LA CIUDAD DISPERSA: INTERIORIZACIÓN DE UNA METRÓPOLI

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02 JUN

En ocasiones he preguntado a los alumnos por su vinculación con sus ciudades de origen y/o residencia. La pregunta suele ser ésta: ¿Podrías preparar a un amigo que viene a tu ciudad un itinerario de visita en torno a los lugares más relevantes, los personajes ilustres de la ciudad (y por qué lo son), sus acontecimientos históricos y sus tesoros culturales? Ninguno de mis alumnos de Madrid ha respondido jamás afirmativamente: saben “algunas cosas”, “les suena algo”, pero en todo caso tendrían que preparárselo a conciencia, sin tener capacidad de improvisar lo más mínimo. Sin embargo, aquellos alumnos que proceden de ciudades pequeñas suelen mostrarse mucho más seguros y afirman que serían perfectamente capaces de hacerlo: conocen la tradición de la ciudad, los personajes relevantes, los hitos históricos que han sucedido…

¿A qué es debido esto? He oído diferentes respuestas. Hay quienes afirman que una gran ciudad acumula mucha más historia (e historias) que una pequeña y, por tanto, uno se pierde en una selva de datos que resulta difícil filtrar. Otros, por su parte, indican que al configurarse las grandes urbes por una cantidad grande de inmigrantes nacionales e internacionales, se diluye el sentido de pertenencia.

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Sin negar que estas posturas sean rotundamente falsas, creo que la cuestión es más profunda y ha de ver con la dispersión del ciudadano metropolitano. Tal vez, el modelo de vida que se configura en las grandes urbes influye en que se vaya perdiendo el contacto natural y armónico de las personas y la ciudad. ¿Son los ciudadanos verdaderos “habitantes” de las ciudades? El modo de vida en una gran urbe está definido por la prisa, el dinamismo, la inmediatez, el cambio y el ruido. Resulta difícil encontrar remansos de paz, y los que puedan existir, paradójicamente, están masificados, de modo que vuelve a aparecer la falta de silencio, el movimiento, el desasosiego…

¿No han perdido, pues, las grandes ciudades, la capacidad de invitar al ciudadano que la habita a conocerla? ¿Por qué huyen los ciudadanos de la gran ciudad a otras localidades los fines de semana o las vacaciones? ¿No deberían ser momentos de encuentro con la ciudad, con su cultura, sus arquitecturas, sus calles, sus plazas, jardines, avenidas, con sus historias, con las gentes que la habitaron y colaboraron a hacer de la misma ciudad otra distinta, de más valor?

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El espíritu de la dispersión está eliminando la capacidad del ciudadano de la metrópoli de interiorizar su ciudad y, con ello, de hacerla más grande, no en tamaño, sino en espíritu, pues una ciudad se define, también, por el espíritu de sus ciudadanos. Pongamos a París como ejemplo:

París es una de las capitales más extraordinarias de cuantas existen en el mundo. Sus museos, su urbanismo, sus monumentos, sus instituciones y sus infraestructuras son símbolo de la majestuosidad de la citté. Sin embargo, su magia es otra. La magia de París no está en las obras, sino en el espíritu que las inspiró o que las informa.

La Sant Chapelle no existe sino por el espíritu penitente de Luis IX, el rey santo, y su deseo pacificador. El Louvre perdería valor si no fuese por que alberga la Victoria de Samotracia o La Balsa de Medusa, por poner sólo dos ejemplos. La fuerza espiritual del Panteón radica en ser la sepultura de los mayores genios de Francia. La Plaza de la Concorde rezuma historia revolucionaria. La Sorbone recuerda el origen medieval de la universidad. El cementerio de Père Lachaise no es sino el dormitorio de Piaf, Wilde, Callas, Parmentier, Balzac, Nerval, Morrison…

Si París es París también por sus cafés (como el Procope), no es por los cafés en sí mismos, por su estilo, sino por ser el ámbito de encuentro de intelectualidad parisina, francesa y europea. Los nombres de filósofos como Malebranche, Voltaire, Diderot o Sartre, de literatos como Racine, Madamme Stael, Chateubriand, Hugo, Zola o Gide, o de artistas como Monet, Rodin, Sand, Picasso, Braque, Gris son quienes han hecho a París ser la ciudad que hoy es.

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Sucede lo mismo con Madrid. Sin embargo, ¿cuántos madrileños podrían contar las fascinantes historias de Madrid? Pocos, me atrevo a asegurar. Y es triste, porque así la ciudad se va disipando. Es por ello que invito a mis alumnos a empaparse de las ciudades, a hacerse uno con ellas, y sacar la esencia, su espíritu: “Este libro para amantes de los viajes no es una guía de monumentos y catedrales. Trata, por el contrario, de cafés y mercados, tertulias y fuentes, artesanos y artistas, sombreros y carreras de caballos, maletas y hoteles, melones y sabios, princesas y costureras, islas y antiguas ciudades (…). El buen viajero no busca la verdad sino la belleza. Y, a veces, funde las imágenes en su recuerdo y crea una ciudad nueva” (WIESENTHAL, M.; El esnobismo de las golondrinas, Edhasa, Barcelona, 2007, pp. 9-10.)