Elus por el Mundo – Nicolás Santana

13 FEB

Queridos elus, me hace especial ilusión publicar mi fragmento de experiencia respecto a mi Erasmus. Cierto es que lo traigo al mundo prácticamente cuando mi movilidad ha llegado a su fin, pero es síntoma de mi condición de procrastinador nato. No obstante, es este el punto en el que puedo aportar cierta perspectiva a la experiencia que he tenido la fortuna de vivir, con el fin de no hablar de qué he estado haciendo este Erasmus, sino de quién he podido llegar a ser. 

Para quien tenga la suerte de no conocerme todavía, soy Nicolás Santana Tristancho, pero mejor dejémoslo en Colate, y estudio 3º de Ingeniería Aeroespacial en la Universidad Carlos III de Madrid. De la misma manera, curso 3º de la ELU, con mucho más disfrute y menos sufrimiento, no cabe duda. El año pasado tuve la suerte de recibir la oportunidad de estudiar el primer cuatrimestre de este curso en la longeva y prestigiosa Universidad de Bolonia, pasando a ser uno de los miles de alumnos que han vivido entre las murallas de esta curiosa ciudad que alberga una de las primeras universidades de la historia. 

Cuando llegas a una ciudad que es completamente novedosa para ti, existen unos días innegables de transición de turista a, como nos gusta a nosotros, peregrinos. Debemos andar unos días de puntillas antes de aprender a correr como es debido, y esto, en la gran mayoría de los casos, nos lleva a adentrarnos en uno de los mayores inventos de la posmodernidad: los free-tours. Si alguna vez tienen la suerte de poder visitar esta Salamanca Psicodélica, verán como la forma más común de turistear por las calles de la ciudad italiana es siguiendo los famosos 7 secretos de la ciudad de Bolonia. Cierto es que son curiosos, llamativos, víctimas de numerosas historias de Instagram, y te pueden sacar alguna carcajada, pero estos meses entre las torres boloñesas me han convertido en un verdadero entendido de la ciudad. Por ello, queridos amigos, me siento afortunado de poder compartir con ustedes los verdaderos secretos de un Erasmus en Bolonia.

El primer secreto que descubrí en esta ciudad es que no existe mejor carta de bienvenida que ser tu mismo. En un destino como este, miles de alumnos llegan cada año con ganas de vivir un Erasmus en el que hacer amigos de verdad. No obstante, el ritmo a seguir es acelerado, los planes abundan y es fácil sentir que uno se queda atrás. Recuerdo mi llegada como un auténtico frenesí, donde el “FOMO” te presiona a querer estar en todos lados y no perderte ningún momento ni persona. En esta situación, no es raro dejarse llevar y amoldar por el primer grupo que te encuentre para saciar esta necesidad y cubrir la inseguridad que plantea el encontrarse solo. En ese momento, Bolonia te muestra este secreto para que no olvides que ser tu mismo plantea también un filtro.

Mostrarte tal como eres otorga la seguridad de que la gente te aceptará por nada más que por ello, resultando en relaciones mucho más fructíferas y reales. En mi caso, ha resultado en un gran grupo de amigos que han sido mi esencial compañía durante estos meses, además de ser la razón de mis mayores experiencias y enseñanzas de la movilidad. Gracias a este secreto, tengo claro que no termina aquí, y que han venido para quedarse. 

La aparición de estas personas me llevó a conocer el segundo secreto, que formularé en palabras de Herman Hesse en su obra Demian“Uno nunca llega a casa, pero donde quiera que se crucen caminos amistosos, todo el mundo parece estar en casa por un tiempo.” Al llegar a esta ciudad desconocida, me sentí fuera de lugar. Diferente cultura, modales, comida, idioma, ambiente… Mi cuarto volvía a cambiar, y no se sentía mi casa aunque lo llenara de mi decoración.

Sin embargo, de un momento a otro, recuerdo volver a sentir el calor del hogar al pisar mi residencia. Recuerdo volver a sentir la hospitalidad y la seguridad de entrar por las puertas de mi casa en Las Palmas de Gran Canaria. En efecto, cualquier casa se convierte en hogar cuando, de pronto, hay alguien en ella que te espera. De un momento a otro, pisar mi residencia significaba volver a ver a personas interesadas en mi día, mis decisiones y mi estado. Significaba encontrar a personas que consideraban que los momentos por vivir mejoraban si yo era parte de ellos. Por supuesto, esto es más que recíproco. Y lo mejor, es que no solo Bolonia pasó a ser una ciudad iluminada por el calor del hogar, sino que simultáneamente, Valladolid, San Sebastián, Albacete, Málaga, Barcelona y Arévalo sufrían el mismo cambio a la distancia, pues se que siempre tendré amigos esperándome en ellas. 

Como buen Erasmus, una de las primeras cosas que hicimos al juntarnos fue llenar el calendario de viajes. Siempre que el dinero dé y el tiempo acompañe, es bueno recordar el tercer secreto de esta ciudad: viajar no está sobrevalorado. Recomiendo encarecidamente a todo aquel que se disponga a hacer su Erasmus que saque su espíritu más aventurero y salte a encontrarse de cara con lugares nuevos con la mayor frecuencia posible. Siento que emplear un tiempo de tu vida en esto es una enseñanza llena de valor donde, no solo conoces los alrededores del mundo, su historia, cultura y arte, sino también atraviesas una prueba para conocerte y entenderte a ti mismo. Es un ejercicio de culturización y refinamiento del pensamiento y gusto crítico donde uno puede analizar sus conductas cotidianas y entender qué debemos mejorar en base a culturas ajenas. No es cambiar el escenario de tu vida, tal y como la conoces, a otro donde harás lo mismo, sino que, con la actitud adecuada, puede constituir una embarcación junto a tus amigos para integrarte en la naturaleza o el ambiente de una población ajena a la tuya. De esta manera, uno involuntariamente abre su corazón y su alma, predisponiéndose a que ocurran cosas maravillosas.

En línea de conocerse a uno mismo, el Erasmus me ha servido para ralentizar el ritmo que llevo en mi rutina universitaria y desactivar el piloto automático de la vida cotidiana. Esto me ha hecho replantearme mi futuro, tanto laboral como vital, pues aún siendo muy joven, ya no sirve hablar de mis deseos para “cuando sea mayor…”. Decía Martín Tami en un encuentro de Filosofía de Bar que con 10 años se le cayeron los dientes, con 20 perdió parte de la vista, y con 30 aparecieron las canas, y solo eran señales de que la vida se estaba poniendo interesante. De esta manera, siento que, a cada año que pasa, más se acercan todas esas cosas que tanto anhelaba ser cuando era un niño, pero del mismo modo, soy cada vez más responsable de poner la carne en el asador para que eso ocurra.

Así, Timothée Chalamet me hizo ver el siguiente secreto de Bolonia cuando dijo en una entrevista (y cito preservando el idioma, pues disfruto de la sonoridad de la frase de este modo): “You can be the master of your fate, you can be the captain of your soul, but you have to realize that life is coming from not and not at you, and that takes time…”. Esta respuesta del actor a Invictus, el poema de William Ernest Henley, resultó ser, para mí, un llamamiento a no desperdiciar el presente para cumplir con el futuro que quiero llegar a merecerme. Es ahora el momento de lanzarme a perseguir mis ambiciones y pasiones para convertir el potencial —que no es más que la el posible resultado de emplear tus capacidades— en realidades que transformen mi vida y la de los demás para bien. En este sentido, el Erasmus ha cumplido su función de cambio de aires y “reset”, trayendo consigo este golpe de realidad que me ha incitado a retomar mi vida cotidiana con ilusión de lanzarme a soñar, trabajar, y no temer la posibilidad de encontrar fracasos por el camino. 

Por último, quisiera compartir un secreto de esta ciudad que ha traído consigo numerosos momentos icónicos. En este caso, se trata de un lugar que se convirtió en cierta manera también en nuestro hogar. Como estudiante, existen veces donde el tiempo o el dinero no dan para terminar un largo y provechoso día con el bocado más placentero. Así, cuando esto ocurría, nuestra segunda madre nos acogía en el local de Pizzacasa, donde por tan solo 3 euros, se nos ofrecía la oportunidad de disfrutar en una de las plazas más icónicas de la ciudad de una pizza margarita que, fuera de tratar de ser gourmet, cumple con su carácter napolitano, un sabor a la altura, y siempre trae consigo una historia que contar. Los entendidos cuentan que el euro extra por añadirle jamón es la definición de rentabilidad. 

Con esto, concluyo lo que pretende ser un resumen de las experiencias y enseñanzas vitales que me llevo tras haber vivido estos meses en la vieja Bolonia. Y lo especial es que miles de estudiantes antes de mí se llevaron las suyas, pues la magia de esta ciudad está en que las personas vienen a estudiar lo que les gusta, y se van sabiendo quién quieren ser. Se van siendo verdaderos universitarios. 

¡Ci vediamo presto elus!