Las intermitencias de la muerte

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Las intermitencias de la muerte (2005) – Cuaderno de Bitácora

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El escritor portugués José Saramago empezó Las intermitencias de la muerte (2005) con una de esas frases que fácilmente podrían ser candidatas a aparecer en un ‘Top 10 de mejores inicios de novela’: “Al día siguiente no murió nadie”. Con solo seis palabras, sin circunloquios ni estridencias, el primer Nobel de Literatura en lengua portuguesa consigue plantear el nudo de la historia, el tema nuclear a partir del cual despliega un texto irónico, lúcido e incluso divertido de poco más de 200 páginas.

La muerte, una de las pocas certezas de los seres humanos, aceptada más o menos alegremente según las convicciones espirituales de cada uno, decide dejar de actuar en un país concreto del mundo, cuyo nombre Saramago no quiere revelarnos. En palabras del autor, nos encontramos ante “la huelga de la muerte”, pero solamente en un país. En el resto del planeta, la muerte sigue obrando con la misma constancia a la que nos tiene acostumbrados.

A partir de este suceso extraordinario, Saramago presenta un relato a medio camino entre una crónica periodística —un periodismo que narra lo sucedido en un espacio de ficción, ¡claro!— y un ensayo de meditaciones filosóficas. Se trata de una narración llena de ritmo, con pocos puntos y muchas comas, por lo que os recomiendo leerla en voz alta. Recitar las frases larguísimas pero fluidas de la novela puede servir para captar, también sensorialmente, la velocidad de los hechos descritos, el estrés social que causa la interrupción de la muerte.

Nos encontramos ante una situación que rompe el sistema social y político y obliga a toda la sociedad a enfrentarse a la excepcionalidad. Saramago repasa las reacciones de diferentes sectores sociales. ¿Cómo responderá la Iglesia a la huelga de la muerte si, como escribe el autor, “sin muerte no hay resurrección, y sin resurrección no hay iglesia”? ¿Qué soluciones inventarán los negocios funerarios y las compañías de seguros de vida? ¿Cómo se las arreglarán los hospitales, que de repente se encontrarán saturados, repletos de gente que, enferma o estando en las últimas, ya tendría que haber muerto si no fuera por la suspensión de la muerte?

En cierta medida, y salvando las distancias entre la ficción y la realidad —que a veces están más cerca de lo que quisiéramos—, este panorama excepcional me recordó a la situación que estamos viviendo desde el año pasado, y quizá por esta razón me impactó tanto leer ahora esta novela. En definitiva, y valga la paradoja, Saramago explora cómo sobrevive una sociedad, un país entero, a la no muerte. En Las intermitencias de la muerte descubrimos una “sociedad dividida entre la esperanza de vivir siempre y el temor de no morir nunca”. ¿Es la no muerte un paraíso? ¿O se parece más bien a un infierno?

“La filosofía necesita tanto de la muerte como las religiones, si filosofamos es porque sabemos que moriremos, monsieur de montaigne ya dijo que filosofar es aprender a morir”, escribe Saramago. Aunque la interrupción de la muerte es, de momento, poco más que un planteamiento literario, que solamente cabe dentro del ámbito de la ficción, esta novela nos recuerda que filosofar sobre la no muerte también puede ayudarnos a aprender a morir y, sobre todo, a aprender a vivir.

Berta Coll, segundo de la ELU