normandía, Orleans, el Mont-Saint-Michel o Lille, terminando con un programa intensivo de mercados navideños en Estrasburgo y Reims.
En paralelo, también he disfrutado de los planes más tranquilos: dar un paseo por los Jardines de Luxemburgo que acaba en una de esas sillas verdes, en las zonas menos concurridas, perfectas para leer un libro un sábado por la mañana; caminar por la ciudad para explorar y aprovechar unos reconfortantes rayos de sol de domingo o ir sola a un museo y darme cuenta de que estaba viendo por primera vez un cuadro que llevaba tiempo en esa pared, al lado de otro que siempre me había gustado, pero al que nunca le había dedicado atención. Incluso he aprendido a agradecer algo a los turistas: me recuerdan que lo que veo todos los días merece la sorpresa. Pasar por Notre Dame y levantar la vista no debería ser un mero trámite, que algo sea cotidiano no significa que tenga menos valor, sino que tienes la suerte de disfrutarlo a diario.
Lo que también he visto casi todos los días ha sido la universidad, pues la razón principal de mi estancia fue estudiar en la Sorbonne Université, en el campus de ingeniería Jussieu. Su entrada, entre dos altos edificios, da paso a un jardín con una torre de cristal situada en medio de una cuadrícula de torres unidas por amplios pasillos. En este espacio se desenvuelve una vida estudiantil mucho más intensa que la que percibía en Madrid. Es un lugar vivo, con decenas de asociaciones y bibliotecas llenas, dominado por estudiantes que no están simplemente de paso y se sienten orgullosos de su institución. Las clases en francés han sido un reto, pero también la vía para conocer a estudiantes internacionales y para transformar por completo la rutina académica a la que venía acostumbrada.
Si en algún momento tenéis la oportunidad de ser tentados por un croissant, aceptadlo. Por lo que habéis leído, no hace falta aclarar que París me parece una ciudad fantástica para hacer una movilidad, pero si en vez de un croissant es un gofre belga, una pizza italiana o un pretzel alemán, estará igual de bien, porque más allá de la admiración por ciertos monumentos, lo verdaderamente relevante de la ciudad es el cambio que provoca en uno mismo. Al fin y al cabo, eso puede pasar en cualquier rincón del mapa.
En la ELU pretendemos no quedarnos solo en una formación puramente académica. Buscamos ponernos en juego, participar de nuestro entorno y asumir un liderazgo orientado al servicio y al bien común. En este marco, el pasado viernes 5 de diciembre tuvimos la oportunidad de encarnar de manera concreta nuestra misión social en una actividad comunitaria impulsada por Margarita Gutiérrez, Santiago Aragón y Jaime López, alumnos de 3º ELU. Nos reunimos en el local junto al Primer Monasterio de la Visitación (Salesas), cuyas puertas nos abrió generosamente Javier Puelles (1ºELU). Allí preparamos bocadillos, termos con caldo, manzanas y algunos dulces y, quienes lo desearon, dedicaron también un tiempo a la oración del voluntario antes de comenzar la ruta.
Acompañados por Javier , que desde hace tiempo recorre esta ruta cada lunes y conoce a quienes viven en ella, fuimos deteniéndonos para conversar con cada uno. Charlamos con Jordi, con David y con otros tantos, escuchando fragmentos de sus historias de vida, sus juicios sobre la situación en la que se encontraban y sus distintas formas de afrontarla. Más que repartir comida, compartimos tiempo, escucha y presencia, poniendo nombre y rostro a realidades que con frecuencia permanecen invisibles.
Al finalizar, regresamos al Primer Monasterio de la Visitación, donde pudimos compartir en grupo lo vivido: las sensaciones, las preguntas que surgieron y el sentido de una experiencia que nos confrontó con nuestra manera de mirar y atender a quien vive en la calle. Sabemos que una tarde no cambia el mundo, ni tampoco era ese nuestro objetivo. Sin embargo, creemos en la importancia del contacto con lo real, en la fuerza del encuentro personal y en el valor de ofrecer el propio tiempo al servicio del otro, descubriéndolo como persona y no como problema o necesidad anónima.
El pasado 3 de noviembre, desde ELU Valencia tuvimos el placer de recibir la visita de nuestra querida mentora, Marta Luquero. Dada la ocasión, además de aprovechar para hacer mentorías presenciales, nuestro estimado delegado Marcos Ranchal y nuestra codelegada Cecilia Uriol organizaron una cena de Navidad en la que nos reunimos tanto los ELUs como algunos Elumni. Allí pudimos celebrar el cumpleaños de Marta y compartir experiencias, risas, juegos y, sobre todo, mucha ilusión.
Muchos de nosotros aprovechamos la oportunidad de conocer a Elumni de nuestra ciudad y hacerles miles de preguntas sobre su paso por la ELU. También tuvimos ocasión de conocernos mejor entre nosotros, ya que, muchas veces, aunque vivamos en el mismo sitio, cuando coincidimos suele ser en Madrid y no nos da tiempo a vernos de verdad.
Durante la cena se plantearon algunas iniciativas solidarias y lúdicas. Marta, como siempre, apoyó nuestras ideas y nos animó a seguir trabajando en ellas. Comentamos cómo había ido la primera reunión de “Beers & Books” Valencia y nos alegramos al darnos cuenta de que, poco a poco, ELU Valencia se está convirtiendo en algo más que llevar un pañuelo fallero a Madrid: se está convirtiendo en una familia.
Resulta llamativo que la RAE defina ‘cártel’ como ‘organización ilícita que trafica con drogas o con armas’ o ‘convenio entre empresas para evitar la competencia’; y aún resulta más llamativo que la primera acepción sea la que más ha calado en nuestra sociedad, la que asociamos automáticamente al oír el término cuando, realmente, es la segunda práctica la más común que nos afecta a todos como consumidores. Sí, has escuchado bien, con toda probabilidad tanto tú como yo nos hayamos visto afectados por un cártel, y me arriesgo a afirmar que no precisamente por el de la droga.
Para evitar que este artículo se convierta en una mera transcripción de legislación de la UE o del Derecho de Defensa de la Competencia (rama que protege el funcionamiento libre y leal de los mercados garantizando la competencia entre empresas), me gustaría traer a colación una serie de casos que se han dado recientemente en España en los que quizás te hayas podido ver afectado por estos acuerdos colusorios.
El “cártel de la leche” se dio entre los años 2000-2013, y consistió en que varias grandes empresas lácteas coordinaron precios y compras de la leche, lo que afectaba a ganaderos y consumidores. En la década de los 90, los productores de azúcar pactaron serios precios y cuotas de venta dando lugar al “cártel del azúcar”; o el “cártel del papel higiénico” entre el año 2000 y 2011. Este patrón de conducta se repite también en los casos de de productos como el “cártel de detergentes” (2002-2005), el “cártel de carburantes” de los años 2000; o en otros servicios como el “cártel de servicios funerarios” (2000-2009), en el que funerarias pactaron precios y condiciones de esta prestación. Otro de gran actualidad, por el que muchos consumidores se encuentran reclamando hoy en día, es el “cártel de los coches”.
Quizás te digas a ti mismo, “muy bien, pero ¿qué más me da a mí que las empresas se organicen internamente para evitar competir si muy probablemente ni me entere?”. Más allá de las consecuencias obvias que esto puede acarrear, como precios más altos, menor calidad o menos innovación, cabe contemplar que, cuando estos acuerdos ilegales afectan a bienes adquiridos por las Administraciones Públicas, el dinero perjudicado es el de los ciudadanos, dinero que no se está destinando a otros fines. Y no precisamente se trata de cantidades irrisorias sino, a menudo, millonarias… sólo con pensar en la diferencia que éstas pueden suponer en una situación de necesidad (como en plena pandemia, por ejemplo), cabe reflexionar sobre el impacto real que tienen estas infracciones.
En definitiva, los cárteles no son una realidad lejana, todo lo contrario: tienen que ver con nuestra vida diaria de manera directa. Operan de forma silenciosa, diluidos en el precio de un litro de leche, el coste de llenar el depósito del coche o en poner una lavadora. Precisamente ahí radica su peligrosidad, en que suelen pasar desapercibidos para quien los sufre, mientras perjudican activamente la competencia, el bienestar del consumidor y la confianza en el propio mercado.
La reflexión que debería quedarnos es la de que la competencia no resulta un mero concepto abstracto, se trata de un mecanismo esencial que protege nuestros intereses más cotidianos. Porque, aunque no siempre lo percibamos, la ausencia de ésta no se paga en abstracto, se paga, casi siempre, de nuestro propio bolsillo.
Gracias por vuestro tiempo, una vez más, y ¡hasta la próxima entrega de Ratio Legis!
El 18 de noviembre nos encontramos en la comodidad de la casa de los hermanos Aragón para una sesión que se convirtió en un auténtico espacio de pensamiento compartido. Después de revisar el material que nos envió María Torras, nos sumergimos en un debate que no dejó a nadie indiferente.
Las ideas fueron tan diversas como estimulantes. Nos preguntamos si la intencionalidad de las acciones puede justificar un mal por un bien mayor y sobre qué depende realmente esa valoración. Algunos llevaron la conversación al plano más teórico y ético, explorando principios universales y dilemas morales, mientras otros la conectaron con su vida cotidiana y con la política actual, donde aparecieron reflexiones desesperanzadoras sobre el rumbo de la sociedad, contrastadas con visiones más optimistas que invitaban a la esperanza. Esa mezcla de perspectivas hizo que la discusión fuera viva y profunda, porque más allá de las diferencias, lo que nos unió fue la certeza de que el tema nos tocó a todos y nos obligó a pensar.
Con tortilla de patata, kikos y un ambiente cercano, tuvimos la suerte de contar con nuestros mentores y profesores: el Padre Pou, María Torras, María Longás y Marta Luquero, cuya presencia enriqueció la conversación con preguntas incisivas y ejemplos que nos ayudaron a mirar más allá de lo evidente. Quiero recalcar lo mucho que me gusta esta iniciativa y dar las gracias a Luis Muñoz y Alejandro Aragón por crear este gran espacio para reflexionar, porque no todos los días se encuentra un lugar donde la filosofía se mezcla con la vida real y nos invita a cuestionarnos cómo queremos vivir.
“Ella estará satisfecha. Porque ese día sabrá que no era el viento invisible lo que todos los domingos llegaba a su altar y le desordenaba las rosas”.
Gracias García Márquez. Gracias porque nos brindaste la oportunidad de sumergiros en una conversación que supera, con creces, lo superficial. Entre retazos y retazos de recuerdos, aquella tarde nos dimos el lujo de compartir nuestras experiencias, pero no de cualquier tipo: unas que parecen estar prohibidas. Canceladas por la sociedad. Como si tuviéramos miedo a siquiera mencionarlas por lo que pudiera pasar. Pero que, al final del día, describen lo único que tenemos seguro en esta vida: la muerte.
En su relato “Alguien desordena estas rosas”, el escritor juega con el lector de una manera espeluznantemente maravillosa. Hace danzar al narrador, el alma de un niño que falleció, por las turbulencias del tiempo como si de algo sencillo se tratase. Es a través de él que, poco a poco, se nos va revelando la historia, pero siempre incompleta. Quizás al llegar al punto final de la obra conocemos ciertos detalles de la relación que une a los protagonistas: al niño que queda atrapado en la monotonía de los años con la señora mayor que parece rozar la muerte con tan sólo respirar. Sin embargo, jamás sabremos los “por qué”. Por qué ella decide volver a la casa abandonada después de dos décadas. Por qué el pequeño se empeña en llevar las rosas del altar, y no otras, a su propia tumba. Por qué rosas “rojas y blancas”. Por qué a la mujer le aterroriza distraerse y despegar la vista del altar por más de un segundo. ¿Acaso sabe que su final se acerca y se niega a aceptarlo? Como si manteniéndose tensa, a la espera, fuese a ser capaz de resarcirse del destino de todo ser humano: morir. Por qué ese saquito oscuro y esas medias rosadas. Por qué él afirma que “quedará definitivamente solo en el cuarto”. ¿Qué es aquello que, tan vilmente, lo mantiene subordinado al mundo de los vivos?
Efectivamente, quizás nunca lleguemos a responder con total seguridad ninguna de estas preguntas. Nunca conoceremos el “porqué” escondido tras las líneas de García Márquez. Pero algo en lo que creo que llegamos a coincidir durante aquel encuentro, es que los relatos son mucho más que palabras hiladas con cautela para contar una historia: son puertas al corazón de los demás. Y lo bonito es que no solamente a aquel que lo escribió, sino a aquellos que tienen la suerte de leerlo.
Por eso mismo, me reitero: gracias García Márquez. Abriste a través de ese duelo entre el pasado y el futuro un tema de conversación que, probablemente, debería de ser tratado más a menudo: la muerte. Así, nos enredamos en un debate que pivotó sobre cuestiones como: ¿le tenemos miedo a la muerte?, ¿nos preocupa más la nuestra o la de los demás? Si nos muriéramos mañana, ¿estaríamos satisfechos?. Eso sí, como buenos ELUs no nos quedamos ahí. Se podría decir que fuimos un poquito más allá.
Uno por uno, bajo decisión propia, pusimos sobre la mesa nuestras experiencias con la muerte. En un espacio donde la confianza era la protagonista principal. Reforzamos, o establecimos por primera vez, vínculos que quizás jamás habríamos imaginado. No sabría explicar cómo ni por qué, pero podría afirmar con los ojos cerrados que aquellas horas de conversación nos devolvieron ese oxígeno que no sabíamos que nos faltaba. Y es que creo firmemente que no hay desperdicio mayor que el de dejar nuestra vida en manos de la homogeneidad y la inercia del día a día.
Así, lágrimas, risas y silencios inundaron la sala del JJ, demostrándonos una vez más que la mejor manera de conocerse es arriesgándonos y mostrándonos vulnerables con los demás.
El pasado 24 de noviembre, tras un largo paréntesis de varios años, tuvimos el privilegio de vivir un encuentro que unió a elus y elumnis. Todo esto fue posible gracias a la gran iniciativa de Sabrina Lucas y María Longás, quienes nos acompañaron durante la jornada. Además, tuvimos la suerte de aprovechar su visita para realizar mentorías presenciales, un auténtico lujo que agradecemos enormemente.
Fue una reunión preciosa que nos permitió poner cara a quienes ya han terminado su camino en la ELU. Pudimos escuchar cómo vivieron ellos su etapa en la Escuela y cómo funcionaba cuando formaban parte de ella; dado que algunos se graduaron hace más de diez años. La sorpresa fue mutua al comprobar cómo ha crecido y evolucionado el proyecto.
Aunque veníamos inspirados por un grandísimo Fin de Semana asombrados por el arte y pensamos en visitar alguna exhibición, decidimos que la mejor forma de aprovechar este encuentro especial era repartir bocadillos por el centro de la ciudad. Fue una actividad que trascendió la mera acción de voluntariado. Nos permitió “salir de nosotros mismos” y generar un espacio de conversaciones profundas, no solo con las personas a las que ayudábamos, sino también entre nosotros.
Algunos no lo habían hecho nunca y para otros elus, recién llegados este curso a la ciudad, supuso el descubrimiento de una acción social que seguro repetiremos entre nosotros. Allí, compartiendo el frío y el servicio, chocamos con una realidad que muchas veces nos pasa desapercibida. Entendimos que lo importante no era la comida que entregábamos, sino el hecho de compartir tiempo y palabras con los que nos íbamos encontrando, conociendo además a los elumnis, a los que la mayoría no habíamos visto nunca.
La jornada se cerró con una cena numerosa que dio para muchas conversaciones y alguna que otra anécdota también. De hecho, por las horas que eran casi que nos tuvieron que acabar echando del restaurante de lo a gusto que estábamos, pudimos reunirnos unos 20 y disfrutar de la compañía.
El encuentro nos dejó con un sentimiento de inmensa gratitud y, sobre todo, con ganas de más. Tanto es así que ya hemos fijado fecha para el próximo, estrenándonos próximamente con los “Jueves de Juegos”. Barcelona ha vuelto a despertar y esto es solo el comienzo.
Bruselas es el lugar donde Europa se piensa a sí misma.
Un lugar donde el peso de la historia, la ligereza de los sueño y los fantasmas de guerras pasadas se sientan a conversar en las mismas mesas que los arquitectos de las paces futuras. Es el lugar donde resuena el eco de las pisadas de todas aquellas personas que vienen desde muy lejos, buscando construir un futuro común para todos. Y allí, durante los primeros días de noviembre, tres ELUS: Paula de Alfonso (3º), Marisa Rico (elumni de la XV promoción) y yo, Irene Sánchez (2º), hemos tenido el placer y el privilegio de poder conocer de primera mano las instituciones europeas y la ciudad gracias a la Fundación Civismo. Han sido unos días memorables, llenos de conversaciones, risas, convivencia, intercambio de opiniones y un gran aprendizaje junto al resto de nuestros compañeros.
Sin embargo, en este viaje la ELU ha estado más presente que nunca. No sólo por poder compartir una experiencia de esta magnitud entre tres promociones diferentes, sino especialmente, por habernos podido reencontrar con otro elumni, Abraham Velarde, alumno de la XI promoción de la ELU. Desde hace dos años, Abraham es asesor de una prestigiosa eurodiputada española, y es él quien además se ha encargado de recibir a las últimas promociones de Becas Europa en su paso por la capital belga. Fue un verdadero regalo compartir tiempo con él en la que ya es su casa. De pronto, ya no éramos simples visitantes. Éramos parte de algo más grande, de algo que sentíamos profundamente nuestro. En su mirada y en sus palabras, reconocimos el reflejo de nuestro propio camino: una formación que trasciende las aulas, esfuerzo y perseverancia como faro en la vida y la huella de la ELU que crece y permanece. Porque más allá de la edad, el tiempo o la distancia nos puedan separar, siempre habrá un lenguaje común que nos una, un modo de mirar el mundo con asombro, compromiso y esperanza.
Supongamos —con el debido toque gore matutino— que estoy cortando un árbol en un jardín de la España profunda y, por una de esas ironías de la vida, me corto la mano. Mientras me retuerzo en el suelo en busca de un torniquete y de sentido a mi existencia, un transeúnte —pongamos, un turista— recoge mi mano y huye con ella, quizá para conservarla en formol o venderla a un museo de curiosidades anatómicas de esta especie particular que es el homus ibericus. La pregunta, deliciosa en su absurdo, es inmediata:
¿esa mano sigue siendo mía? — mía, claro está, en el sentido más fríamente jurídico.
El Código civil español, heredero bastardo del francés, responde con un silencio digno. Para el derecho civil, sólo existen personas y cosas; el cuerpo humano, en su unidad inerte, no cabe en ninguna de las dos categorías. Mientras estoy entero, soy persona; pero si pierdo una parte de mí, esa parte, de pronto, no es nada. No persona. No cosa. Un limbo jurídico: terra nullius corporal. ¿De quién son tus lorzas?
El derecho romano, tan obsesionado con la propiedad, jamás reconoció una relación de dominio entre el individuo y su cuerpo. Corpus meum non est meum. La persona era sujeto, no objeto de propiedad; y admitir lo contrario hubiera abierto la caja de Pandora del comercio del ser humano. Pero al negar toda naturaleza jurídica al cuerpo, el Derecho civil terminó construyendo una ficción cómoda: el cuerpo, simplemente, “no existe” como entidad jurídica. El cuerpo no tiene estatuto; sólo sufre o muere.
Volvamos entonces al juicio imposible: el ladrón de la mano. Y el tribunal, lógicamente, lo absuelve. No ha robado una cosa (porque no lo es), ni ha lesionado a una persona (pues la mano ya no forma parte de ella). Un acto monstruoso, pero, en principio, no jurídicamente punible. La perfecta laguna legal: la mano como res non grata.
¿Podríamos hacer mejor en el sistema español? El Código civil no reconoce la propiedad sobre el cuerpo. La jurisprudencia se limita a decir que el cuerpo es incomerciable, indisponible, y que sólo cabe consentir sobre él dentro de ciertos límites médicos o científicos. Pero esto deja abierta la pregunta esencial: si no soy dueño de mi cuerpo, ¿quién lo es?
La tesis más provocadora consistiría en reclasificar el cuerpo como “cosa fuera del comercio”, al modo de los bienes del dominio público o las obras de arte inalienables por su naturaleza o relevancia. Una idea blasfema para el civilista tradicional, pero con una lógica impecable: sólo reconociendo al individuo como propietario moral de su cuerpo puede el Derecho protegerlo de la apropiación ajena —del mercado de órganos, del ADN patentado, del esperma como mercancía—. No se trata de cosificar al ser humano, sino de inmunizarlo frente al capitalismo biológico.
Llevado al extremo, el argumento adquiere tintes revolucionarios. Si poseo mi cuerpo, poseo también el derecho a utilizarlo para sobrevivir. Si admitimos que para toda persona es vital poseer su cuerpo ninguna regla moral podrá ser invocada contra quién se procure lo necesario para no morir.
Volvamos, pues, a mi mano robada. En el fondo, el dilema no es sobre propiedad, sino sobre identidad. Si mi cuerpo no me pertenece, ¿soy realmente libre? Si mi mano, una vez amputada, no es jurídicamente mía, ¿dónde acaba mi “yo”? En el codo, en el DNI, o en la conciencia. El Derecho, en su literalidad, sigue sin decidirlo. En todo caso, no se podrá tratar de un hurto. En el mejor de los escenarios (considerando que la hipótesis en la que te amputas una mano ya es un poco fastidiosa de por sí) se podría aplicar el régimen del delito contra la integridad moral, pues tal robo atentaría contra tu dignididad y tu bienestar psíquico o emocional, menoscabando así tu integridad moral.
Quizá por eso el caso fascina tanto: porque, en el fondo, no habla de un miembro amputado, sino de una civilización que lleva dos mil años sin atreverse a mirar de frente su propia carne.
Mientras tanto, yo sigo esperando que alguien me devuelva la mano.
Soy Jorge Marín, y si algo he aprendido este último año es que la vida se expande cuando uno se atreve a mirar de verdad.
He pasado diez meses en University of California San Diego, cursando el tercer año de la carrera de Física, en un intercambio que acabó marcando un antes y un después en mi forma de entender la vida universitaria, la amistad y, sobre todo, a mí mismo. Apliqué a varias universidades de California, y al final, fui admitido en UCSD. Hoy no puedo estar más agradecido ni más feliz con esa decisión.
Recuerdo los primeros días como una avalancha de estímulos: el brillo del campus junto al Pacífico, las conversaciones en mil acentos, la sensación de que cada persona que conocía me abría una ventana distinta del mundo. Terminar el día agotado era lo normal; al fin y al cabo, vivía hablando, aprendiendo, escuchando, sorprendiéndome. Pero también terminaba cada jornada con una sonrisa silenciosa, sabiendo que ese cansancio era el precio justo de estar creciendo.
Una de las primeras imágenes que guardo es la llegada a mi apartamento. Iba con las maletas, algo nervioso por lo que me esperaría dentro. Al abrir la puerta, me encontré con mi compañero japonés. Esperaba quizá una presentación rápida, y en cambio, lo que me encontré fue con horas de conversación. Sin saberlo, ese día conocí a uno de mis grandes amigos, a un hermano mayor. A través de él entendí lo que significa vivir con apertura: dejarte sorprender, decir que sí a lo inesperado, descubrir que la conexión humana trasciende idioma o cultura.
A lo largo del año descubrí que mirar no es solo ver, sino abrirse al asombro. En San Diego aprendí a mirar a los demás con curiosidad sincera y también a mirarme a mí con más gratitud. Descubrí que cuando cambias la mirada, todo cambia. Lo que antes podía parecer rutina se volvía oportunidad; lo que era diferente se volvía fascinante.
El Jorge que llegó a California era alguien prudente, acostumbrado a cierto orden y previsibilidad. El Jorge que volvió es alguien que se lanza, que no se piensa dos veces un plan, que busca nuevas experiencias y que ha hecho del movimiento una forma de estar en el mundo. Viajé por todo el oeste americano y entendí que los lugares se graban no por sus paisajes, sino por las personas con las que los compartes.
Me sumergí por completo en el ambiente internacional: amigos de Japón, Alemania, Australia, Italia, Corea, Estados Unidos… Gente que me enseñó que la vida universitaria no se mide en créditos, sino en encuentros. Que no hay excusa para quedarse quieto, porque siempre hay un motivo para salir, explorar, hablar, reír. Aprendí que las culturas cambian, pero la alegría de compartir es la misma en todas partes.
Hubo mañanas de surf y atardeceres en la playa, conversaciones infinitas, silencios mirando el mar. Cada día era distinto, y todos estaban llenos de algo que no sé cómo nombrar: una mezcla de libertad, gratitud y asombro. Tal vez esa sea la palabra que define mi año: asombro.
Si tuviera que resumir mi experiencia en una frase, diría: no tengas expectativas, solo déjate sorprender. Porque cuando sueltas la necesidad de controlar, la vida te enseña mucho más de lo que habrías planeado.
Este año me ha hecho más independiente, más libre y más agradecido. Me enseñó que el conocimiento no solo está en los libros o en los laboratorios, sino en la forma en que miras lo que te rodea: con curiosidad, con entrega, con deseo de comprender. Y entendí algo que ahora intento no olvidar: cuando cambias tu mirada, cambia tu mundo.
Por eso mi próximo objetivo no está en otro país ni en otra universidad. Está aquí, en España.
Mi objetivo es mantener vivo al Jorge que conocí allí, ese que se lanza sin miedo, que se asombra de lo cotidiano, que mira a los demás con gratitud y deseo de aprender. Quiero que esa mirada no se apague, que siga siendo el motor de este último año de universidad.
Porque al final, lo importante no fue irme, sino volver con una mirada nueva, y atreverme a mantenerla viva cada día.
“El crimen donde la ley se enfrenta a la intención más oscura: la destrucción de una identidad, donde el juicio no sólo pesa sobre actos, sino sobre la voluntad de llevarla a cabo.”
Las devastadoras imágenes que nos llegan a diario han derivado en que el término “genocidio” se haya convertido una constante en los telediarios, titulares y opiniones políticas. En mi caso, como estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales, la chispa que me llevó a investigar durante los últimos meses cómo se regula este tipo penal fue doble: la intensidad del debate público y la pregunta planteada para la liga de debate académico de mi universidad, “¿Son constitutivas de genocidio las acciones del Estado de Israel en Palestina desde el 7 de octubre de 2023?” Más allá del fragor político y lejos de posicionarnos en ninguna postura, me gustaría compartir qué dice el Derecho al respecto.
¿Cómo surge el “genocidio”? Su origen se remonta al contexto post Segunda Guerra Mundial, el jurista polaco Raphael Lemkin propone por vez primera el concepto; posteriormente, se codifica internacional y oficialmente en 1948, en la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio por la Asamblea General de la ONU. Su artículo II define el genocidio de forma precisa: actos cometidos con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal. Se requiere:
El actus reus(conducta externa): acciones llevadas a cabo como matar, causar daños graves, someter a condiciones de destrucción, impedir nacimientos, traslado forzoso de menores.
El dolus specialis: la intención específica de destruir un grupo. Aquí reside su singularidad y su excepcionalidad.
Sobre los devastadores delitos de crímenes de guerra y de lesa humanidad se eleva la categoría de genocidio, el crimen de crímenes. No con un afán retórico, sino porque exige un rigor probatorio estricto: demostrar que la finalidad no era vencer o castigar, sino eliminar a un grupo protegido como tal. Por tanto, la última palabra al determinar esto, no es el debate público ni los gobiernos. La determinación final compete a tribunales internacionales. La calificación es excepcional, ya que se trata de evitar la banalización de un término de tal magnitud.
A raíz de casos previos reconocidos como genocidio, se ha generado jurisprudencia que sirve de brújula para analizar la situación, algunos matices decisivos son los siguientes.
Se puede inferir la intención genocida de un patrón de comportamiento siempre que sea la única conclusión razonable (caso Croacia vs. Serbia, 2015).
La conclusión debe quedar probada más allá de toda duda razonable, debe ser la única explicación posible (caso anterior y Bosnia vs. Serbia, 2007).
Necesidad de probar una concertación de intereses, es decir, una deliberación y sistematización.
Llegados aquí surge la pregunta: ¿qué implica que una situación sea declarada genocidio? Supone responsabilidades estatales, sanciones penales a líderes, obligaciones de reparación y prevención, tensiones diplomáticas y un ejercicio colectivo de memoria. Una calificación así deja una huella jurídica, política, histórica y moral de enorme alcance.
Por supuesto, las consecuencias de facto de un acto no calificado como genocidio pueden resultar igualmente terribles e injustificables, lo que requiere concienciación y movilización. Ahora bien, demostrar la intención es clave para activar la categoría más grave; debería evitarse hacerlo en base a la crueldad de las acciones. La justicia internacional no se caracteriza por la rapidez, pero si aspiramos a un debate público serio, debemos contemplar la complejidad del asunto antes de emitir juicios. El Derecho no siempre ofrece respuestas inmediatas, pero reclama evidencia, establece límites y responsabilidad; porque ante los hechos que interpelan a la conciencia colectiva, su tarea es avanzar con firmeza y precaución.
Muchas gracias por vuestro tiempo y nos vemos en la próxima entrega de Ratio Legis.
Sí. Vuelvo a pasarme por aquí tan sólo unos meses después. No obstante, esta vez he dejado el Mediterráneo en mayor lejanía. Tras la aventura italiana, este cuatrimestre me encuentro más próximo al mar del Norte, entre calles empedradas que huelen a gofre recién hecho, nubes caprichosas e intentando entender qué significa, de verdad, vivir en el corazón de Europa.
Para quienes no me conozcáis, me llamo Lázaro Cruz Danta. Soy estudiante del doble grado en Estudios Internacionales y Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid y alumno de cuarto curso (*gritos de pánico*) de la ELU. El cuatrimestre pasado estuve de Erasmus en Turín y este cuatrimestre he metido algún que otro abrigo más en la maleta y me hallo en Bruselas.
La elección de vivir durante unos meses en Bruselas siempre la he tenido presente por mi carrera, pero, sobre todo, como europeísta convencido. Y el encontrarme con la posibilidad de poder estudiar en una ubicación tan estratégica —cerca de las instituciones europeas y de la sociedad civil transnacional—, que me ofreciera una perspectiva privilegiada para comprender la Unión Europea en acción, no podía dejarla pasar.
La Université Libre de Bruxelles es un sueño. Es una universidad viva, dinámica, enfocada en crear comunidad, llena de asociaciones y que ofrece infinitas facilidades y oportunidades para los estudiantes. Me encanta pasar horas en sus aulas, en sus miles de actividades, en los cursos de idiomas, en las instalaciones deportivas… Además, poder estar estudiando en el Institut d’Études européennes, uno de los centros más antiguos dedicados a la docencia, la investigación y el debate público en el ámbito de los estudios europeos, suma valor personal a esta experiencia.
Como también suma un infinito valor la diversidad de Bruselas, que es, sencillamente, fascinante. Para mí, es lo mejor de la ciudad y lo que más me está enriqueciendo como ser humano. En una misma mesa me siento con personas de todos los continentes. Las historias biográficas se explican mejor con mapamundi en mano. Aprendo sobre la vida en Egipto, charlo sobre la diversidad lingüística de Sudáfrica, me intereso sobre la situación socioeconómica en Pakistán, me recomiendan qué hacer en São Paulo o me invitan a visitar Ciudad de México. Y momentos así, todos y cada uno de los días. A veces pienso que mi Erasmus aquí es un mapa que se va coloreando a golpe de amistad. ¡Y qué maravilla toda la gastronomía que estoy pudiendo probar cuando organizamos alguna cena!
Por supuesto, tanta diversidad se refleja también en las lenguas. Nunca he presenciado con tanta claridad que la finalidad última de los idiomas es permitir la comunicación y, con ello, fomentar la unión y la apertura. En casa la lengua vehicular es el inglés, pero, ni por asomo, es la lengua oficial. A mis dos compañeros alemanes les gusta compartir palabras en alemán a cambio de expresiones en español. En la universidad, el francés impone su cadencia, pues la ULB es una universidad francófona a la que le gusta hacer gala de ello. Donde no se impone tanto es en la calle; siempre se saluda con un “bonjour” para, dos frases después, darse uno cuenta de que está interactuando con un paisano de Jerez de la Frontera o de una finlandesa que llegó hace unas semanas y aún no chapurrea la lengua de Molière.
Con amigos españoles e hispanoamericanos, me siento como en casa con el castellano; con los catalanes, el catalán me permite colaborar en hacerles sentir a ellos como en casa; y con los italianos, el italiano me sigue haciendo tener muy presente mis meses en Turín. Cuando estamos con unos y otros, a veces mezclamos sin querer: empezamos una conversación en un idioma y la cerramos en otro. Me hace gracia descubrir que no es confusión: es hospitalidad. Las lenguas van acogiéndose las unas a las otras para que la comunicación llegue a buen puerto y el intercambio sea fructífero.
Los fines de semana, cuando la agenda lo permite, con todas estas personas tan maravillosas que estoy conociendo, realizo escapadas a ciudades de alrededor, aprovechando la posición estratégica de Bruselas. Ámsterdam, Róterdam, Gante, Amberes y Luxemburgo son las que, por el momento, he podido visitar.
No obstante, aquellos en los que no se puede, me encanta disfrutar de la ciudad sin prisas, como cada día. Recorrer sus parques: empezando en el Bois de la Cambre, para seguir hacia el Parc de Bruxelles y terminar rendidos en el Cinquantenaire, contemplando el arco con tanta atención como quien contempla un Magritte. Perderme por Marolles y curiosear en el mercadillo de la plaza del Jeu de Balle. Levantar la vista en el Sablon para cazar fachadas art nouveau. Quedarme con el claroscuro perfecto del Mont des Arts al atardecer. Aceptar que el Atomium, por muchas fotos que hayas visto, siempre sorprende. O disfrutar de unos moules-frites aunque antes de venir renegara de ellos por su simpleza.
¿Que Bruselas tiene fama de gris? Es verdad que los botes de suplementos de vitamina D están siempre agotados en el supermercado y mi regalo de bienvenida por parte de la universidad fue un paraguas. Pero quizá es precisamente en ese telón neutro donde mejor resalta lo importante. Porque si el clima no le da color a la ciudad, ya se lo ponemos quienes la habitamos.
En mi caso, esta ciudad me está regalando una escuela de convivencia. Convivencia entre culturas, lenguas, ritmos y maneras de pensar; entre lo práctico y lo simbólico; entre lo que venía a aprender y lo que no sospechaba que me asombraría. Y, sobre todo, convivencia entre personas que se eligen cada día para compartir lo que son, con su experiencia y sus ganas.
Aunque aún me queda un poco de tiempo, mi año de Erasmus está llegando a su fin y, como es común en Elus por el mundo, os animo a que si estáis pensando en realizar un Erasmus porque contéis con esa oportunidad, tiréis para adelante sin miedo y con convicción. No hace falta convertir el Erasmus en una épica forzada ni en una crisis existencial. Simplemente la experiencia cambia algo, por dentro, de forma discreta pero irreversible. Se amplía la forma de mirar, se aprende a hacer hogar lejos de casa y se entiende Europa no solo como una construcción institucional, sino como una forma de vivir en plural.
Con todo esto, me despido deseando reencontrarnos de nuevo muy pronto.