Susana Sendra

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Lecturas para un tiempo único

Por:

Nos ha tocado vivir un tiempo único. Cada tiempo lo es -y sus coetáneos así lo sentimos y manifestamos-; lo es cada historia humana, cada biografía… pero eso no quita que, sin duda, este 2020 esté sorprendiendo a la humanidad. Nos ha situado ante las preguntas radicales de la existencia de un modo abrupto y peculiar, pues al hacer aguas una aparente seguridad; ante el sufrimiento y la incertidumbre prolongada, no puede sino florecer lo fundamental. Y como hemos podido comentar a lo largo de este curso en el módulo de Grandes Libros y en otras ocasiones, son precisamente esas cuestiones eternas de la existencia las que abordan las grandes obras literarias.

Por ello, y también de cara a las iniciativas que comenzaremos el próximo curso, – Cuaderno de Bitácora y el club de lectura Beers & Books- queríamos sugerir brevemente algunas lecturas de obras clásicas para este periodo de verano. Lecturas de distintos periodos con las que se puede establecer un diálogo en torno a cómo vivir.

En un contexto como el nuestro, ¿a quién no le gustaría conocer la verdad de una cuestión inquietante que está acabando con la vida de personas? Puede que conocerla suponga un cambio en el trascurso de tu biografía, que conlleve la confirmación de un destino marcado, pero, ¿puede la verdad supeditarse a ello? Le preguntamos a Edipo Rey, de Sófocles, del siglo V a.C. Del mismo poeta trágico, con una temática diferente ­-ser hija, ser ciudadana, obedecer o no las leyes, etc.-, recomendamos Antígona, que además será representada en los próximos días en el Festival de Teatro Clásico de Mérida.

¿Puede alguien llevado por su ambición acabar destruyéndose a sí mismo y a los de su alrededor? Macbeth de Shakespeare -el aclamado escritor al que Harold Bloom situaba en la cúspide de los literatos- profundiza en el tema en esta famosa y oscura tragedia del XVII. También lo hace varias centurias después y con una historia diferente Albert Camus en Calígula (1944), quien, tras perder a alguien querido y quedar desprovisto de un fin que pueda orientar su existencia, se convierte en un tirano para quien la vida de otros y la propia carece del más mínimo valor.

Por otra parte, el primer fin de semana de la ELU de este curso contamos con la ponencia de José Manuel Mora Fandos que llevó por título “El placer de leer”. El profesor y escritor comenzó su exposición partiendo de Primer amor de Iván Turguénev, obra que nos recomendó. Publicado en 1860, es el relato en primera persona del proceso de enamoramiento del que cae presa un adolescente por una joven princesa, y toda la vivencia que conlleva. De un tema similar, sugerimos la lectura de la famosa obra de Jane Austen, Orgullo y prejuicio (1813). La escritora inglesa -experta en desarrollar de forma delicada la psicología de sus personajes- presenta al lector varios procesos de enamoramiento en las hermanas Bennet, siendo el de Elizabeth y el señor Darcy el que ocupa el papel central por su búsqueda de la virtud y la felicidad en la relación, después de un inicio marcado por los vicios que dan título a la obra.

¿Alguna distopía clásica que nos permita adentrarnos en situaciones irreales, pero a veces más cerca de la realidad de lo que nos gustaría? Podemos recomendar tres títulos, publicados respectivamente en 1932, 1949 y 1953, en medio de un contexto convulso como es el siglo XX: Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell, y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Estas obras abren los ojos a la necesidad de desarrollar un pensamiento crítico y nos hacen descubrir los métodos de control de la sociedad; siendo precisamente uno de los más importantes el privar de la lectura.

Y concluimos con el tema del tiempo, pues estamos llamados a vivirlo como kairos, como el tiempo oportuno en el que algo importante sucede. También en el verano, en el descanso. Nuestra vida está en juego.

¡Buenas vacaciones!

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¿Darse muerte o dar la vida?

Por:

“Con el alma arrugada y en tinieblas. Así se encontraba Barioná, el zelote judío que se resiste a la ocupación y explotación de los romanos y decide proponer a los suyos convertirse en un pueblo “para la muerte”, cerrando la posibilidad de concebir nuevas vidas. Es drástico. El sufrimiento y el sinsentido de una existencia aparentemente estéril -no pudo tener hijos, con lo que ello supone en su contexto-, a la que se suma una opresión extranjera, le conducen a dictar que no habrá futuras generaciones que pasen por lo mismo porque directamente nadie tendrá la oportunidad de vivir. “No más niños. No tendremos más relaciones con nuestras mujeres”. No hay esperanza. Cerrémonos a nuestra propia carne.

El famoso pensador Jean-Paul Sartre (1905-1980) nos introduce en este escenario en el que fue su primer teatro: Barioná, el hijo del trueno (1940). Una obra única y especial -sorprende sobre todo por proceder de la pluma de este autor-, escrita en un campo de prisioneros de guerra alemán en el que se encontraba el filósofo el año mencionado. Resulta que, acercándose el momento de las fiestas de Navidad en plena II Guerra Mundial, el capellán del campo hizo lo posible por conseguir permiso para celebrar la Misa del Gallo. El permiso le fue concedido: no habría toque de queda esa noche y, además, podrían celebrar un concierto. Sartre participa de estas novedades y, ante la sorpresa de los demás, él mismo propone recuperar la tradición de los Misterios. En apenas seis semanas escribe una obra, ensaya, dirige a los actores y supervisa vestuario y decorados. La obra se representa tres días seguidos causando gran conmoción en quienes la presenciaron .

¿Qué vieron unos seis mil prisioneros aquel día y por qué tiene esto algo que ver con el tema que tratamos? Como introducíamos, Sartre muestra la historia de un hombre -que podría ser cualquiera de los espectadores de aquel 1940, pero también cualquier lector de hoy- abatido por la desesperanza, que se niega a ser partícipe de algo que está ocurriendo cerca, en Belén: un nacimiento precedido por diversos signos misteriosos. Barioná, obcecado, se queda solo. Podríamos decir con Charles Taylor en A Secular Age (2007) que se convierte en un sujeto impermeabilizado, que imposibilita el paso y la inundación de sí mismo por parte de otros y que intenta construir su propio ‘yo’ . Por otro lado, están su mujer Sara, sus amigos y conocidos del pueblo de Bethaur, que, deseosos de encontrar una nueva luz y siguiendo los signos, quieren ver qué está pasando en ese lugar al que todo apunta, están abiertos a lo que les rodea, vulnerables a la realidad y en diálogo con ella; porosos en términos de Taylor…

Nuestro protagonista, inmerso en la espiral de amargura que le lleva incluso a disponerse a asesinar al Niño que tanto revuelo está causando, se topa de bruces con la realidad al llegar al portal: una mirada de un padre a su hijo que redimensiona la existencia. Barioná queda inerme y su armazón férreo comienza a resquebrajarse. Poco a poco se abre al misterio, escucha lo que le dice Baltasar: “Todo tú eres un don gratuito a perpetuidad”. Un don…, el que también había descubierto en la mirada de ese padre. Esta revelación da un giro a la vida.

¿Y qué ocurre entonces? Se pasa de la agonía al descanso y la esperanza, del monólogo enfermizo “yo-mí-me-conmigo” a la apertura al otro, del egoísmo a la entrega de sí, de la impermeabilidad a la porosidad. En definitiva, de darse muerte a dar la vida, pues, como dice Fabrice Hadjadj, solo hay dos opciones: el suicidio o el martirio . Y todo esto aparece dibujado ante el espectador-lector de Barioná, mostrándose la segunda como la respuesta más acorde a nuestra naturaleza humana, naturaleza común pese a los distintos momentos de la historia. Y es que el don que somos está llamado a darse para vivir en plenitud, así lo hizo el Niño que vino y viene. Ya nos mostró el camino, cómo vivir…

¡Feliz Navidad!”

Susana Sendra