Teresa López San Román, 3º ELU
Queridos elus,
Para quien no me conozca, soy Teresa, estudio Derecho y ADE en la Carlos III y este año tengo la suerte de vivirlo de intercambio en la Universidad de California, Berkeley, estudiando en Haas, su escuela de negocios.
Mi llegada aquí tiene menos de plan meditado que de corazonada. Cuando tocó elegir destino, los quería todos. Al final me decidí por California casi por inercia, era lo que parecía tocar, tenía la nota y, para qué negarlo, en mi pequeña cabeza, lejos era sinónimo de mejor. Ahora empiezo a sospechar que el sitio es lo de menos, pero de eso hablamos luego. Fui tomando decisiones sin llegar a asimilarlas (muy poco elu por mi parte, lo sé). Formularios, visados, citas en la embajada… hasta que me acuerdo perfectamente que una tarde entre en colapso al darme cuenta que ya no había forma de salir de este “berenjenal”.

Lo que ninguna corazonada me advirtió fue lo que iba a costar irse. La semana antes del vuelo fue una sucesión de despedidas, cada una con su correspondiente llorera y me dispuse a cruzar el Atlántico con mucha pena, ilusión y tres maletas verdes a rebosar. Tener tanto que echar de menos es, en el fondo, una forma de saberse afortunada, y yo en mi avión de ida me supe MUY afortunada.
Los primeros días en Berkeley fueron un aterrizaje en toda regla. De la noche a la mañana pasé de mi muy querido Madrid a compartir habitación con una chica japonesa (convivencia en la que, a día de hoy, sigo en periodo de adaptación), rodeada de caras nuevas y con la sensación de que hasta lo más sencillo venía sin manual de instrucciones. Dos meses después la cosa ha cambiado y tengo rutina, tengo mis sitios y gente y Berkeley se ha convertido en casa. Parte de esa sensación se la debo a la universidad. En la Carlos III mi presencia en clase brillaba bastante por su ausencia pero aquí, para mi propia sorpresa, voy a clase porque quiero, y salgo con ganas de volver.

Sin embargo, vine a Berkeley por la universidad y lo que está dando sentido a este año (que en el fondo acaba de empezar) ocurre, sobre todo, fuera de ella. Vivo en International House, una residencia en la que convivimos estudiantes de decenas de países y que funciona como un pequeño mapamundi con comedor compartido. Allí he aprendido que no hay mejor manera de conocer un país que sentarte a cenar con alguien que ha crecido en él, y que alguien que hace unas semanas era un completo desconocido puede convertirse, casi sin darte cuenta, en parte imprescindible de tu día a día.
Es a través de esas personas como más estoy aprendiendo sobre mí misma. Me estoy descubriendo en situaciones en las que nunca me habría imaginado y conociendo facetas de mí que ni sabía que tenía. Viajar está siendo otra de las grandes suertes de este año. Jorge Drexler tiene una canción, Movimiento, que viene a decir que no somos de ningún sitio, sino del camino entre unos y otros. Nunca la había entendido tan bien como ahora, rodeada de gente que, como yo, ha dejado su casa para estar aquí un tiempo. Quizá por eso, de cada viaje me traigo menos fotos de lugares que de personas.

Ahora bien, sería injusto contaros solo la versión de película. Un intercambio también tiene días grises, días de echar de menos casa y días en los que, sencillamente, no pasa nada. Y, sobre todo al principio, está el famoso FOMO, que me ha dado mucho que pensar. Cuando sabes que tu tiempo aquí tiene fecha de caducidad, cada plan parece una oportunidad única, ya sea una excursión, una fiesta, un club o una persona por conocer. Intentas estar en todo y acabas descubriendo que quien pretende vivirlo todo corre el riesgo de no disfrutar de nada. Más que vivir, terminas consumiendo.
Hace tiempo, cuando todavía estaba en Madrid (donde soy gran víctima del no parar), mi sabia y santa madre me mandó un poema de Juan Ramón Jiménez, de su libro Eternidades, que empieza así: «¡No corras, ve despacio, que adonde tienes que ir es a ti solo!». Me gustó entonces (o eso le dije a mi madre) pero ha sido aquí donde he empezado a entenderlo. Estoy aprendiendo que no pasa nada por perderse un plan, que no todos los días tienen que ser extraordinarios y que los días normales son, en realidad, los que más estoy disfrutando. Estoy disfrutando de sobremesas largas en mi dining hall, de mi paseo a la uni de todos los días y sobre todo de mis amigos, que cada vez son menos amigos y más familia. Quizá haya tenido que cruzar medio mundo para aprender a ir más despacio, pero qué gran aprendizaje.

Me quedan muchos meses por delante y no tengo ni idea de lo que traerán. Lo único que tengo claro es que no quiero volver a Madrid y olvidarme de todo esto, de la gente, de las conversaciones, de las veces que me ha tocado apañármelas sola y de esta rutina que algún día echaré de menos.
Sobre todo, no quiero olvidar lo que estoy aprendiendo sobre mí misma. Vine a Berkeley pensando en todo lo que iba a encontrar aquí, sin imaginar cuánto me iba a llevar de vuelta.
Y a quienes estéis pensando dónde pasar vuestro intercambio, no hace falta tenerlo todo claro! A veces basta con una corazonada y un poco de vértigo.
Un abrazo enorme desde California y muchas ganas de vernos a la vuelta,
Teresa

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