ELUs por El Mundo – Óscar Barrachini

copenhague
31 MAR

Bajarse del avión. Ver carteles en arameo, o peor, en danés. Gigantes “rubixs y pálidxs” a tu alrededor, vikingos. Metro automático, frío invernal, viento infernal, ambiente gris edificios antiguos, industriales. Oh, demonios.

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Estos podrían ser los primeros minutos de un joven de Erasmus en Copenhague, un espejismo, sin duda. Esta ciudad es sencillamente maravillosa, apenas llevo 3 meses aquí pero la huella que me deja es grande y duradera. Se trata de una ciudad pequeñita sin grandes edificios ni rascacielos presuntuosos, pues no quieren destrozar el precioso ‘skyline’ que los bajos edificios a orillas de lagos, ríos y canales generan. Una ciudad en la que esos edificios industriales, que te chocan según llegas, conviven con grandes construcciones tradicionales y otras modernas e impresionantes en donde los grandes ventanales y cristaleras demuestran la apreciación que se hace del sol en esta ciudad.

Y es que el tiempo es horrible. Lluvia, nieve, frío, viento han sido la tónica habitual en el invierno más duro de mi vida pero ha merecido la pena porque me ha permitido conocer y disfrutar el Hygge, elemento muy famoso de la cultura danesa que consiste en generar espacios de confort y coziness que surgen espontáneamente de la calidez, extrema educación y simpatía de los daneses que he logrado conocer. Tarea complicada pues es difícil acceder a ellos pero una vez ahí, tienen muchísimo que ofrecer.

Alguna de las cosas que se pueden hacer en Copenhague (y alrededores) como Tívoli, Bakken o Legoland están aún cerradas; otras como el castillo de Kronborg (¡Hamlet!); Museos de arte e historia; en incluso Malmö están, a penas, a 30 minutos de tren. Sin embargo, no hay nada como pedalear por los inmensos carriles bici habilitados y llegar hasta Nyhavn (donde las casas de colorines, típica postal); pasear por la orilla del río hasta el Castillo de la Familia Real, la Ópera y la Catedral, tumbarse a tomar el sol en alguno de los miles de parques que hay por toda la ciudad; comer algo en Papirøen y ver el atardecer en Christiania abandonando, momentáneamente, la UE.

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Otro lugar impresionante es el Museo de Carlsberg, oda a la cerveza (bebida nacional permitida desde los 16 años y sencillamente deliciosa) que alberga la mayor colección de cervezas del mundo y ofrece una cata de cervezas artesanales más que interesante. En este sentido, es una ciudad muy dinámica en dónde el aparente silencio que se percibe esconde un sinfín de actividades culturales, musicales y artísticas así como fiestas y eventos sociales.

En un tono más académico, he de decir que es un sistema educativo diferente en donde te fuerzan a pensar, trabajar e investigar por tu cuenta y donde la evaluación- en mi caso- consiste en desarrollar proyectos individuales o en grupo. Desde mi perspectiva, mucho mejor forma de aprender que memorizar!

En definitiva, esta ciudad es una maravillosa reliquia, recomendable para todo el mundo.

Óscar Barrachini