¡Hola a todos!
Soy Jorge Marín, y si algo he aprendido este último año es que la vida se expande cuando uno se atreve a mirar de verdad.
He pasado diez meses en University of California San Diego, cursando el tercer año de la carrera de Física, en un intercambio que acabó marcando un antes y un después en mi forma de entender la vida universitaria, la amistad y, sobre todo, a mí mismo. Apliqué a varias universidades de California, y al final, fui admitido en UCSD. Hoy no puedo estar más agradecido ni más feliz con esa decisión.
Recuerdo los primeros días como una avalancha de estímulos: el brillo del campus junto al Pacífico, las conversaciones en mil acentos, la sensación de que cada persona que conocía me abría una ventana distinta del mundo. Terminar el día agotado era lo normal; al fin y al cabo, vivía hablando, aprendiendo, escuchando, sorprendiéndome. Pero también terminaba cada jornada con una sonrisa silenciosa, sabiendo que ese cansancio era el precio justo de estar creciendo.

Una de las primeras imágenes que guardo es la llegada a mi apartamento. Iba con las maletas, algo nervioso por lo que me esperaría dentro. Al abrir la puerta, me encontré con mi compañero japonés. Esperaba quizá una presentación rápida, y en cambio, lo que me encontré fue con horas de conversación. Sin saberlo, ese día conocí a uno de mis grandes amigos, a un hermano mayor. A través de él entendí lo que significa vivir con apertura: dejarte sorprender, decir que sí a lo inesperado, descubrir que la conexión humana trasciende idioma o cultura.
A lo largo del año descubrí que mirar no es solo ver, sino abrirse al asombro. En San Diego aprendí a mirar a los demás con curiosidad sincera y también a mirarme a mí con más gratitud. Descubrí que cuando cambias la mirada, todo cambia. Lo que antes podía parecer rutina se volvía oportunidad; lo que era diferente se volvía fascinante.

El Jorge que llegó a California era alguien prudente, acostumbrado a cierto orden y previsibilidad. El Jorge que volvió es alguien que se lanza, que no se piensa dos veces un plan, que busca nuevas experiencias y que ha hecho del movimiento una forma de estar en el mundo. Viajé por todo el oeste americano y entendí que los lugares se graban no por sus paisajes, sino por las personas con las que los compartes.
Me sumergí por completo en el ambiente internacional: amigos de Japón, Alemania, Australia, Italia, Corea, Estados Unidos… Gente que me enseñó que la vida universitaria no se mide en créditos, sino en encuentros. Que no hay excusa para quedarse quieto, porque siempre hay un motivo para salir, explorar, hablar, reír. Aprendí que las culturas cambian, pero la alegría de compartir es la misma en todas partes.
Hubo mañanas de surf y atardeceres en la playa, conversaciones infinitas, silencios mirando el mar. Cada día era distinto, y todos estaban llenos de algo que no sé cómo nombrar: una mezcla de libertad, gratitud y asombro. Tal vez esa sea la palabra que define mi año: asombro.

Si tuviera que resumir mi experiencia en una frase, diría: no tengas expectativas, solo déjate sorprender. Porque cuando sueltas la necesidad de controlar, la vida te enseña mucho más de lo que habrías planeado.
Este año me ha hecho más independiente, más libre y más agradecido. Me enseñó que el conocimiento no solo está en los libros o en los laboratorios, sino en la forma en que miras lo que te rodea: con curiosidad, con entrega, con deseo de comprender. Y entendí algo que ahora intento no olvidar: cuando cambias tu mirada, cambia tu mundo.
Por eso mi próximo objetivo no está en otro país ni en otra universidad. Está aquí, en España.
Mi objetivo es mantener vivo al Jorge que conocí allí, ese que se lanza sin miedo, que se asombra de lo cotidiano, que mira a los demás con gratitud y deseo de aprender. Quiero que esa mirada no se apague, que siga siendo el motor de este último año de universidad.
Porque al final, lo importante no fue irme, sino volver con una mirada nueva, y atreverme a mantenerla viva cada día.
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