Silvia Tévar

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Silvia Tévar – Una gota de agua más

Por:

ESCUCHA Y AMA

Todavía recuerdo el olor del salón, aquella mezcla de antigüedad, limpieza y tranquilidad que me saludaba cada vez que llegaba. Hace ya nueve meses desde que tuve la oportunidad de ir, durante dos semanas, al convento de Santa Mónica. Hace ya nueve meses que, acompañando y sirviendo a los ancianos que allí residen, descubrí la importancia del escuchar y el acompañar.

Cada tarde, las monjitas del convento me recibían con una sonrisa nueva, con un brillo en la mirada que removía mi corazón. El primer día estaba un tanto nerviosa: había llamado esa misma mañana preguntando en qué podía ayudar y me habían respondido que necesitaban a gente para dar de cenar a los mayores y hablar un poco con ellos. “Nada complicado”, me dijeron. Sin embargo, recorriendo aquellos pasillos de piedra fría, caminando por primera vez hacia la salita de estar, una pejiguera inquietud bailaba en mi interior: ¿me verían con buenos ojos? ¿Y cómo empezar a hablar con ellos? ¿Me aceptarían?

Apenas hicieron falta unos segundos para que mis dudas iniciales se disiparan: tan pronto como entré en la estancia, un hombre que más tarde se presentaría como Luis me sonrió con sorpresa y curiosidad. Su mirada, una maraña de cariño, paciencia y energía. “¡Caramba!” Fue lo primero que dijo. Y así, a partir de aquel instante, comencé un camino que todavía hoy trato de explorar: el de aprender a escuchar, a acoger con asombro y respeto las historias de aquellas personas que, cada tarde, antes de cenar, me contaban un poquito más de sus vidas, de sus anhelos, de las pequeñas actividades diarias que podían llevar a cabo día a día. Me di cuenta de que la vida se vive y se ama en los pequeños gestos diarios; de que, a veces, lo importante es simplemente estar ahí. Con ellos exploré esa Valencia que tan solo conocía a través de los libros de historia. De su mano descubrí qué significa trabajar en el campo, día tras día, con infinita paciencia y tesón; aguantar las heridas del esfuerzo para darles un futuro a las personas amadas. Conocí qué se siente cuando algunos días las fuerzas son escasas, cuando la debilidad impide incluso jugar a las cartas. Gracias a Pedro, Carlos, Luis y Alfonso comprendí qué significa querer a un hijo a pesar de sus idas y venidas; la importancia del perdón, de la gratitud y la responsabilidad de la paternidad.

Por otro lado, dándole la papilla a Amadeo, un anciano de la segunda planta, comprobé qué esencial es la fuerza de voluntad. Para mi compañero, cada cucharada era una lucha por hacer que aquella pasta descendiera por su garganta. Sin embargo, él allí estaba, sorbiendo y resistiendo, pidiendo más con la cabeza. Las monjitas y voluntarios del convento también fueron una clara muestra de ello: su pasión, dedicación y entrega atraparon mi corazón. Fregando, organizando, limpiando, moviendo a los mayores, curando a los enfermos, acostándolos… Nunca perdían ese brillo en la mirada, ese cuidado, ese cariño por todo lo que hacían.

Y es que, en esas dos semanas aprendí cómo el amor es el motor del ser humano, la fuente que se parte y se reparte. El amor, el sentido de la vida.

Silvia Tévar

Vida ELU lqdi

Congreso Lo Que De Verdad Importa

Por:

19 de abril de 2020. El reloj de mi pantalla marca las 18:00 mientras la suave música de inicio atrapa mi atención. Está a punto de comenzar el congreso de “Lo que de verdad importa” y todavía no puedo hacerme una idea de lo mucho que me va a hacer vibrar, de lo mucho que me va a enseñar. A lo largo de dos horas, mis cimientos se van a ver sacudidos, zarandeados por esas tres personas, por esas tres historias de vida que, en lo que parecía una tarde cualquiera, me desvelaron el interior del corazón humano, me pusieron frente a mis miedos, anhelos, seguridades y consuelos; frente a mis valores, creencias y el recuerdo de los que están y los que se fueron. Frente a lo que de verdad importa.

Juan Pablo Escobar comenzaba resquebrajando mi coraza con una primera pregunta que todavía resuena en mis oídos: “¿para qué tener una mansión si nadie te está esperando?”. De su mano, soy capaz de presenciar la bondad del ser humano y la necesidad vital que tenemos de perdón y reconciliación. Con un padre narcotraficante, que tanto daño ha causado y que tantas víctimas ha dejado, este arquitecto me enseñó cómo no estamos obligados a continuar con ningún legado destructivo, sino al contrario. Es cierto que somos nosotros y nuestras circunstancias, pero también es verdadero que todo depende de nosotros, que somos nosotros quienes decidimos que esas circunstancias “no sean más grandes que nuestra persona”. Así, en este confinamiento al que nos vemos abocados, estas desafiantes palabras me recuerdan que es tiempo de aceptar la soledad y de crecerme en ella. Es tiempo de abrazar mi ser de la mano de esa gran maestra que, en el frenético ir y venir diario, había relegado a una esquina polvorienta de mi cuarto: la humildad.

Por su parte, con Bosco Gutiérrez Cortina me sentí pequeña, tremendamente frágil y necesitada de los demás. Necesitada de mis padres, de mis hermanos, de mis vecinos, de todas y cada una de las personas que me rodean, porque solo puedo ser yo “cuando formo parte del equipo”; y sin ese equipo, sin esas personas que me aman, que me cuidan y que velan por mí, no soy nada. Esto mismo experimentó Bosco Gutiérrez durante su encierro físico en unos escasos 4 metros cuadrados; y ese saberse necesitado, querido y dependiente, le hizo darse cuenta de que, precisamente, es esa dependencia la que nos libera. Con su ejemplo, constato que somos libres, que soy libre, porque “no me he hecho a mí misma”, como sostenía Hannah Arendt; porque no somos los únicos artesanos de nuestros actos, sino que somos limitados, y es precisamente esa limitación, es precisamente ese ser-con-otros lo que nos hace responsables para seguir adelante. Así, frente a mi gastada mesa de escritorio, siento que mis acciones no solo afectan a ese “yo, mi, me, conmigo” que tantas veces me construyo, sino que repercuten directamente sobre ese otro que me quiere, que me abraza con mis debilidades y en mis miserias. Experimento que el amor no entiende de murallas egoístas ni de fortines individualistas, sino que resquebraja toda armadura con su anhelo de vida.

De esta forma, Bosco Gutiérrez pasó a recordarme que, para poder seguir viviendo, para poder tener salud mental; es necesario aceptar, acoger cada situación con sus luces y sus sombras, en su simple y descarada realidad; porque “no es más inteligente el que más sabe, sino el que se adapta con mayor rapidez a las circunstancias”. Mi corazón, ese centro que de vez en cuando se me olvida escuchar, me recordaba que tengo, que todos tenemos una postura vital ante la muerte; que necesito esos momentos de reconfirmar mi fe y mis valores, porque son ellos los que marcan quién soy y quién quiero ser, hacia dónde va este navío que, a causa de mis debilidades y limitaciones humanas, se me descontrola. Para ello, no obstante, he de huir de ese egocentrismo que tantas veces me persigue y que, incluso, de vez en cuando me atrapa. Debo volver al origen, “ser un soldado de Cristo” y ofrecer cada minuto por las personas que tanto quiero. Debo aprovechar el tiempo, porque no en vano un tal Horacio nos enseñó que hay que vivir el momento; pero siempre con un norte, con un sentido, con el amor como bandera y la responsabilidad como emblema. Bosco Gutiérrez nos desveló que debemos ser pacientes, aprender a esperar, no darle tantas vueltas al pasado, sino establecernos propósitos prácticos y ser optimistas. Y siempre, siempre, volver a empezar y dar las gracias, porque nada de lo que tengo me lo merezco, porque cada minuto, cada segundo es un regalo que me ha sido dado, ¿y quién soy yo para atreverme a no valorarlo?

Así nos mostraba, a su vez, Pedro García Aguado, quien me recordaba que, efectivamente, las cosas no aparecen cuando y como yo las deseo, elevada sobre un pedestal de infinitos proyectos; sino que “todo llega cuando tiene que llegar”. Las palabras de Víctor Frankl danzaban por mi habitación mientras Pedro García nos mostraba cómo podemos y debemos “darle la vuelta al argumento” cuando la situación no se puede cambiar. Besar la realidad, amoldarme a ella y cambiar mi mirada sobre la misma, ahí está la clave para ser libre, para encontrar la verdad, el bien y la belleza; porque, como apuntaba Alfonso Méndez el pasado 18 de abril, la libertad es “poder ser yo delante de cualquier circunstancia”.

Sin embargo, para ello hace falta valentía, porque es seguro que caeremos y fallaremos. Lo importante es que “el fracaso nos enseñe aquello que el éxito oculta”, que seamos capaces de conquistar el miedo humano. Se requiere, como afirmaba Pedro García, “talento, valentía, esfuerzo” y, de nuevo, humildad, esa compañera que gusta ir de la mano de la paz. Y es que, ojalá que, para cuando acabe este confinamiento y recuperemos el tan ansiado exterior, nos demos cuenta de que no somos, de que no hemos sido prisioneros si hemos vivido en serenidad, si hemos buceado en las profundidades de nuestros anhelos, si hemos sido vulnerables, agradecidos, compartido y aceptado nuestras debilidades y, sobre todo, si hemos amado. Porque sí, ahora me doy cuenta de que solo el amor es lo que de verdad importa.

Silvia Tévar

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Concierto valenciano

Por:

“Agudos y graves, idas y venidas, cantos humanos ascendiendo y descendiendo, entremezclándose, jugando con la admiración de los presentes. Invocaciones, suspiros y lamentos se acompasaban con susurros de amor, con promesas expectantes.

Así, haciéndonos vibrar con cada respiración, con cada pausa; el pasado 5 de noviembre los elus de Valencia tuvimos la oportunidad de disfrutar del concierto de “Lluís Vich Vocalis”, agrupación vocal masculina especialmente dedicada a la interpretación de la música antigua, medieval, renacimiento y primer barroco. El concierto se celebró en la Capilla de la Sapientia, construida en 1498 por Pere Compte y reconstruida en 1737 en un estilo barroco de tendencia clásica que, inevitablemente, nos atrapó en el tiempo.

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De esta forma, entre arcos de medio punto, frontones en sombra y juguetones destellos dorados, los asistentes presenciamos un espectáculo increíble de canciones renacentistas.

Entre las composiciones francesas escuchamos O Crux benedicta y Signoras te (Cipriano de Rore, 1515-1565), Tresves d’amours (Clément Janequin, 1485-1558), Maulgré moy vis (Claudin de Sermisy 1490-1562) y Tant que vivrai (Claudin de Sermisy, 1490-1562). Por otro lado, algunas inglesas fueron: If ye love me (Thomas Tallis, 1510-1585), Memento salutis auctor (William Byrd, 1543-1623), Under this Stone (Henry Purcell, 1659-1695), Hey ho! Tot he greenwood (William Byrd) y Man is for the woman made (Henry Purrcell).

Finalmente, y para rematar la experiencia, cenamos todos juntos (incluidos algunos Clavis) mientras nos conocíamos más y crecíamos “con quienes tanto”. En definitiva, disfrutamos de una tarde única y enriquecedora en la que vivimos de primera mano la belleza de la música, del compartir, de la amistad y del ser-con-otros. La belleza de ser felices, porque “la felicidad solo es real si es compartida”.

Silvia Tévar

Vida ELU Cineforum Valencia

CINEFÓRUM VALENCIANO, POR SILVIA TÉVAR

Por:

“El pasado miércoles 6 de marzo, los ELU’s de Valencia tuvimos la oportunidad de participar en un apasionante cinefórum sobre la película La isla mínima.

Tras un duro día de trabajo y estudios, y acompañados de una buena pizza, nos vimos sumergidos en la España de los años 80. De la mano de los protagonistas, dos policías, no sólo resolvimos un caso de asesinato, sino que comprendimos un poco más esa transición española en la que todavía existía el encubrimiento.

Como nos ilustraron Ruth y Alberto, los colores y las perspectivas constituyen una parte esencial del montaje. Así, las gamas cromáticas terrosas y los planos generales conseguían mostrarnos un pequeño pueblo andaluz totalmente aislado de la civilización. La música suave y repetitiva, como apuntó Alfran, incrementaba todavía más esa sensación de incomunicación y encierro.

De hecho, tras un intercambio de opiniones, descubrimos que La isla mínima no solo nos habla de un espacio geográficamente aislado, sino que son sus propios habitantes quienes forman parte de ese destierro, de ese individualismo. Son personajes que viven egoístamente, preocupados únicamente por sus vidas y reacios a crear lazos con sus prójimos. Es por esto que son personas incompletas, sin definir, “individuos con los que no puedo encariñarme”, comentaba nuestra compañera Blanca.

Así es como nuestro debate se llenó de preguntas que nos remontaron al pasado fin de semana de la ELU: ¿Debemos ser siempre coherentes con nuestros valores? ¿Se puede convivir con la carga de la culpa? ¿El fin justifica los medios? ¿Puede un asesino sentir arrepentimiento? ¿Hasta qué punto podemos hablar de “buenos” y “malos”? ¿Somos capaces de perdonar cualquier ofensa?

Finalmente, reparamos en un personaje que nos ofrecía un rayo de esperanza: el único niño de la película. En él, los colores se intensificaban simbolizando que él era el futuro de esa sociedad. Además, nos dimos cuenta de que esta sensación de promesa se reforzaba con la actitud del protagonista que decidía creer en su compañero, un agente y asesino franquista. Este personaje decide, por tanto, creer en nuestra tendencia natural hacia el Bien, en nuestra capacidad de perdón. Decide creer que no estamos hechos de blancos y negros, sino que todos tenemos nuestros defectos y virtudes. Decide creer en esa moral interna, en aquello que nos hace humanos. Decide creer, en definitiva, en el ser humano.”

Vida ELU principito

El Principito y la imaginación de lo invisible

Por:

Silvia Tévar, alumna de 1º de la ELU nos comparte cómo fue hablar de El Principito en la Universidad de Valencia:

“¿Qué lees? ¿Cómo lees? ¿Con quién lees?
Con estas preguntas daba comienzo el coloquio de José María Alejos y Álvaro Abellán-García; y envueltos por estas cuestiones, los asistentes fuimos conducidos por el maravilloso mundo de la lectura de El Principito y, en definitiva, por el enigmático camino de la vida.

Conducidos por los profesores, descubrimos que el propio Saint Exupéry presenta, en la introducción de El Principito, los temas que nos van a acompañar a lo largo de la obra: nuestros anhelos, deseos y melancolías más profundos, que nos persiguen a donde quiera que vayamos. Tal y como apuntaban nuestros ponentes, el sufrimiento, el sentido de la vida y la amistad, son las cuestiones que laten bajo la tinta del francés; realidades que van a “domarnos” durante toda la lectura, resonando en nuestro interior. Y es que, es de lazos, de vínculos, de tiempo, de dedicación y de amor; de lo que nos habla Saint Exupéry; en definitiva, del ilusionante misterio del ser humano, del vivir.

Así, descubrimos que la historia del piloto encierra mucho más que una desafortunada avería. Como apuntaba Álvaro Abellán, el motor estropeado no es únicamente el de la avioneta, sino el del corazón del propio aviador, que volverá a latir gracias a una voz: la del Principito. Con el mandato de dibujar un cordero, el hombre que se había “hecho mayor” es puesto de nuevo frente a su vocación: pintar realidades invisibles; una llamada que había sido descubierta a los seis años y rápidamente sofocada por “los asuntos serios” de los adultos.

De hecho, son los encuentros como este, los que comienzan con un sonido humano, y no con la visión; los que harán madurar a nuestro Principito. Así sucede con su amada Rosa: “¡Qué hermosa eres!”, o con el zorro: “¡Qué bonito eres!”, dos personajes que representan el Amor y la Sabiduría.

José María Alejos sonreía mientras leía el nacimiento de esta flor y cómo su belleza natural sacia la inquietud ontológica del Principito. Sin embargo, nuestro Príncipe es todavía demasiado pequeño para comprender esa nostalgia que le remueve y, por ello, su mirada se acaba endureciendo y centrándose únicamente en lo accesorio, en los defectos de su amada. Nuestro protagonista deja de respetar, de ver la realidad tal y como es; y así, inicia un viaje iniciático a la manera de Ulises, visitando numerosos países en busca de una respuesta, en busca de la amistad.

Ahora bien, todos sus habitantes, se encuentran encerrados en sí mismos, demasiado ocupados con sus fórmulas y reglas, con sus límites y obligaciones; y por ello, sus países son demasiado pequeños… Hasta que llega a la Tierra, donde conoce al zorro. Y, ¿qué es este, sino un maestro, un sabio? El zorro, como señalaba Álvaro Abellán, no responde rápidamente a las constantes preguntas del Principito. En su lugar, respeta sus tiempos, y deja que sea él quien redirija esa mirada que se había deshumanizado. Junto a este, nuestro Príncipe descubre que lo esencial, verdaderamente es invisible a los ojos; que el tiempo que le dedicamos a nuestra rosa, es lo que la hace única; y que él y solo él, es el responsable de lo que ha domesticado.

Por último, acompañados por Álvaro, José María y el aviador, los asistentes comprendimos que la verdadera amistad es dar la vida por el otro, y que cuando estamos dispuestos a ello, cuando el aviador deja de lado las piezas rotas de su avioneta para consolar a su nuevo amigo; es cuando descubre y descubrimos, el misterio único e irrepetible que entraña el Principito.

Y ahora me pregunto, ¿no es este nuestro día a día? ¿No es está nuestra vida? ¿Cuántas veces “amamos el ruido del viento en el trigo”, porque nos recuerda a esa persona que nos hizo crecer? ¿Cuántos momentos con aquellos que nos quieren, nos han transfigurado, nos han permitido respetar, implicarnos e intimar con la realidad? Y es que ya lo decía José María: la realidad no es plana, estamos hechos de nuestras circunstancias y de nuestros lazos; de nuestras luces y sombras; y cuanto más única y entusiasmante se nos presenta la vida, es cuanto más la conocemos, cuanto más la queremos. Es cuando salimos de nosotros mismos, que somos capaces de comprender y de amar al otro, de conocer “lo invisible”.

Por tanto, no se trata de “Pienso, luego existo”, sino de “Amo; luego existo”; y es entonces, cuando somos amados para amar, cuando saciamos nuestra sed en un pozo de vínculos, de lo invisible; cuando, por fin, podemos “volver a nuestra máquina”. Es entonces cuando, por fin, podemos vivir”.