Riga

Vida ELU

Elus por el mundo

Por: ELU Admin

Luis Muñoz, 4º ELU

Durante el segundo cuatrimestre de tercero de carrera realicé mi primer Erasmus: una más que satisfactoria experiencia de fondo mediterráneo y tintes alpinos que se estiró por cinco meses entre Padua y Venecia. Pero teniendo en cuenta la duración de un doble grado, las oportunidades que ofrece la UC3M y por supuesto mis veintiún años, sentía la necesidad de terminar de aprovechar al máximo el programa Erasmus y repartir mi cuarto de carrera entre Madrid y algún punto cualquiera del mapa europeo. Ahora bien, de cara a la elección de destino, por mucho que esos cinco meses en Italia me hubiesen gustado es cierto que se trata de una experiencia bastante asimilable a la española. Esta vez quería algo radicalmente distinto, por lo que me dediqué a buscar qué destino ofrecido por mi universidad se encontraba más lejos de Madrid, dando así con Helsinki y Riga y decantándome por esta última tras contrastar algunos testimonios.

Y fue con este pretexto que el día uno de febrero de 2026 aterricé en la capital letona a las 14h. La preparación para mi estancia en Riga fue casi nula más allá de una leve preocupación por las condiciones climáticas, no investigué nada y pretendía lanzarme a la aventura, dispuesto a todo y con afán de dejarme sorprender. Pues bien, la sorpresa llegó de sopetón al abrir las puertas del Aeropuerto Internacional de Riga para esperar un Bolt que llegaría en escasos tres minutos; sin saber yo que tenía por delante los tres minutos más largos de mi vida. La temperatura era de -23ºC y mis orejas y nariz hicieron un ademán de abandonar mi cara abrasadas por el frío, tentativa afortunadamente frustrada por Vlad, el conductor de mi Bolt que venía a rescatarme sin siquiera quitarse el abrigo en el interior del coche. Así, Vlad me dejó en la puerta de la Duck Republik Student Hotel, la residencia de estudiantes que sería mi casa por los siguientes cinco meses y en la que atesoraría grandes amistades, pachangas de fútbol de cuestionable nivel, un club de cine y sus pretenciosas reseñas de Letterboxd, debates políticos y hasta filosóficos y una notable abundancia de risas maridadas en cantidades de cervezas ingentes para todos menos para los dos paladines vascos del buen comer y el buen beber: Telmo y Olaba.

Pero ya basta de narraciones introductorias a la experiencia del Erasmus letón, ahora conviene hablar del balance de sus vivencias y aprendizajes. Letonia no es un país que me haya conquistado y no creo que tenga demasiada capacidad de conquistar, al menos, a aquel que se encuadre en una tradición cultural mediterránea; sin embargo, la inserción en un país como este aporta una herramienta de análisis cultural comparado que habilita a señalar con quirúrgica precisión qué rasgos endémicos de la patria son pilares en nuestra propia imagen de vida feliz, qué otros rasgos podríamos acertar a mejorar e incluso centrando el foco en lo que se nos antoja inasimilable podemos prevenirnos ante aquellos rasgos que creemos desembocan en la vida infeliz.

El inicio de La sombra del ciprés es alargada es el siguiente:

“Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer. No dudo de que, aparte otras varias circunstancias, fue el clima pausado y retraído de esta ciudad el que determinó, en gran parte, la formación de mi carácter”.

Me es imposible no pensar en estas palabras de Miguel Delibes a la hora de intentar describir el carácter letón, y es que si el clima de Letonia es gélido no lo son menos sus gentes. Cuando no hay alcohol de por medio las interacciones entre letones son escasas, los espacios de vida común están poco poblados y el interés por el tercero ajeno habitante de la cotidianeidad sigue un régimen de racionamiento. Sin embargo esto no se restringe a las fronteras letonas, en mi visita por la totalidad del bático he podido apreciar que la triada formada por Lituania, Letonia y Estonia es un conjunto de países convalecientes. Estos tres países han sufrido el devenir bélico de la primera mitad del siglo XX y el estrecho yugo de la URSS en su segunda mitad, hoy su tercera edad lisiada casi en su totalidad es una prueba de ello. Estos países han estado fustigados por una pobreza extremadamente cruel, son repúblicas que han visto su identidad nacional oprimida y que han hecho del estado de supervivencia un estado de normalidad olvidando cómo vivir sin apretar los dientes. Sabina en su canción Ganas de… afirma que por las autopistas de la libertad nadie se atreve a circular sin cadenas, y esta desubicación ante la libertad la sufre el pueblo letón porque rara vez se ha concebido sin cadenas, así la consecuencia práctica de seguir intentando sobrevivir aun cuando ya no amenaza la pálida dama es una epidemia de alcoholismo feroz.

Pero no todo el rosal van a ser espinas, si algo me maravilló fue la cultura de las señoras mayores ortodoxas. El calado del cristianismo ortodoxo es algo ajeno al español, pero vivirlo de cerca es una experiencia única, es un retorno al origen, es huir del loco chestertoniano que ha perdido todo menos la razón y aplicar una navaja de Ockham religiosa, establecer una relación estrecha con lo trascendente, casi personal, y afirmar que para relacionarte con Cristo y no una idea de Cristo hay que renunciar a sistematizar el misterio.

Además, los privilegios propios de todo Erasmus son algo casi irrepetible en cualquier otra circunstancia, haber podido visitar Roma, Estonia, Lituania Budapest, Viena, Albania, Montenegro, Croacia, Suecia, Noruega y Finlandia en apenas un cuatrimestre es un estímulo que marcará para siempre mis veintidós años. Y finalmente, el amparo español de mis amigos de la Duck es el ingrediente estrella de la receta de este Erasmus letón, haber compartido esa infinidad de momentos (buenos, malos y medio pensionistas), el haber vivido día a día con el mismo grupo de once chavales y haber generado relaciones fraternales que salvan a nuestra amistad de quedar presa de cinco meses en Letonia y la anima a profesar el Plus Ultra. De todo esto estaré eternamente agradecido.

He disfrutado sin complejos estos cinco meses en Riga, sin dudarlo volvería a elegir esta ciudad y sus circunstancias; pero más allá del disfrute he aprendido mucho, de la vida y de mí. Si bien como mencionaba mi amigo Joaquín en su respectivo Elus por el Mundo el Erasmus ostenta considerable utilidad con vistas a clarificar la imagen de qué pedirle a tu vida en un futuro; esta experiencia en relación a Letonia, a España y a Europa me enseña que si quiero evitar cantar con cuarenta y cinco años que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver, conviene, una vez asegure el lugar que me hizo o hace feliz, evitar volver al no haberlo abandonado.

Si es que no lo he hecho ya.