Carlota Mena 2º ELU
Nunca pensé que una obra contemporánea pudiera reflejarse en la mirada eterna de los grandes clásicos del arte. Así nos lo contaba Rafa Macarrón el pasado viernes 23 de enero, durante la visita a su estudio.
En un primer momento, me gustaría hablar un poco de Rafa. Si uno pregunta a internet, se le presenta como un artista madrileño, una de las figuras más reconocibles del arte contemporáneo español actual. Sin embargo, yo vi a una persona muy humana y auténtica, fiel a sus valores pero con una mirada que va más allá de lo evidente. Un reflejo de dedicación, entrega, disciplina y trabajo. Me rompió completamente mis esquemas de padre de familia, de artista, de persona de nuestra época. Porque como dijo Sabrina Lucas, “nadie sabe lo que hay en la cabeza de un artista”, pero me parece alucinante.
Así, con una pequeña idea de lo que íbamos a ver, llegamos un grupo de elus en una tarde lluviosa de invierno. Atraídos por la ventana que se abrió el pasado findELU, muchos sentimos el impulso de asomarnos y descubrir todo lo que podía ofrecernos ese arte tan singular y emergente.

Tuvimos la oportunidad de ver la exposición en óleo que llevaba preparando ya varios meses. Los cuadros más grandes que había dibujado, según nos contaba. El primer destino de esta colección será una exposición a primeros de marzo, una cita que esperamos con muchas ganas.
A través de una visita cercana y pausada, fuimos descubriendo lo que se esconde detrás de una obra. Una visión cuidada y sensible, determinada por cada tono de color —podría haber trescientos tubos de pintura—, cada textura, cada sombra, cada detalle. Una alusión a lo clásico que dialoga con los hitos de la moda actual; la tradición combinada con lo contemporáneo. Todo ello solo puede ser fruto de una cabeza formada en la sensibilidad, receptiva al asombro, capaz de otorgar valor a aquello que muchos pasarían por alto y de construir una visión del mundo auténticamente genuina.
Una de mis preguntas fue por qué las caras aparecían serias y, con gran acierto, Rafa me respondió que cada personaje merecía una interpretación personal por parte del espectador: quién era y cuál podría haber sido su vida. Ese pequeño detalle en el gesto del rostro resultaba necesario para establecer un diálogo personal con cada figura. Esto me llevó a pensar si no merece la pena detenernos y cultivar esa capacidad de apreciar lo pequeño, de ser nosotros también un poco artistas.
Conforme nos enseñaba cómo había evolucionado su arte a lo largo de los años, el estudio se fue revelando como un lugar vivo, en constante diálogo entre el artista y su trabajo. Rafa nos explicó que se trata de un proceso que, aunque nace de manera espontánea, está lleno de intuición, ensayo y error, y que precisa de tiempo e incluso, en ocasiones, de más de un artista. Nos compartió también cómo necesita de su equipo y que, sin él, no podría alcanzar el nivel de detalle que su idea exige. Además, me asombró pensar cómo, de manera inconsciente, pinta aquello que un día será reflejo de nuestra sociedad, porque las obras, al final, hablan por sí solas.
Y entre conversaciones, oídos atentos y miradas fijas en cada detalle, llegó la hora de marcharse. Sin embargo, nos fuimos con una mirada renovada y, por supuesto, con ganas de la prometida exposición.
Gracias Rafa y Sabri por abrirnos las puertas.
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